CAPÍTULO 30
Candy se sentía feliz.
Su cuñada y el duque charlaban animadamente, el esposo de Annie se mantenía apartado, pero la celebración familiar era todo un éxito. Anthony había cumplido su acuerdo a la perfección. Desvió los ojos de su cuñada y buscó con ellos, entre la muchedumbre, a su esposo: el celoso, controlador y maravilloso amante que tenía por marido. Aún le temblaban las orejas por el último sermón de más de dos horas que había tenido que soportar sobre su intención de rechazar el potrillo. Finalmente, había ganado su suegro. Y Candy y Albert habían llegado a un acuerdo. Candy también había hecho algunas concesiones más: le consultaría decisiones en el futuro, en especial las remodelaciones. Albert, a cambio, intentaría dominar su necesidad de controlarlo todo sobre ella.
Con tal de no escuchar nunca más una charla de las suyas, era capaz de vender su alma al diablo. ¿Se acostumbraría alguna vez a tener que analizar cada decisión que tomaba por insignificante que fuese? Albert lo razonaba todo, lo hablaba todo: nada quedaba sujeto a la eventualidad. A veces, ella sentía ganas de gritar y comenzar a tirar papeles por la ventana para dar salida a su espontaneidad.
Candy bajó los ojos hacia su vaso lleno de limonada. En la etapa final del embarazo, se sentía pesada, molesta porque cada negativa iba acompañada de una explicación, de un por qué, un cómo, un cuándo. Era demasiado para ella que de un tiempo a esta parte no analizaba ninguna de las decisiones que tomaba. Albert iba hacia Candy con un plato de canapés en la mano derecha y una chispa en sus ojos que conseguía aplacar su mal genio. Esos ojos que ella conocía y que encerraban la necesidad de hacerle el amor todo el tiempo. A pesar del embarazo, él insistía en ir encima, lo que, a veces, resultaba más parecido a un paso de comedia que a una situación erótica. De todos modos, el sexo era espectacular. Y si venía con risas, todavía más.
—Mi padre está encantado con tu cuñada. Annie lo tiene comiendo de su mano. Candy le mostró una media sonrisa, mientras aceptaba el plato que le tendía, lo devoró en cuestión de segundos.
—Quiero más —le pidió.
Albert hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Si comes demasiados entrantes, no cenarás después.
Candy chasqueó la lengua.
—Estoy cansada, quiero irme a casa.
Albert aguantó su estallido con aplomo. Estaba preciosa con esa mueca de fastidio. —Esta noche compensaré tu enorme apetito por todo.
Candy le dio un codazo con cariño. Su apetito sexual estaba plenamente satisfecho, lo que quería satisfacer eran otros apetitos, como sentarse tranquila en su salón de Little Ribston, y quizás descansar un rato.
—Me cansa todo —admitió con pesar—. Esta enorme barriga me impide moverme. Se me hinchan los pies.
No era una conversación para mantener con su esposo, pero Candy estaba irritada.
—Ya queda menos tiempo para que alumbres a nuestro hijo, ¿deseas que te acompañe a la biblioteca para que descanses unos minutos?
Los ojos de Candy lo miraron esperanzada. Hizo amago de asentir, pero Albert la retuvo por la cintura. Candy vio consternada que su cuñado George venía hacia ellos con un familiar que no conocía.
—Felicidades, cuñada. ¡La fiesta es todo un éxito!
Albert detenía sus intentos de soltarse.
—Nunca he visto tantos conocidos juntos.
El comentario de Margareth le arrancó una sonrisa y la sacó de sus pensamientos repletos de sueño, descanso, soledad. La fiesta la había preparado Anthony, y el mérito se lo llevaba ella: así daba gusto organizar eventos. Anthony había demostrado ser un perfecto colaborador.
—Estás estupenda, cuñada, aunque mi hermano te mantenga sujeta como si fueras una estatua —dijo George, y Candy le ofreció una cálida mirada ante sus amables palabras. —Es que estoy un poco cansada —lo defendió ella.
Albert le respondió con aplomo.
—El embarazo le pasa factura.
—Tienes que dejar que tu esposa atienda a los invitados —sugirió su hermano George. Albert hizo caso omiso al consejo de su gemelo.
—La fiesta es en su honor, por su entrada en los Andrews.
A Albert ese detalle le importaba poco, siguió mirando con lascivia la boca de ella. Deseó besarla.
