CAPÍTULO 09
¿Qué podía hacer para marcharse sin que lady Cowbridge se enfadara con ella? Candy se había pasado una semana fuera de Battlefield, pero a su regreso a Yorkshire no había podido rechazar la invitación. Ahora lamentaba profundamente no haberlo hecho. Tenía a su lado a lord Andrew que la miraba de una forma que le provocaba escalofríos, salvo que no era Anthony sino Albert. De nuevo sentada en el gran comedor oscilaba un pie sobre otro, tenía la mirada puesta en el invitado que tenía enfrente. Ninguno le llamó la atención de forma particular, y optó por acomodarse en la silla tapizada que le resultaba muy cómoda.
Había sido una semana de locura. El viaje a York había sido inesperado pues su cuñada Annie había sufrido un pequeño accidente. El carruaje en el que viajaba se había roto un eje, y Candy se llevó el mayor susto de su vida. Solo había podido convencer a Annie para quedarse con ella una semana, y su cuñada había insistido para que regresara a Battlefield al cumplirse la misma. Afortunadamente, su hija Marian se encontraba estudiando en la escuela para señoritas de Bytheseashore, y ella disponía de libertad para moverse de un lugar a otro sin tener que dejarla sola.
Al sentirse observada, Candy giró el rostro y clavó sus ojos verdes en Albert que la miraba con un brillo de admiración en sus ojos azul cielo.
—Se la ve muy bien esta noche, lady Warren.
—¿Atractiva o escandalosa? —ella decidió responder con humor.
La alusión al apodo que le había puesto la sociedad de Yorkshire le arrancó una sonrisa.
—Y tiene buen ánimo.
Lady Cowbridge decidió intervenir en la conversación. Estaba sentada cerca de ellos. —Es injusto que la llamen así —la defendió la mujer—. Porque él le gastó una broma, no debería permitir que el resto lo haga.
—¿Quién es él? —se interesó el noble.
Candy se había mantenido callada.
—El motivo para que algunas debutantes con madres mal intencionadas la llamen así —respondió lady Cowbridge.
—Solo las mueve la envidia, lady Warren —dijo lord Cowbridge que en el pasado había sido el mejor amigo de su marido.
—Pero, ¿quién es él? —insistió Albert.
Candy terminó por sonreír.
—Aquel del que no pronunciamos el nombre —contestó con humor.
Albert había entendido. El apodo se lo debía de haber puesto el Príncipe de Gales.
—¿Qué tal su cuñada? —quiso saber lady Cowbridge.
—Bastante magullada, pero está bien de ánimo.
Albert ahora entendía la ausencia de ella en los diferentes eventos a los que él sí había asistido esperando verla. Anthony no le había dicho nada, y no le extrañaba. Después de la discusión que habían mantenido los dos hermanos, parecía que le había retirado la palabra.
—Imagino el susto que se habrá llevado —intervino uno de los invitados a la cena—. Perder a sus padres, perder a su esposo…
Albert no pudo evitar hacer una broma para restar tensión al momento. Veía lo incómoda que estaba ella, y deseaba ayudarla.
—Debería corresponder a él con un apodo adecuado a su rango, ¿qué le parece, ¡wombat!?
Candy abrió la boca con sorpresa. Albert alzó las cejas para reforzar la broma con el gesto.
—¿Ha dicho wombat? —preguntó risueña.
—¿No cree que él se parece a un tejón?
Candy seguía boquiabierta. La transformación en los rasgos de él la sorprendió.
—Me podría caer de espaldas por escucharlo —terció ella.
Albert no podía mostrarse serio ni indiferente. En la semana que no la había visto, había estado atormentado por su rostro de hechicera. La necesidad de verla lo había mantenido en un constante duermevela, y por eso había aceptado todas las invitaciones sociales, porque necesitaba verla otra vez. Volver a ver el brillo tan intenso que se desprendía de sus ojos verdes mientras todo su cuerpo ardía de deseo. Albert se moría por sentir sus cabellos entre sus dedos, poder besar la suave piel...
—¿Lord Andrew? —lo llamó lady Cowbridge.
Él, volvió bruscamente a la realidad.
—Disculpe, estaba distraído.
—¿Se encuentra bien?
—Por supuesto.
A Candy le pareció que él no estaba bien en absoluto. Casi sin pensar soltó:
—Háblenos de su granja, cuéntenos sobre Lakewood —le pidió.
A él le costó un mundo centrarse de nuevo. La tenía al lado, casi pegada a su cuerpo. Podía oler el aroma que desprendía su cabello. Llevaba un vestido nada recatado y muy atrevido. El profundo escote dejaba entrever el nacimiento de sus cremosos y perfectos pechos. El color suave le sentaba a la perfección, sobre todo con esas diminutas florecitas blancas que hacían juego con las rosas blancas de su cabello. Cada vez que giraba la cabeza, lo inundaba el floral aroma, pero él, apenas podía despegar los ojos del escote, y tuvo que respirar profundo varias veces.
