CAPÍTULO 08
Albert se sentía incapaz de controlar el estado de ansiedad que le producía la visita de su abuela. Había enviado un mensajero a la cabaña del bosque para anunciarle que, en pocos minutos, llegaría a verlo. Elroy Rose Andrew se había hecho a sí misma. Destilaba, a pesar de su avanzada edad, una seguridad que producía admiración, pero esa misma seguridad la volvía arrogante y fría. Albert y sus hermanos habían carecido de la más elemental muestra de cariño por parte de la abuela Elroy. Solo William, el duque, superaba a su abuela en desdén y soberbia. Albert no había vuelto a ver a su abuela desde la cena de cumpleaños en Pembroke House. Sabía que esa tarde lo iba a amonestar por la forma de comportarse con su padre y su madrastra.
Albert se mesó el pelo rubio con una cierta vacilación. Volvió a fijar sus ojos azul celeste en el reloj de pared que hacía transcurrir los minutos a una velocidad alarmantemente lenta. Cómo extrañaba el calor de su madre: su serena y cándida sonrisa, las manos suaves y amorosas cuando le ofrecían tiernas caricias dándole ánimos ante cualquier eventualidad. Si ella siguiese con ellos, equilibraría el talante huraño de su padre y el de su abuela. Su vida, sin embargo, parecía seguir siendo un erial enmarañado donde no cabía la posibilidad de cosechar nada.
Su hermano menor se mantenía apartado: la advertencia seguía en el aire y él sabía que Anthony, tarde o temprano, tendría que claudicar en su empeño, pero toda esa situación se le estaba escapando de las manos. Y Albert no era bueno intentando controlar la impetuosidad de su hermano menor. Pretendía mantener sus sentimientos bajo un férreo autodominio, pero que Anthony se hubiese enamorado de una mujer tan poco conveniente, superaba cualquier estupidez que hubiese hecho en el pasado. Y eso que había hecho unas cuantas.
Unos golpes decididos en la puerta lo sacó de sus cavilaciones. Los pasos que dirigió hacia la entrada fueron lentos y pesados. La figura de su abuela seguía siendo imponente. El saludo seco le hizo chasquear la lengua con resignación y no intercambiaron más de tres palabras en el ritual del té que ambos bebían con un silencio embarazoso. Su abuela, la duquesa viuda, se había traído al mayordomo, una de las doncellas, y un lacayo de Pembroke House para que sirvieran el té en la cabaña del bosque. Les hizo a los sirvientes un gesto con los ojos, y los dejaron a solas.
—¡Debes portarte como un hombre! —Albert casi suelta el sorbo de té al escucharla.
—Hasta dónde sé, me comporto como me ha enseñado.
Elroy lo miró con disgusto.
Sus ojos tenían la misma tonalidad gris que los de George, solo Anthony y él, habían heredado los ojos azul cielo de la madre.
—Eso ni te lo crees, y yo jamás permitiría que nadie se interpusiera en la familia —Albert se recostó en el mullido sillón de piel.
Como la cabaña hacía de casa de invitados, la familia Andrew la tenía muy bien habilitada. Albert quería escuchar. Quería representar el papel de nieto obediente delante de Elroy como una forma de defensa.
—Con esa actitud le otorgas más poder del que tiene Susana, querido nieto.
Albert intervino:
—El único poder que tiene es en la fortuna de mi padre y su título.
—Tu sarcasmo está fuera de lugar conmigo —respondió la mujer.
Albert cruzó una pierna sobre la otra, pero no dijo nada. Elroy siguió con los reproches:
—Cometiste un error al abandonar a la familia.
—Hubiese cometido uno mayor quedándome.
—Es solo una mujer. ¡Maldita sea! —Albert sabía lo que vendría a continuación y dijo algo que lo provocaría:
—Es su nuera, querida abuela.
Elroy bufó con desprecio.
—Lo es, y por eso vas a tener que tragarte tu orgullo.
Albert no pudo contener la lengua.
—Usted no quiso a Susana cuando yo pretendía que formara parte de esta familia. Se opuso de todas las formas posibles a mi compromiso con ella.
—Susana no era adecuada para ti, ni podría darte el heredero que necesitaba el ducado.
—¿Pero es apropiada para mi padre? —preguntó con amargura—. ¿Por qué?
