CAPÍTULO 23

Candy miró brevemente su ropa, y maldijo otra vez su impetuosidad. Había estado toda la noche pensando: los dos habían llegado a un acuerdo justo, y Albert se había mostrado muy generoso, pero ella no quería casarse, y se veía obligada, por ese motivo las ganas del desquite eran tremendas, pero la venganza se servía fría, o eso se dijo.

Pero ese día iba a ser muy triste para ella, sus hijos se habían negado rotundamente asistir a la boda. Cuando ella le había explicado el motivo por el que debía casarse, Dave se enojó muchísimo. Candy había olvidado la edad que tenía, y lo susceptible que podía ser un joven de su edad. Se sintió terriblemente culpable porque nunca le había mencionado que estaba interesada en alguien, y por eso aceptó que no asistiera a su boda. Mary se lo tomó mucho mejor, y le dijo que ella intentaría apaciguar a Dave, pero tampoco quería asistir porque no le interesaba en absoluto su futuro esposo.

Observó de nuevo su atuendo: el vaporoso vestido negro le sentaba genial. Había pensado vestir de blanco, pero se impuso las ganas de borrarle la sonrisa a Albert cuando la viera caminar hacia él. Cuando el carruaje la dejó en la fachada principal de Pembroke House, sus ojos se entrecerraron ante el gentío que había allí congregado. Candy volvió los ojos a su cuñada que la miraba con cierta ansiedad mal disimulada, la mujer le apretó la mano en un gesto de cariño.

—Haces lo correcto.

Candy alzó una ceja interrogante. ¿Cuándo Albert había conquistado a su cuñada en su beneficio?

—Llegas puntual —las palabras de Anthony le hicieron volver la cabeza.

—¿Qué haces aquí? —la pregunta le salió como un graznido.

Anthony la miraba sonriente, con un brillo de calidez que la conmovió. Se había portado con ella genial. Se habían perdonado mutuamente, y ella le había cogido verdadero afecto.

—Vivo aquí —le recordó—. Como no me has permitido ser el novio que te espera, he decidido ser el amigo incondicional que te lleve al altar —ella le sonrió con candor—. Además, no tienes padrino —ella lo miró avergonzada.

Era cierto, no tenía padre, ni hermano, ni tío. Annie era la única amiga verdadera que tenía, y su marido no había querido asistir a la boda, había hecho apoyo común con su hijo Dave. Los dos decían estar escandalizados.

—Imaginaba que no lo habías previsto —le dijo Anthony.

—¿Él, sí lo ha hecho? —preguntó con acritud.

—¡Te va a sorprender mucho! Mi hermano Albert es la planificación personificada —contestó con humor.

Candy alzó los ojos al cielo y comprobó que el sol había decidido por sí mismo brillar ese día. ¿Acaso el clima no podía estar de su parte y lanzar rayos que dejasen a todos temblando?

La pequeña capilla estaba abarrotada, y Candy se detuvo justo en la puerta con la duda pintada en el rostro. Anthony le susurró unas palabras al oído que la reconfortaron, algo así como echar a correr, pillar el primer carruaje, luego un barco que los llevara muy lejos. Anthony tomó la mano que ella, y la puso sobre su brazo izquierdo. La mujer le agradeció el gesto con una sonrisa.

Cuando ambos enfilaron el largo pasillo con Annie delante de ambos para actuar de improvisada dama de honor, los ojos de Candy brillaron con determinación, y cuando divisaron a lady Cowbridge y otras damas a las que consideraba amigas, sintió ganas de llorar. ¿Cómo habían sabido ellas que se casaba? El corazón le dio un vuelco inesperado dentro del pecho. La familia de él se encontraba situada en los bancos de la derecha.

Anthony la iba dirigiendo con pasos lentos cuando comenzó a sonar una melodía nupcial que terminó por descolocarla completamente. Sentía ganas de gritar: ¿con qué derecho había planeado Albert todo sin consultarle? Al llegar justo al lado del lugar en el que la esperaba él, Anthony se hizo a un lado y su cuñada le ofreció un bello ramo de novia que ella había obviado a propósito.