—Allí todo es diferente —explicó Albert, y la sonrisa de Candy mientras lo escuchaba, parecía que iba a llegarle hasta los hombros—. Las distancias son enormes, y no existen ciudades tan bulliciosas como Londres.
—¡Parece un lugar increíble! —exclamó lady Cowbridge.
Albert tenía que centrarse en la anfitriona y no en tratar de oler las flores frescas que llevaba Candy en el elaborado moño.
—Imagino que estará deseando regresar —dijo ella mostrándose cercana.
Albert la miró con calculado interés. Ahora se daba cuenta de que ella no mostraba el desdén del principio. No la veía irritada porque estuviera sentado a su lado, y se preguntó qué había cambiado en esa semana que había estado fuera de Sheffield.
—Ahora, ya no tanto —respondió de forma enigmática.
—Maryland está demasiado lejos de Inglaterra —dijo al fin lord Cowbridge pensativo—. Para mí sería impensable que mi primogénito decidiera marcharse tan lejos de la familia, y de sus obligaciones.
Albert se puso serio. No quería que la conversación perdiera su cauce del principio porque no le apetecía nada hablar sobre sus motivos para marcharse o quedarse en Pembroke House.
—Hay situaciones en la vida que nos obliga a tomar decisiones drásticas y dolorosas —dijo él.
—No existe ningún motivo, por poderoso que sea, que nos haga separarnos de nuestra familia —dijo Candy pensativa.
Albert supo que estaba pensando en sus padres que habían sido asesinados por unos forajidos, y de su esposo que había fallecido en un naufragio.
—También hay cambios en la vida que nos hacen replantearnos regresar.
Esa respuesta los dejó a todos descolocados porque la había dicho sin dejar de mirarla. Candy se acomodó en su silla bastante nerviosa.
—Esa sería una excelente noticia —aplaudió lord Cowbridge—. Sería un buen momento para sentar la cabeza y pensar en formar una familia.
—¿Hay alguna dama en Sheffield que le despierte el suficiente interés, lord Andrew, para valorar quedarse? —se atrevió a preguntarle la anfitriona.
Albert no paraba de mirarla, y Candy se sentía cada vez más nerviosa.
—Ahhh, pero la dama desdeña mi interés —respondió muy serio.
Candy había cerrado los ojos al escucharlo, le parecía increíble que hablara con tanta frivolidad.
—¿Será quizás que la dama lo desdeña porque su interés está centrado en otro hombre más humano y sincero, y menos déspota y arrogante? —la pregunta de ella requería una respuesta, y él se la ofreció contundente.
—La dama desea ignorar que el hombre elegido por ella es un tremendo error.
Candy supo que era su turno de mostrarse implacable. El resto de invitados había enmudecido siguiendo la discusión entre lord Andrew y lady Warren.
—Es de una temeridad grosera suponer lo que la dama siente o piensa en esa cuestión tan íntima y personal, ¿no le parece, lord Andrew?
Solamente la llegada del postre evitó que Albert le respondiera. La tensión había crecido tanto entre los asistentes que se lanzaron a devorar los dulces como si no hubiera un mañana. Las mejillas de Candy se volvieron de un rojo intenso, el pulso de él, desbocado.
—Confío que este intercambio de opiniones no la haga desistir de bailar conmigo más tarde —le susurró él.
Candy lo miró con la cabeza ladeada y respondió un tanto nerviosa:
—No creo que me quede hasta tarde —respondió tensa.
Albert terminó por mostrar esa sonrisa que tanto la cautivaba.
—Tengo que hablar a solas con usted —dijo él en un susurro, Candy negó con la cabeza—. Tengo que hablarle de Anthony.
Candy no esperaba esas palabras, y por eso contestó sin dudar:
—No pienso hablar con usted sobre Anthony —contestó sincera.
A Albert no se le había pasado por alto la confianza con la que siempre llamaba por su nombre de pila a su hermano.
—Ya lo creo que hablara conmigo —sentenció.
Candy apretó los labios con cierta ira. ¿Por qué bendita razón se mostraba tan arrogante con ella? Cuando mantenía la boca cerrada, podía caerle hasta bien, pero era soltar por ella esas bravuconadas, y le provocaba una cólera desconocida.
—¿Nunca acepta un no por respuesta? —preguntó con una sonrisa forzada.
Él, la miró tan serio, que le provocó un vuelco en el estómago.
—Una vez acepté uno, y me juré que sería el último.
Habían terminado el postre, y el anfitrión se levantó para que el resto de invitados varones lo acompañaran a la biblioteca para tomar los licores. Cuando las mujeres se quedaron a solas, Candy sintió sobre su persona las miradas reprobadoras de alguna de ellas. —Sería un milagro que lord Andrew decidiera quedarse en Pembroke House, y retomara su derecho como futuro duque de Letterston.
