CAPÍTULO 13
Candy estaba en Pembroke House. Miraba por los ventanales de la biblioteca de forma pensativa. ¿Qué tenía la ventana que la atraía tanto?
Albert la analizó con ojo crítico, pero no vio nada fuera de lo común salvo el brillante colorido de su vestido de tafetán azul, y su elaborado moño que dejaba su nuca al descubierto. Había sido pura casualidad que él supiera que pensaba visitar la casa familiar. Gracias a que el correo de su hermano le llegaba a él en la cabaña del bosque, se había enterado que pensaba visitarle, pero Anthony no se encontraba en la casa, tampoco el duque. Los dos se habían marchado a Leeds para comprar un nuevo carruaje.
Candy parecía derrotada, y la sensación de pérdida lo llenaba de inquietud.
—Lady Warren.
Era la voz de Albert, y ella la había notado distinta: ¿nerviosa? ¿Alegre? Se dijo que un poco de las dos cosas.
Se giró sobre sí misma y caminó hacia él. Le tendió la mano a modo de saludo. Él, tardó una eternidad en sujetarla y llevársela a los labios. No había vuelto a ver a Albert desde aquella tarde en su casa cuando tuvieron la conversación más extraña del mundo. Luego, los viajes se interpusieron entre ellos, quizás más de la cuenta admitió.
Habían pasado casi dos meses desde que Albert la visitó en su casa.
—Le he enviado un aviso a Anthony —dijo nerviosa—. Pero no he recibido respuesta por su parte.
—Anthony y mi padre se encuentran en la ciudad de Leeds.
Los ojos de ella se oscurecieron. Ahí estaba el motivo para su silencio.
—Entonces me marcho —dijo de pronto.
Candy se volvió. Albert la alcanzó en el umbral de la puerta que separaba el vestíbulo de la biblioteca. Se plantó delante de ella, a Candy le pareció que él dudaba, ¿de dónde había sacado ella esa idea? Albert era el hombre más seguro de sí mismo que había conocido nunca.
—Tengo que hablar contigo —le dijo él.
Albert le puso una mano en la espalda y la acompañó hasta el escritorio, le pidió que tomara asiento y él hizo lo mismo.
Albert se reclinó hacía atrás, y la escudriñó con intensidad:
—Se te ve cansada.
Candy le ofreció una mueca divertida:
—Últimamente no duermo muy bien.
A Albert le dio un vuelco el corazón.
—¿Has pensado en lo que te dije sobre mi hermano?
Ella se tomó un tiempo en responder. Desde su aventura en el carruaje, habían pasado muchas cosas. El párroco de la iglesia en Riding había dimitido y pedido su traslado a Humber. La herida de Annie no había curado bien, y no podía utilizar todavía el brazo. Anthony no atendía a sus mensajes, y por eso estaba sentada en la biblioteca de Pembroke House.
—Te aseguro que he pensado mucho en todo lo que me dijiste —ella volvía a tutearlo—, y por eso he decidido ser sincera contigo.
Ambos se contemplaron al unísono, perdidos en los recuerdos. Cada uno en el suyo, pero los dos suscitados por las palabras de Candy. Albert sintió como se tejía el hilo que la unía cada vez más a ella. Los dos padecían los mismos síntomas de atracción, o al menos eso quería creer él.
—Es lo que estoy esperando.
—¿Qué te sea sincera?
Albert levantó la mirada que salió repentinamente de sus cavilaciones, y se perdió en los ojos cristalinos. No mostraban tristeza ni alegría. Tal vez parecían resignados. Ella siguió:
—A pesar de tus consejos —no habían sido consejos sino órdenes—. Debo casarme con Anthony.
—¿Por qué debes casarte con él? —preguntó Albert con calmada voz.
—Es un asunto privado —Candy había respondido algo apresurada.
—¿Cómo de privado? —insistió.
Ella reflexionó, y pensó un momento antes de responder.