—Lo acepté como un mal menor.
Albert apretó los labios.
—Aquí parece que la humillación a la que me ha sometido mi padre y Susana no importa. Todo esto no se parece en nada al respeto que usted me enseñó. Al respeto que nos debemos entre las personas de la familia. Eso ha sido lo que me ha inculcado toda mi vida, abuela.
Elroy lo miró con frialdad.
—Tu padre está sufriendo mucho por tu actitud.
Albert comenzó a mover el pie con impaciencia.
—Todo hombre tiene su límite, nadie va a marcarme el mío. Yo no disfruto con todo esto, créame.
—¡Eres un desagradecido!
—Mi padre escogió. Yo hago mi elección. ¡Es mi derecho!
—Tu padre no sabe de qué forma encauzar un nuevo encuentro contigo. ¡Maldita sea! Eres el heredero de Letterston.
—El duque no sabe cómo encauzar un encuentro conmigo —repitió envarado—, pero supo encauzar un encuentro con Susana, a pesar de lo que yo sentía por ella.
—Tu padre no tuvo la culpa de vuestra ruptura. —Albert no tuvo más remedio que darle la razón a su abuela.
Él la había despreciado cuando supo que había acudido a una curandera para obtener unas hierbas y deshacerse del hijo que esperaban. Ella no desmintió el rumor cuando él le demandó explicaciones, ni le importó el escándalo que se suscitó cuando la noticia saltó de boca en boca. La discusión entre ambos había sido descomunal, pero Susana ya lo había hecho. Le había mostrado un sinfín de razones que la habían empujado a deshacerse del bastardo, porque jamás sería legítimo pues no lo permitía su condición de plebeya. Albert podría haberse recuperado del golpe si ella no se hubiera enredado tiempo después con su padre. Cuando supo que iba a convertirse en su madrastra, decidió marcharse de Inglaterra y abandonar Pembroke House para siempre.
—No la tuvo, pero no tenía que casarse con ella, sobre todo sabiendo lo que hizo, de lo que era capaz por llegar a ser duquesa de Letterston.
—Tu padre está enamorado de Susana —respondió la abuela en un susurro.
—¿Y?
—Tú, no lo estuviste nunca —Elroy hizo una pausa—. Susana nunca tuvo poder sobre ti, por eso hincó sus garras en tu padre. Esa razón debería bastarte para no permitir que se salga con la suya.
Hasta ese momento, Albert no se había dado cuenta de la verdad dicha en las palabras de su abuela. Albert nunca se había entregado del todo. Siempre se había reservado un refugio para sí mismo.
—¿Y qué propone, abuela? —preguntó cauto.
—Que te comportes como si no hubiese ocurrido nada.
El nieto soltó una carcajada llena de ira.
—Mi hijo o hija tendría ahora catorce años —le espetó dolido.
—Asumes muy fácilmente que era tuyo. ¿Estás seguro? ¿No crees que esa podría ser una razón para que ella hiciera lo que hizo?
Albert abrió los ojos con absoluta perplejidad. El corazón se le había detenido en una pausa dolorosa. En un hilo de voz, preguntó:
—¿Tiene pruebas que demuestren sus palabras? —la pregunta alertó a Elroy.
—Susana es una mujer ambiciosa. No tengo que decirte más.
—No puede soltar algo así y quedarse tan tranquila —la recriminó.
—Tan solo te he dado otra perspectiva a tener en cuenta, nada más. Tú sabrás si Susana te era fiel, o no —la duquesa viuda hizo una pausa muy significativa—. Susana sabía lo que quería, y era ser duquesa por encima de todo, por eso atrapó a tu padre en su red. ¿Puedes afirmar que no tratara de embaucar a otros herederos?
—Me niego a creerlo. Sería demasiado cruel.
—Escúchate. Es tu amor propio el que habla, no tu razón.
Albert miró a su abuela antes de decir algo.
—Es muy dura conmigo revelándome algo así —Elroy ladeó la cabeza pensativa. Luego agregó:
—Siempre has sido un muchacho fuerte, acostumbrado a salirte con la tuya. ¿No crees que tu orgullo está más lastimado que tu corazón? —Albert le respondió con acidez:
—¿Qué importan mi orgullo o mi corazón? Susana sigue entre nosotros y su ponzoña se expande por esta familia.
