CAPÍTULO 18

Necesitaba tener la mente ocupada en cientos de cosas para no pensar: indicar al jardinero los lirios que quería que plantara, decirle a la cocinera que incluyera un postre de almendras para el sábado… si tenía la mente ocupada, todo discurriría con normalidad. Terminó de escribir la misiva, dobló la hoja, la metió en el sobre, y puso cera caliente sobre el reverso. Esperó a que se enfriara un poco, y después presionó el sello de los Warren.

—Tienes un jardín precioso. Es imposible enumerar la cantidad de flores que tiene. Candy volvió la cabeza a la voz de su cuñada.

—Eso es porque reciben cuidados, amor, y ellas te corresponden con su belleza —le respondió.

—Yo quiero mucho a las mías, pero se me mueren todas.

—¿Te imaginas que fueran esposos? —le sonrió.

—¡Habría enterrado a decenas!

Candy miró la forma que tenía su cuñada de sentarse en el sillón, Annie subió los pies, y los sujetó con una mano.

—¿Cómo has podido ser tan osada?

«No me ha dejado contar ni hasta tres», pensó cuando la escuchó.

—Alguien tiene que ser la fémina descerebrada para que se cumplan las estadísticas sobre nosotras —soltó Candy irónica.

Annie bufó incrédula.

—¡Pero qué atractivo ha resultado lord Andrew! ¡Por Dios pero si hace que el resto de los hombres parezcan simples mortales!—Candy alzó las cejas con un interrogante—. Hacía quince años que no lo veía, casi ni lo recordaba, ¿puedes creerlo? —lanzó un suspiró largo—. ¿Con cuál de los hermanos vas a quedarte? —quiso saber Annie.

La pregunta no le hizo gracia en absoluto a Candy.

—Parece mentira que frivolices con algo tan serio.

La reprimenda no surtió el efecto que quería. Candy le hizo un gesto a su cuñada para que se moderase, cuando vio que la doncella traía una bandeja con el té, ni se había dado cuenta de su presencia hasta que la tuvo delante.

—Preferiría una limonada —dijo Annie con voz baja.

Candy le sonrió, y le hizo un gesto a la criada.

—Hace un poco de calor, creo que una limonada estaría bien —le dijo a la doncella que se llevó la bandeja con el té.

Annie se reincorporó.

—Esta vez te has superado —dijo sin mirar a nadie en particular.

—Gracias —contestó Candy.

—El escándalo va a ser de órdago.

Candy soltó un gemido.

—Por favor, Annie, ¿podemos hablar sobre ello más tarde? —preguntó un tanto angustiada—. ¿Y desde cuándo me asustan a mí los escándalos?

Annie la quería mucho, y se preocupaba realmente por ella.

—¿Cuándo se lo vas a contar a tus hijos? Tienen derecho a saberlo.

—Todavía es pronto —dijo la madre.

—Es mejor que se enteren por ti, que por los chismes que circularán pronto en la sociedad —la avisó la cuñada.

—No puedo controlar las murmuraciones —admitió Candy.

—Deberías casarte con uno de los dos, yo elegiría al mayor, que al fin y al cabo es el padre —respondió la mujer—. Es un hombre tan poderoso como atractivo, y es el heredero.

Candy la miró con suma cautela.

—No estoy segura de que el matrimonio sea la mejor opción.

—Eres una dama, y sabes que si llevas en tu vientre un heredero, no tienes elección.

—Tengo fortuna, posición social, puedo tener a mi hijo sin estar casada.

—Pero será un bastardo —le recordó la cuñada.

—Pero será muy amado…

Annie la cortó.

—Si alumbras un heredero, lord Andrew no se conformará —Candy se mordió ligeramente el labio inferior al escuchar a su cuñada—. El duque removerá cielo y tierra para que su nieto sea legítimo.

—Eso solo es una suposición —dijo pensativa.

—Te veo muy afectada, y presiento que no me cuentas toda la verdad. No es que te esté reprochando nada, es solo que deseo ayudarte —afirmó Annie.