—¡Por Dios, Albert! ¡Compórtate! —exclamó ella.
La providencia estuvo de parte de Candy cuando la abuela Elroy se acercó hasta Albert y lo arrastró hacia los invitados para que hablase con uno en particular, y dejase el acecho sobre su esposa. Tanto George como Margareth suspiraron más relajados al verlo que se distraía con amigos. Candy soltó un suspiro largo.
—¡Necesito sentarme!
Había cerrado los ojos porque hacía mucho tiempo que no dormía bien.
—Parece que estás a punto de estallar —bromeó Anthony que no abandonaba la sonrisa, mientras observaba la enorme barriga de su cuñada—. Y no sabes cuánto me alegro de no estar en el pellejo de mi hermano mayor.
Candy abrió los ojos al escucharlo.
—Este embarazo va a terminar conmigo —al momento se arrepintió de sus palabras.
El rostro de Anthony se había puesto blanco.
—¡Por Dios Anthony! No quise decir eso.
—Claro que no querías insinuar algo así —Margareth trató de restarle tensión al asunto.
—No me cansaba tanto con los mellizos, ni estaba tan irritada.
—Estabas de duelo —le dijo Anthony que había recuperado el color del rostro—. Es normal que no hicieras caso a todos los síntomas que tienes ahora.
A Margareth le parecía inaudito que un hombre soltero conversara sobre emociones de embarazadas.
—Comprendo a Albert —intervino George—. Yo tampoco querría perderme un momento así de emocionante.
Margareth lo miró con ojos llenos de pesar. Ella había perdido al bebé que esperaba meses atrás, aunque seguían intentándolo. Anthony decidió bromear porque sus dos cuñadas se estaban poniendo demasiado serias.
—Seguro que Albert ya ha decidido el nombre, y con quién se casará el deseado heredero —dijo el menor de los hermanos.
Candy miró a Anthony tras esa observación, y lo hizo con el ceño fruncido.
—¡No le encuentro la gracia a tus bromas sobre tu hermano! —le respondió un tanto preocupada.
A pesar de la personalidad absorbente de su marido, no le simpatizaba que hablasen a sus espaldas.
—Sí que la tiene —dijo George poniéndose de parte del menor—. Lo que me parece insólito es que no le haya ordenado al bebé el sexo que tiene que tener antes de venir a este mundo.
Este último comentario le valió una mirada reprobadora de Candy que se había puesto inusualmente seria.
Candy barajó la idea de soltarles un sermón a ambos hermanos, pero una voz se lo impidió.
—¡Anthony!
Candy volvió los ojos hacia el invitado que miraba a su cuñado con una sonrisa.
—¡Tom! —ambos hombres se abrazaron.
George y Margareth volvieron su rostro a la voz conocida. Tom había sido el amigo más íntimo de Anthony: amigo y compinche de juergas y libertinaje tanto en la adolescencia como en la juventud. Hacía varios años que vivía en Cornualles, por lo que fue una sorpresa para él que volviera a Sheffield después de tanto tiempo.
Anthony se volvió hacia George, y hacia sus dos cuñadas.
—Tom, ya conoces a mi hermano George y a su encantadora esposa Margareth. —Tom les mostró una sonrisa—. Permite que te presente a lady Candice Andrew, la esposa de mi hermano mayor Albert —Tom ofreció una inclinación de cabeza que aceptaron todos con naturalidad—. Candy te presento a lord Tomas, un viejo amigo. ¿Nos disculpáis? Tenemos algunos asuntos que tratar en privado.
Candy aceptó las disculpas de su cuñado. Vio cómo se alejaban ambos hombres entre bromas hacia el interior de la casa, y volvió su rostro hacia George.
—Disculpadme, necesito sentarme un momento —dijo Candy y comenzó a caminar de forma rápida tratando de llegar hasta la biblioteca.
Necesitaba tumbarse un rato antes de continuar de pie en la fiesta.
Las grandes puertas estaban parcialmente abiertas. Candy caminó hacia el sillón para echarse un momento. Después tendría que disculparse con Albert, pero si no se tumbaba comenzaría a dolerle la cabeza, y ella se encontraría mal el resto de la velada. De repente percibió que había algo diferente en la biblioteca, y cuando la miró detenidamente, encontró el motivo. La enorme chimenea tenía colgado un precioso retrato. El hombre había sido pintado mientras sujetaba las riendas de un corcel. Se acercó lentamente hacia él y clavó sus pupilas en el rostro anguloso. A medida que caminaba, su corazón se iba encogiendo. Miró el rostro firme, la boca carnosa y bien delineada. La nariz aristocrática, los pómulos bien definidos. El cabello rubio y perfectamente peinado hacia atrás, finalmente se fijó en los ojos, y a la distancia en la que se encontraba, vio que eran de color azul cielo, el mismo color que los de Albert.