—Pensé mucho en todas las opciones que tenía... —Albert se acomodó en el asiento con lentitud para no romper el hechizo de la sinceridad—. Al principio valoré hacerte caso, pues hay un mundo entre Anthony y yo, pero ahora he decidido aceptar su proposición de matrimonio pues ya no hay vuelta atrás.
Candy bajó sus ojos hasta su vestido de seda aguamarina, deshizo el nudo de sus manos, y las volvió a dejar reposadas en su regazo.
—¿Qué te impide romper la relación con mi hermano?
Ella pensó largamente la respuesta, y decidió que debía ser sincera. Necesitaba un aliado en Pembroke House, y pensó que Albert, como hermano mayor, podría ser un candidato idóneo.
—La responsabilidad que he contraído con Anthony.
Albert iba a decir algo, pero ella con la mano, le hizo una indicación de que guardara silencio. Él habló de todos modos.
—La responsabilidad no es excusa para sostener una relación.
Candy no esperaba el tono seco de él, ni esa respuesta.
—A veces, sin pretenderlo, hacemos nudos que nos atan. —Albert creyó prudente no interrumpirla—. Debo asumir las consecuencias de mis actos, aunque estas consecuencias no hayan sido las deseadas.
—¿Qué actos? ¿Qué consecuencias? —suavizó el tono—. Cuéntame, por favor.
—Es como cuando le decía a mis hijos que no jugara en determinado lugar, y ellos desobedecían, y terminaban haciéndose un daño que yo temía. Después sufrían las consecuencias de esa acción —Candy calló un momento—. Las consecuencias nos marcan de por vida.
Albert se quedó perplejo ante la vaguedad de las palabras de Candy.
—No entiendo a qué acción te refieres —decidió cambiar de tema—. ¿De qué responsabilidad hablas?
La vio bajar la cabeza, pero había visto las lágrimas en sus precioso ojos verdes.
—Ahora necesito que me ayudes, lord Andrew, pues Anthony y yo hemos adquirido una responsabilidad juntos.
Él no sabía qué pensar.
—¿Estás segura de esa responsabilidad? —ignoraba a qué se refería ella.
—Lo sospechaba —dijo ella con voz muy baja—, pero el paso del tiempo me lo ha confirmado.
—¿Qué responsabilidad crees que has adquirido con mi hermano?
Candy lanzó un suspiro largo y profundo. Si semanas atrás le hubieran dicho que estaría en Pembroke House hablando con el arrogante de Albert, no se lo habría creído, pero necesitaba un aliado. Anthony le había prometido por activa y por pasiva que estaba enamorado de ella, que deseaba hacerla su esposa, pero tras la cita de pasión en Lake Crest, no había vuelto a ser el mismo, y ella tenía un miedo atroz. Lady escándalo se había convertido en lady miedo.
—Anthony y yo vamos a tener un hijo, estoy embarazada.
Albert contuvo la respiración, y sus manos se cerraron como garras a los brazos del sillón en un intento de no abalanzarse sobre ella. La revelación de lo que implicaban aquellas palabras lo impactó. Candy siguió adelante:
—Ahora necesito un apoyo en Pembroke House, y espero que tú me ayudes.
Ella no era consciente de la lucha emocional que sufría Albert oyéndola. Continuaba con los ojos fijos en su regazo y no lo observaba. Albert experimentaba lo que sienten los hombres a lo largo de la historia ante una revelación así: alegría inmensa, desconcierto, preocupación por el futuro. Pero en su caso, Albert también sentía una gran desesperanza. Si ella estaba embarazada, y ese hijo era suyo, entonces debía confesarle la verdad inmediatamente. Pensó en Anthony durante un instante y sintió cólera. Después hablaría con él.
—Candy… —dijo contenido—. ¿Estás segura de que sabes quién es el padre del hijo que esperas?
Ella lo miró horrorizada.
—¡Pero, ¿cómo te atreves? —de la angustia pasó a la cólera a la velocidad del rayo—. ¿De verdad piensas que comprometería a tu hermano si estuviera esperando el hijo de otro? ¿Tan ruin te parezco? —Candy se ahogaba de la rabia que sentía—. Anthony es un hombre de honor —aclaró ella. Albert intentaba serenarse respirando hondo—. Aceptará su parte de responsabilidad.
