CAPÍTULO 10
Albert estaba muy enojado con Anthony. No podía creer que, después de todo lo que le había dicho para que entrara en razón, siguiera empeñado en continuar una relación cada vez más seria con lady Warren. Albert se sentía al límite de la tolerancia. Miró a través de la ventana del salón de la cabaña, pero sin ver nada en realidad. Pensaba en la frágil situación que mantenía con su familia. A la pelea con su hermano por la relación que mantenía con Candy, tenía que sumarle los desafortunados eventos que habían resquebrajado el vínculo con su padre. El duque, seguía en el terco recorrido de la indiferencia, y Albert había adoptado la calma que precede a la tormenta. Se mantenía aislado, lo sabía, pero se sentía incapaz de ordenar los sentimientos contradictorios que sufría desde hacía más de quince años. Tarde o temprano tendría que ceder, pero aún no estaba preparado para la estocada final. Seguía rebelándose ante el egoísmo extremo, y nada ni nadie iba a conseguir doblegar sus propias ideas al respecto.
Escuchó el sonido de una carreta, y el peso que cae sobre la hierba, unos segundos después tocaron a la puerta de la cabaña. Albert miró el reloj y comprobó que apenas eran las siete de la tarde. Pensó que podría ser Anthony, y se alegró. La presencia del lacayo de Pembroke House lo descolocó. No era lo que esperaba, y le tendía un pequeño sobre. Lo tomó con firmeza y lo miró. Iba dirigido a lord Andrew, y lo giró pero no tenía remitente. El lacayo permaneció allí, impasible. Albert rasgó sin miramientos el papel y sacó su contenido. No pudo contener una exclamación de sorpresa:
«Tras meditarlo mucho, he llegado a la conclusión de que es cierto todo lo que me dijiste, por eso, un carruaje pasará a recogerte cerca de las nueve y te llevara a Lake Crest. Tengo que pedirte disculpas, y solo necesito la promesa de que escucharás todo lo que tengo que decirte, por favor».
Supo que el mensaje era de lady Warren. Albert estaba perplejo; el corazón se le transformó en una madeja de hilo enmarañado. Dudó durante un momento tan largo que el lacayo carraspeó por la espera. Albert se preguntó por qué no se iba.
—Debo llevar una respuesta pues un mensajero espera en la casa.
Ella lo citaba para hablar, decía en la nota que había pensado en la última conversación que habían mantenido, y decidió aceptar e ir a hablar con ella. Candy estaba rompiendo todas las normas elementales, pero por algo la llamaban lady escándalo, y esa nota despertó su curiosidad hasta un punto alarmante.
Regresó sobres sus pasos y escribió una respuesta en la que se rendía a los términos de Candy. Se la dio al lacayo y se dispuso a prepararse y a esperar el carruaje impaciente.
No quería pensar en lo que le hacía sentir cada vez que la contemplaba. Tarde o temprano tendría que definir su vínculo con ella. Si su terco hermano no se hubiese situado en medio, tal vez la decisión a tomar no resultaría tan difícil. Lo correcto sería no hacer nada y dejar que los acontecimientos siguieran su curso, pero no pretendía engañarse. Ella había plantado en su corazón una semilla que empujaba y empujaba para salir a la superficie causándole un dolor punzante, aunque lleno de esperanza. Sabía que no debía aceptar un encuentro con ella porque la última vez que estuvieron juntos a solas, casi la devora a besos, pero su determinación se fue al diablo ante la posibilidad de un acercamiento real.
Albert suspiró; la necesitaba.
Esperaba fuera de la cabaña cuando escuchó el carruaje negro. Supo que era alquilado. Cuando se detuvo en la puerta de su casa, casi sufrió un desmayo fulminante: no estaba preparado para enfrentarla porque se moría por besarla otra vez. El cochero bajó de un salto y caminó hasta él. Le dio otro sobre que rasgó impaciente.
«Permite que el conductor del carruaje sea tus ojos: que te guíe hasta que llegues a mí. Recuerda, tengo tu promesa de silencio. Haz que mi esfuerzo no sea en vano. C».
Sintió en sus carnes miles de agujas que se clavaban sin compasión ante la expectativa de lo posible, lo incierto, y su mente comenzó a especular tan llena de pesimismo como de esperanza.
Reacio, pero impaciente, se dirigió hacia el carruaje y se introdujo en el interior. El habitáculo estaba completamente negro: el farol interior había sido apagado, seguramente para que nadie lo viera en el interior.
