CAPÍTULO 20
Albert se sentía relajado. Por primera vez en mucho tiempo podía tomarse un café en Pembroke House sin que su cuerpo delatase tensión alguna. Susana aún le traía malos recuerdos, pero, que su padre y su abuela lo hubiesen apoyado en la decisión de casarse con lady Warren, lo llenaba de una cierta paz, aunque fuera transitoria. Tanto William como Elroy habían comprendido el gran error que podía cometer Anthony si continuaba en su decisión obstinada de casarse con Candy.
Por el contrario, George se había posicionado a favor del hermano pequeño, así como Margareth, por lo que la familia había quedado claramente dividida en dos bandos. Sin embargo, Albert creía sinceramente que cuando su hermano comprendiese recapacitaría.
—¿En qué estaría pensando ese cabeza hueca? —Elroy no pudo contener la recriminación.
Albert salió en defensa de su hermano.
—A los dos nos ha pasado lo mismo con respecto a lady Warren: su personalidad ha nublado nuestro juicio. Ha sido conocerla, y no poder pensar en nada más.
—Es una mujer inteligente —Susana hizo el comentario mientras el mayordomo le servía un poco de té.
Albert la detestaba, pero podía tolerar su presencia unos minutos.
—Pero siempre creí que te casarías con una debutante.
A Albert no le gustó en absoluto la alusión de su padre, pero él ignoraba que William estaba jugando muy bien sus cartas. No podía mostrarse completamente encantado porque dudaría de sus motivaciones.
—Y yo, que si usted volvía a casarse de nuevo, lo haría con una viuda de reputación intachable, —lo acusó—, pero aquí estamos los dos con los papeles invertidos —respondió seco.
Albert se refería claramente a su madrastra, y la diferencia de edad con respecto a su padre.
—Lady Warren es una mujer de personalidad fuerte —remarcó Elroy, y Albert, aunque no dijo nada, admitió que su abuela tenía toda la razón.
—Todavía tengo dudas, pero te apoyo —afirmó el duque.
Susana hizo un gesto mohíno con los labios perfectamente maquillados. Luego comentó:
—Ya quisiera yo tener esa figura después de haber dado a luz —Albert la miró mientras decía esas palabras con el mentón tenso, y el disgusto reflejado en sus ojos—. ¿Hace mucho que es viuda? Me hubiera gustado preguntárselo.
Albert no sabía si ella traía algo entre manos al mostrarse tan interesada. Sin embargo, se despreocupó.
—Se quedó viuda cuando el barco que los traía a ella y a su esposo de regreso a Inglaterra, naufragó frente a las costas de Nueva Escocia —respondió la abuela con voz fuerte. —Debía de estar encinta cuando sufrió el naufragio, qué horror —comentó Susana de pasada.
—Y semanas antes pierde a sus padres en un atraco —dijo Albert un poco irritado—. Lady Warren está hecha de un material muy resistente.
—¿Cómo se habrá tomado todo este asunto sus hijos? —intervino William para calmar las aguas que comenzaban a agitarse—. Imagino que debe de ser unos muchachos muy voluntariosos, como la madre.
Albert bebió de su té con la mirada un tanto perdida. Todavía no conocía a los hijos de Candy, y sentía un cierto respeto de hacerlo.
—Conocí a lord White, el padre de Candy —comentó Elroy con la mirada puesta un punto indeterminado de la estancia—, también a su suegro, y a su marido.
—El hundimiento del Solomon Cotton nos horrorizó a todos, yo estaba allí cuando sucedió —explicó Albert—. Hubo muy pocos supervivientes.
—Solo de pensarlo me estremezco —dijo la abuela triste—. Cuánto habrá sufrido lady Warren.
El duque de Letterston sintió que su corazón se alegraba al ver el semblante de su hijo tan relajado, y dio gracias en silencio a lady Warren que había logrado precisamente eso: regresarlo al hogar.
—Me hace mucha ilusión ser bisabuela —comentó Elroy—. Espero que sea el heredero que todos ansiamos.
