CAPÍTULO 11

No había vuelto a ver a lady Warren.

Albert tenía que verla y tratar de convencerla de que su entrega había significado todo para él. No saber qué pensaba ella después de lo que habían compartido, seguía torturándolo. ¿Desde cuándo se había decidido por él y no por su hermano Anthony? Volvió a mirar el reloj que marcaba las ocho menos cuarto. Tomó una decisión en el acto. Buscó entre los mensajes de Anthony alguno de ella donde figurase la dirección de su casa. Ya la tenía en la mano, y estaba cogiendo los guantes, la capa y el sombrero cuando tocaron a la puerta. En ese momento maldijo no tener sirvientes. Los golpes se sucedieron con energía. Albert decidió abrir: Anthony estaba allí.

—¿Qué le has dicho? —preguntó.

Albert sabía a quién se refería.

—No la he visto desde hace cuatro semanas, ha cancelado todas las invitaciones.

—¿Le hablaste de mí? —quiso saber.

El hermano mayor negó con la cabeza.

—Y, ¿entonces? —Insistió el menor.

Albert alzó los hombros.

—Debes olvidarte de ella —le dijo a Anthony, que lo fulminó con la mirada.

—¿Qué le has dicho?

—Nada, nada que no te haya dicho a ti antes —hizo un pausa.

No sabía qué contarle de lo ocurrido entre ambos en el carruaje.

—Ella no te corresponde, Anthony, lo sé —dijo poco convencido.

Anthony le dirigió una mirada llena de incredulidad y llena de despecho.

—¿Por qué te has inmiscuido? Debería retarte a duelo.

El tono lastimoso le hizo sentir una punzada de remordimiento. Si Anthony supiera la verdad, sus palabras serían mucho más fuertes.

—Tienes mi palabra de que no le he hablado de ti mas de lo que te he dicho, que ella no es para ti —Anthony mostró una gran incredulidad—. Pero las cosas han cambiado —comentó Albert enigmático.

Anthony trataba de comprender la incógnita en las palabras de su hermano mayor. La pregunta cobró vida sin que Albert pudiese hacer nada.

—¿Qué has hecho, hermano?

—Haré siempre lo que sea necesario para protegerte.

—¿Protegerme, de Candy? —estaba completamente asombrado—. ¡La amo, me ama! —Albert siguió mirándolo en parte apenado, en parte con celos.

—No te ama, Anthony —le dijo muy serio—. Acéptalo.

—Si me entero que has tenido algo que ver, juro que… —no terminó sus palabras—. Márchate Albert. Regresa a tu granja y deja de entrometerte en mi vida.

—No voy a marcharme —le confesó en voz baja.

Anthony lo miró con los ojos reducidos a una línea, pero no dijo nada, se dio la vuelta y cerró con un fuerte golpe la puerta.

Albert siguió de pie intentado comprender qué sucedía.

….

Le costó un horror encontrar la finca Battlefield porque estaba muy escondida. Cuando la encontró, la casa le gustó especialmente. La parte posterior de la mansión daba al río, y el lateral a un bosque de abedules muy frondoso. Se plantó delante de la puerta y vaciló: el suave sonido de un piano lo distrajo durante un momento. Reconoció la melodía, y se dijo que quien la tocase, lo hacía muy bien. Siguió esperando fuera y escuchando. No se atrevía a romper la armonía de la música. Cuando cesó la melodía, llamó por fin a la puerta con un nervio latiendo en su sien. Albert no sabía quién podría abrirle, no había considerado siquiera que fuera alguien distinto a Candy, pero una risa deslumbrante lo cegó momentáneamente y lo dejó aturdido.

—Te he dicho Peter que… —la mujer calló de golpe—. Usted, no es Peter.

Tuvo que sonreír a esa mujer que lo miraba.

—Eso es evidente —pudo decir al fin, y sorprendido de que fuera una dama y no un sirviente quien le había abierto la puerta.

La mujer seguía sonriéndole.

—Busco a lady Warren.

La mujer seguía mirándolo como si lo observara a través de una lupa: entre la curiosidad y la precaución. No se decidía a actuar.

