CAPÍTULO 15

Candy sentía una opresión en el estómago. La situación se había vuelto demasiado incómoda, y ella no estaba acostumbrada a las miradas coléricas que le lanzaba él. ¿Por qué se sentía Albert tan ofendido de verla en Pembroke? Se sentía avasallada, y sin comprender del todo el cosquilleo intranquilo que le había provocado con su presencia. ¿Por qué tenía ese empeño en hablar con ella? ¿Deseaba advertirle sobre qué? ¿La consideraría inferior para entrar a formar parte de la familia Andrew? Tanto el duque como la abuela se habían mostrado encantados, entonces, ¿por qué le importaba tanto la opinión que pudiese tener él al respecto?

Ya había olvidado todo lo que le dijo cuando ella había acudido a hablar con Anthony, pero todavía le dolía que la acusara tan vilmente. Ella no era una cazafortunas pues su rango como hija de noble, y como marquesa viuda era indiscutible. Si Albert no la quería en la familia, tendría que aguantarse aunque ello significara complicarse todavía más. Tener a Albert como familiar político iba a resultar muy difícil, sobre todo porque la había besado y acariciado para hacerla desistir de continuar su relación con Anthony. Cada vez que lo mirase, sería un fiel recordatorio de lo vulnerable que se volvía en su presencia, cada vez que lo tenia cerca, la sangre le hervía y su traicionero cuerpo temblaba de deseo al recordar esa noche en el carruaje.

—Parece que no disfruta de la velada. —Candy volvió la cabeza hacia Margareth, la cuñada de Anthony, y le ofreció una sonrisa.

—Me siento un poco abrumada —Margareth la miró de arriba abajo en un escrutinio concienzudo, pero no ofensivo.

Lady Warren llevaba un precioso vestido verde de tafetán. Ese color en otra mujer resultaría atrevido, pero no en ella que poseía una cremosa piel, unos rizos rubios extraordinarios, y unos ojos que parecían más verdes si cabía en ese increíble rostro bien esculpido.

—Logra que el resto de las mujeres resultemos insignificantes a su lado.

Candy jamás hubiese esperado esas palabras.

—¡Gracias!

—Pero lo verdaderamente bello emana de ti sin que te des cuenta.

El tuteo la había sorprendido. Miró a la mujer que le ofrecía una sonrisa cálida.

—Es el cumplido que desea escuchar toda mujer —dijo Candy, y le devolvió la sonrisa. —Bienvenida a la familia Andrew.

Buscó con los ojos a Anthony, pero no lo vio por ningún sitio. Sí veía con total claridad a Albert parado en el mismo sitio y vaciando copas de champán a medida que el lacayo pasaba. La ponía nerviosa con sus miradas insistentes ahora que había reaparecido.

—¿Sabes lo que me gustaría escuchar?

Margareth la estudió un momento:

—Que todo va a salir bien, y que el paso que has decidido dar es el correcto —Candy volvió sus ojos con rapidez, porque eso exactamente era lo que necesita oír—. ¿Cuánto tiempo conoces a Anthony?

Candy dudó antes de responderle.

—Unos seis meses.

—Una relación relámpago.

Candy se mordió el labio. Gracias a Dios que Anthony no le había dicho a la familia que estaba embarazada. Él, le había ofrecido casarse enseguida para evitar el escándalo, y eso le causó risa. Ella era lady escándalo.

—Nunca creí los rumores que vertían sobre ti —dijo Margareth.

Ella la miró con sorpresa.

—Te lo agradezco. Siempre es agradable conocer a alguien distinto.

—Eres tan hermosa y tan inteligente, que el resto solo podemos sentir envidia.

Candy entrecerró los ojos mientras escuchaba. Si no la conocía, ¿por qué motivo la consideraba inteligente?

—Tuve una infancia dura —confesó delante de su futura cuñada. La mujer tenía en el rostro una mirada sincera—. Perdí a mis padres, perdí a mi esposo, y tiempo después decidí que no le iba a dar a nadie la oportunidad de que me lastimara. Pronto perdí el miedo al qué dirán, a los agravios de gente que no me conocen ni saben cómo me siento.

Candy no esperaba que Margareth le tomara afectuosamente la mano.

—Eres una mujer tan valiente…

A ella le costó tragar con normalidad.

—¿Dónde estará Anthony? —siguió buscándolo con la mirada.

—Imagino que hablando con lady Elroy en la biblioteca.

Candy no llegaba a comprender por qué la había dejado sola.

—Necesito ir a buscarlo, serías tan amable de…

—Yo te llevaré —intervino bruscamente Albert.

No esperó una negativa de ella ni un consentimiento de su cuñada; la asió con firmeza del codo, y la condujo entre el laberinto de estancias hasta las escaleras traseras. Candy sabía que la casa era enorme, pero no comprendía por qué la apartaba de todos.

—¿Vas a llevarme con Anthony o a encerrarme en las frías mazmorras de Pembroke House?

Él, no le contestó, siguió guiándola en silencio. Llegaron a unas escaleras que conducían a la bodega o eso al menos le pareció a ella.

—Necesito hablar contigo.

—Y yo necesito encontrarme con Anthony —replicó.

—Después te llevaré con él, tienes mi palabra.

Tardaron un tiempo en llegar a la bodega. Durante el camino se habían tropezado con varios sirvientes, ella les mostró una sonrisa. Cuando llegaron, Albert encendió el farol de gas. Ella no pudo ver bien la habitación, porque la luz era muy tenue.

