Se acercaban las vacaciones de invierno y los padres de Blanca Nieves vinieron a la escuela. No sabía el por qué y nadie más se dio cuenta, pero la curiosidad fue más fuerte, llevándome como si un cordel jalara de mí, siguiéndolos. Se dirigieron a la oficina del director y entraron con suma cautela; yo me pegué a la puerta para poder escuchar lo que decían. No fue mucho lo que abarcó el alcance de mi oído de infante.

– Aquí están todos los antecedentes de ella. Espero que el juicio sea exitoso y puedan reconocerlo como su padre, señor Duirrogel. – le habló el director.

Aunque, fue lo justo y necesario.

El apellido del tipo no era igual al de Blanca Nieves, para nada. Siempre me pareció extraño que su madre fuera igual a ella, no obstante, su papá no se parecía mucho; y ahí supe por qué: el hombre, simplemente, no tenía parentesco.

Razón más que suficiente para humillarla frente a todos.

Al rato la encontré en la clase, dibujando sobre el cuaderno de alquimia otra de esas obras de arte que me disgustaban. ¿Qué otra cosa podría estar haciendo sino? Me acerqué con soberbia y golpeé su mesa para sacarla de su absorción, apoyando mi mano.

– Así que el apellido de tu papá es Duirrogel. – comencé.

– Sí. – afirmó de forma desentendida, sin levantar la cabeza y continuando con las pinceladas de su lápiz. Lo que siempre hacía cuando le dirigía la palabra.

– Pero… no es el tuyo ¿O sí? – pregunté con sorna e inmediatamente los movimientos de su mano cesaron.

Esperé alguna reacción además de esa, sin embargo, no pasó nada. No me miró, no se volteó, no se encogió de hombros ni abrió la boca para responder. Perfecto, la pillé desprevenida.

– ¿Acaso es el apellido de tu madre? – seguí, dejando que mi filosa lengua danzara libremente en esas ácidas interrogantes, saciadas con el veneno. – Entonces, ¿no tienes papá?

El silencio siguió. Su cuerpo estaba intacto; su mirada, perdida. Pasaron varios segundos y yo sin recibir algún insulto o ver algún lagrimeo. Vacío, agobiante, como la nada. Me asustaba.

De pronto, la silla crujió, la mesa se movió con violencia, los cuadernos y los lápices salieron disparados y mi camisa se arrugó. Mi mejilla se apretó contra mi mandíbula, ardiendo, nudillos chocando contra estas, la rabia tiñéndose de rojo; y antes de que me diera cuenta, ya estaba en el piso, pasmado, con la mano sobando mi rostro y su puño en alto. Su expresión era oscura, asesina y penetraba cada fibra de mi ser, produciendo un escalofrío que recorrió toda mi columna.

Todos se voltearon a vernos. Estaban igual de impactados que yo, pues, Blanca Nieves nunca había reaccionado así. Nadie la había visto reaccionar así.

– Tal vez no tenga su apellido, pero es mi padre y el mejor en el mundo. No necesito la aprobación de nadie para saberlo, y mucho menos la de un cabeza hueca como tú. – masculló con una voz de ultratumba que incluso los muertos escucharían desde sus fosos. – Así que, si me vuelvo a enterar que hablaste así de él y de mi madre, te juro que te mato.

Esa fue la amenaza más profunda y real que le oí decir.

Cualquier niño con una pizca de cerebro habría asentido a ella y se hubiera ido, no obstante yo, queriendo defender mi lastimado orgullo, hice todo lo contrario. Le contesté con otro insulto infantil e intenté propinarle una cachetada en donde fuera, iniciando una riña. El espectáculo más entretenido de la escuela ese día. Mi primera y única pelea a golpes, la cual terminó con mi paliza.

A los minutos después, los maestros nos separaron y nos arrastraron a la oficina del director. Nos gritaron el regaño de nuestras vidas, citaron a nuestros padres y nos obligaron a hacer las paces, dándonos la mano entre sacadas de lenguas y quejidos a regañadientes. Cuando salimos de allí, ella me miró con unos sanguinarios ojos de depredador hambriento, dándome ganas de orinarme ahí mismo.

Blanca Nieves era bella, imponente y bruta.

Y me aterraba.