—Lady Warren se encuentra ocupada en este momento. Ha tenido que ir hasta la iglesia porque hay un problema —respondió sin dejar de mirarlo—. Yo soy lady Smith, y estoy esperándola.

Albert alzó las cejas. Imaginó que para paliar la espera había decidido tocar el piano. —Ignoraba que no estaba en la casa —respondió, ella lo miró curiosa.

La mujer lo invitó a entrar. Albert se sorprendió en el mismo momento que puso un pie dentro de la casa. El amplio vestíbulo destilaba buen gusto. La casa poseía todos los elementos para ser cómoda, funcional. Cada una de las estancias que podía atisbar mientras seguía a la mujer, sobrecogía. Los muebles clásicos y bien escogidos daban una apariencia teatral a la pequeña casa. Pembroke House debía de medir el triple que Battlefield, pero ningún Andrew podría conseguir llenarla de tanta personalidad.

—Estaba tocando el piano mientras la espero —le dijo ella.

Albert no pudo negarle una sonrisa. Observó el instrumento que ocupaba la mayor parte del salón.

—Toca muy bien —la aduló.

Lady Smith le ofreció un gesto con la cabeza.

—Pero no tanto como lord Dave —le dijo amable—. Es como si el muchacho lo llevara en la sangre.

El mayordomo apareció de repente.

—Aceptaremos un refrigerio —le ordenó la mujer.

A él le extrañó la familiaridad con la que la mujer trataba al servicio de Battlefield.

—Le apetece un té —preguntó como si fuera la anfitriona.

Ambos se quedaron callados cuando escucharon que el servicio se dirigía a hacia la entrada sin que nadie hubiese tocado a la puerta. Candy venía hablando con alguien que tenía una voz que no era ni de un niño ni de un adulto: debía de pertenecer a un adolescente.

—Le dije lady Warren que yo podría llevarle el correo —dijo el joven, y su voz sonó desencantada.

—Y yo te expliqué que no puedes visitar a… —comenzó a reprenderlo Candy, pero no pudo continuar porque se quedó paralizada cuando se dio cuenta de quién estaba en el centro de su salón.

—¡Lord Andrew!

—Llámame Albert, por favor —dos pares de ojos iban de un rostro a otro sin decir nada—. Lady Smith me ha ofrecido la hospitalidad de Battlefield en tu ausencia.

Candy miró a la hija del párroco con una expresión bastante estúpida.

—Gracias Patty por ocuparte de mi inesperado invitado.

Candy terminó de cruzar el salón y se dirigió hacia la campanilla, la tocó de forma insistente. Ignoraba que lady Smith ya había pedido un refrigerio para la visita.

—¡Tenemos que irnos! —se despidió la mujer, como si de pronto tuviera una urgencia. —¡Un placer, lady Warren! —Peter la secundó.

—¿No os quedáis a tomar un té? —preguntó perpleja.

Albert sonrió al escucharla.

—Se ha hecho muy tarde.

La mujer y el joven se marcharon, cuando la puerta se cerró, la casa quedó en silencio. Candy se quedó mirándolo desconcertada. Llegó la sirvienta con la bandeja del té.

—Siéntate, puesto que has hecho un viaje desde el centro de tu universo hasta el mío, bien puedo darte órdenes.

Albert se atragantó. La forma de referirse a Pembroke House lo había sorprendido en verdad.

—¿Te has perdido? —le preguntó ella.

Albert no entendía del todo su actitud.

—Has rechazado todas las invitaciones a fiestas y cenas —dijo por fin con mirada cauta—. Incluidas dos de Pembroke House.

Candy cerró los ojos antes de responder:

—Ayudo en la parroquia —calló un momento—. Hemos tenido un par de semanas muy difíciles, y asistir a fiestas y eventos era la última de mis prioridades.

Albert se quedó callado. Habría esperado, no sabía bien qué habría esperado, pero desde luego no esa absoluta indiferencia.

—Creía que había ocurrido algo significativo, que habías dado un paso importante en tu vida —le dijo sin dejar de mirar su rostro—. En tu relación con los Andrew…

Candy se sorprendió. No supo cómo él sabía lo que había pasado, pero la sorpresa fue más evidente.

