CAPÍTULO 07
Ese día, la cabaña del bosque estaba tan fría como él. Las vistas sobre el bosque de castaños no le producían ninguna sensación de paz, ni calmaban sus agitados pensamientos como en otros momentos. Dejó de mirar por la ventana, y puso su atención en la correspondencia. Pasaba las cartas una a una entre los dedos: invitaciones, facturas por los artículos que estaba comprando, y una carta femenina dirigida a su hermano menor.
Se masajeó el cuello tenso. Dirigió sus pasos a la pequeña cocina y se sirvió un vaso de agua de una jarra. Escuchó unos golpes en la puerta, y se dirigió a abrirla.
—¿Por qué traen tu correspondencia aquí?
Anthony alzó sus ojos con una sonrisa.
—He dado la orden al servicio, cuando llega correspondencia para mí a Pembroke, un lacayo la trae de inmediato a la cabaña del bosque.
Albert lo miró con severidad.
—¿Qué ocultas? —Anthony levantó los hombros:
—Ya lo hacía antes de que te instalaras aquí y no en la casa familiar, además, confío en tu discreción más que en la de padre.
A Albert no le sorprendió esa revelación, y le preocupaba mucho que su hermano no quisiera recibir el correo en Pembroke.
—Pasa, tengo que hablar contigo.
Anthony separó sus pies y se quedó mirando a su hermano con el ceño fruncido.
—Hoy no estoy de ánimo para aguantar tu talante malhumorado.
Albert se giró y no hizo caso a lo que su hermano le decía:
—¡Sígueme! —Anthony lo ignoró.
Albert se volvió con rapidez al ver que su hermano se mantenía quieto.
—O cambias el tono, o me marcho ahora mismo.
Albert se mesó el pelo con cansancio:
—Tengo motivos más que suficientes para estar enfadado contigo ––el hermano hizo una mueca.
—Yo no tengo la culpa de la emboscada de padre en el cumpleaños de nuestra cuñada.
No se dignó responderle. Miró a su hermano menor que tenía una postura insolente apoyado en el marco de la puerta de la cocina.
—Necesito aclararte algunas cosas, y no pienso hacerlo de pie.
Anthony se encogió de hombros. Siguió a su hermano al salón. La cabaña del bosque no era amplia, pero era muy cómoda.
Ambos se sentaron, y el silencio reinó durante un momento.
—Te prohíbo que sigas teniendo contacto con lady Warren —le ordenó Albert.
Un brillo extraño cruzó los ojos de Anthony.
—No puedes decidir sobre ello.
Albert apoyó la espalda en el sillón y le ofreció a su hermano menor una mirada de advertencia. Luego siguió:
—No es la mujer apropiada para ti.
—Demasiado tarde pues ya he comprado el anillo de compromiso.
Albert cerró los ojos porque no se esperaba esa respuesta.
—No cometas el mismo error que yo. —La voz potente de Albert hacía que Anthony comenzara a ponerse tenso—. Es una mujer viuda, y mayor que tú.
Anthony fingía no comprender del todo el enfado de su hermano.
—Solo es mayor que yo tres años. Lady Warren tiene treinta y dos años.
—¿Pero te estás escuchando? —Albert calló durante un momento—. Es una mujer mayor y madre de dos adolescentes. No es la mujer adecuada para ti.
Anthony se movió inquieto en la silla.
—Poco te importa que haya conocido a la mujer más extraordinaria de mi vida. Esta vez creo que va en serio, hermano.
Albert lo miró con excesiva dureza, y le dijo con enojo:
—No debes verla más. —Anthony miró a su hermano mientras escuchaba atento sus palabras—. Te lo advierto desde el cariño.
—Estoy enamorado de ella —admitió el otro franco.
Los ojos azul cielo lo taladraron, y lo observaron durante un momento largo.
—He decidido quedarme más tiempo en Inglaterra —reveló Albert.
Eso sí que había pillado al menor por sorpresa.
—¿Has decidido quedarte porque pienso desposar a lady Warren? No puedo creerlo. —Se me han complicado algunas compras que quería hacer para Lakewood. Anthony no lo creía. Su hermano estaba deseando marcharse, algo debía de haber ocurrido para que cambiara de opinión de forma tan radical.
—Que hayas decidido quedarte tiene que ver con lady Warren, ¿verdad?
Albert exhaló hastiado:
—Tienes que terminar esta relación antes de que sea demasiado tarde.
Anthony bajó los ojos al suelo.
—Ya es demasiado tarde para mí —dijo como una forma de escapar de allí. La ansiedad en las palabras de Anthony hizo que Albert maldijera:
—¡No te creía tan estúpido! —el menor alzó los ojos y miró a su hermano lleno de furia. Después agregó:
—No todos tenemos tu frialdad para tratar asuntos de damas.
Albert deseaba golpear la mesa con el puño, pero se contuvo.
—Parece mentira que me recrimines algo así. Presumo que mi familia no me perdona que no quiera trato con nuestra madrastra Susana después de lo que me hizo. Esta forma de hablar no es propia de ti. La podría esperar de padre, incluso de la abuela, pero no de ti, Anthony.
