CAPÍTULO 33
Dave abrió al fin la puerta con inesperada fuerza.
Candy seguía esperando. Durante varias horas había temido, llorado, y hasta prometido lo indecible para que todo volviera a la normalidad, aun sabiendo que no se podía lograr lo imposible. Cuando vio los ojos llenos de lágrimas de su hijo, el corazón se le encogió dolorosamente.
Creyó que Albert no había logrado su objetivo de explicarle todo.
—¡Tengo que irme! —Dave se arrodilló junto a ella y la abrazó con inusitada fuerza—. Necesito tiempo para asimilar... —no continuó. Candy estaba muda—. Pasaré unos días en York con la tía Annie; Albert me ha contado todo y yo… después hablamos.
En el instante en que terminó de decirlo, se levantó y se marchó tan rápido que Candy no fue consciente de que se había quedado abrazando el aire. Lo escuchó pedirle al mayordomo que preparara el carruaje, lo oyó ponerse la capa y salir de la casa como alma que lleva el diablo. Su primogénito tenía catorce años, y había recibido un varapalo que lo haría madurar antes de lo apropiado.
Cuando se giró hacia Albert, vio que la miraba desde el marco de la puerta con el semblante demasiado serio, demasiado herido.
Candy cerró los ojos con cansancio.
—¿Le has mentido? —inquirió preocupada.
Albert con una mano la ayudó a reincorporarse. Mano que ella no rechazó porque necesitaba consuelo.
—Le he contado la verdad —dijo él.
Candy no entendía a qué verdad se refería. Movió con energía los músculos de sus piernas que se habían quedado dormidas debido a la espera.
—¿Qué verdad? ¿La tuya o la mía?
Albert suspiró largo y pesado.
—Es la misma Candy…
Ella tragó con fuerza porque, aunque no había olvidado todo el dolor que Albert le había provocado, la angustia de perder a Dave había sido determinante. Nada importaba más que él, y le había quedado muy claro.
—Dave no ha podido asimilar la verdad, pero necesita algo de tiempo.
Ella inclinó la cabeza.
—Al menos no parece infeliz —respondió asombrada—. Y no me ha dirigido ni un solo reproche —reconoció.
El nudo en su estómago se había aflojado al fin.
—¿Estás cansada?
¿Cansada? Estaba muerta de miedo, pero Albert no dejaba traslucir ninguna emoción en su rostro. Candy sabía que había llegado su hora, la hora de pedir explicaciones.
—Albert —inquirió temblorosa—. ¿Por qué? —tenía que preguntárselo.
Él, siguió guiándola hacia el dormitorio que compartían hasta unas semanas atrás. Con cada paso que daba, la inseguridad iba creciendo dentro de ella sin que pudiese hacer nada al respecto: no sabía de qué forma encararlo sin sufrir.
—No te forcé como le han hecho creer a Dave —eso no era lo que ella recordaba—. No me colé en tu dormitorio, ni me metí en tu cama…
Eso mismo le había dicho a ella tiempo atrás su cuñada.
—Me dieron una llave equivocada —comenzó ella—. Había bebido por primera vez champán en la embajada inglesa, y no me sentó bien. Estaba tan mareada y sentía tanta angustia, que mis padres permitieron que regresara sola al hotel, pero no llegué a mi habitación sino a la tuya.
—Y te metiste en mi cama —continuó él.
—No sabía que estaba tú —se justificó.
—Ni yo que lo harías tú —contraatacó él.
Así estaban lo dos frente a frente.
—Era una muchacha inocente…
—Y yo estaba completamente borracho, como los anteriores seis días.
Candy recordó entonces la explicación de Anthony sobre el tormento de Albert por culpa de Susana.
—Al principio no supe lo que sucedía, y luego sentí mucho dolor.
Albert se mesó el cabello agotado.
—No era consciente de mis actos, Candy, simplemente era un borracho que creía disfrutar de un sueño lujurioso.