Candy se llevó la mano a la boca para contener un gemido.
Parecía que estaba admirando un retrato de su propio hijo Dave, pero en adulto. Seguía de pie clavada al suelo. Nada en el mundo podía lograr que separara sus ojos del retrato. Escuchó con perfecta nitidez la voces de Anthony y de Tomas que llegaban hasta ella desde la otra habitación.
—¡Me alegro del regreso de Albert! —escuchó decir a Tomas—. ¡Sé cuanto extrañabas su presencia en Pembroke House!
—Todos estamos encantados —escuchó decir a Anthony; Candy pudo oír el tintineo de vasos de cristal al chocar entre ellos.
—¿Cuántos años se quedó en las colonias? —quiso saber el amigo.
—Quince años —contestó Anthony.
—¿Siempre estuvo en Maryland? —se interesó Tom.
—El primer año lo paso en Chicago —contestó Anthony—. Pero me contó que no era lo que buscaba allí.
—Me extrañó que no se quedara en Chicago pues allí existen numerosas posibilidades, Maryland es… —Anthony lo interrumpió.
—Mi hermano deseaba tranquilidad, y Chicago no es una ciudad tranquila precisamente.
Anthony siguió ofreciendo detalles de la llegada y estancia de su hermano en Chicago. El día de llegada, el hotel donde se había hospedado. Candy ahogó un jadeo: demasiadas coincidencias. Ya no estaba tan segura de querer seguir escuchando a escondidas la conversación que mantenía su cuñado con el invitado. Supo que debía salir de forma sigilosa de la habitación. Cuando ya llegaba a la puerta, la voz de Albert la dejó paralizada.
Temió no poder sostenerle la mirada.
—Te he estado buscando por el jardín —afirmó.
Las voces en la otra habitación habían cesado de repente.
—Tenía que descansar un poco —se excusó nerviosa—, y la biblioteca me pareció la mejor opción.
—Margareth me lo dijo —continuó él.
Candy seguía en silencio, y su actitud resultaba de lo más sospechosa. Cuando vio a su cuñado aparecer por el hueco de la puerta, deseó que la tierra la tragase. Todo se complicaba pues no tenía forma de huir dignamente.
Albert seguía observándola con sumo interés. Ella no quería que sospechara que había estado escuchando la conversación de un invitado.
—Quería sentarme porque estaba un poco mareada —les explicó.
Albert y Anthony se acercaron hacia ella con el semblante preocupado.
—¿Te encuentras mejor?
No se había sentido peor en su vida. Tom asomó su cabeza por el hueco abierto entre las dos estancias.
—Anthony, ¿todo bien? —le preguntó.
Anthony le hizo un gesto con la mano pidiéndole que aguardara un instante, miraba a su cuñada realmente preocupado.
—No me encuentro bien, ¿puedo regresar a Little Ribston? —preguntó Candy.
No se reconoció su propia voz; tuvo que carraspear antes de poder formular la pregunta en un tono neutro.
—No podemos marcharnos de una fiesta que se celebra en tu honor.
—Vamos, Albert —le dijo Anthony—. Al diablo la fiesta, ¿no ves lo pálida que está? Albert la miraba atentamente porque ella había girado el rostro y miraba el retrato sobre la chimenea con insistencia. Él, se encontró haciendo lo mismo y arrugando el entrecejo. ¿Qué había visto u oído que la había perturbado tanto?
—Es mi abuelo, lord Louis Albert Andrew, el cuadro ha sido restaurado hace poco, sufrió un pequeño percance por la chimenea.
El gemido femenino hizo que Albert regresara su atención a ella. Candy no sabía cómo la sostenían las piernas.
—¡Necesito aire! ¡No puedo respirar! —fue lo último que dijo.
Su mano subió hasta su garganta y cerró los ojos con fuerza, pero antes de caer al suelo desmayada, Albert la sujetó en sus brazos.
….
