CAPÍTULO 03
El hombre se mantenía erguido mientas leía. El pelo rubio le caía por la frente de forma descuidada y lo hacía parecer un tanto travieso. Una ligera mueca de frustración comenzó a asomar por entre sus labios finos. Seguía con un dedo la línea de lectura, y, de tanto en tanto, sus pupilas mostraban un destello de ira ante lo que encontraba plasmado en la carta que había recibido. Nuevamente Candy rechazaba asistir con él al teatro.
Cuando llego de Liverpool, le había pedido de nuevo que lo aceptase, y ella se había reído. Se enfadó tanto que estuvo sin hablarle varios días, pero después reculó. No se enamoraba a una dama negándole la palabra.
—¡Te he advertido muchas veces que no volveré a Pembroke!
Anthony pegó un respingo ante la voz fría y grave de su hermano mayor.
—Padre no entiende que te hospedes aquí en la cabaña del bosque en lugar de la casa —la voz de Anthony era conciliadora.
Albert vio que doblaba una carta y se la metía en el bolsillo.
—¿Tienes algo interesante que decirme? —le preguntó de sopetón.
—Es el cumpleaños de Margareth, y tengo la honrosa tarea de llevarte a Pembroke, de una oreja si hace falta.
Albert masculló. Él no deseaba pisar la casa familiar. Lo había hecho en la fiesta que se había dado en su honor, y porque su padre se encontraba visitando las propiedades de los Andrew en Escocia.
—Cómprale un regalo de mi parte.
—El cumpleaños es hoy… —Albert maldijo con todas sus fuerzas—. Aún faltan un par de horas —reveló Anthony para animarlo.
—Es que no quiero ir…
El hermano mayor se pasó la mano por el cabello. Le faltaban tres semanas para embarcar de nuevo y regresar a Lakewood. Deseaba hacerlo por una parte, pero por otra no.
—Padre espera que asistas —el rostro de Albert se endureció durante un segundo—. Tienes que aceptarlo de una vez —siguió Anthony.
—¿Es una cena de cumpleaños o una emboscada? —Albert intuía que su hermano estaba preparado para esa pregunta.
Y el hermano contestó casi enseguida:
—Padre opina que muestras una actitud rencorosa, y que ya dura demasiados años —Albert entrecerró los ojos—, pero ha aceptado que ella no esté.
El mayor hizo una mueca, luego agregó:
—Nuestro padre espera demasiado de mí. Tal vez nunca me acerque a su ideal de hijo. En especial en lo que se refiere al perdón y la comprensión.
La crítica no hizo mella en el hermano menor.
—¿Qué piensas comprarle a Margareth? —preguntó para cambiar de tema.
—¿Qué se le puede comprar a alguien tan especial como ella? —respondió Albert.
—Te queda poco tiempo para buscar un regalo apropiado.
—Estoy demasiado ocupado —respondió con voz cansada—. Ya he comprado los potrillos, las sillas de montar y varios aperos, pero me faltan otras muchas cosas.
Anthony se despidió de su hermano.
—Nos vemos en la casa —dijo y salió con rapidez.
Albert se dirigió hacia la ventana pensativo y vio a su hermano montar a caballo, espolearlo y cabalgar en dirección a Pembroke. A esa hora de la tarde, el campo estaba tranquilo, y, la casita del bosque en la propiedad, todavía más.
Cuando llegó de Estados Unidos a Inglaterra, ni se le había pasado por la cabeza quedarse en la casa familiar, había alquilado la habitación de un hotel en la ciudad, pero su hermano George y Anthony le habían pedido que no lo hiciera. Como la cabaña del bosque estaba habilitada para invitados, y siempre estaba lista, lo habían convencido.
Había terminado hospedado allí, y su padre a media milla de distancia.