—¡Pues no lo fue! —le restregó ella—. Y me deshonraste —lo acusó.
—Lo lamento mucho, Candy.
Ella tenía los preciosos ojos verdes empañados en lágrimas.
—Cuando pude marcharme de tu habitación, no sabía qué hacer salvo esperar la llegada de mis padres, pero nunca regresaron, los habían asesinado cruelmente —su voz se quebró—. Estaba sola, asustada, deshonrada…
—De haberme reclamado, habría hecho lo correcto.
—¿Cómo ibas a hacerlo? ¡Eras un completo desconocido!
—Podrías haber pedido datos en el hotel. Esperar a que yo despertara.
—Estuve tentada, incluso de denunciarte, pero quería la protección de mi padre —ella se quedó pensativa unos instantes—. Sinceramente, prefería vivir sin saber quién eras, y en medio de ese caos emocional, ocurrió el asesinato, me sentí desprotegida...
Albert volvió a suspirar.
—No tengo justificación para aquello, pero no te forcé —se sinceró sin dejar de mirarla—. Jamás haría algo así por muy borracho que estuviera.
—Tenía diecisiete años, Albert, iba a ser presentada en sociedad —tuvo que tragar porque se le quebraba la voz—. Me esperaba una vida maravillosa, y la truncaste.
—No fui responsable del asesinato de tus padres.
Ella no lo había acusado.
—Estoy en un sin vivir —dijo ella en voz baja.
—Y yo terriblemente enfadado.
Candy lo miró perpleja.
—¿Qué tú estás muy enfadado? —no podía creérselo.
—Tan terriblemente enfadado que estoy a punto de estallar. De todos modos, quiero hablar contigo con tranquilidad.
—Entonces, quizás, deberíamos esperar hasta que…
Albert le cerró la boca con un beso salvaje. Candy no lo esperaba en modo alguno, y se puso tensa. Ella no acertaba a entender el por qué de ese castigo que había urdido Albert para atormentarla. Él, comenzó a profundizar el beso. Cuando la cordura regresó a él tan rápida como un rayo, y, justo cuando iba a terminarlo, ella abrió más los labios para incitarlo a que continuase.
Descubrir que Albert era aquel hombre del hotel de Chicago, había sido demoledor. Que fuera el padre de Dave y Mary, le resultó angustioso, pero amaba al hombre que se había convertido en su esposo, el padre del hijo que esperaba… Candy lo amaba, lo despreciaba, lo admiraba, lo rechazaba. Todo en ella convergía en cúmulo de sensaciones que no podía controlar.
Había estado tan angustiada por todo, y había pasado tanto miedo por sus hijos que no podía impedir que la besara, que la acariciara e incluso que le hiciera el amor si se lo proponía. Candy era como un cascarón vacío que él iba llenando con su esencia. Sin ser consciente porque seguía conmocionada, aprisionó su nuca y lo atrajo todavía más hacia ella. Las manos de Albert comenzaron a moverse con el ritmo de su boca hambrienta. Candy experimentó miles de sensaciones que subían desde su estómago hacia su garganta, y que comenzaron a manifestarse en el interior de sus mejillas. La lengua de Albert era como el terciopelo que acaricia la piel desnuda. Ella, al principio, respondió con un temor imprudente, pero él lograba crear magia en su cuerpo y dudas en su mente.
¡Albert quería más, mucho más!
A ella poco le importaban ya las desavenencias, las mentiras, la loca rueda de la verdad que giraba alrededor de ambos con una amenaza velada. Albert, finalmente abandonó sus labios húmedos, ella aún mantenía los ojos cerrados. Sintió la boca de él en el comienzo de su oreja y miles de cosquillas atenazaron sus nervios. La tensión acumulada de los últimos días le hizo flojear las rodillas. Tuvo que asirse a sus brazos duros para no terminar cayendo. Albert fue deslizando los labios justo donde terminaba el lóbulo y una descarga eléctrica la recorrió por entero. Hizo una breve presión con sus labios en el cuello y comenzó, eufórico, a recorrerlo con su lengua. Candy lanzó un gemido involuntario de placer, y Albert alzó la cabeza al oírla. Se detuvo de inmediato. Ella abrió los ojos al notar el aire frío sobre la humedad de su cuello. Él le daba la espalda con las manos en las caderas y la respiración jadeante.
