Las semanas pasaron y nadie volvió a molestarla más, ni siquiera yo. Aquel incidente me había dejado muy shockeado, por lo que no me atreví a tocarle un pelo. Sabía que si le insultaba o pronunciaba su nombre incluso, me quedaría petrificado, esperando otra golpiza. Fue cobarde, lo sé, pero prioricé mi integridad y apariencia antes que recuperar algo del orgullo que quedó vertido en el salón. En momentos como esos, meterse con Blanca Nieves era un suicidio.

Intenté herir a otros niños de semblante débil, mandando a mi séquito para acorralarlos; sin embargo, terminaban por comportarse igual de agresivos o atraían a sus amigos para defenderlos, así que ya no era gratificante hacerlo. Al parecer, la actitud de Blanca Nieves les inspiró algo de valentía y compañerismo. Basura. El salón estuvo a punto de dividirse por bandos, mas mis compañeros dejaron de apoyarme y se voltearon la chaqueta, siendo parte de la mayoría que quería la paz. Al final cesé mis acciones truculentas, ya que no tenía sentido ser el bravucón del aula solo.

No ahora que todos estaban de parte de ella.

Incluso después de lo que pasó; después de que puse a toda la clase en su contra; después del bullying que le causamos y que yo provoqué; después de ser yo el responsable de su desgracia…

Seguía siendo amable con todos.

Con todos menos conmigo, obviamente ¿Y quién lo sería después de aquella situación? Seguramente se vengaría y me trataría como si fuera el ser más despreciable de este mundo, o al menos eso haría yo. Estuve esperando por días la famosa Vendetta, preparado para cuando tirara mi bolso hacia alguna fuente o robara mi almuerzo y se lo comiera en mi cara.

Sin embargo, nunca llegó. Solamente me ignoraba, como siempre lo ha hecho. Era lo mejor que la morena podría hacer sin que se viera enormemente estúpido, pues era amable, pero no tonta.

Aun así, nadie se imaginó que algo tan cotidiano se transformaría, inconscientemente, en la peor venganza de todas.

Porque no quería que me ignorara. Quería su atención.

No me importaba en lo más mínimo la de otros niños, me interesaba la de ella. Deseaba la atención de ella sobre todas las cosas, ya que, el hecho de que olvidara mi existencia de forma tan fría y cruel me recordaba la sensación más terrible, dolorosa y triste que un niño de primaria podía experimentar.

Me hacía darme cuenta que me había quedado solo. Y yo odiaba estar solo, más de lo que alguna vez odié a Blanca Nieves. No lo soportaba más.

Pero, ¿qué podía hacer entonces? ¿Cambiar mi apariencia? ¿O mis calificaciones? ¿O tal vez mi forma de ser, mi actitud hacía el resto?

Sí, tal vez era eso. La actitud que todos los niños consideraban como arrogante y bravucona con que mis padres me criaron para superarme, mirando bajo el hombro a los flojos. Seguramente eso es lo que debo cambiar para caerles bien. Aunque ¿Cómo lo hago si no conozco otra forma? ¿Existe acaso? Podría ser alguna poción o algún hechizo; sin embargo ¿Qué magia de este mundo podría cambiar mi personalidad y ayudarme a ser mejor?

Bueno, pues esa magia estaba más cerca de mí de lo que yo pensaba; para ser sincero, se manifestaba frente a mis ojos y me costó mucho tiempo admitirlo. Tendría que tirar mi orgullo a la basura, arrodillarme y ahogarme en súplicas, mas prefiero arriesgarme; no me crucificarán por pedir ayuda, no las otras personas, al menos.

Blanca Nieves es amable. Seguramente sabrá que hacer.

Me acerqué a ella en la hora del recreo, después de semanas. Dibujaba con una tiza sobre el piso, siendo muy típico en su actuar; probablemente se convertiría en otra obra de arte luego. Mantuve la distancia a un metro y carraspeé un poco para aflojar ese nudo en mi garganta que me evitaba escupir la llamada de socorro. Mientras más rápido mejor.