El carruaje comenzó su andadura, y él se sumergió en pensamientos volátiles. Después de una hora que a él le parecieron cinco minutos, el carruaje se detuvo, la puerta se abrió, y el cochero sacó un pañuelo oscuro, pretendía taparle los ojos. Albert negó repetidamente con la cabeza mientras torcía la boca en una mueca cínica, pero, tras la insistencia del cochero, finalmente optó por ceder creyendo que Candy no quería que supiese el lugar adonde lo conducía. Por primera vez en su vida, Albert se dejó guiar a ciegas hacia el interior de una cabaña a orillas de un lago. Una vez en la estancia que ella había elegido, giró el rostro para tratar de ver algo del mobiliario, pero la negra noche y la gruesa tela no ayudaba a distinguir nada. Un instante después, el perfume de ella llegó hasta sus fosas nasales de forma inmediata. Percibió con delicadeza los suaves aromas de la fragancia de Candy: el aire se llenaba de ella cada vez que aparecía en un lugar.
Sentía deseos de arrancarse la venda, pero había dado su palabra y la mantuvo. Entonces, como si de un soplo de aire se tratase, percibió la presencia femenina a su lado, y todo su cuerpo se tensó involuntariamente. Subió su mano hasta el nudo que ataba el pañuelo detrás de su cabeza. Una voz suave se lo impidió.
—Me lo has prometido —dijo ella—. Ven.
Nada podía salir bien de esa insensatez, estaba convencido, pero a la vez, estaba profundamente intrigado. Candy lo condujo hasta un diván, y lo ayudó a tomar asiento.
—Esta ha sido la única forma de llegar hasta ti —comenzó a decirle—. Y como siento tanta vergüenza, he decidido cubrirte los ojos, porque cada vez que me miras, me provocas caos. Todo en el salón está oscuro, yo tampoco puedo verte bien.
Una mano suave se posó en los labios de Albert para callar la réplica que pugnaba por salir de su garganta. Ella continuó:
—Cuando termine mi conversación contigo, yo misma te quitaré la venda; y no puedes hablar, porque firmaste una promesa, ¿recuerdas? Además, si lo haces, haré que regreses en el carruaje de inmediato.
Albert estaba atónito ante su juego. ¿Qué pretendía? ¿Qué trataba de demostrar? Abrió la boca para decir algo, pero ella de nuevo se lo impidió con un dedo en sus labios, y un susurro en su oreja que a él le produjo una descarga eléctrica:
—Necesito contarte muchas cosas.
Albert dudaba, como si la vacilación lo marcara a fuego. Sin embargo, obedeció, y mantuvo su silencio.
—Cuando te vi por primera vez, supe que podrías seducirme. Me sentí atraída por ti, y por tu forma de mirarme, por eso he decido ser yo la que de el primer paso para seducirte. Y he pensado hacerlo en esta lugar apartado de Lake Crest.
Albert había comenzado a respirar con dificultad.
—¿Te gustaría que me sentara sobre ti a horcajadas? —le preguntó insinuante.
Él, se sintió vibrar, cuando notó que ella hacía precisamente eso: pasó sus brazos por su cuello y se ajustó sobre sus muslos. Estaba comenzando a asfixiarse.
—Estás muy tenso, lord Andrew —dijo Candy y sus manos comenzaron a desatar el lazo del pañuelo que llevaba al cuello.
Había sido un acierto que no se pusiera capa.
Albert trató de tragar el nudo en su garganta que iba aumentando de tamaño a medida que la olía sentada encima de sus muslos. No poder verla le estaba costando un esfuerzo, pero exacerbaba sus otros sentidos y su imaginación. ¡Por qué no había luz en la maldita cabaña!
—No te resistas —lo apremió con dulzura—. Solo trato de que estés cómodo.
¡Por Dios! ¡Eso era imposible!
Candy llevó la mano izquierda de él hacia un lado, y, estupefacto, sintió cómo se la anudaba con su propio pañuelo de seda, el que había desatado de su cuello. Intentó negar con la cabeza. Ella de nuevo volvió a susurrarle al oído con voz melodiosa:
—Necesito que tengas las manos atadas para lo que te tengo preparado.
Parecía que el corazón se le iba a salir del pecho. Su mano derecha parecía que iba a correr la misma suerte. Sin embargo, para sorpresa de él, Candy la ató con otro pañuelo a su propia muñeca. Entonces, cada vez que ella alzaba su mano, la de Albert recorría el mismo camino.