—¡Pero qué estoy haciendo! —exclamó él.
El mundo se le cayó encima aplastándola. Esas solas palabras le habían dicho todo.
—Se nos ha ido de las manos porque yo todavía estoy furiosa contigo.
Candy, con un suspiro de resignación, abrió en silencio la puerta del vestidor y sacó una pequeña valija. Tenía una clara determinación en sus manos, y una promesa en sus ojos. Comenzó a llenarla con las prendas de él.
Albert alzó las cejas completamente estupefacto.
—¿Me puedes explicar qué haces? —Candy no lo miró.
—Creo que es evidente: te marchas de Battlefield, y después lo haré yo.
—Espera, Candy —le dijo mientras le sujetaba la mano para detener sus movimientos—. No puedo esperar que comprendas… Nada de lo que he hecho en el pasado y en el presente ha sido malintencionado, pero entiendo que sea difícil de sobrellevar para ti, pero créeme cuando te digo que también lo es para mí —ella abrió la boca para responder algo, pero él siguió—. No te forcé aquella noche, lo juro por mi vida, aunque admito que me aproveché, no me enorgullezco, pero no puedo cambiar lo que está hecho. No escogí esto, pero el destino se encargó de cruzarnos en el mismo camino —Albert tomó aire y lo expulsó suavemente—. ¡Maldigo la hora en la que te vi por primera vez en parque dibujando! ¡Maldigo el momento en el que mi hermano Anthony nos presentó! ¡Maldita seas tú por hacerme perder la cabeza y volver mi mundo del revés! ¡Maldito mi corazón porque te ama y no puedo hacer nada por evitarlo!
Candy se quedó muy quieta. Quiso serenarse un momento. Precisaba volver a mirarlo sin derrumbarse.
—¿Me conocías antes de que nos presentara Anthony en la fiesta de Pembroke House? —la voz profunda le hizo levantar la cabeza de golpe.
Albert mantenía el gesto adusto y un brillo en sus ojos que le provocó un escalofrío. Se sacó del bolsillo de su levita un pañuelo de encaje femenino que tenía dos letras bordadas: CW. Ella no pudo contener un gemido. Los recuerdos de Chicago se resumieron en ese gesto de él. ¡No podía ser!
—¡Tú recogiste mi bolso en el parque! —concluyó Candy tan estupefacta que le costaba asimilarlo.
Albert asintió en silencio.
—Deja que te explique —dijo y mientras lo hacía decidió sentarse sobre el enorme lecho—. No hace falta que te explique lo de Susana, ¿verdad? —ella hizo un gesto afirmativo—. No podía quedarme en Inglaterra, no, después de saber que se había deshecho del hijo que esperaba… me afectó tanto, que para no matarla con mis propias manos, me di a la bebida. Llegue a beber tanto que no sabía cuándo era de día y cuando de noche. Mi padre seguía atándome y volvía a insistir que era lo mejor que podía sucederme. ¿Puedes creerlo? Casi llegamos a las manos, y por eso decidí marcharme y embarcar a las colonias. Cuando llegué aquí, seguí el mismo derrotero porque me sentía incapaz de soportar el dolor. Ese niño me importaba muchísimo, y seguí refugiándome en la bebida. Vagaba por las calles de Chicago sin importarme nada, y entonces vi a una preciosa muchachita de hermosos rizos rubios como el sol, ojos del color de los campos en Inglaterra, y unas pecas deliciosas que adornaban su nariz. Pensé que era muy joven, una niña, hasta que se te cayó el bolso y no te diste cuenta. Se había abierto, lo recogí y te lo devolví. Cuando me miraste no vi a la niña que creía, sino a una muchacha espectacular. Con una mirada limpia e inocente. Por unos momentos me hiciste olvidar a Susana, y toda la desgracia que había vertido en mi vida.