—Antes debo casarme con la dama —Albert lanzó la promesa entre alegre y resignado.
—Mi nieto y mi hijo se van a llevar muy poco —dijo William y sonrió a su mujer.
Esa sonrisa no escapó a los ojos de Albert: su padre estaba enamorado de Susana, pero mucho se temía que ella no lo estaba de él.
—Tienes que tratar de hablar con tu hermano y solucionar vuestras desavenencias —le ordenó el duque.
Albert asintió pensativo.
—No os he dado las gracias por vuestro apoyo —le dijo a su padre y a su abuela. William miró a su hijo un tanto afectado.
—La razón está de tu parte —afirmó la abuela—. Eres el padre de la criatura.
Albert miró hacia otro lado.
—Ojalá mi hermano lo viese de la misma forma.
Susana intervino en ese preciso momento:
—Se encuentra en la misma posición en la que estabas tú no hace mucho con respecto a tu padre —le recordó con alevosía.
Él se dio cuenta de que ella no había cambiado nada.
—¡Ni te atrevas a compararte con lady Warren! —exclamó vengativo.
—No hace falta que recordemos cosas que ya están olvidadas —le reprochó William a su mujer.
Susana supo que había cometido un error, pero no se desdijo.
—Tienes razón —respondió ella a Albert—. Por eso, confío que tu hermano tenga más sentido común que tú.
Esa había sido la gota que había colmado el vaso. Albert se levantó de golpe y taladró a su madrastra.
—No importa que te vistas con el dinero de mi padre ni que presumas de un título que te queda grande —Albert tomó aire—, siempre serás una mala persona. Una vulgar mujerzuela.
No esperó una respuesta. Albert abandonó Pembroke House sin mirar atrás.
—En lo sucesivo —le dijo William a su mujer sin dejar de mirarla con disgusto—, te mantendrás encerrada en tus aposentos cada vez que mi heredero visite su hogar.
Susana quiso protestar, pero la mano alzada de la duquesa viuda se lo impidió.
—Cuando mi hijo muera, la renta anual de treinta mil libras que podrías percibir como viuda, te las puede reducir mi nieto a cien, yo me lo pensaría dos vences antes de volver a provocarlo.
Susana tragó con fuerza.
….
Anthony seguía meciendo la pierna mientras se perdía entre dibujos y retratos. Candy seguía colocando flores en un jarrón de cristal tallado.
—Aquí estás realmente preciosa, ¿quién lo dibujó?
—Ese retrato lo dibujó mi cuñada Annie que lo hace bastante bien.
—¿Siempre has sido tan pecosa? —Candy rió ante la pregunta.
—Ahora ya no le doy tanta importancia, pero a los diecisiete años fue un auténtico sufrimiento.
Candy lanzó una exclamación de satisfacción cuando vio el ramo.
—De verdad que tienes un gusto excelente para los arreglos florales —la aduló Anthony sin poder evitarlo.
Candy lo miró con alegría.
—Las rosas que se cultivan en los invernaderos de Battlefield son las más hermosas del reino.
Anthony no pudo reprimir una sonrisa ante el comentario. Candy se acercó y se interesó por los dibujos que lord Andrew estaba mirando:
—¡Por San Jorge! Ese dibujo sobre mí debe ser quemado ahora mismo.
—Aquí estás muy guapa —le dijo él—. Ahora veo de dónde viene tu belleza… —Anthony miraba a Candy que se alejaba hacia la mesa para preparar otro ramo de flores—. Tu madre era una beldad—. Como esos ramos de flores —continuó Anthony sin dejar de observarla.
Todo Battlefield olía deliciosamente a flores.
—Mis niños fueron los bebés más hermoso de todos —afirmó la madre con una sonrisa que resultó contagiosa.
Él no perdió tiempo en responder:
—Estoy deseando conocer a Dave y a Mary.
Candy chasqueó la lengua ante el comentario, primero tenía que hablar con ellos sobre su embarazo, y segundo rezar para que sus hijos se lo tomaran bien.