Albert había cerrado la enorme puerta.

—No pensaba escaparme —soltó con humor.

—Ni yo te lo iba a permitir.

—Estás muy susceptible.

—¿Qué yo..? —Albert bufó incrédulo—. ¡No vas a casarte con mi hermano!

Candy se quedó parada, con la vista fija en sus ojos que chispeaban.

—¿Y por qué divina orden no iba a hacer algo así?

—Antes debes saber una cosa sobre Anthony.

Candy se tensó un momento antes de preguntar:

—¿Sufre una enfermedad mental? ¿Padece alguna psicopatía? —la ironía de sus preguntas era una forma de mostrar su enfado.

Albert negó a todas y cada una de las preguntas.

—¿Entonces?

—Te ha mentido.

La aclaración casi la saca de sus casillas.

—No —respondió algo azorada.

—Tengo que mostrarte algo.

—¿Ahora? —preguntó completamente estupefacta.

Los ojos de Candy se abrieron de forma desmesurada cuando vio que él se desataba el pañuelo de su cuello, y caminaba hacia ella con dudosas intenciones.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Darte una razón.

El corazón de Candy había comenzado a dar saltos mortales.

—¿Una razón? —volvió a preguntar tan sorprendida como recelosa.

—La razón por la que no puedes casarte con mi hermano.

Albert llegó hasta Candy. Ella dio un paso involuntario hacia atrás, pero él siguió en su persecución hasta que la atrapó contra la pared. Con una mano le sujetó la cabeza, mientras ella negaba entre jadeos.

—Necesito que confíes en mí.

«¿Qué pretende con ese pañuelo?», se preguntó Candy, pero dijo:

—¡Esto no es una buena idea!

Seguía dando manotazos para impedir que él le vendase los ojos con el pañuelo.

—No voy a hacerte daño —le susurró para tranquilizarla.

—Eso le dice la cocinera de Battlefield a los pollos antes de cortarles el cuello para cocinarlos —respondió ácida.

—¡Candy! —la amonestó—. Prometo no cocinarte.

La broma no le hizo ni pizca de gracia.

—No es correcto que estemos aquí solos los dos en la bodega, puedes comprometer mi reputación.

Albert no podía creérselo.

—Todos saben que estás decidida a casarte con mi hermano, no puedo comprometer tu reputación.

—¡Es que no acierto a comprender por qué quieres cubrirme los ojos con ese pañuelo! —dijo, rebelde.

—Confía en mí, por favor.

La súplica le hizo bajar los brazos sumisa. Permitió que le vendara los ojos con la seguridad de que, de todos modos, vería algo. Se equivocó: la escasa luz no le permitía ver a través del pañuelo. Lo que sí le llegó fue el fuerte aroma que desprendía el cuerpo masculino, y esa sensación conocida la llenó de aprensión.

Albert la iba dirigiendo por la sala con cautela.

—Necesito que te sientes sobre mis rodillas —Candy había comenzado a protestar como una posesa—. Prometo no hacer nada que te incomode. Tu bienestar es lo primordial para mí.

Ella terminó por sentarse sobre sus rodillas. Con sus fuertes brazos la fue atrayendo hacia sí y con sus labios comenzó a susurrarle palabras al oído. Candy no supo cuándo cesaron las palabras y comenzaron los besos: estaba tan paralizada por la sorpresa, que abrió la boca y lo besó como un acto reflejo.

La lengua de él se deslizó con tremenda suavidad en su interior. Candy había dado un respingo involuntario, aunque terminó perdiéndose en la sensación que le provocaba su sabor. Albert tornó el beso profundo y completo: iba saboreándola y descubriéndola recodo a recodo. Bebía sus jadeos uno a uno. Candy ahogó un gemido ante lo inesperado del deseo que la invadió. Subió fieramente por su estómago, y salió por su garganta quemándola. Recordaba esa forma de besar. Le costaba aceptarlo, pero la recordaba.

¡Qué demonios le estaba haciendo!

La mano de él había descendido por el escote de su vestido e iba dejando un reguero de fuego allí por donde pasaba. Debía detenerlo, lo sabía, pero se estaba perdiendo en las sensaciones deliciosas que le provocaba. Albert se apoderó de un pecho y ya no lo soltó: jugó, pellizcó y acarició su contorno de forma sensual. Candy se abandonó hacia atrás. Cuando la boca recorrió la base de su cuello para detenerse en su oreja, le produjo una descarga eléctrica que la dejó atontada.

—«No puedes verme, porque yo lo he decidido así; y no puedes hablar, porque me has hecho una promesa». —Candy se tensó como una cuerda: reconocía sus propias palabras. ¡Las había dicho en Lake Crest la noche que sedujo a Anthony!

—«No tienes elección. La tuviste cuando te hice llegar mi mensaje, pero ahora es tarde para arrepentirse». —Albert siguió recordándole aquel momento.

Candy se levantó de golpe y se arrancó el pañuelo con violencia. Lo taladró con ojos empañados con el más absoluto asombro. Mil imágenes acudieron a su cabeza. Ella trataba de ordenarlas, aunque sin éxito. Dio dos pasos hacia atrás sin poder emitir ningún sonido. No podía darle un sentido a sus pensamientos. Comenzaron a golpear la puerta que él había cerrado con llave. Albert se levantó y fue hacia Candy que retrocedió hasta que su espalda tocó el botellero que alcanzaba el techo. Estaba tan aturdida como confusa.

..

Bueno.. parece que llego la hora de que se diera cuenta de la verdad.