—No debes preocuparte por nada, imagina que estamos contemplando la luna.
Él, estaba comenzando a sudar. Sentía el movimiento de ella sobre sus muslos.
—Ahora te desabrocharé la camisa.
Albert ya no pudo aguantar más:
—¡No! —gritó, y su voz desesperada le arrancó una risa a ella.
Candy acercó su rostro hacia el oído de Albert, rozó el lóbulo apenas con sus labios juguetones, y, con una cadencia melosa, le susurró:
—No tienes elección. —Albert no dijo nada—. La tuviste cuando te hice llegar mi mensaje, pero ahora es tarde para arrepentirse.
El hombre decidió que, si ella quería jugar, jugarían.
—Te quitaré la levita —dijo Candy.
Él, mantuvo la boca cerrada, pero la abrió con sorpresa al sentir el delicado y suave encaje deslizarse por su rostro. Ignoraba qué era, pero le resultaba muy agradable. Cuando volvió el rostro para sentirlo de nuevo, Candy lo alejó: —pero he decidido dejártela puesta. Estaba desbordado por tantas sensaciones. Tener los ojos tapados y las manos atadas superaba todo lo imaginado.
—Pronto te soltaré —le prometió ella.
A Albert, la expectativa lo estaba matando, y, por momentos, su miembro se puso más y más duro: iba a reventar dentro de los pantalones.
—Solo llevo puesta una camisola de seda con un ribete de encaje azul. Eso es lo que has sentido hace un momento. Me encanta acariciarte con ella. ¿Verdad que es muy suave? —Albert gruño pero no abrió la boca—. Es lo único que viste mi piel, aunque deja mis pezones al descubierto cuando me inclino. Ahora mismo podrías verlos.
Albert notó el movimiento de ella al inclinarse sobre él. Pensó que luego le echaría en cara todo lo que lo había hecho padecer, todo lo que le había negado ver y disfrutar. Sin embargo, en ese momento, moría por seguir escuchando sus palabras sensuales.
—¿No me crees?
Cuando Albert sintió la lengua de Candy acariciarle la comisura de los labios, una descarga fulminante le recorrió el cuerpo. Ella seguía incitando su deseo.
—¡Voy a besarte! —soltó Candy entre suspiros, y se bebió sus palabras de protesta cuando introdujo su lengua en la cavidad húmeda que Albert había dejado abierta para ella. Exploró con delicadeza los recovecos aterciopelados que sabían a brandy.
Albert sufrió una descarga al sentirla recorrer el interior de su boca. Su sabor lo mareaba: el aroma íntimo que desprendía aunado con el olor a flores lo afectó como si de una droga se tratase. Como si un potente tóxico comenzara a recorrer sus venas rápidamente para marearlo y confundirlo por completo. La lengua de él salió de su asombro y comenzó una intensa actividad dentro de ella: la exploraba con suavidad, lamía con avaricia su interior. De pronto, los labios de Albert se tornaron duros, exigentes. Necesitaban alimentarse de la boca de ella, imperiosa, imaginando una rendición que ya le había ofrecido. Entre las piernas de Albert comenzaba a generarse una ansiosa incertidumbre.
Candy había liberado su grueso miembro, y Albert lanzó un gemido e hizo una mueca de dolor.
—Estoy tan impaciente por tocarte que quizás te he hecho daño.
Negó con la cabeza completamente desorientado. Cuando ella acarició la punta rosada, Albert volvió a gemir consciente de las pulsaciones que lo sacudían.
—Me siento extrañamente viva ahora, y te deseo —Candy lo besó de nuevo con ardor, con una pasión que amenazó con incendiarlos allí a los dos sobre el estrecho diván—. Necesito sentirte dentro —dijo ella por fin, y Albert creyó que se iba a morir ante lo que se avecinaba.
Candy lo fue introduciendo poco a poco en su interior al mismo tiempo que lanzaba gemidos entrecortados. La mano de Albert se alzó junto a la de ella cuando la mujer trató de recolocarse el cabello, y él comprendió que le había dado la oportunidad que ansiaba: poder tocarla, comprobar por sí mismo la textura de su piel. Varió el rumbo que ella pretendía, pero a Candy no le importó. Estaba tan concentrada tratando de acoplarse a él, que apenas se percató de las intenciones que perseguía. Cuando Albert atrajo la cabeza de ella hacia su cuerpo, se dejó guiar de forma sumisa. Enredó sus dedos en los rizos sedosos de ella al mismo tiempo que seguía azotándola con su lengua hambrienta. De una sola embestida se enterró en su vientre. Se quedó quieto un segundo, como una forma de recuperarse. No se sentía dueño de la situación, pero no le importó en absoluto.
