CAPÍTULO 04
—Candy, eres insufrible —Annie Warren, amiga y cuñada, la miró escéptica—. Deja de rechazar invitaciones a las que asiste lord Andrew.
Candy soltó un suspiro de fastidio. Hacía ya dos meses desde que lo había visto por primera vez en Pembroke, y en todo ese tiempo la estaba sometiendo a un acoso que había disparado sobre ella todas las murmuraciones. Si ella decidía salir a cabalgar por el parque, se lo encontraba. Si decidía visitar a su modista, se lo tropezaba por la calle. Lo había tenido como compañero de mesa en las tres últimas fiestas a las que había asistido, y estaba cansada. Por otro lado seguía sorteando la insistencia de Anthony para que aceptara por fin el compromiso con él. Se alisó la falda en torno a sus piernas y se dedicó a observar los cientos de libros que llenaban la librería de Battlefield.
—Hacía muchos años que no asistía a tantas fiestas —dijo Candy mientras llenaba con humeante té la taza de su cuñada y amiga.
—Y yo hacía mucho tiempo que no te veía tan radiante.
—¿Radiante? Estoy durmiendo mucho menos que cuando estaba embarazada de Dave y Mary —dijo Candy, y, durante un breve instante, sintió la fuerza y el calor que le transmitía la sonrisa de su cuñada.
—Cuéntame tu última cena —la animó ella—, y ese acompañante que te saca de quicio.
Candy le ofreció una sonrisa sincera.
—Insufrible, como todas las demás. Candy no había respondido a su pregunta sobre el acompañante.
—Se te ve preocupada —fue lo siguiente que dijo Annie—. Tienes una cana más en la sien derecha —ella esperaba cualquier comentario menos ese.
—¿Una cana más? —no sabía qué decir—. No sabes cuánto me alegra saberlo.
—Soy muy observadora —le confesó la cuñada—, y me dejas demasiado tiempo para escudriñarte cuando ojeas esas tarjetas, por cierto, ¿qué son?
—Invitaciones a más fiestas —respondió.
—Bueno, ¿y qué piensas hacer con la insistencia de Anthony Andrew?
—Me ha ofrecido una disculpa por insistir, pero no creo que deje de hacerlo. Al final terminaré rindiéndome a lo inevitable.
—Ya sabes lo que pienso al respecto —dijo la cuñada—. Debes rehacer tu vida, y el hijo pequeño del duque es un hombre muy atractivo.
Candy inclinó la cabeza hacía la derecha, pensativa:
—Confieso que me cuesta resistirme a su encanto. Su sentido del humor y galantería me conmueven.
—¿Crees que puedes estar enamorándote? —le preguntó la cuñada.
Candy negó:
—No hay dudas de que él intenta que me enamore con todas sus fuerzas. Estoy convencida de que si se lo permito, puede conseguirlo.
—¿Lo ves a menudo?
—Suele esperarme en el parque, sabe cuándo salgo a pasear, luego nos tomamos un refresco, y después me acompaña hasta Battlefield.
—La única pega es que es más joven que tú —le dijo la cuñada.
Como Candy no quería nada serio con él, ese detalle no le importaba.
—Es el hijo del duque de Letterston, una relación seria con él es imposible.
—¿De verdad que no te atrae nada? —insistía la cuñada.
—Me gusta la tranquilidad que disfruto —respondió pensativa—, y la situación de libertad que me ofrece la viudez. No me atrae en absoluto cambiar mi vida ahora.
—Cuéntame más cosas sobre él —pidió la cuñada.
La mujer inspiró profundamente:
—Tiene un sentido del humor contagioso.
—¿Sentido del humor?
—Sí, y me hace reír a menudo.
—Continúa —la instó.
—Me gusta su sonrisa.
Annie la miró perpleja.
—Con ese atractivo rostro es normal que tenga una bonita sonrisa de las que no se olvidan —Candy terminó riendo—. Aparte de su sonrisa, ¿te ha llamado algo más la atención?
—Su tenacidad pues a pesar de todas mis negativas, sigue queriendo casarse conmigo.
Annie parpadeó pensativa.
—¿Percibes que te hace sentir bien? —Candy asintió con rapidez—. ¿Te cuenta cosas sobre él, sobre su familia, sobre sus metas? —se sintió sorprendida por la pregunta. Respondió casi de inmediato:
—Conversamos sobre literatura, pintura, y arte en general —Annie comprendió.
—¿Sientes que tu relación con él es buena para ti? —Candy no lo pensó ni un segundo:
—Absolutamente, no —calló un momento—. Después de tantos años de soledad, ningún hombre me ha despertado el suficiente interés como para plantearme la posibilidad de llegar a tener una relación física con él. Por supuesto que eso no es bueno para mí —Annie parpadeó y continuó callada—. Es más joven, muy galante, e hijo de una de las familias más importante del reino.
Y de pronto, Candy pensó en el hermano mayor que estaba a punto de embarcar de nuevo y regresar a América. Si Anthony le provocaba templada calma, el mayor le provocaba abrasadora furia. El pequeño era galante, el mayor posesivo. Anthony era todo delicadeza, Albert puro fuego.
—Y, entonces, ¿qué piensas hacer con el hijo pequeño del duque?
—Imagino que seguir rechazando su proposición de matrimonio.
—¿Y si no desiste? —preguntó la cuñada.
Candy meditó durante un largo momento en su pregunta.
—Entonces tendría que darle una buena lección —Candy respondió calmadamente—. Lady escándalo volvería a actuar de nuevo.
Esa afirmación sí que había despertado la preocupación en su cuñada.
—El escándalo no amilana a un hombre enamorado.
Candy asintió ante las palabras de ella.
—Pero al duque de Letterston sí —contestó seria—. Nada como un padre aterrado para controlar a un hijo impetuoso.