No podía mirarlo: si lo hacía, su decisión se iría al traste y saldría huyendo de allí. Apenas escuchaba las palabras que les estaba diciendo el párroco. Trató de prestar atención a sus palabras, y, cuando comprendió que le estaba pidiendo su aprobación, soltó un escueto "sí". La respuesta de él fue enérgica y contundente. Se quedó inmóvil cuando Albert le colocó el pesado anillo de los Andrew en el dedo de la mano. Pensó que con eso se terminaba el consabido ritual, pero él le tenía reservada una sorpresa más: le rodeó la cintura con un brazo, la acercó hacia él y le sostuvo la barbilla. El beso lento y dulce le provocó un deseo arrebatador, pero mantuvo la compostura con todo el autocontrol que pudo.

Oía las diferentes felicitaciones y les dio las gracias que se merecían. Albert la sujetó por la cintura y ya no la soltó: marcaba, de ese modo, su posesión sobre ella.

Candy supo que le esperaba una dura lucha de voluntades.

El improvisado banquete había sido organizado en el precioso y enorme jardín trasero de Pembroke House. Candy se dejó guiar sin una protesta. La mesa nupcial solo tenía dos asientos y presidía la zona privilegiada del bonito jardín. El sofisticado menú elegido por Albert no decepcionó a ninguno de los invitados. Se dejó servir por su esposo, y con más nervios que hambre, se dedicó a jugar con la comida.

—Estás de enhorabuena no de pésame, lady Andrew, aunque te hayas vestido para un entierro y no para tu boda —le dijo con mirada seca.

Ella giró el rostro hacia Albert que la miraba con interés.

—La verdad es que no he pensado lo que iba a ponerme —fue su lacónica respuesta. Él, no la creyó en absoluto.

—Al menos muestra un poco de interés.

A Candy le importaba bien poco ese detalle.

—Todo esto me parece fuera de lugar —le replicó cansada.

—Nuestro hijo querrá disfrutar la felicidad de sus padres en este día tan memorable, por ese motivo he contratado a un dibujante, para que no deje sin retratar ningún detalle de este hermoso momento.

Ella no sabía qué pensar. De haber esperado una boda íntima, se había encontrado con una fastuosa.

—Pensé que nuestro acuerdo tenía implícita una boda íntima, y no está opereta.

Albert alzó su copa de vino y bebió antes de preguntarle:

—¿Acuerdo?

—Nuestro trato —Candy no tenía ganas de discutir.

—Yo lo llamo unión legal entre un hombre y una mujer.

Ella no pudo contenerse:

—¿De enamorados? —Albert bajó sus ojos azul cielo hacia ella ante la impertinente pregunta:

—De personas que se profesan un sentimiento mutuo de excitación que las lleva a cortejar o expresar ese sentimiento mediante una promesa.

—¡Había olvidado tu facilidad de palabra!

Albert le ofreció una sonrisa que ella no valoró, no podía hacerlo en ese momento en el que se sentía desamparada.

—Toda esta opereta como tú la llamas no ha sido orquestada en tu honor, puedes quedarte tranquila.

—¿En honor a quién, entonces?

Albert la observó atentamente.

—Nuestro hijo tendrá una infancia normal, una familia normal, y un montón de dibujos con todo su esnobismo para poder disfrutarlos.

Candy se mordió el labio.

—¿Por qué es tan importante para ti? —Albert obvió la pregunta y siguió adelante, contándole sus planes.

—¿Por qué no han venido tus hijos a nuestras boda?

Ella ni comía ni dejaba de pensar. Tamborileaba los dedos en el blanco mantel.

—Porque no están de acuerdo, ¿te extraña? —le preguntó enfadada—. No llevan bien que ahora dirijan mis pasos otro hombre. Necesitan tiempo.

—Tienen catorce años, son casi adultos, y tendrán que aceptar que ahora eres lady Andrew.

