CAPÍTULO 05

—¡Lady Warren! —la exclamación de sorpresa la hizo girarse de golpe hacia la voz de lord Andrew.

Ella no sabía qué hacía en Kevington Cross, pero no iba a preguntárselo.

—Ignoraba que estaría aquí —susurró sin apartar los ojos del rostro atractivo.

—Lo sé —respondió él mientras esperaba que ella le entregara la capa y los guantes al mayordomo—. En ocasiones me pregunto si me está evitando.

Sí que lo hacía, pero no podía decírselo.

—Ando bastante ocupada estos días con compras, pronto será Navidad.

Faltaban apenas tres días para Nochebuena, y ella tenía muchos proyectos en mente. —Es un placer saludarla de nuevo.

Ella le devolvió el gesto cortés de saludo, y la misma sonrisa precavida desde hacía dos meses.

—Tiene la mano fría.

Él, se la sostenía incluso después de besársela.

—Pero el corazón lo tengo caliente —el hombre no esperaba esa respuesta.

—Por sus palabras, deduzco que se siente feliz.

Sí, lo estaba, pero por motivos que no podía contarle.

—Estamos en una época del año en la que el corazón suele estar lleno de alegrías. Es como un potrillo que va generando calor, por eso dije lo del corazón caliente.

—¿Le gusta la Navidad? —quiso saber él mientras la acompañaba al interior del salón, nuevamente había sido designado como compañero de mesa en la cena que daba el marqués de Kevington Cross.

Ella no lo pensó ni un momento:

—Me gustan todas las épocas en las que la gente se muestra más confiada y relajada, pero sobre todo me encanta esta época porque puedo tener a mis dos hijos conmigo.

—Estoy convencido de que hoy va a sorprenderme —dijo Albert para predisponerla a la sorpresa.

Le parecía oportuno encauzar la conversación hacia cuestiones más íntimas. Creía que estaba haciendo progresos con ella.

—¿Sorprenderle? —inquirió con coz suave—. Nada más lejos de mi intención.

Ambos se miraron durante un momento. El brillo caliente en los ojos de él la tomó desprevenida. Candy se sorprendió ante su apariencia serena. Esa noche estaba más atractivo todavía.

—¿Le gusta la Navidad, lord Andrew? La pregunta de ella se salía del registro. Necesitaba llevarla de nuevo al terreno de sus asuntos, de sus intimidades. Solo así podría seducirla. Ensayó una respuesta sencilla para salir de ahí. Decidió darle a su voz un tono neutral al responderle:

—No me gusta la hipocresía que conlleva.

—Es escéptico, en definitiva —contestó ella.

Esas palabras lo descolocaron por completo.

—¿Escéptico? —repitió él.

Candy le sonrió.

«¿Qué tiene esta mujer que logra distraerme? ¿Cómo consigue siempre que le responda, que le siga el juego, cuando yo soy el experto en seducción? ¿Me estaré equivocando en la forma de tratarla? ¿O me estoy involucrando más allá de la relación habitual con una futura amante?», pensó Albert.

Como siempre, algunos invitados los saludaron, el resto de mujeres se dedicaron a ignorarla.

—Me atrevería a emitir un juicio sobre usted con bastante acierto —lo desafió Candy mientras aceptaba la compa de champán que un criado le ofreció.

Albert la miró con ojos entrecerrados y no se amedrentó:

—¿Desea psicoanalizarme, lady Warren? —ella asintió con la cabeza sin abandonar la sonrisa—. Hágalo entonces.

Albert se recostó sobre la columna, y se dedicó a observarla. Con la mano derecha comenzó a tamborilear sobre su propio brazo. Candy dudó durante un instante, más que nada por la temeridad de su iniciativa, pero había algo en él que provocaba curiosidad.

Un halo de misterio que la incitaba a intentar descubrir qué ocultaba tras ese aire de sufrida melancolía. Lo miró directamente a los ojos que le parecieron tan cálidos como perspicaces. Observó la línea dura de su boca, allí donde el cinismo había causado verdaderos estragos, y, donde ella, curiosamente, deseaba indagar.

—Es un hombre inteligente para pedirme algo así.

—Gracias por lo de inteligente.

—Pero es frío, —ella no lo dejó que la interrumpiera—. Vive rodeado de frialdad —hizo una breve pausa—. Ha sido un hombre idealista, pero ha descubierto la realidad de la forma más demoledora. Y, claro, ha abandonado esos ideales. —Albert la miró inquieto—. Le han hecho daño, quizás una mujer, quizás un familiar al que ama mucho.

—¿Cómo llega a estas conclusiones? —preguntó el anonadado por su perspicacia. Candy lo meditó un solo instante.

—Por su mirada de pesar.

—¿De pesar? —ella asintió.

Y desarrolló su teoría:

—Es un pesar de sufrimiento —la miró con sorpresa mal disimulada y ella continuó—. Las arrugas en la comisura de sus ojos lo demuestra.

—Prosiga —la instó.

—La responsabilidad la lleva sobre los hombros como una carga, imagino que ser el heredero de un ducado no debe ser nada fácil —él, suspiró al escucharla.

—Mi hermano George será el heredero de Letterston —Candy no parpadeó al escucharlo—. Imagino que mi hermano Anthony le ha ayudado a conocer detalles sobre mi vida y sobre mí.

Ella lo observó muy seria.

—En absoluto, cuando estoy con Anthony, no hablamos sobre usted.

Ese había sido un golpe bajo.

—No pretendía insinuar…

Albert no pudo continuar.