Tragó el nudo doloroso de su garganta, y suspiró. Habían pasado quince largos años en un exilio voluntario. Había jurado no regresar nunca a Pembroke, pero lo había hecho. El duque, su padre, le había ocasionado una herida profunda, de las que no sanaban nunca porque Albert no podía olvidar, ni se lo proponía. Tener que ir a esa fiesta y fingir que ese dolor no existía, le producía un nudo en la garganta, pero contra sus deseos, optó por asistir. El mes de diciembre en una gran ciudad transformaba todo en un caos. La circulación de carruajes se volvía imposible. Los comercios se atestaban de personas que comenzaban a buscar los regalos de Navidad para sus familiares, incluso con tres semanas de anticipación. Albert detestaba todas las celebraciones que se caracterizaban por sus excesos; las navideñas las que más, pero él tenía el regalo apropiado para su cuñada. Había comprado una fusta muy bonita y que pensaba llevarse a Lakewood, pensó que podría ser el regalo perfecto para ella.
Buscó la fusta entre las compras que había hecho y la encontró. Estaba envuelta para regalo. Un segundo después se dirigió hacia el establo. Ensilló la montura: una preciosa yegua que había comprado. Se colocó la capa, el sombrero, los guantes, y montó. Le llevaría diez minutos llegar a Pembroke. Entregaría el regalo a su cuñada, y se marcharía.
Espoleó la montura y salió al galope como su hermano anteriormente. Cuando llegó a las cuadras de Pembroke, su ánimo no había mejorado lo más mínimo. Dejó la montura a cargo de uno de los mozos de cuadra, y caminó firme hacia la casa, una ligera brisa le hizo levantarse el cuello de la capa. Se quedó durante un instante parado sin dar un paso. Deseó, por un instante, estar en otro lugar, pero, resignado, cruzó los pasos y se dirigió hacia el interior. Albert preparó la sonrisa más impersonal que tenía y se dispuso a soportar el evento con una actitud estoica. Su padre, William, fue a su encuentro con una crítica:
—¡Llegas tarde! —Albert lo miró un breve instante y el saludo se le quedó atascado en la garganta:
Hacia quince años que no se veían, y era lo primero que escuchaba.
—No estaba seguro de si quería venir —William se hizo a un lado para que pasara su hijo—. ¿Estamos todos? —Albert hizo la pregunta con un hilo de voz.
—Sí —el escueto monosílabo indicó que el duque estaba irritado.
Ambos cruzaron el vestíbulo y se dirigieron a la biblioteca donde permanecía el resto de la familia que había acudido a la celebración antes de pasar al comedor donde cenarían.
La abuela caminó hacía él y lo abrazó con ganas.
—¡Cómo nos alegramos de verte! ¡Bienvenido!
Con un gesto, Albert saludó a su hermano George y a su esposa Margareth. Su hermano pequeño, Anthony, estaba cómodamente sentado en el enorme sofá de piel con una pierna cruzada sobre la otra, y con una copa de vino en la mano. Albert alzó las cejas en un gesto interrogante, y Anthony devolvió otro gesto que le decía a su hermano: «prepárate».
—¿Dónde está Pauna? —le preguntó a Anthony.
Pauna era la benjamina de la familia, y a él le habría gustado mucho verla.
—Se casó hace dos años con un barón irlandés —le informó George mirándolo fijamente—. Desde entonces vive en Dublín.
¿El duque había permitido que su preciosa niñita se casara con un hombre que poesía un título menor? Albert se dio que sí que había cambiado su padre, pero lamentó de verdad no poder verla.
—Aquí tienes tu bebida.
Albert recibió de su abuela un vaso lleno hasta el borde de un ponche que ella misma elaboraba. Albert seguía mirando la sonrisa de su hermano menor que hizo un brindis en el aire con su copa. Se levantó y caminó directamente hacia él. Cuando lo tuvo a su lado, se giró hacia la chimenea y miró el hueco de la pared que seguía sin tener colgado el retrato de su abuelo paterno.
—Lo están restaurando —le dijo Anthony que había entendido la pregunta de su hermano mayor aunque no había pronunciado palabra—. Hubo un problema con el tiro de la chimenea, y toda la biblioteca se llenó de hollín, tomó su tiempo limpiar todos los libros y los cuadros, y el del abuelo William fue el que resultó más perjudicado.