Candy pensó que su cuñada trataba de decirle algo, aunque estaba siendo demasiado cautelosa.

—Todavía puede malograrse el embarazo —soltó de pronto.

Fue Annie esta vez la que tosió hasta casi descomponerse.

—¡Por San Jorge! —exclamó la mujer sin apartar los ojos de ella—. ¿Es eso lo que deseas?

Candy tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¡Por supuesto que no! —respondió Candy con acritud—. Pero no deseo precipitarme en un matrimonio que no deseo por un embarazo que puede desgraciarse.

Ya había expresado su temor más escondido.

—¡Oh, Candy, debe de ser terrible para ti —Candy siguió tomando su limonada sin saber muy bien cuándo comenzaría a llorar—. ¿No pudiste prever este desenlace? —Candy entrecerró los ojos un segundo:

—El jugo de silfio no funcionó.

Annie la miró aprensiva.

—El jugo de silfio hay que tomarlo de forma continuada para prevenir un embarazo —dijo la cuñada pensativa.

Ahora Candy lo sabía. Ella lo había tomado solo una vez porque creyó que era suficiente.

—Bueno, reconozco que me precipité, que no poseo la suficiente experiencia para controlar esos temas, pensé que tendría dominada la situación, pero no fue así. Ahora comprendo que a la naturaleza no se le ponen lindes.

Annie estaba desencajada. Todo lo que le había contado su cuñada era en verdad angustioso.

—¿No te diste cuenta de que era el hermano?

Candy negó con la cabeza. Ese era su mayor trauma, rectificó, el mayor trauma lo había sufrido quince años atrás.

—En el interior de la cabaña estaba todo oscuro, además, le vendé los ojos; no le permití hablar; pasé a la acción tan rápido que en el camino me olvidé de preguntarle quién era. Además, yo no imaginaba a otro hombre. Nunca supe que su correo le llegaría a otra persona. Y son hermanos: es decir, son parecidos en su complexión física.

—¿Cuándo se lo contarás a Dave y a Mary? —preguntó la mujer.

Era del todo inusual que ella le explicara unos jóvenes de catorce años un tema de adultos, pero por su propia experiencia, había decidido que sus hijos no pecarían de ingenuos, por eso motivo los había educado muy bien para que pudieran entender los entresijos y las consecuencias de tomar decisiones apresuradas. Dave era alumno de una de los mejores internados Londres, y Mary lo propio en una escuela de señoritas. Los dos vivían protegidos de todo, pero ahora, su madre tenía que contarles que iban a tener un hermano de un hombre con el que no estaba casada. Pensarlo le provocaba profunda vergüenza.

—Pronto, cuando haya pasado el peligro de perder al bebé.

Annie se quedó pensativa, los tres primeros meses de embarazo en los más delicados.

—Y cuando descubriste que te habías equivocado de hermano, ¿qué, Candy? —Annie hizo la pregunta sin reparos.

Candy soltó un suspiro largo y pesado.

—Casi me muero del sofoco. Me sentí muy enfadada, como si hubiese sido víctima de un juego entre ellos dos, pero me sobrepuse.

—¿Y ahora qué? —volvió a preguntar la cuñada.

—Ahora sobrellevaré esta situación lo mejor que pueda.

Esa respuesta no la convenció.

—Hay otra parte implicada que olvidas —le recordó la mujer.

Candy cabeceó pensativa para luego decir:

—No lo olvido, solo sucede que no puedo considerarlo aún. Necesito un tiempo para ordenar mis ideas, para serenarme.

—¿Sientes algo por Albert? —preguntó Annie con cautela.

Meditó un momento antes de responder, y lo hizo con sinceridad:

—Al principio de conocerlo sentí una fuerte atracción junto con una enorme curiosidad —calló un momento—. Me atraen su seguridad y su aplomo. Sí; en un principio, me afectó físicamente. Tienes que reconocer que es un hombre imponente.