Albert estalló al fin.
—Si estás embarazada, no es hijo de Anthony.
Candy alzó sus ojos verdes completamente horrorizada. Lo que él insinuaba era demencial. Ella no había tenido ningún amante salvo Anthony.
—¡Cómo te atreves, desgraciado! —Candy se levantó de golpe y sintió ganas de barrer con su mano todo lo que había en el escritorio de lo enfurecida que estaba.
Albert pegó su espalda al sillón de piel e intentó normalizar su respiración. Candy había endurecido sus ojos ante su estallido.
—Anthony no es el padre —insistió él.
—¿Es esa tu estrategia? ¿Poner en duda mi palabra? —lo acusó.
Albert maldijo porque no había querido decir eso.
—Tengo que decirte algo muy importante —ya se había ido al demonio la paciencia con ella hacía mucho tiempo.
Ella lo miró con ojos que apuñalaban.
—No, no voy a permitirte que me insultes ni que pongas en duda mi palabra ni mi honor —la voz de Candy abrasaba—. Y doy gracias de que Anthony no se parezca a un ser tan falto de integridad como tú.
A él no le importaba si ella lo insultaba o no. Tenía que decirle la verdad por más hiriente que fuera.
—Aquella noche… —comenzó. La campanilla de la puerta sonaba con insistencia y les hizo dar un respingo a los dos—. Aquella noche… —Albert volvió a intentarlo, pero las voces estridentes no le permitía meditar las palabras antes de decirlas.
La puerta de la biblioteca se abrió y su cuñada Margareth y su hermano George entraron a saludar. Albert lanzó una maldición.
—Lady Warren, qué sorpresa —dijo George que la saludo con cortesía.
—Es un placer —correspondió ella—, pero tengo que marcharme.
—¡Tú, no te mueves de ahí! —le ordenó Albert.
Candy lo miró ofendida. No entendía su cambio de humor, pero algo le decía que lo mejor era irse de allí.
Margareth y George los miraban a ambos completamente sorprendidos.
—¡Siéntate! —le ordenó en un tono nada amistoso.
—¡Por Dios, Albert! ¿Se puede saber qué te sucede para que le hables así a lady Warren?
La voz de su hermano contenía una crítica severa. Candy estaba al borde de lanzarle algo.
—¡No te permito que uses ese tono conmigo! —le advirtió.
Albert había perdido los nervios.
—Vas a escuchar todo lo que tengo que decirte de una vez. Es importante para ti y para mí.
Candy supo que no quería estar allí. Albert estaba fuera de sí y maldecía los continuos comentarios de George, también afeó las palabras de su cuñada.
—Tengo que irme —volvió a decir.
Albert la miró y supo que su momento de la verdad había pasado.
—Te llevaré hasta Battlefield, es imperioso que hablemos —su voz parecía la de alguien que estaba suplicando.
—¿Después de cómo me has hablado? Debes de estar loco.
Fue lo último que dijo ella. Luego salió rápidamente sin que Albert pudiera alcanzarla. Resignado, la vio marcharse, un segundo después suspiro vencido.
—¿Te has vuelto loco? —dijo Margareth escandalizada—. No puedes tratar así a una dama, y menos a lady Warren.
—Ignoro si en Maryland es costumbre hablar así a las damas, pero no se las trata de esa forma tan descortés en Inglaterra, mucho menos en Pembroke House.
—Tenía que decirle algo importante —se excuso Albert.
—Tendrás que disculparte con ella —le dijo George—. O tendré que golpearte.
—Lo haré, pero solo después de hablar con ella.
Candy salió corriendo de la biblioteca, cruzó el vestíbulo, y cuando llegó a la calle, una bocanada de aire la reanimó. No estaba muy lejos del parque, caminaría y cogería un carruaje de alquiler. Esperaba no ver nunca más al arrogante y déspota de Albert Andrew.
...
El que juega con fuego... y Candy se quemó, y de que manera!
