CAPÍTULO 12
Desde la conversación que habían mantenido en Battlefield, él no había vuelto a verla. Se había marchado a York porque su cuñada Annie la necesitaba. Envió un mensaje a su casa, incluso decidió personarse allí y habló con el servicio, pero todo resultó inútil. Ella había vuelto, y seguía tan lejana como la luna del sol. Tenía que verla de nuevo, tratar de explicarle, pero temía conocer su reacción cuando le contara la verdad. Él no había sido consciente de que lo confundía con otro. Maldijo a su hermano Anthony de nuevo por el embrollo. Había terminado por enredarlo todo. Si el mensaje no le hubiese llegado a él…
Su ordenada y apacible vida se estaba desmoronando. Desde la aparición de Susana, su futuro había quedado marcado por la traición. Sin embargo, justo cuando su corazón comenzaba de nuevo a latir, su hermano se encargaba de derrumbar las débiles esperanzas que tenía alzadas como un castillo de naipes. Un castillo tan frágil que, al más ligero soplo, se derrumbó y sus cartas quedaron esparcidas en el suelo.
—Sabía que te encontraría aquí solo, como siempre.
Albert se volvió rápido a la voz de su hermano menor.
—Esa fue mi intención al quedarme en la cabaña del bosque —veía animosidad en sus ojos, y se preguntó cuánto lo despreciaría.
—Tengo que hablar contigo.
Albert cruzó las manos a la espalda y lo miró con severidad.
—Yo también tengo que hablar contigo —contestó a Anthony.
Si su hermano pretendía amedrentarlo, se equivocaba. Anthony ocupó una silla, y cruzó una pierna sobre la otra. Tardó una eternidad en hablar.
—Ha seducido a otro, ¿puedes creerlo?
A Albert le temblaron las rodillas ante la afirmación inesperada. Miró a su hermano con reserva.
—Ella no es para ti, Anthony.
El aludido lo miró con algo parecido a la decepción, pero le sostuvo la mirada con altiva arrogancia.
—¿Qué apostamos? —Albert no quería más desafíos.
Anthony continuó con su relato:
—¿Sabes? Solo he tenido que pensar un poco para dar con la respuesta que se me escapaba —Albert seguía en un cauteloso silencio—, pero admito mi parte de culpa en el resultado: no te creía capaz de actuar en mi lugar.
Ya no tenía sentido irse por las ramas.
—Recibí su mensaje aquí, y pensé que iba dirigido a mí.
Anthony soltó un suspiro largo.
—Creí que tú representabas menos peligro que padre; qué ignorante fui.
Albert avanzó los pasos que lo separaban de Anthony, y se apoyó en la esquina de la mesa del salón. Se inclinó hacia su hermano y preguntó:
—¿Te ha dicho lo mal que se sentía después de lo sucedido? ¿Que piensa que eras tú el que estaba con ella? ¿Que siente que la despreciaste? —quiso saber.
—Sí —respondió Anthony franco.
—¿Y entonces? —había alarma en su voz.
—Cuando fui capaz de comprender que me había confundido contigo, me disculpé de todas las formas que conozco por haberme tomado a la ligera el asunto, y no haberle dado la importancia que merecía. Le he asegurado que su iniciativa me sobrecogió, que me asombró —agregó con ironía—, pero que me encanta que sea ella la que decida nuestros encuentros íntimos, además, le he prometido que pienso compensarla.
Albert tragó saliva violentamente para soltar después una maldición.
—¡Ni hablar! —gritó iracundo, lleno de irracionalidad.
—Me ama —se defendió Anthony. Albert abrió los ojos ante la afirmación de su hermano, y no pudo ocultar un destello de duda que Anthony aprovechó a la perfección—. Te crees tan importante, hermano, que pensaste que ella te escogería a ti. —Hizo una pausa y frenó con un gesto un intento de Albert de refutar sus palabras—. Estaba convencida de que me seducía a mí —concluyó, y ese era el argumento que sostenía su posición.
Albert inspiró profundamente intentado controlar su furia. Las palabras de su hermano lo habían golpeado duramente. Ese detalle, que le roía las entrañas, lo había ocultado en el rincón más oscuro de su mente, y ahora venía su hermano a recordarle la brutal realidad. Se había entregado a él, sí, pero ella creía que era Anthony. Era un golpe directo a su ego. Algo que lo devastaba. Decidió intervenir:
—Se lo explicaré todo.
Anthony se levantó furibundo.
—¡Te lo prohíbo terminantemente! Vas a mantenerte alejado de ella o no respondo de las consecuencias. —La amenaza de Anthony quedó flotando en el aire.
Albert se mesó el pelo intentado encontrarle algún sentido a la situación caótica que se había creado entre los tres.
—Ella me ama, Albert. ¡Acéptalo!
Anthony contempló la forma en la que su hermano se debatía, y siguió, quería contarle todo lo feliz que podía ser con Candy:
—Si vieras lo feliz y relajada que se muestra conmigo.