—Lo lamento Albert, sé que debió de ser muy duro para ti.
Sí que lo había sido.
—¿No me reconociste el día que Anthony nos presentó? —Candy negó con la cabeza un tanto desconcertada—. De entre un millón de mujeres yo sería capaz de reconocerte aún con los ojos cerrados; sería capaz de encontrarte por el olor de tu perfume. —Candy sintió que sus mejillas se ruborizaban—. Cuando te vi aparecer en la biblioteca de Pembroke House quince años después, el corazón se me detuvo de golpe. Durante semanas navegué entre la duda. ¿Era mejor abordarte como quería, o seguir entre las sombras de Anthony? Me sentía dividido entre mi deseo de hombre, y mi deber como hermano mayor.
—No tenía ni idea —deslizó Candy aún abrazada a la almohada.
—La tarde que Anthony me dijo que te había propuesto matrimonio, sentí que la tierra se abría y me engullía con un hambre voraz. Decidí, en ese mismo instante, que iba a formar parte de tu vida sin importar lo que tuviese que hacer para conseguirlo. —Albert calló un momento antes de continuar—. Tu seducción me brindó la oportunidad que buscaba desesperadamente.
Candy cerró los ojos un momento. Quería pensar cómo seguir: la vida le brindaba una oportunidad que ella no iba a desaprovechar.
—Quise seducir a Anthony para quitarle de la cabeza la idea del matrimonio.
—Sí, ya me lo contaste, pero no te habría dado resultado —Candy se quedó callada mirando un punto indeterminado de la estancia—. ¿Cómo terminaste casada con lord Warren? El rostro de ella se dulcificó.
—Annie era mi mejor amiga —ese era un detalle que conocía—. Annie estaba en Estados Unidos porque se había prometido a un caballero de Chicago que poseía una considerable fortuna —Albert entrecerró los ojos—. Los Warren necesitaban dinero porque estaba en juego la propiedad de Battlefield. El padre de Annie y Michael habían empeñado la propiedad, y el banco estaba a punto de hacerse con ella —Albert ignoraba la precaria solvencia de los Warren—. Entonces mis padres fueron asesinados, y yo me quedé sola. Annie y Michael fueron de una gran ayuda pues se ocuparon de gestionar el entierro de ellos, el enorme papeleo—Candy tomó aire—. A la angustia de la muerte de mis padres se sumó mi embarazo, y en mi desesperación traté de quitarme la vida —Albert la miró con el horror pintado en el rostro—. Quería dejar de sufrir, y no vi más opción que el suicidio —Candy se perdía en recuerdos del pasado—. Entonces Annie me propuso algo: casarme con su hermano Michael.
Albert seguía en silencio.
—Yo los quería muchísimo, estaba sola, desamparada, y sin familiares que pudieran venir a buscarme a Chicago. Acepté sin dudar la sugerencia de Annie.
—¿Annie no quería casarse con el caballero de Chicago? —le preguntó en voz baja.
—Annie quería salvarme a mí, y encontró la solución perfecta: un matrimonio entre Michael y yo.
—¿Tu padre no te designó un tutor? —esa era una costumbre extendida entre los nobles para proteger a los hijos.
Candy hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Estaba embarazada, estaba sola y en un país extraño —le recordó con amargura—. Para cuando llegara el tutor designado por mi padre, ya habría dado a luz a Dave y a Mary —Candy suspiró—. Michael removió cielo y tierra para ayudarme.
—Y para ayudarse así mismo —lo criticó Albert.
Candy lo miró enojada.
