Un día había una fiesta en el jardín de niños y vinieron todos disfrazados. Mi mamá me consiguió el traje del príncipe más apuesto del barrio. Blanca Nieves era muy enfermiza, así que no supo lo de ese día y no vino con disfraz.
– ¡Mira! ¡A la tontita se le quedó su disfraz! ¡¿O estás disfrazada de idiota?! – me burlé yo, con una arrogante y amplia sonrisa.
Estaba feliz. Al fin la había dejado en ridículo, así que en cualquier minuto se pondría a llorar o a chillar.
No obstante, sólo se encogió de hombros, se dio media vuelta y se fue a jugar con otros niños.
Me enfurecí, poniéndome rojo como una cereza y me fui por el otro lado, pateando todas las cosas que encontraba en el piso.
Otro día, en la primaria, ella vino con cara de cansancio. No tenía muchos ánimos para jugar y tenía unas ojeras enormes; seguramente se había desvelado la noche anterior.
Su cara era horrenda, así que aproveché esa oportunidad.
– Vaya, vaya. Parece que un mapache ha entrado al aula. – dije en voz alta, para que el resto de niños me escucharan. Varios se rieron.
Aunque, Blanca Nieves no hizo nada. Colocó los brazos sobre el pupitre y apoyó su cabeza sobre ellos, como una almohada. No pasó mucho para que se durmiese, a pesar del bullicio.
De todas formas, el apodo se quedó. Me encargué personalmente de difundirlo entre mis secuaces y estos con los otros niños; los mismos que años atrás jugaban con ella a la pinta o a las escondidas en el párvulo. La chica también ayudó a darle fama a su etiqueta, pues venía cada vez más seguido con esas marcadas y grandes ojeras, sin que nadie supiera el por qué al ser ella tan cerrada. De lunes a viernes la saludaba con desprecio, llamándole "Mapache", mientras que otros simplemente le gritaban para que pasara la pelota en el fútbol.
Aun así, no parecía molesta. No le importaba. No me prestaba atención.
Blanca Nieves era bella, desinteresada y talentosa.
Y la odiaba.