—¡Candy! ¡Tienes una mancha de nacimiento!
La mujer masculló. Anthony acababa de ver el dibujo que le había hecho su cuñada Annie. Ella se encontraba sentada en el campo y con la voluminosa falda recogida hasta las rodillas.
—Está muy bien escondida en el tobillo —contestó suave—. A mi cuñada le pareció curiosa, y por eso quiso pintarla.
Anthony le lanzó una mirada pícara y sonriente
—Sería una delicia tratar de encontrarla.
Candy lo llamó al orden con una mirada.
—Lord Andrew, estás siendo muy insolente, también atrevido.
Anthony se puso serio.
—Yo tengo una parecida, pero justo detrás de la oreja —confesó Anthony mientras trataba de enseñársela, y Candy abrió los ojos con sorpresa ante la revelación—. Pero la mía no es una bonita mariposa, sino un elegante abejorro.
—¿Dejamos de hablar de manchas de nacimiento? —cortó Candy.
Anthony la miró con curiosidad, pero también con una lascivia que no ocultó.
—Daría parte de mi fortuna por verla —dijo expectante.
Candy se dio la vuelta y amonestó divertida:
—Hablamos el otro día sobre ese tipo de comentarios —el sonido de la campanilla de la puerta les hizo alzar la cabeza—. No espero visita —soltó Candy.
Los dos, desde el salón, escucharon al mayordomo que se dirigía abrir, regresó acompañada del otro lord Andrew. La perfecta armonía quedó interrumpida con la llegada de Albert. Nadie lo esperaba y tampoco nadie esperaba ver su ceño fruncido. Pero Albert tampoco contaba con encontrarse allí a su hermano menor como si fuese algo habitual en su rutina visitar Battlefield.
—Buenas tardes —se presentó muy serio.
La sonrisa de Candy se borró al instante.
—¡Qué grata sorpresa, lord Andrew!
Las palabras frías de bienvenida desmentían la sonrisa falsa que le dedicó.
—¿Te unes a la velada? —preguntó Anthony, y Albert miró a su hermano con ojos enfurecidos.
—No esperaba encontrarte aquí.
Su hermano se encrespó.
—Eso es evidente —comentó con suspicacia.
—¿Un té? —preguntó Candy antes de que ocurriera una catástrofe en su salón.
—Necesito hablar contigo —fue la lacónica respuesta que obtuvo.
—Últimamente necesitas hablar mucho —comentó Anthony mordaz.
Candy miró a Anthony y le hizo un gesto: «templa el ánimo», le decía. Lo último que necesitaba era una reyerta en su casa, y menos entre hermanos.
—Ahora no es el momento apropiado —contestó la mujer a Albert.
Él seguía plantado en el enorme salón.
—Llevo dos semanas intentando hablar contigo.
Ella seguía colocando flores en el jarrón.
—Llevo dos semanas muy ocupada —respondió sin mirarlo.
Albert se sentía muy incómodo.
—Te pido que me des una cita.
Anthony carraspeó, y, a pesar del pedido de Candy, intervino:
—Creía que ese punto ya estaba resuelto.
Albert lo miró con un brillo peligroso en sus ojos azul cielo, que tenia mas de infierno que de cielo.
Candy medió entre los dos.
—Está bien, este viernes por la tarde hablaré contigo.
—Te estaré esperando en Pembroke House.
Albert salió tan calladamente como cuando llegó. En la sala reinó el silencio durante un momento.
—¿Puedo acompañarte a la cita?
La pregunta de Anthony sorprendió a Candy. De repente, él la devolvía a la inocente armonía que habían vivido antes de la llegada de Albert. ¿Cómo podía estar tan relajado ante la animosidad de su hermano al verlo en Battlefield? ¿A qué se debía ese amago de sonrisa que trataba de ocultar? Candy no entendía nada, pero, como un detective despistado ante las falsas pistas, comprendió que debía indagar un poco más.