—Toda mi fortuna le habría entregado gustosa por todo lo que hizo por mis padres asesinados, por su hija mancillada, y por mis hijos, salvo que no llegó a conocerlos —Albert se sintió un poco avergonzado—. Asumió la responsabilidad de mi embarazo, y obtuvo la licencia para casarnos en Chicago. El resto ya lo conoces. Regresábamos en el Solomon Cotton cuando naufragó frente a las costas de Nueva Escocia, fui de las pocas supervivientes que pudo contarlo.
—¿Y Annie?
—Se casó con su caballero de Chicago, pero de nuevo se tuvo que ocupar de mí porque me había quedado viuda, por eso su esposo aceptó comprar una pequeña propiedad en York, para que Annie pudiese seguir cuidándome. Ultimaron su traslado a Inglaterra y me acompañaron de regreso.
La miró un instante conmovido. Luego, le preguntó.
—¿Por qué no hablaste conmigo cuando viste el retrato de mi abuelo en Pembroke House?
—Me sentía demasiado desgraciada.
—Cuando lo vi aparecer en la biblioteca, me llevé un susto de muerte. Parecía mi abuelo que venía a mi encuentro. Cuando me abofeteó, me insultó y me llamó padre, estuve a punto de desmayarme. Después quise reír como un poseso, besar a todo el mundo por la felicidad que me embargaba, pero no hice nada de todo eso porque sentí la acuciante necesidad de acudir a la llamada de auxilio de mi hijo antes de encauzar la verdad contigo de una vez por todas. ¿Mary se parece a Dave? —Candy negó con la cabeza.
Sus hijos eran mellizos, pero eran muy diferentes el uno del otro.
—¿Por qué no me dijiste cuando nos presentó Anthony que ya me conocías? —le recriminó.
Albert la miró un tanto abochornado.
—Porque despreciaba al Albert que te conoció en Chicago.
Candy no pudo contener una emoción. La dicha comenzaba a aflorar y se cubrió el rostro otra vez con la almohada, pero ya no por vergüenza.
—Te compensaré, Candy —le dijo él muy serio.
—Te va a llevar toda una vida compensar las noches de insomnio que sufro desde que te conozco —concluyó serena—. No me has permitido un segundo de paz desde aquella noche en Pembroke House.
—Tu rechazo de hace un momento, me desconcertó, me dolió —admitió él con una timidez que le resultó sorpresiva.
—Existía muchos interrogantes que tenían que ser aclarados.
—¿Y ahora?
—Creo que el amor no tiene en cuenta los sufrimientos del pasado, solo se alimenta del presente.
—¿Me amas? —quiso saber él—. Necesito saberlo.
—¿Me amas tú? —preguntó osada—. Porque yo sí te amo, lord Andrew.
—Creo que comencé a amarte allí en el parque de Chicago —ella hizo un gesto cómico con la boca—Gracias, Candy.
Candy parpadeó con sorpresa.
—¿Por qué?
—Por traer a mis hijos al mundo y cuidarlos. Por amarlos contra viento y marea con ese amor que te engrandece y que te honra. No te imaginas lo que significa todo eso para mí —Candy sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, cuando lo escuchó tan tierno. Indudablemente seguía pensando en el hijo que perdió por culpa de la ambición de Susana—. ¿Crees en el destino? Yo he comenzado a creer.
—Lo he maldecido mucho a lo largo de estos días: me venció el miedo y la desesperación.
—Ven junto a mí, mi amor, y te convenceré de lo contrario.
Candy aceptó su mano abierta con una trémula sonrisa.
—¡Soy tan feliz de que seas el padre de Dave y Mary! ¡Eres el hombre que amo!
Albert la miró intensamente. Se rió junto a ella. Luego, comenzó a desabrocharle los botones de su vestido de flores.
—Y debes empezar por decirme que me amas. Llevas años de atraso.
Candy necesitaba saber una cosa más antes de arrancarle la ropa.