—Susana es nuestra madrastra, nos guste o no, y está embarazada. Le debemos respeto.
—¡Maldita sea Anthony!
Albert se levantó con furia del sillón y le dio la espalda a su hermano. Le parecía intolerable lo que esa mujer había hecho. Detestaba su ambición desmedida. Su falsedad…
—Candy… lady Warren no es Susana —la defendió Anthony.
Albert cada vez estaba más furioso.
—¡No es la mujer adecuada para ti! —exclamó colérico—. Y vas a obedecerme.
La intimidación no resultó efectiva.
—¿Y quién eres tú para darme órdenes? Te recuerdo que te marchaste hace quince años sin volver la vista atrás, sin que te importara lo que pensáramos George y yo mismo —Anthony tomó aire—. ¿O pretendes apartarme del camino para tener vía libre con Candy? Albert lo miró estupefacto. Su hermano sabía cómo sacarlo de sus casillas. Anthony, incluso detrás de su enojo, parecía divertido. Y lo más gracioso es que tenía razón. Quería a su hermano menor apartado de lady Warren.
—A diferencia de ti, yo sabría manejarla.
Anthony terminó entrecerrando los ojos.
—¿Te has creído los chismes que cuentan sobre ella? —Albert parpadeó porque alguno sí le había parecido digno de creer—. No es cierto que haya sido amante del príncipe, y no porque él no hubiera querido, solo tienen amigos en común.
Se refería al Príncipe de Gales. Albert se preguntó por qué motivo defendía Anthony a Candy cuando el príncipe era un conocido mujeriego.
—Tienes que dejar de verla y desistir de tus propósitos —siguió insistiendo.
Anthony abrió la boca por la sorpresa que le produjo la orden de su hermano mayor.
—¿Y qué crees que debería decirle? Algo así, por ejemplo: «Lady Warren, como mi hermano no lo aprueba, me veo en la obligación de suspender nuestra amistad y abandonar mis pretensiones».
El sarcasmo le hizo fruncir el ceño a Albert que comentó muy tranquilo:
—Tú mismo sabes que no le dirás eso.
—Entonces, acepta que lady Warren será lady Andrew cuando ella me acepte, y te aseguro que lo hará muy pronto.
Albert seguía mirándolo con ojos tan fríos como el hielo.
—¡No! —la vehemente exclamación le dio el indicio a Anthony de que su hermano ya estaba llegando al límite.
—¿Qué escondes detrás de esa negativa tajante? —preguntó Anthony, y Albert no le respondió—. Percibo que hay otros motivos que te guardas para ti, ¿cierto? —Albert respiró con cierta agitación.
—Solo pretendo ayudarte —dijo finalmente.
—Desde este momento tienes prohibido acercarte a ella —le advirtió Anthony sin un parpadeo—. Me encargaré de que no puedas ser designado como su compañero en ninguna cena o fiesta a la que asista lady Warren.
Albert se encogió de hombros, como si no le importara.
—Sé que he obrado mal manipulando los acontecimientos para que me asignaran como su compañero de mesa, y por eso estoy capacitado para pedirte que ceses en ese empecinamiento con ella.
—¿Crees que soy un estúpido? —casi gritó Anthony—. Renuncias a ser duque de Letterston pero ahora bien que te aprovechas de ese privilegio para obtener favores y prebendas.
—Nunca he utilizado ese privilegio porque lo desprecio, porque renuncié en el mismo momento que padre se lió con la que creí que era la mujer de mi vida.
Anthony resopló.
—Despreciar tu sangre, tus raíces, tu herencia, solo te traerá infortunio. Y como te sientes tan desgraciado deseas que yo lo sea tan bien.
Anthony hablaba en un tono de voz monocorde. Albert no podía soportar más esa charla. Su hermano parecía estar burlándose de él.
—¡Basta, Anthony! —replicó agrio—. Como tu hermano mayor me obedecerás.
Anthony respiró hondo varias veces, como si tratara de calmar sus ánimos.
—Si te respetara lo suficiente podría tener en cuenta tus palabras, pero ni te ha importado nunca la familia, ni la herencia…. —calló un momento porque le costaba continuar—. Eres el menos indicado para dar órdenes, y eres un necio si esperas que las cumplamos. Albert lo miró con la más absoluta incredulidad reflejada en su rostro.
—Esto no es un juego. Te he dado un ultimátum y lo vas a cumplir enseguida.
—Bien. Si no deseas nada más, me marcho.
—¿Anthony? —Albert dejó la pregunta en el aire.
—Vete a tu granja de Lakewood y déjanos al resto en paz.
Anthony se retiró rápidamente, y cuando llegó a la calle, maldijo violentamente. Él quería a su hermano mayor, había censurado los actos de su padre en el pasado porque había logrado que se marchara muy lejos, pero era incapaz de comprender la aversión que sentía Albert por la mujer que amaba. ¿Cómo sentía la desfachatez de darle esa orden? Siguió caminando en dirección a Pembroke House y lanzando maldiciones.