No quería abrir los ojos. El destino, el infame sino que se encargaba de ponerlo todo en su lugar, había soltado su hacha encima de su cabeza causándole un daño atroz. Cuando todo en su vida comenzaba a rodar suavemente, el caprichoso azar volvía a jugar con ella y sus sentimientos, como si Candy fuese un títere sin voluntad, igual que hacía quince años. El retrato del abuelo la había dejado paralizada. Desconcertada, muerta de miedo, y llena de rechazo. Era como si un ángel y un demonio estuvieran posados en cada uno de sus hombros y le susurraran cosas: que el destino se encarnizaba con ella, que no podía ser verdad, que las casualidades no existían, que la vida seguía leyes de causa y efecto y no encuentros y desencuentros.
Lo que Candy no podía discernir cuál de los dos era el ángel y cuál el demonio. ¡Albert! No quería pensar qué coincidencia artera lo había puesto en su camino para volver su mundo al revés. ¿Estaba casada con el hombre que la había forzado en Chicago? «Tienes que cerciorarte: todo puede ser una coincidencia», opinaba el ángel. «No te engañes a ti misma», ordenaba el demonio. ¿Qué debía hacer ahora? Se sentía avergonzada y culpable, terriblemente culpable. ¿Debía indagar? ¡Por supuesto! No podía dejarlo todo como estaba. Aunque se sentía incapaz de pensar con lógica, no podía permitir que sus sospechas quedaran sin confirmar. Sacudió con una mano cada hombro, como si espantara de una vez al ángel y al demonio. De ahora en adelante solo se escucharía a sí misma. Entendía, o creía hacerlo, los avisos que el destino había agitado delante de sus narices sin que hiciese nada por percatarse de ellos. Marian tenía el mismo color de ojos que Albert. Tocaba el piano: la vena artística de los Andrew la tenía marcada en su misma esencia. Que Albert hubiera estado en Chicago al mismo tiempo que ella y en el mismo hotel, el enorme parecido con la madre… de todos modos, se dijo que el destino era lo que cada uno se forjaba, por lo que ella debía ir a buscar el suyo: debía confirmar las sospechas y dejar de alarmarse, pero lo cierto era que estaba terriblemente alarmada.
—Nos has dado un buen susto.
La voz la estremeció: Albert. No se sentía preparada para sostenerle la mirada, todavía no. Sabía que si lo miraba, se quebraría.
—Sé que estás despierta.
Candy se decidió a abrir los ojos apenas una línea.
—Me siento mal.
Su esposo asintió con la cabeza. Candy se dio cuenta de que estaba sentado en la orilla del enorme lecho a su lado.
—Lamento no haberte escuchado cuando me dijiste que no te encontrabas bien —dijo él con todo el pesar que sentía.
¿Nadie se había percatado de que su desmayo y malestar había sido causado por ver el cuadro de lord Andrew?
—Quiero irme.
Ella hizo amago de levantarse.
—Espera hasta que llegue el doctor —le sugirió.
Candy solo trató de insuflarse un poco de aire.
—¡Quiero irme! —repitió, pero con voz más dura.
Albert bajó los ojos hacia sus manos que retorcían las sábanas sin compasión. Tomó una de ellas. Candy tuvo el impulso de soltarse, pero no lo hizo. No podía soportar su contacto, no cuando se sentía tan vulnerable, pero no quería que él lo supiera.
—Cuando te encuentres mejor nos iremos.
Candy gimió lastimosamente.
—Por favor, déjame sola. —Albert iba a hablar, iba a decirle que no: lo presentía—. ¡Por favor, Albert, por favor!
—Está bien. Saldré a decirles a todos que ya te encuentras mejor, y que no hay motivos para preocuparse.
Candy asintió con la cabeza en apenas un gesto. Albert abandonó la alcoba y salió por la puerta en silencio.
¡Huir! ¡Quería huir en ese momento!
Se incorporó en la blanda cama y posó sus pies en el frío suelo. Tanteó buscando sus zapatos, pero no los encontró. Buscó sus cosas y se mesó el pelo con los nervios circulando a cien por sus venas. Pensó en Marian y se angustió todavía más.
Candy se sujetó la cabeza para detener el constante martilleo dentro de ella: sentía cada latido golpearla con furia. Inspiró con profundidad intentado calmar las náuseas. Tomó una decisión de inmediato: tenía que hablar con Annie y tenía que hacerlo con urgencia.
...
Bueno parece que el destino por fin se encargo de dar con la verdad explosiva.