—¿Qué le has contado a nuestro primogénito? —preguntó.
—Ya te lo he dicho, la verdad.
—Todo esto, ¿lo marcará? Quiero saber… —no la dejó continuar.
—Dave desea seguir siendo un Warren, y he tenido que aceptar su decisión con todo el dolor de mi corazón, aunque confío que con el tiempo desee cambiar porque es un hecho irrefutable que es el heredero del ducado de Letterston, es mi primogénito —Candy respiró agobiada. Él, hablaba de títulos, de propiedades, y ella solo pensaban en Michael, y todo lo que hizo por ellos.
—Lleva catorce años siendo un Warren —le explicó Candy—. Pero creo que podré darte el heredero que necesitas.
Albert soltó un suspiro largo.
—Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos, ahora, por favor, ¡dímelo, Candy! —reclamó él.
Ella sabía lo que le pedía.
—Te amo.
Albert la iba recostando en el lecho con cuidado mientras la miraba con profunda intensidad.
—Te ha costado lo tuyo admitirlo —le espetó en broma.
—Antes tenía que resolver todas las dudas.
Albert se rió a carcajadas sin soltar su cintura con una mano. Con la otra le desabrochaba el corpiño de encaje rojo. Al verlo, parpadeó con sorpresa.
—Siempre consigues sorprenderme —dijo.
Candy le tironeó el pelo con cariño.
—Nunca más vas a nadar en la monotonía, y pienso hacer de ti un digno lord escándalo.
Albert atrapó su boca y ya no la soltó. Trazó con la lengua el contorno de los labios llenos de ella. Su mano se había adueñado de uno de sus pechos como si fuese un trofeo ganado con el último aliento de su garganta. Candy gimió por las sensaciones que comenzaron a desplegarse por su cuerpo produciéndole pequeños estallidos de placer. Albert bajó la mano hasta su voluminosa falda y se la subió con audacia para tener un mejor acceso a su vientre. Candy comenzó a desabrocharle la camisa blanca con torpeza. Él, le brindó la ayuda que le solicitó con una mirada anhelante: ambos quedaron desnudos pegados el uno al otro. Albert delineó con un dedo las pequeñas estrías que ya se advertían en el abdomen de ella, y le brindó una sonrisa complacida. Candy trató de taparse, pero él no se lo permitió.
—Con los mellizos no me salieron marcas.
Albert observó la vergüenza de ella, y la comprendió.
—Son medallas de honor a tu valentía.
Las mejillas de Candy se ruborizaron violentamente.
—Las mujeres estamos en clara desventaja con respecto a vosotros.
Albert la hizo girar media vuelta y él se puso de costado a su lado. Se inclinó sobre ella para susurrarle al oído de forma queda e insinuante.
—Un hombre va a la guerra y mata a seres humanos. Cuando vuelve lleno de cicatrices, se le ofrecen honores. Vosotras no matáis, creáis vida: esas marcas deberían ser enaltecidas con todos los honores que os merecéis.
Candy sintió un nudo en la garganta al escucharlo.
—Albert, todavía tengo muchas preguntas para hacerte —él la miró incrédulo, y fingió darle una orden.
—O te pones en posición horizontal ahora mismo o no respondo de mí.
Candy se arrojó a sus brazos.
FIN
...
Chicas lindas, ojala pudiera escribir con mayor emoción para agradecer su apoyo y que me siguieran hasta aquí. Pero me llena de tristeza pensar que no van a poder leer mi agradecimiento a cada una de ustedes (porque no van a poder abrir este capitulo). Así que en cuanto sepa, por sus comentarios, que ya han podido leer hasta el final, agregare un capitulo solo para agradecer a cada una por su apoyo, su tiempo en leerme, sus reviews y sus palabras de cariño. Si ustedes se toman un momento en escribir algo, por que yo no? Así que esperare una señal que han leído hasta acá, estaré atenta. Hay Epilogo. Un abrazo!