—Así no avanzamos. Abandona ya ese lugar en el que te has colocado. Aunque tuvieras razón, no hay nada que hacer pues es la esposa de tu padre.
Albert alzó los hombros con indiferencia:
—Me gusta el lugar donde estoy. Y lo demás me tiene sin cuidado.
Elroy se levantó con furia y lo taladró con la mirada.
—¡Deja de faltarme el respeto!
—Disculpe, abuela. Este asunto me hiere profundamente, y me asombra que se muestren todos indiferentes a mis sentimientos.
—¡Haz las paces con tu padre! Él, no ha querido herirte. Las cosas se le fueron de las manos.
Albert creía que iba a perder los nervios de un momento a otro. Inspiró profundamente para calmarse antes de responder.
—Mi padre hizo una elección. Yo hice la mía.
Albert se refería a dejar Inglaterra y romper la relación con la familia.
—Escapa a mi comprensión esta actitud tan terca, sobre todo después de comentarte todas las dudas que albergo al respecto.
—¡Suficiente, abuela! Sabe que la respeto, que le profeso un profundo cariño, pero un hombre tiene un límite de golpes a recibir, y hoy he recibido más de las que puedo soportar.
—Solo intento ayudar. Quiero a la familia unida de nuevo. Quiero que reconsideres tu decisión de que tu hermano George sea el duque de Letterston.
—Es lo que decidí en su día.
—Pero no es bueno para la familia porque George no tiene tu aplomo ni tu poder de decisión… —el nieto la interrumpió.
—Pretende que actúe como si no hubiese ocurrido nada —Albert se lo recordó agriamente.
—Te mantienes aislado no solo de tu padre sino de tus hermanos, y eso es algo que debes solucionar de inmediato.
Albert se levantó del asiento y dirigió los pasos hacia la ventana. Miró hacia el bosque pensativo.
—No puedo cambiar de actitud. Es más, no pienso hacerlo.
—Esta es la última vez que intercedo entre tu padre y tú. Lo que hagas a partir de ahora es asunto tuyo.
Albert se giró muy serio y miró a su abuela.
—Siempre lo fue. Yo no pedí que usted mediara —dijo Albert a modo de conclusión. —¡Búscate una esposa y comienza de nuevo! —le ordenó.
Al escuchar a su abuela, el rostro de lady Warren se le apareció, y no supo el motivo.
—Es tarde, abuela —dijo por toda respuesta.
Lo despidió con voz seca.
—¡Quédate con Dios!
Albert mostró una sonrisa cínica.
—Prefiero quedarme con el diablo.
Sin embargo, Elroy no oyó la respuesta de su nieto. Había alcanzado la puerta y salió por ella de forma precipitada. El mayordomo, la doncella y el lacayo la siguieron. Regresaron a Pembroke House sin mirar atrás.
Albert estaba muy alterado por la visita y la conversación mantenida con su abuela. La posibilidad de que el niño malogrado de Susana no fuera suyo, le encogía el corazón de una forma muy dolorosa. Había sufrido mucho, y llegado a esa encrucijada, se dijo que no quería conocer la verdad pues para él siempre sería su hijo no nacido.
...
Creo que Elroy tiene toda la razón, lo mas herido de Albert es su orgullo, y le esta dando demasiado importancia a algo que paso hace demasiado tiempo, a una mujer que no valía la pena, y aunque su padre haya errado, es su padre. Pero bueno..
Chicas bellas, decidi actualizar mas hoy porque mañana no podré, pero sin duda el viernes si. Estos dos que vienen estan de infarto! Que los disfruten! Y como siempre, he leido todos sus reviews y quiero agradecerles de manera directa a cada una: Carol Aragon, Mj-20, Mia8111, Yagui, Bunny, White Andrew: jajaja morí de risa con tu comentario, lo mismo ;), Dinoris: gracias corazón, Ana B: igual me hacían falta, por eso regrese, Maru mend, y todas las Guest, que no se si son las mismas, pero si no, si me dejan su nombre las sabre diferenciar y agradecerles, y a todas las chicxs que me leen en silencio. Aunque no se porque la pagina no sube los comentarios de un solo, siempre me llegan al correo y las leo. Gracias por el cariño y por leerme. Un beso a todas.
