CAPÍTULO 32
¡No lo encontraba! Lo había buscado durante horas infructuosamente en los alrededores de Little Ribston, en Battlefield, en Sheffield. Annie también la buscaba en York. Se habían enviado a varios mensajeros, pero Dave seguía en paradero desconocido. La desesperación estaba comenzando a minar las escasas fuerzas que aún tenía. Por un breve instante, el nombre de Albert cruzó por su mente. ¿Cuánto habría escuchado su hijo? ¿Estaría todo realmente perdido?
Annie le había mandado un mensaje, tampoco lo encontraba, pero la nota contenía una sugerencia: Pembroke House. Candy se dijo que su hijo no conocía a los Andrew, nunca había estado en la residencia familiar, pero se preguntó si acaso su cuñada tenía razón, y quizás Dave habría ido al encuentro de él. Como Albert se había marchado de Little Ribston, el otro lugar posible era Pembroke House.
Pidió de nuevo el carruaje, y ordenó al cochero que se dirigiera hacia allí.
La magnífica mansión estaba completamente iluminada. Se bajó del carruaje sin esperar que el palafrenero la ayudara. Subió los escalones que la separaban de la puerta de entrada y llamó con insistencia a la campanilla. El mayordomo tardó una eternidad en abrir la puerta, y lo hizo con rostro serio y postura sobria, pero ella no esperó a que la anunciaran. Se dirigió con rapidez a la biblioteca donde oía conversaciones.
—¡Su Excelencia! —lo llamó agitada.
Tenía el pulso desbocado. Su suegro volvió la vista hacia ella con la sorpresa dibujada en el rostro: en la sala estaban reunidos George, la abuela Elroy y Albert, que se encontraba con el hombro apoyado en la enorme chimenea. Podía ver en su rostro la preocupación que sentía al verla.
—¡No encuentro a mi hijo Dave! —dijo exaltada.
Pero lo que decía carecía de sentido para ellos porque conocían que sus hijos estaban internados en un colegio.
—¿Qué ha sucedido con? —Albert ya caminaba hacia ella.
Para Candy lo sucedido hacia quince años había dejado de tener importancia ante la posibilidad de que a su hijo le hubiese sucedido algo.
—Ayer finalizó el curso y hoy regresaba del colegio, se me había olvidado, llegó a la casa, y se fue sin decir nada —Candy tragó a fuerza de voluntad. Albert estaba perplejo.
—¿Y Mary? —le preguntó.
—Mary llegará la próxima semana… —ella intentó dar una explicación en su nerviosismo atropellado—. Hemos tenido una discusión, y desde esta mañana, no sé nada de él.
La voz se le quebró durante un segundo, se sentía incapaz de calmar su corazón desbocado.
—¡Hay que llamar a Scotladn Yard! —dijo el duque que nunca había visto tan alterada a su nuera.
Estaba en avanzado estado de gestación, y esos nervios no eran nada buenos para la criatura.
—¡Dios mío! —exclamó angustiada—. ¡No sé donde está!
—¿Es posible que se encuentre con alguno de sus amigos? —dijo Albert para calmarla.
Candy escuchó las palabras de su esposo, y negó repetidamente.
—He enviado mensajes a todos, pero nadie lo ha visto. ¡Voy a volverme loca! ¡No sé qué hacer!
—¡Hay que avisar a la Policía! —ordenó Elroy—. Iniciaremos una batida desde Pembroke House.
—Lo buscaremos juntos —se ofreció Albert.
—¡No será necesario! —la voz de Annie les hizo volver la cabeza.
Nadie había escuchado la campanilla de la puerta, pero su hijo se encontraba en el umbral de la biblioteca, agarrado a la mano de su tía.
—¡Por San Jorge! —exclamó el duque cuando vio el rostro del muchacho.
Albert estaba enmudecido igual que George.
Dave, sin mirar a su madre, hizo algo completamente inesperado, se soltó de la mano de Annie, y enfiló los pasos que la separaban de Albert. Candy seguía clavada en el suelo y con la garganta oprimida viendo el desastre cernirse encima de su cabeza para estallar con una explosión sorda: ¡sabía lo que iba a ocurrir!, pero estaba clavada al suelo y sin poder hablar. El rostro de Dave, excesivamente serio, seguía con los ojos fijos sin perder su objetivo, y con una mueca de desprecio en la boca. Albert no podía moverse del sitio a medida que lo veía avanzar hacia él. Ya estaba prácticamente a su lado. Dave tragó saliva, y, acto seguido, lo abofeteó con fuerza.
El silencio cayó como plomo entre los presentes.
—¡Canalla, bastardo! —lo insultó. Candy se llevó la mano a la garganta en un intento de que el aire pasase por ella—. ¡Nunca le perdonaré! ¡Jamás! —gritó Dave, y Albert siguió mirándolo completamente estupefacto—. Regresemos, tía Annie, ya he terminado aquí —Candy no podía moverse.
Tenía la vista fija en el rostro de su esposo sin decidirse a nada.
—¿Qué demonios significa esto?
Albert explotó a destiempo, y sujetó el brazo de Dave antes de que se diese la vuelta. El muchacho lo miró con un odio negro.
—¿Cómo pudo hacer lo que hizo? ¿No tenía honor?
Si concediesen un premio al desconcierto, Albert habría sido el ganador indiscutible. —Estoy conmocionado… —logró decir.
El rostro de Albert iba de Dave al retrato de su abuelo sobre la chimenea, ¡eran idénticos!