—Se le ve a la legua que no es feliz, también, que está deseando marcharse lejos de aquí —Albert sintió una sacudida ante la perspicacia de ella—. Sin duda es un buen hijo y hermano, pero su familia no lo comprende.

Ahora sí que alzó las cejas con absoluta sorpresa.

—¿Cómo puede intuir todo eso?

Ella le sonrió cándidamente.

—Es un libro abierto, lord Andrew —la instó a que continuara—. ¿Le gusta la aventura? —preguntó Candy—. Debe gustarle porque lleva demasiado tiempo lejos de todo, y no regresará porque no está en su naturaleza que lo dobleguen.

Él la interrumpió:

—Todos tenemos demonios guardados.

Ella asintió.

—Sí, pero algunos tienen demasiados.

Candy giró el rostro buscando a los anfitriones. Los había saludado al llegar a la casa, pero ahora no los veía por ningún lugar del salón. ¿Por qué motivo la dejaban a solas con lord Andrew? Parecía que todos conspiraban contra ella.

—Usted también parece que tiene secretos escondidos a buen recaudo.

Esas palabras captaron su atención por completo. Candy lo miró muy seria y afectada. —Se equivoca —lo interrumpió—. Si conoce por qué motivo me llaman lady escándalo, entonces sabe que no guardo ningún secreto.

—Sabe que no es cierto —la acusó él.

Candy se atragantó.

—¿Cómo se atreve a poner en duda mi palabra?

—Le ruego me disculpe, no pretendía ofenderla —le dijo Albert.

—Su vida es tan gris como su apariencia —le espetó ella ofendida.

—Ya le he pedido disculpas —le dijo serio.

La mujer lo miró de forma penetrante.

—Las aceptó, y ahora tengo que hablar con lady Maxwell.

Ella ya se giraba para marcharse y dejarlo solo.

—Seré su compañero de mesa —replicó él, y ella terminó por reírse.

Acababa de decidir que iba a rechazar las invitaciones de la condesa de Moore, de la baronesa Stone, y pensaba marcharse de Kevington Cross poniendo cualquier excusa. Lamentaba no poder hablar con la anfitriona, pero le urgía marcharse y poner distancia.

—No, hoy no será mi compañero de mesa, lord Andrew.

—No es nada personal, es por la etiqueta —le informó él—. Su rango como viuda de lord Warren… ya sabe.

Era cierto, pero ella ya se sentía incómoda con él, y no quería pasar las siguientes cuatro horas sentada a su lado.

—A pesar de ello, hoy deseo tener otro compañero de mesa.

—Me agrada conversar con usted.

La mirada de él decía otra cosa muy distinta.

—Usted no desea conversar.

¡Había dicho un pensamiento en voz alta! Ahora no podía retirar sus palabras.

—Explíquese —le demandó él.

Candy pensó que a lo hecho pecho.

—¿Desea conocer realmente mi opinión? —el hombre le hizo un gesto afirmativo bastante elocuente—. Se la ofreceré con gusto. Como habrá escuchado todo tipo de rumores sobre mí, cree que soy una presa fácil. Una posible conquista que olvidará nada más embarcar de nuevo hacia donde sea que vaya —dijo Candy un tanto solemne—. Está claro que no he debido ser lo suficientemente clara en todos nuestros encuentros sobre lo que pienso al respecto —él, estaba mortalmente serio—. Pero, si no lo tiene claro, se lo reitero: no tengo ninguna intención en tener una aventura con usted ni de convertirme en su amante.

El silencio que sobrevino les sirvió para examinarse mutuamente.

—Interesantes conclusiones.

—¿He sido clara? —preguntó ella.

—Mucho —respondió él.

—Y, ahora, si me disculpa, tengo que hablar con los anfitriones —terminó Candy con una mueca.

Albert sonrió y mostró una hilera de dientes blancos y cuidados.

—Pero está muy equivocada porque no tenía en mente convertirla en mi amante —esa afirmación detuvo los pasos de ella—. Anthony está interesado por usted.

Esa afirmación la había dejado descolocada.

—Sí —respondió ella—. Le tengo mucho cariño.

—¿Es Anthony quien le mantiene el corazón caliente?

Candy se sorprendió del tono de burla que dejó traslucir sus palabras. Intuyó que a él le había molestado lo que le había dicho. Más, tal vez, por los aciertos, que por los errores.

—No tendré en cuenta esas palabras, buenas noches, lord Andrew.

—¡Candy! —exclamó él al mismo tiempo que la sujetaba del brazo.

—Suélteme —le ordenó ella—. Y no vuelva a impedirme que me marche ni me llame por mi nombre.

—Lo lamento —dijo, y la soltó.

La vio alejarse tan tiesa como la vara de una lanza.

Albert se maldijo en voz baja por el curso que habían tomado las cosas. Esa mujer tenía algo que lo desviaba del rumbo. No se portaba con ella como el caballero que era. Sujetarla por el brazo había sido un gesto tanto impulsivo como temerario, pero la deseaba. La voluntad de tomarla entre sus brazos y hacerle el amor, de alimentarse de la sutil fragancia de su glorioso cuerpo y de la voluntad de estarse allí quieto y dejar que sea ella quien decidiera que quería hacer con él, con su cuerpo, con su anhelo … era sobrecogedor. Jamás se había sentido así, ni siquiera con Susana, solo intentar hacer una comparación era ridículo. Lady Warren le provocaba un torbellino de emociones a las que no podía ponerle nombre, y tampoco quería.