—Entonces deberías darle una oportunidad —le recomendó la cuñada.

—¿Debería darle una oportunidad cuando su hermano Anthony está enamorado de mí? —preguntó con tranquilidad—. ¿Cómo puedo ser parte de esa familia enfrentando a dos hermanos? No deseo esa responsabilidad sobre mis hombros.

—Los hermanos ya están enfrentados —le recordó la cuñada.

—Pero yo me mantengo al margen, si elijo a uno de ellos, estaré condenando al otro.

—Creo que tienes miedo de hacer lo correcto porque no quieres enamorarte de Albert —dijo la cuñada con tono neutro para no ofenderla—. Pero olvidas que eres una dama, y que las damas e hijas de buena familia hacen lo correcto.

La afirmación de Annie le hizo meditar en profundidad:

—Desconozco las intenciones de Albert —confesó con humildad, y sin dejar de mirarla—. ¿Regresará a Maryland? ¿Tendré que abandonar Inglaterra? ¿Querría casarse si yo no estuviese embaraza? —Annie podía comprender todas las dudas de ella—. Un hombre como Albert Andrew solo puede hacerme infeliz.

—¿Por qué? —preguntó Annie perpleja.

—Porque además de poseer un atractivo arrollador, es rico, inteligente, y es el heredero de Letterston.

—Lord Andrew puede estar tranquilo, Candy, porque no eres una cazafortunas —intervino Annie—. Posees un patrimonio elevado como hija del conde White, y viuda del marqués de Battlefield —Annie miró a su cuñada con cierta aspereza—. ¿Y qué me dices del otro, de Anthony?

—A Anthony le hemos hecho demasiado daño —dijo con la voz muy baja.

—No te culpes, Candy, tú eres la única inocente en este drama.

Fue escucharla, y comenzar a reír. Sí, su vida bien podría definirse así. Annie se contagió, y, por primera vez en la tarde, mostró los dientes, pero no para gruñir.

—Si tanto te preocupa el mayor, elige al menor —dijo cuando la carcajada menguó.

—Bueno, Anthony no es tan peligroso.

—¿Y por qué el menor no te resulta tan peligroso como el mayor? —quiso saber Annie.

Candy la miró con interés tras la pregunta insólita.

—Anthony tiene un carácter más afable, y risueño. Quería asumir la responsabilidad por el bebé cuando estaba exento de ella.

Candy comenzó a reír por lo absurdo de la situación: una risa histérica y ausente de alegría, pero que no podía contener.

—Parece increíble que te rías de algo tan serio —dijo Annie, y Candy volvió a estallar en carcajadas—. Menos mal que Albert tuvo el atino suficiente de contarte la verdad.

Candy se retorcía ante cada palabra que le decía. Se estaba comportando como una demente, pero, por paradójico que les resultara a su cuñada, era la única forma de mantener la cordura.

—¡Deja de reírte! —la amonestó Annie, pero Candy no podía parar.

Sonó la campanilla de la puerta, y las dos se quedaron paradas.

—¡Me das miedo cuando te ríes así! ¿Necesitas que te golpee con la tetera para que entres en razón?

Candy sabía que su cuñada era capaz de eso y más, pero ella no dejó de reír hasta que vio la imponente presencia. Se le borró la sonrisa de inmediato. Candy entrecerró los ojos, como sí no quisiera ver, y, a la vez, no quisiera perderse detalle. Albert ocupó la silla que había ocupado Annie sin invitación. La mujer había dado una excusa tonta y había desaparecido del salón de Battlefield dejándola a solas con el enemigo.

...

Esta conversación aclara también muchas cosas, solo no estoy de acuerdo en una cosa: Candy no es ninguna víctima! Claramente su fama no la precede porque es una dama, demostró que no es ninguna libertina ni había tenido amantes antes, pero su ridícula idea de seducir a Anthony le dejo consecuencias y ahora las debe asumir. En fin.. todo pasa por algo no?