Las palabras de Anthony le produjeron en Albert el efecto contrario al que pretendía él. Lo llenaron de frustración, y no parecía sencillo que cambiara de idea. Anthony quería conmoverlo y causarle envidia a la vez.
—Tiene una risa fácil y un genio animado para todo. Participa en todo lo que propongo con un entusiasmo que me deja atónito —Albert palidecía a medida que lo escuchaba, y su orgullo siguió empequeñeciéndose—. No pienso parar hasta conseguir que se case conmigo. Albert despertó del atontamiento en el que estaba sumido y soltó una carcajada que tomó por sorpresa a Anthony.
—Y cuando descubra que fui yo y no tú al que le hizo apasionadamente el amor en el Lake Crest, ¿qué harás? —le preguntó, hiriente.
Anthony trago con fuerza.
—Cuando llegue ese momento estará lo suficientemente enamorada de mí para que no le importe ese nimio detalle.
Albert observó su vacilación, y se alegró.
—¿Y cuando le hagas tú el amor y compruebe la diferencia?
Anthony no soportó la provocación. De un salto se levantó, y le estrello el puño en la mandíbula. Albert no esperaba el golpe y casi estuvo a punto de caer al suelo.
—Eso por hacerme cornudo.
Albert se limpió la comisura de la boca por la que se deslizaba un hilillo de sangre y, sin previo aviso, le espetó con pedantería:
—Necio, para hacerte cornudo antes debía de ser tuya, ¡pero Candy no lo es ni lo será jamás!
Anthony lo miró furioso, pero no le replicó para no darle importancia. Se arregló la solapa de la chaqueta, y miró a su hermano fríamente cuando se levantó para irse.
—Considera esto un aviso, Albert: mantente alejado de ella o juro por Dios que te arrancaré el hígado y se lo daré de comer a los perros.
Anthony no esperó una respuesta, abandonó la estancia tan rápido como había llegado, y él decidió salir a cabalgar. ¡Necesitaba despejarse! Cuando dos horas después regresó a la cabaña, su padre se encontraba sentado en el sofá. Albert lanzó una maldición entre dientes que no escapó a los oídos de William. No le importaba. Estaba cansado de que todo el mundo entrara y saliera de la cabaña a voluntad.
—¿Cómo ha entrado aquí? —su padre no dejó que lo intimidara con su tono.
—Te recuerdo que esta vivienda es parte de Pembroke House.
—¡No tengo nada que decirle! —le dijo.
Su padre siguió mirándolo cáustico.
—Pero tú vas a escucharme, hijo mío, y de qué manera.
—¡No tengo necesidad de sus sermones!
William mantuvo el rostro inalterable ante la réplica.
—Te has colocado con respecto a tu hermano, en la misma posición que me coloqué yo con respecto a ti.
Albert evaluó si sentarse o mantenerse de pie. Finalmente ganó el sentido común y se sentó. Estaba cansado.
—¿Va a blandir sus palabras como una espada afilada para que yo entre en razón? —preguntó Albert.
William negó, y su hijo alzó las cejas con cierta sorpresa.
—Nada más lejos de mi intención.
El hijo se recostó en el sillón un poco más tranquilo: había pensado que tendría que llevar adelante el segundo altercado del día.
—Por primera vez tu hermano está realmente enamorado.
Albert bufó con hastío. Luego agregó:
—Parece increíble que diga algo así. Mi hermano se ha creído enamorado desde que cumplió los doce años y descubrió que a las chicas les crecían los pechos.
William se sonrió, pero no quiso que su hijo pensara que había ido hasta allí para hacer bromas.
—Esta vez va en serio —aclaró.
—¿Anthony le ha contado todo? —el duque hizo un gesto con la cabeza bastante elocuente—. Entonces, dejemos que la dama elija —propuso Albert.
El duque soltó un suspiro largo.
—La dama ya eligió, y me sorprende que te lo niegues a ti mismo.
Albert quiso protegerse el pecho, pero había llegado demasiado tarde. Su padre le había lanzado una puñalada que había penetrado hasta el hueso.
—¿Está de acuerdo en que lady Warren sea lady Andrew?
El padre se quedó pensativo un rato.
—Es una viuda respetable, hija de un excelente hombre al que consideraba mi amigo —respondió el duque—. Sí, lady Warren será una perfecta lady Andrew porque centrará a tu hermano. Lo ayudará a madurar.
—¿Y no le preocupa que lady escándalo pertenezca a nuestra ilustre familia?
Ahora el duque sonrió.
—Conozco toda la historia, incluso el mismo Príncipe de Gales me hizo un relato detallado de las mentiras que se vertían sobre ella. Lady Warren se merece mi respeto y admiración —continuó el duque—. Perdió a sus padres de forma trágica, Inglaterra perdió a uno de los mejores lores del reino, y por si fuera poco, cuando regresaba de Estados Unidos, su barco naufragó frente a las costas de Nueva Escocia. Está viva de milagro —sí, él también conocía todos esos detalles sobre ella que le contaba su padre—. Sabes que lo correcto sería mantenerte al margen y dejarle a Anthony el paso libre.
