CAPÍTULO 26

Le dolía la cabeza y le martilleaba. ¿Se había embriagado con dos copas de hidromiel? ¿O había sido la dulce entrega de sí misma a Albert? No se había entregado, lo había seducido de nuevo, y la culpa la tenía lo endiabladamente apuesto que era. Su formidable cuerpo le hacía perder el sentido.

—Eres una pésima bebedora —se burló de ella.

Cuando alzó los ojos, contempló la forma en que la escudriñaba. Con el hombro apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, sostenía en la mano un vaso. Se lo acercó solícito con la sonrisa brillándole en los labios.

—Toma. Desayuna algo.

Ella se tomó un trago largo.

—¡Está malísimo! —Albert le ofreció una sonrisa cómplice.

—Es un buen reconstituyente que te ayudará a paliar los efectos.

Candy se recostó en la almohada sin ser consciente de su desnudez; Albert la observó lascivamente.

—Tienes unos pechos preciosos —dijo ante la sorpresa de Candy—. Toda tú eres preciosa.

Ella subió la sábana hasta taparse la garganta. Se sentía tan sofocada como complacida por sus palabras.

—¿Deseas avergonzarme? —se justificó.

Él, negó de forma enérgica.

—Perfectos, incitadores, me encanta saborearlos —ella lo miró, y entonces él agregó—. Aunque dentro de poco será mi hijo quien los saboree —terminó la frase entre risas, y ella lo imitó.

Luego, Candy cambió el semblante. Fue como si se hubiera despertado de un sueño y recordó todo: la noche en el carruaje, las instancias de su casamiento…

—Tenemos que hablar —dijo muy seria.

Las risas habían quedado olvidadas.

—Vamos, Candy, no empieces. Disfrutemos de la mañana —propuso Albert un tanto fastidiado.

—No quiero parecerte veleidosa.

—No me lo pareces, ¿o lo de anoche no cuenta?

Candy iba a protestar, pero Albert la calló con un gesto, no obstante, ella se sinceró. —No puedo negar que te deseaba —admitió sofocada—, y la hidromiel hizo el resto. Los ojos de Albert brillaban.

—Nunca te va a faltar hidromiel en Little Ribston.

—No pienso probarla nunca más —afirmó sin un parpadeo—. Me hace decir y hacer cosas muy extrañas.

Los ojos azul cielo de Albert la devoraban.

—¿Te arrepientes? —le preguntó muy serio.

Candy no era tan hipócrita como para mentirle, y le habló con la verdad.

—Solo necesitaba un tiempo para acostumbrarme a mi nuevo estado, y has sido todo un caballero al permitírmelo, muchas gracias —contestó y agradeció muy calmada.

Albert se dijo que ella no tenía ni idea de lo mucho que le había costado dejarla sola cada noche. El deseo que sentía por ella le había provocado un gran insomnio.

—Pues ese tiempo de gracia se ha terminado para ti —Albert se acercó a ella. Candy lo tomó del cuello de la camisa y le dio un beso apasionado.

—Funcionamos muy bien juntos, ¿no te parece? —le susurró él.

—Soy muy mala negociando, ya te habrás dado cuenta. Cedo muy rápido a las pretensiones del otro.

Albert le colocó un rizo de cabello rubio detrás de la oreja en una actitud cariñosa.

—Eres la única mujer que me tienta hasta la locura. Ese detalle es lo único que debería importarte.

Candy se puso seria de repente.

—El matrimonio es un plato que no puede sazonarse solamente con atracción mutua —musitó apenas en un susurro.

—¿Y dudas de que no tengamos otros condimentos?

—No; no lo dudo, además, quiero que funcione.

Albert le alzó la barbilla para que lo mirase a los ojos.

—Vamos a hacer que funcione. Corremos un riesgo si no resulta como queremos, pero hay que intentarlo.

—¿Merecerá la pena? —preguntó, pero para sí misma.

Albert se mostró sorprendido.

—La familia siempre merece la pena, no lo olvides nunca —dijo un tanto solemne. Después le hizo cosquillas y se arrojó encima de Candy para colmarla de besos.