Candy gimió de forma seductora al sentir su miembro duro y pulsante dentro de ella abriéndose camino hasta sus entrañas. Ese sonido maravilloso acabó por romper las barreras de la precaución por completo. Albert ahogó un grito de placer. Ella había desatado un vendaval en su interior que iba a terminar por arrasarlo todo. Candy dirigió su mano unida a la de Albert hacia el rostro masculino, pero Albert tenía otras intenciones. Apenas sin esfuerzo, fue deslizando la palma caliente por la suavidad del cuello de ella. Cuando llegó a sus senos, Candy trató de deslizarla sobre su hombro, no obstante, él volvió por el camino ya recorrido, y tocó uno de sus pechos. Debía de estar a la altura de sus ojos: no podía verlo, pero lo presentía. Ella, consciente de las intenciones de él, acercó su cuerpo todavía más, ofreciéndoselo como un regalo. Lamió con avidez uno de los pezones mientras seguía con las caderas quietas. Necesitaba saciarse de su sabor. Volverlos enhiestos a su reclamo. Candy no quería esperar y comenzó un vaivén acompasado que acabó por hacer que él se decidiera: le sujetó las caderas y comenzó a darle largas embestidas mientras seguía bebiéndose los jadeos femeninos con su boca.
Lamentaba tener la otra mano atada. No poder tocarla como quería le estaba resultando demoledor, pero seguía moviéndose como si su vida dependiera de ello. Candy enterró la cabeza de él entre sus pechos. Levantaba sus caderas para, a continuación, volver a descender con un ritmo cadencioso y constante. Estaba a punto de explotar.
—¡Es maravilloso!
Él, notó cómo se contraía su vagina: parecían pulsaciones que vibraban y apretaban su miembro. Esa sensación fue su perdición: con un gemido gutural se enterró aún más y vació su esencia en el interior de Candy. Tras el potente orgasmo, ambos seguían con la respiración entrecortada. Ella seguía sosteniendo su cabeza entre sus senos, tal vez para impedir que abriese la boca. Albert se sentía incapaz de moverse, estaba exhausto. Era como si las emociones que había sentido lo sobrepasaran y lo hubieran dejado hecho un muñeco de trapo: feliz e inmóvil.
Candy desató su muñeca que estaba unida a la mano de él con una promesa:
—Regreso enseguida.
Albert seguía sin ver nada, sin poder decir nada, y completamente agotado. Había sido el orgasmo más extraordinario de su vida. Carraspeó para aclararse la voz que no le salía. —Es… —ella no le permitió continuar.
Con un dedo volvió a sellar sus labios.
—¡Shhh! Me lo has prometido, ¿recuerdas?
Albert estaba a un paso de romper esa promesa. Percibió cómo ella se movía con movimientos ligeros. Escuchó perfectamente sus pasos que se alejaban, cómo se abría la puerta de la pequeña cabaña. ¿Se marchaba? ¿A dónde? Se preguntó.
Albert se sintió emocionalmente devastado. Ya con las manos libres se quitó la venda que cubría sus ojos, y miró alrededor suyo. No conocía el lugar, pero estaba bien decorado. Bajó la vista y comprobó que ella le había cerrado la bragueta, ¿cuándo? Lo ignoraba. Jamás en su vida había sentido un placer similar. La imposibilidad de ver, y la promesa de no hablar, habían resultado determinantes. ¿Por qué bendita razón lo había elegido a él? ¿Cómo transcurriría el próximo encuentro entre los dos? ¿A dónde diablos se había marchado? Estaba convencido que había huido en el carruaje que lo había llevado a Lake Crest. Albert no se animaba a hacer ninguna otra suposición o conjetura al respecto salvo una.
Candy había roto todas las reglas, y él se alegraba enormemente.
...
Candy Candy... HAY DIOS! la verdad es que no se si casi me asfixio igual que Albert (obvio NUNCA como Albert), o si me da un ataque de risa jajajajaja esto se va a poner bueno! Nos vemos pronto! :*