Albert hizo un gesto de comprensión.
—Margareth, feliz cumpleaños —dijo la abuela de pronto.
Albert hizo un gesto de brindis como el resto de la familia.
—¡Gracias! —contestó ella con una mirada sincera—. Y me alegro mucho de verte de nuevo en Pembroke —el saludo de su cuñada le hizo enarcar las cejas.
—Estás muy guapa, Margareth —dijo Albert, y la mujer agradeció el cumplido inclinando la cabeza.
—Hola, Albert.
Estaba de espaldas a ella: la nueva mujer de su padre lo saludó, y él se volvió lentamente. Reconocía su acento, aunque muy disimulado, de Escocia. Hacía muchos años que vivía en Inglaterra, y, sin embargo, su impronta al hablar permanecía intacta.
—Hola, Susana.
La sonrisa de su boca se esfumó aún antes de darse vuelta para mirarla. Para todo aquel que lo observase, la incomodidad que sentía delante de ella resultaba obvia. Tenía la mano derecha cerrada en un puño que pegó al costado de su cadera.
—Imagino que tu granja funciona a las mil maravillas —dijo Susana con una sonrisa que él no supo interpretar—. Porque te ha mantenido muy apartado de tu familia.
Albert se tomó muy mal sus palabras, pero mantuvo silencio.
—Es inaudito que el heredero de Letterston se haya comprado una granja en Maryland —criticó el duque.
La censura en boca de su padre le dolió a Albert por lo severo y fuera de lugar. Los viejos rencores estaban todavía presentes. Su padre tampoco le perdonaba que él renunciara a su legado como heredero y primogénito.
—George será un excelente duque cuando usted falte —contestó con una calma que estaba muy lejos de sentir.
El duque lo miró con acritud en sus ojos:
—Todavía no entiendes que no puedes renunciar al título de duque de Letterston, que sí o sí tendrás que abandonar tu capricho por esa granja, y regresar a ocuparte de tu legado como heredero.
La mirada del padre era excesivamente fría.
—Mi marcha no tiene que ver con mi herencia, ¿lo ha olvidado?
No, William Mary Harry Andrew, sexto duque de Letterston, no había olvidado el motivo por el que su primogénito y heredero se había marchado de Inglaterra.
Albert no quería seguir con esa discusión. Su padre no había aceptado su marcha ni su renuncia, pero él lo había decidido.
—Basta ya —medió la abuela—. Pasemos al comedor y mantened ese tono beligerante lejos de mi presencia —dijo Elroy, y sus palabras no admitieron discusión alguna.
La cena transcurrió de forma lenta. Albert se mantenía un tanto distante de la conversación que monopolizaban su padre y su abuela paterna. De tanto en tanto, su hermano menor le daba pequeños puntapiés por debajo de la mesa para traerlo de vuelta a la realidad y sacarlo de los pensamientos en los que se ocultaba. Albert había perdido el hilo de la conversación. Se estaba realizando un brindis. Todos tenían alzadas las copas de champán.
—¡Muchas felicidades! —él, había creído que el brindis era por Margareth; estaba claro que no.
—¡Es una noticia maravillosa! —exclamó la abuela, y esas palabras le hicieron sentir a Albert un escalofrío.
Sabía lo que implicaban.
—Es inaudito que tenga tres hijos adultos, y que ninguno se anime a engendrar al próximo heredero de Letterston —proclamó el padre.
Albert comenzó a transpirar, y fue el único que no bebió de su copa. La dejó encima de la mesa sin tocar.
—Nosotros también esperamos un bebé, pero dejó de ser noticia hace cuatro meses, ¿verdad, cariño? —la candidez de Margareth quedó plasmada tras esas palabras, tanto, como el ceño de felicidad de George.