Candy sintió un nudo en la garganta. Solo le faltaría que la culpasen a ella de la marcha de ese arrogante. Había decidido no quedarse hasta el baile, pero la conversación amena que mantuvo con lady Cowbridge, y lady Thorswan, le hizo perder la noción del tiempo, y cuando quiso darse cuenta, la música había empezado, y con ella su oportunidad de marcharse, pero lo hizo de todas formas. Pidió discretamente al mayordomo que avisara a su carruaje, cuando se encontraba esperándolo, la voz de Albert tras su espalda la envaró.
—¡Cobarde! —le dijo él.
Ella se giró un tercio. Lo miró durante un minuto largo antes de responderle.
—Soy una mujer con infinitas obligaciones —sus palabras habían sido pronunciadas con sequedad—. Y si ese motivo no fuera suficiente para justificar mi marcha, puedo ofrecerle otro: usted.
Albert se había acercado a ella en dos grandes zancadas. La sujetó por el brazo, y la llevó hacia el carruaje. Candy no podía ni imaginar la reacción que iban a tener sus palabras. Él, le abrió la puerta y la ayudó a subir los dos escalones, cuando ella todavía no había acomodado la tela de su voluminosa falda, él, se había introducido en el interior, tomó asiento frente a ella y golpeó el techo del carruaje para que comenzara la marcha.
—Pero, ¿cómo se atreve? —estaba ofendida—. Puede dañar mi reputación.
Las cejas masculinas se alzaron con sarcasmo, salvo que la oscuridad del interior del carruaje le impidió a ella verlo.
—Y eso lo dice lady escándalo.
—Pero cómo se atreve… —repitió incapaz de decir nada más.
—Tiene que escuchar lo que tengo que decirle sobre Anthony.
Candy soltó un exabrupto nada femenino.
—¿Cómo puedo hacerle entender que no deseo mantener ese tipo de conversación con usted?
—No debe aceptar a Anthony —insistió él.
Ella abrió la boca y la cerró un segundo después.
—Definitivamente se ha vuelto loco —susurró ella ofendida.
—No deseo que lo haga desgraciado aceptándolo.
Candy parpadeó atónita, ofendida, y sentía unos deseos enormes de golpearlo. Ella era una mujer tranquila, con dominio sobre sus actos, pero ese hombre la desquiciaba.
—El único desgraciado será usted.
Albert resopló porque se le había ido de las manos. Solo quería hablar con ella, hacerla desistir, pero se había precipitado, y llegados a ese punto, ya no retrocedió.
—¿Desea que le muestre el motivo por el que no debería aceptar a mi hermano Anthony?
Ella dudó, pero solo un segundo.
—¡Por supuesto!
Nada la había preparado para lo que hizo él a continuación. Se sentó a su lado, la tomó entre sus brazos y la besó. Al principio se limitó a mover sus boca sobre los dulces y carnoso labios, despacio, lentamente, y, poco a poco, se abrió pasó entre ellos con la ayuda de su lengua. Cuando ambas rozaron sus superficies, la joven se estremeció, y, sin saber cómo, lo agarró, y le hizo acercarse a ella para sentir su calor junto a su cuerpo.
Albert se lo tomó como una invitación.
Y la besó más profundamente, abriendo sus labios con su avasalladora lengua y reclamando una respuesta que ella no le negó. Las manos de él ascendieron por el torso femenino y acarició los pechos de ella sobre la línea de su escote hasta llegar al cuello para luego recorrer el camino en el sentido contrario. Ella extendió su mano, y, asiéndole del pelo, le acercó más a sus labios con un gemido de triunfo. Una sensación cálida se instaló en su vientre, y una extraña humedad salió de su sexo. Apretó las piernas y volvió a gemir.
¿Qué le estaba ocurriendo?, se preguntó en medio de la neblina de deseo que Albert le despertaba. Una marea de sensaciones totalmente desconocida se estaba instalando en ella. No la dejaba razonar. Y, él, él estaba provocando esas sensaciones, con sus besos, con sus caricias.
Albert finalizó el beso. Ella estaba mareada.
—Ahí tienes la razón para que no aceptes a mi hermano —la había tuteado por primera vez.
La mujer abrió los ojos como platos. Se sentía incapaz de pronunciar palabra alguna. —Eres un maldito cabrón —lo insultó y le correspondió en el tuteo.
Los ojos azul cielo de Albert brillaban, y ella pudo verlos a pesar de la poca luz del farol interior.
—Puedo ser un cabrón, pero quiero demasiado a Anthony para mantenerme al margen. —No has demostrado nada.
Albert se rió, y la enfureció todavía más.
—Si hubiese querido continuar, te habría hecho el amor en el interior de este carruaje —ella enrojeció de la cabeza a los pies, menos mal que él no podía apreciarlo—. Pero soy un caballero.
Candy respiró profundo. Se sentía avergonzada y humillada en el mismo porcentaje.
—Te juro que me las pagarás.
Albert golpeó el techo del carruaje, y unos segundos después el vehículo se detuvo. —Cuando quieras…
El noble se bajó del carruaje, y le hizo un gesto al cochero para que continuara.
Candy seguía en el interior tan mortificada como preocupada.