—Y así ha sido —soltó un suspiro suave—, pero las cosas no resultaron tal y como había esperado —contestó al mismo tiempo que le servía una taza de té.

El corazón de Albert se había encogido hasta parecer una nuez, y ella continuó:

—Creía que las cosas podían resultar de otra manera. O que me importaban menos, y que entonces llevarlas a cabo no iban a traer consecuencias, pero no fue así —Albert no la entendía. Ella concluyó—. Fue una experiencia interesante, pero se acabó.

Él, estaba atónito. No había tenido ni un momento de paz en esas cuatro semanas; sin embargo, ella actuaba como si después de lo que había pasado, todo le importase nada.

—¿Te arrepientes de la decisión que tomaste?

Candy lo miró durante un momento largo, pero fue incapaz de comprender el brillo de decepción que cruzó los ojos de él.

—En realidad buscaba una solución a un problema —no se quejaba, ni estaba ofendida.

—¿Estamos hablando de lo mismo? —quiso saber Albert confundido.

Candy terminó por soltar un suspiro. El salón parecía demasiado pequeño o, tal vez, era él que lo llenaba todo con su presencia. La mujer fue consciente de ese detalle en el mismo momento que lo vio en su casa.

—Hablamos de Anthony, ¿verdad?

¡No! Él no hablaba de su hermano.

—¡Maldita sea, Candy! No te comprendo.

Candy se sorprendió por las palabras de él y por el tono que había usado.

—Anthony parece indiferente —le dijo al fin—. Creía que teníamos algo especial, que lo que compartimos… —Candy se puso tan roja cono las amapolas—. No tengo que darte ninguna explicación sobre ambos —le dijo a la defensiva, no obstante, continuó—. Anthony se muestra frío. Distante. Sin hacer ninguna referencia a lo que sucede entre nosotros. —Albert inspiró aterrado por lo que ya intuía—. No voy a escandalizarme por su actitud pues creo que en el fondo la esperaba, sin embargo, me enoja tener que admitir que tenías razón.

Albert había dejado de respirar ante la sospecha. Candy continuaba con su relato:

—¿En qué tenía razón? —le preguntó en un susurro.

Pero no hizo falta que ella le respondiera. Y entonces Albert recordó que el correo de su hermano llegaba a la cabaña del bosque. ¡Quería maldecir!

—¿Se encuentra bien, lord Andrew?

La sangre se le heló en el interior de las venas cuando por fin pudo armar el rompecabezas de lo que contaba Candy. No hablaba de él, sino de su hermano. Ella creía que había hecho el amor con Anthony no con él. No podía respirar; se ahogaba. Candy estaba tan centrada en los recuerdos que no se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando él: su cara había pasado del blanco al rojo en un segundo.

—Sí, no… no sé —apenas podía pronunciar palabra.

Albert quería, no, necesitaba sacarla de su error. Todavía no sabía cómo. Se sentía mareado y decepcionado. Él, hubiera preferido enterarse de cualquier otra cosa, sin embargo, había descubierto que no había sido él el destinatario del deseo de Candy. ¿Cómo lo había confundido? Repasó mentalmente las posibilidades: su hermano desviaba el correo a la cabaña del bosque, ambos tenían el mismo color de pelo y la misma contextura, él tenía el rostro en parte cubierto y no había hablado durante todo el trayecto en el carruaje, Candy confiaba en que encontraría a Anthony no a él. Las cosas comenzaban a tener sentido. Necesitaba ordenarse para poder hablar con ella y decirle la verdad.

Con aplomo, interpretó el único papel que podía en ese momento: el de hermano mayor.

—Tal vez deberías volver a hablar con él.

Ella meditó un instante en la sugerencia.

—No —dijo sin un titubeó—. De momento pienso esperar.

Candy no podía comprender la mirada de él. Lord Andrew parecía inmerso en sentimientos contradictorios.

—¿Un poco más de té?

...

Hola chicas bellas, aqui actualización. Bueno.. ahí tienen la respuesta. La atolondrada de Candy no sabia que era Albert a quien sedujo. Veremos que pasa.. la historia no es muy larga, así que creo que este fin de semana tenemos todas las respuestas. Abrazo a todas.