Albert cerró los ojos un momento antes de poder contestar con aplomo.
—Mi hermano le ha mentido, además…
El padre lo cortó.
—¿Y tú no les ha mentido?
«Directo al corazón», pensó Albert. Luego dijo:
—Esta situación coloca a lady Warren en una posición vulnerable. Yo no puedo desaparecer. Es más, no pretendo hacerlo. Tarde o temprano descubrirá que mi hermanito la engañó con premeditación haciéndose pasar por mí.
—Todo se puede reducir a un pequeño malentendido.
Albert alzó las cejas con curiosidad.
—¿Me está diciendo que la acepta sin reparos como esposa de Anthony cuando no aceptó a la mujer que yo elegí? —el duque entrecerró los ojos porque Albert insistía en lo mismo—. Además, es mayor que él, es madre de dos adolescentes… —calló un momento—. Anthony no está preparado para controlarlos.
El duque siguió imperturbable.
—La alcurnia de lady Warren es indiscutible —dijo el padre—. Es la mujer indicada para llevar a tu hermano por la senda correcta, y creo, de verdad, que para arreglar este enredo, lo mejor sería que tú mantengas la boca cerrada.
Su padre debía de estar loco.
—¡No voy a prestarme a ninguna farsa!
El duque lo taladró con la mirada.
—Déjala que se quede con Anthony, la ama.
Albert comenzó a negar con la cabeza: ¡ni loco iba a representar una farsa! No de ese tamaño. Estaba enojado porque su hermano le había enviado a un emisario para convencerlo, y así lo hizo notar:
—Así solo conseguiréis aumentar la pelota de engaños, y yo no pienso prestarme a ello. Además, padre, Anthony ya es mayorcito como para tener que enviar embajadores que hablen por él.
William obvió lo que decía de su hermano, y se centró en lo que, para él, era el problema principal:
—¿De verdad vas a pasar por encima de tu hermano como unos caballos desbocados sin tener en cuenta sus sentimientos?
—¡Padre! —exclamó dolido—. ¡Él le ha mentido! —Albert no pudo contenerse. Tenía que decir lo que pensaba—. Ella no lo ama porque se ha entregado a…
Calló a tiempo. Imaginó que Anthony no le había revelado todo, y él tampoco pretendía hacerlo.
—Hice muy mal —siguió William impertérrito—, en pasar por alto la ira que Susana se encargó de sembrar en tu corazón. Ahora tú quieres cobrársela a tu hermano, cuando, en todo caso, deberías cobrarme algo a mí —Albert siguió callado—. Susana no es mala. Solo que es muy ambiciosa.
Albert irguió la espalda para prepararse para el ataque.
—¿Y qué me dice de sus expectativas? ¿No las has puesto en mí?
William se quedó momentáneamente perturbado. Algo de razón había en las palabras de su hijo.
—Eres el heredero de Letterston, tienes que ser un hombre fuerte, decidido, no debe temblarte el pulso al tomar decisiones.
Albert lo interrumpió.
—No me ha temblado el pulso al tomar ésta.
Ambos sabían a lo que se refería.
—Perdí a tu madre demasiado pronto. Solo quería lo mejor para vosotros, para los tres, pero tú debías ser el fuerte, porque en el futuro llevarías toda la responsabilidad.
Albert encogió los hombros ante los recuerdos.
—Un niño necesita a su padre sea heredero o no —la voz de Albert había sonado amarga—. Y debió creerme con respecto a lo de Susana.
El hijo mayor volvía al quid de la cuestión entre ambos.
—Tú estabas en el ejército de Su Majestad, yo me encontraba solo, una cosa llevó a la otra.
Albert terminó por cerrar los ojos
—La soledad no es excusa suficiente para robarle la prometida a un hijo.
—Susana había dado por roto vuestro compromiso.
—Se deshizo de nuestro hijo. Se bebió el maldito brebaje que esa sanadora le preparó… —los recuerdos lo atormentaban—. No le importó mis sentimientos, ni lo que yo pensaba al respecto.
—Aquello ya es agua pasada —le dijo el duque.
—Para mí no lo es.
—Volvamos a tu hermano. Deja que él lo resuelva a su modo.
Albert no dijo nada.
—También el silencio es una opinión a veces —William siguió mirando a su primogénito, intentado ver en su rostro la aceptación—. Mi hermano tiene una semana de plazo para contarle a lady Warren la verdad, o lo haré yo.
William asintió con la cabeza.
...
Bueno bueno.. así es.. ahora la vida coloca a Albert en la posición de su padre. Acaso no es una leccion de vida? Sera que Anthony va a reaccionar a la larga, al gual que Albert, o también le va a dar una leccion de humildad y amor?