—Claro que lo está, ¿acaso esperaba que nunca le reclamara su deleznable proceder? ¡Mi madre era inocente! —la exclamación de su hijo le puso a Candy los vellos de punta. Albert parecía fuera de sí, pero Dave ya no podía detenerse.
—Mal nacido —lo insultó—. Juro que alguna vez vengaré esta infamia.
El rostro de Albert había palidecido hasta un punto alarmante, y el joven abrió la boca por la sorpresa.
—¡No lo recuerda! —no podía creérselo, y Dave hizo algo que Candy lamentaría después.
Le recordó el lugar, la fecha y el momento de la ignominia cometida por él.
Candy seguía en la misma postura quieta y silenciosa. Albert abrió los ojos espantado. El chico siguió mirándolo con ira en los ojos y frustración en el gesto: la rabia le salía a borbotones por la boca.
—¡Ojalá se muera, padre! —le escupió las palabras una a una con veneno.
—¡Dios bendito! —exclamó el duque que seguía conmocionado por la escena que tenía lugar en la biblioteca de Pembroke House.
Las palabras de Dave hicieron que las piernas de Candy temblaran violentamente. Albert la miraba con ojos desolados y confundidos.
—¡Dios bendito! —volvió a exclamar el duque que para nada había esperado una aparición joven de su difunto padre.
Dave se giró hacia su madre. Estaba terriblemente enfadado con ella, tenía mucho que explicarle, pero en ese momento no quería que lo hiciera.
—La tía Annie me ha contado todo.
Candy seguía con la boca cerrada. Cuando vio que Albert avanzaba con paso firme hacia ella, perdió el último resquicio de valor que le quedaba. Había sido consciente de todas y cada una de las emociones que se habían cruzado en el rostro de él tras la declaración de Dave: asombro, dolor, cólera, y por último, una profunda decepción. Ante el temible enfrentamiento que sabía le esperaba con él, hizo lo más imprudente y desacertado: huyó con la mano de su hijo aferrada en la suya. Ninguno de los hombres en la sala hizo amago de detenerlas.
—¡Explícate, Albert! ¿Qué significa todo este lío? —las palabras del duque contenían una emoción que lo devolvieron a la realidad de un golpe.
Albert había recuperado el color y el habla.
—No tengo nada que explicar.
Albert seguía en un estado de quietud preocupante.
—¿Por qué ese muchacho te ha llamado "padre"? —preguntó Elroy completamente desconcertada.
Era la única que no había advertido el enorme parecido, quizás por su mala visión.
—Dave cree, indudablemente, que soy su padre —aseguró Albert con voz profunda. George fue el único que demostró algo de sentido común.
—¡Qué hijo más guapo tienes! ¡Qué regalo más inesperado pues son dos y mellizos! —dijo francamente emocionado—. Pero, ¿cómo saldrás de esta, hermano?
Albert no lo sabía porque seguía sin poder procesar lo ocurrido.
—Albert, ¿qué sucede? ¿Cómo puede ser tu hijo? Es clavado a tu abuelo, pero, ¿cómo es posible? —el duque trataba de encontrar la lógica a todo lo sucedido.
—Conocí a Candy en Chicago hace quince años —comenzó Albert una explicación que le llevó varias horas.
….
En Battlefield, Candy no encontraba consuelo. Dave se había negado a conversar con ella, le había pedido un tiempo que no tenía, y había cerrado la puerta de su alcoba para impedirle el paso. Todo se había precipitado cuesta abajo y sin remedio.
—¡Yo hablaré con él!
Candy pegó un respingo involuntario ante la seca afirmación de Albert. Despegó su frente de la puerta cerrada del dormitorio de su hijo, y carraspeó intentado encontrarse la voz. No lo había oído llegar. Intentó encontrar en su rostro algún indicio de lo que pensaba. Desde que había huido de Pembroke House, no había pensado en las consecuencias de lo que podía suceder a continuación. Carraspeó nerviosa.
—Albert, yo… —él, no la dejó terminar: con una mano alzada le pidió un silencio que ella le otorgó encantada.
—Ahora lo más importante no es lo que tú piensas que hice, ni la acusaciones vertidas que puedo rebatir, sino Dave.
Candy asintió con el nudo aún en la garganta.
—Cuando descubrí el retrato de tu abuelo, no supe qué hacer, estaba aterrada por lo que había descubierto, pero en estos momentos nada me importa más que mi hijo.
Albert asintió.
—Después hablaremos, ahora permíteme que hable con él. Tu hijo es mi máxima preocupación en estos momentos —Candy se hizo a un lado para que Albert tuviese un mejor acceso a la puerta—. No va a resultar fácil, pero no intervengas, por favor.
—No lo haré, y gracias por preocuparte.
Él, ya no le respondió. Golpeó con los nudillos la madera de forma tan suave que Candy pensó que Dave no podría oírlo.
—Dave —dijo—, necesito que abras la puerta, tengo que darte una larga explicación. Tras la puerta, el muchacho le dijo que se marchara al infierno, que lo odiaba, pero Albert siguió insistiendo hasta el punto de que Dave se rindió. Tras unos momentos que a Candy le parecieron interminables, la puerta se abrió como por arte de magia y se volvió a cerrar delante de las narices de ella. Candy fue lo suficientemente honesta para reconocer que Albert era el más indicado para tratar de llegar hasta el corazón herido de su hijo.
Un hombre ignoraba que tenía un hijo.
Un hijo ignoraba que su verdadero padre estaba vivo.
Y ella en medio de todo sin saber qué hacer a continuación.
«Mary, por Dios, tómatelo mejor que tu mellizo», se dijo angustiada.