Cada vez que le decía su nuevo título, le rechinaban los dientes. Candy se hizo una promesa de aguantar hasta que finalizase el banquete, pero ni un segundo más.

—Estás colocándome en una situación difícil si pretendes que los obligue a aceptarte. —He prometido protegerte —le recordó los votos—. Sonríe, nos están dibujando. «¡Qué cansada estoy!», pensó abatida. Candy no creyó en ningún momento que se debía al embarazo. El banquete se le hizo interminable, la despedida de los invitados más, y el continuo escudriñamiento de su cuñada había terminado por crisparle los nervios.

Le había asegurado por activa y por pasiva que no se casaría con Albert Andrew, y hacía todo lo contrario.

—Todo se solucionará —le dijo Annie poco después—, y tráeme algún recuerdo de Escocia —le dijo al oído.

Candy parpadeó con sorpresa. ¿Cómo sabía adónde iba si no lo sabía ella misma? ¿Escocia? ¿Cuándo lo habría decidido él? ¿Por qué no le había consultado? Se sentía estúpida: Albert hacía todo a voluntad.

Los invitados se despedían y ella sonreía forzosamente. Le dolía la mandíbula de tanto mantener la mueca vacía que los otros podían apreciar como una sonrisa. Albert la iba dirigiendo hacia la salida de la casa. Cuando vio el carruaje ducal que los esperaba, lo miró atónita.

—¿No puedo cambiarme de vestuario?

—Ya lo harás cuando lleguemos a Catlodgen.

Ella ignoraba que era una extensa propiedad de los Andrew en el norte de Escocia. Candy seguía mirando a su cuñada que demostraba una felicidad que ella no lograba entender: ¿qué les había contado él para que Annie participaran en esa pantomima? ¿Por qué se mostraba serena? ¿Cuándo se había decidido todo? Los invitados los despedían con las manos alzadas; ella apenas había dicho una palabra desde el postre.

—¿Adónde me llevas? —preguntó.

—A Escocia —le respondió y se corrigió en el acto—. Pero antes haremos un alto en la cabaña del bosque. Tengo que recoger algo.

—¿Y luego?

—El carruaje nos llevará hasta Edimburgo donde haremos noche, y después continuaremos hasta Catlodgen.

—Te has tomado muchas molestias —lo criticó con ironía.

—Todo estaba preparado desde hace varias semanas.

Candy tenía que haberlo imaginado.

—¡Qué seguro estabas de que te aceptaría!

El tono con que lo dijo dejaba en claro que se sentía manipulada. Albert bajó los ojos hacía ella y le mostró un amago de sonrisa.

—Estás muy hermosa, incluso de negro, pero pienso quemar todos los vestidos que tengas de ese color.

Candy sintió ganas de golpearlo: había aprendido, de la forma más amarga, que él podía manipularla a voluntad para que hiciese lo que pretendía. Solo le bastaba un comentario para hacerla reaccionar.

—No siempre te va a resultar todo tan fácil —respondió seca—. Y me encanta el negro. Él sabia que no era cierto. En todas las veces que habían coincidido en fiestas y eventos, ella se había vestido con explosiones de color, por ese motivo había entendido la indirecta al vestirse de negro para su boda.

—No pienso discutir contigo.

Candy chasqueó la lengua con fastidio, y Albert aprovechó para ayudarla a introducirse en el carruaje. A ella todos esos gestos de galantería le molestaban enormemente.

—¡No soy una inválida! —protestó enérgica.

—Eres mi responsabilidad. Me preocupa tu comodidad.

Albert se sentó a su lado, muy pegado a ella. Candy respiró profundo porque le esperaba unos tiempos muy complicados.

...

Hola chicas lindas! lo siento por el atraso, tuve un fin de semana ajetreado y por eso no pude actualizar antes. Creo que hacen falta uno capítulos para finalizar, así que si no es mañana, el martes sin falta terminamos. Un abrazo a todas, mañana con mas chance les agradeceré a cada una por sus reviews, como siempre. :*