…
Albert seguía sentado en la misma posición y con la mirada perdida. Mucho tiempo después, escuchó el sonido de un caballo, unos pasos que caminaban, y una mano que volvía a tocar la puerta de la cabaña. Imaginó que sería Anthony que venía a disculparse. Dudó si ignorarlo o levantarse para abrir. Ante la insistencia de la llamada, decidió con aburrimiento acudir a ella. La expresión de cansancio de su rostro se borró al instante. Quedó olvidada ante la máscara que mezclaba sorpresa e ira, y que ocupó el lugar de su rostro cuando contempló a la persona que tenía delante. En un acto reflejo, había abierto la puerta. Enseguida se arrepintió. Hizo amago de cerrarla, pero un pie femenino se lo impidió.
—¡Vete de aquí!
—Necesito que me escuches.
—¡No puedo escucharte! ¡No quiero hacerlo! Aún estoy furioso contigo.
Con el hombro, Susana empujó suavemente la puerta, que se abrió a ella sin problemas. Cruzó el vestíbulo y se dirigió al salón. Albert no supo qué fue lo que lo impulsó a seguirla.
—Esta hostilidad debe terminar de una vez. No es bueno el enfrentamiento constante con tu padre y conmigo.
Albert decidió mostrarse irónico:
—¡Cuánta preocupación, duquesa! Ese era el título que ostentaba ahora por estar casada con el duque de Letterston.
—Alguna vez tendrás que aceptar y comprender la decisión que tomé en aquel momento.
Albert se apoyó en la pared y cruzó los brazos sobre su pecho. Sentía una inquietante sensación de ira cuando estaba con ella. Todavía parecía que no había encontrado el antídoto para su veneno. No la toleraba o no se toleraba a sí mismo, no se podía creer como alguna vez creyó amar a esa mujer y querer hacerla su esposa.
—De ti no tengo que aceptar nada —dijo por fin Albert.
La sequedad de él fue elocuente, así como el brillo de despecho en sus ojos azul cielo.
—Tu padre espera una disculpa de tu parte.
Albert alzó las cejas con calculada frialdad. Entonces se defendió de esa mujer, y para hacerlo tuvo que atacar:
—Ya has dicho lo que tenías que decir, ahora: ¡vete!
Susana se lamió el labio al mismo tiempo que entrecerraba sus ojos. Lo conocía demasiado como para sentirse intimidada. Albert la observó, y ella creyó que lo hacía con el detenimiento de un hombre interesado, pero estaba muy equivocada.
Él, se sintió asqueado, por ella, por todo. Tras un instante de silencio, Susana volvió a hablar.
—No estaba preparada entonces —Albert sabía perfectamente a qué se refería, pero continuó en silencio. Ella se empecinaba en hablar del pasado de ambos y del hijo perdido. Susana continuó—. Lamento tu decepción.
Albert apoyó la nuca en la pared e inspiró profundamente. Quiso ser hiriente:
—No confundas la decepción con el desprecio.
Susana terminó por apoyarse sobre un pie mientras medía las palabras que iba a decir. —Aún recuerdo cuando me decías que podría aspirar a todo si me lo propusiera.
El hombre entrecerró los ojos hasta reducirlos a dos rendijas negras.
—¿De qué estamos hablando? ¿De algo teórico o de nosotros dos? ¿O de mi padre y tú? —Susana no se amilanó ante la cruda pregunta. Siguió como si no la hubiera dicho:
—No estaba preparada para ser madre.
—Nunca lo estarás —le respondió con desdén—. Eres incapaz de superar tu propio egoísmo.
—No podía permitir que ese hijo fuese considerado bastardo e ilegítimo.
—¡Yo quería hacerte mi esposa! —gritó Albert—. Habría amado a ese hijo con todo mi corazón.
Ella tuvo el atino de parecer avergonzada.
—Pero jamás habría podido ser duque de Letterston.
Albert sintió esas palabras como una estocada directa en el corazón.
—Y lo que traes ahora tampoco lo será —vaticinó.
Susana alzó el rostro, y lo miró con condescendencia.
—Estoy casada con tu padre. ¡Acéptalo! —Albert lanzó una carcajada sin humor.
—¡Estás casada con las libras de mi padre! Con el título de duquesa que ansiabas, eso es lo que acepto.
—Ya veo que tratar de hablar contigo es perder el tiempo.
No se resintió por la crítica; todo lo contrario, la sintió como un bálsamo sobre su corazón.
—¡Ahí tienes la puerta! —le dijo, y esperaba de verdad que ella se fuera. No podía seguir haciéndose el duro mucho tiempo más. Quería que se fuera, la detestaba. Algo lo hizo pensar en Candy, y sintió ganas de verla, hablar con ella, que lo escuchara. Le indicó la salida a Susana con la mano. Susana terminó por marcharse. Cerró la puerta con un estruendo.
Cuando de nuevo escuchó el galope del caballo, respiró tranquilo.
...
¿Que la correspondencia de Anthony llega a la cabaña donde Albert vive? mmm.. que interesante.. que interesante.