—No beber tras un brindis es una clara muestra de desprecio —le advirtió el duque. Albert escuchó que su padre le hablaba, y que miraba severo la copa que todavía estaba llena, y de la que no había bebido.
—Me he perdido las palabras del brindis —fue todo lo que alegó en su defensa—, aunque no las de mi cuñada Margareth, a quien felicito de forma tardía.
—Susana está embarazada, ese es el motivo de esta reunión —reveló el duque sin apartar los ojos de su primogénito.
Se lo había temido desde el principio. Siguió con la vista fija en su padre, pero sin alzar la copa.
—Le daré mi felicitación una vez que lo tenga, si es que decide hacerlo. Ya se ha arrepentido otras veces, aunque no con usted, claro.
Las duras palabras le arrancaron un gemido a la abuela.
—¡Discúlpate ahora mismo! —exigió William padre.
Albert hizo una especie de reverencia que podía entenderse como una disculpa, pero mantuvo su boca sellada y la mirada serena.
—No se lo tengáis en cuenta —Susana habló con voz dulce que a Albert le sonó falsa—. Sin duda ha sido una sorpresa inesperada —siguió ella, y el amplio comedor se mantuvo en silencio.
Albert sintió un resquemor subir por su garganta. Inspiró varias veces para tratar de bajar la repulsa que la noticia le había ocasionado. Después habló:
—Es una sorpresa para mí que hayas decidido tener al hijo de mi padre, cuando no quisiste tener el mío. Eso es todo. Supongo que aún no he asimilado del todo que seas la pareja sexual de mi padre, después de haber sido la mía. Creo que esto es simplemente la gota que ha colmado el vaso.
Albert había hablado muy claro pero con calma. Había expuesto sus razones con una frialdad que resonó más que los gritos que bien podría haber proferido. William se levantó con ímpetu y terminó volcando la silla de la cabecera de la mesa con un fuerte estrépito.
Increpó a su hijo:
—Ese asunto quedó zanjado hace mucho tiempo.
Albert alzó los ojos con un brillo peligroso en ellos.
—¿Asunto? Con qué simplicidad lo resume. Pero desde ya le digo que hay heridas que tardan más en sanar, e incluso algunas no sana nunca —contestó Albert, se levantó contrariado, y arrojó la servilleta sobre la mesa—. La que fue una amante bien dispuesta no quiso tener a nuestro hijo. Luego, se casó con mi padre por el prestigio de su título y de su fortuna. ¿Es eso una cuestión a zanjar? ¿No debería concederme, padre, el beneficio de no estar cómodo con la situación? ¿Se supone que debo brindar por la ambición de Susana y su falsedad?
Anthony se incorporó y le puso una mano en el brazo, intentado calmarle los ánimos. Albert se soltó con demasiada brusquedad.
—¡Como mi esposa la respetarás! —estalló el duque.
—El respeto hay que ganárselo, padre. Disculpa si con Susana me tomo más tiempo que con alguna otra de sus conquistas.
Entre padre e hijo se podía palpar la animadversión.
—Entonces te quiero fuera de mi vista hasta que recapacites sobre tu actuación rencorosa.
Ya estaba todo dicho. Albert miró durante un instante a su padre con profundo dolor en sus ojos.
—Puedo asegurar que no es rencor, padre —hizo una pausa—, es la profunda decepción que siento al contemplar la bajeza de un ser humano codicioso y lleno de una ambición desmedida.
La abuela carraspeó, pero ni padre ni hijo cedían en su postura.
—Tendrás que aceptarla como miembro de la familia o no quiero saber nada más de ti. Padre e hijo volvían a mantener la misma discusión de quince años atrás.
—Que así sea —replicó Albert.
Luego, se dio media vuelta y abandonó la habitación con pasos resueltos. Tomó su capa, y salió por la puerta.
...
Hola chicas lindas! Espero que estén bien, gracias por todos sus comentarios, me han encantado todos!. Como siempre, las actualizaciones son diarias. Esta historia la tengo un poco avanzada así que creo que no demorare mucho. Abrazos.