– Oye, Mapa-… Digo… – tartamudeé, intentando corregirme; aunque no sé me ocurría cómo más llamarle.

– ¿Qué quieres? – preguntó con cierta hostilidad. No la culpo.

– Bueno. Primero que nada, yo quería dis-… discul-… – qué inútil de mi parte. Ni siquiera me salían las palabras que mi orgullo reprimía.

– ¿Disculparte? – me corrigió, evitando que sonara más penoso.

– Sí, eso… Disculparme…

– ¿Y exactamente por qué?

Ahí me pilló con la guardia baja. ¿Por qué lo haría en realidad? La disculpa era sólo un pretexto para no parecer un sin vergüenza, así que no venía a pedir perdón; venía a pedir ayuda. ¿Por qué Blanca Nieves tiene que ser inteligente? ¿No puede comportarse como una niña normal y simplemente fingir que nada ocurrió?

– Ya sabes… Por lo de la última vez, y también por… pues, lo de todo este tiempo. – ¿Todo este tiempo? ¿En serio?

– ¿Y piensas que con decir eso va a ser suficiente?

Insisto ¡Maldita seas, Blanca Nieves! ¡¿Por qué eres inteligente?!

– Bueno… Claro que no… – continué, apenado. Me había expuesto, era obvio. – No soy estúpido, y al parecer tú tampoco.

– Ve al grano, Schoenheit.

Ciertamente, la farsa no iba a durar un segundo más. Era hora de decir la verdad.

– Quiero que me enseñes a ser amable.

Ella se volteó por primera vez en ese rato, mirándome incrédula. Tal parece que no me creyó, o que la petición era demasiado para su imaginación.

– ¿Qué quieres qué?

– ¡No volveré a repetirlo, Duirrogel! – exclamé, abochornado. No quería humillarme más de lo necesario.

– Estás loco.

Sí, sé que estoy loco. Estoy desquiciado, sin embargo, haría lo que sea con tal de dejar la soledad; incluso si debía rebajarme ante quien más odiaba.

– Sé que tú te llevas muy bien con los otros niños y yo… Yo no me llevo bien con nadie, aunque quiero hacerlo. De verdad quiero hacerlo. – confesé con mi sinceridad de niño, de niño triste y desesperado. Ella me escuchó atentamente, silenciosa ante mis palabras. – Eres la persona más amable que conozco y la única que me habla, así que por favor… – mi voz comenzaba a oírse quebrada. En cualquier momento saltarían las lágrimas. – Por favor, necesito esto… Necesito tu ayuda…

No respondió ante mis súplicas, no por varios segundos.

– ¿Por qué haces esto? ¿Por qué ahora?

He ahí la suspicacia de Blanca Nieves. Siempre al punto.

– Porque no soporto estar solo…

Así fue como un mocoso necesitado de atención como yo, reveló sus verdaderos sentimientos. Mas sólo hubo indiferencia de parte de ella, otros segundos de indiferencia que me estaban hiriendo.

– ¿Dejarás de llamarme Mapache? – preguntó de la nada.

– ¿Eh? – mascullé yo, confundido.

– Si dejarás de llamarme Mapache.

¿Sólo eso? ¿Con eso y ya estaba? Lo sabía ¡Sabía que le molestaba!

– Sí, dejaré de hacerlo. – afirmé. No pedía mucho, al fin y al cabo.

– Y de ahora en adelante me preguntarás sobre qué vas a ponerte, porque ese chaleco es horrible.

Me sorprendí, abriendo muy grande los ojos. Vaya, eso fue inesperado.

– Me lo compró mi mamá…

– Pues tu mamá tiene mal gusto.

Wow. Y eso fue… ¿Cruel? No es que me afecte demasiado, pero ¿Había escuchado bien? ¿Ese comentario desagradable había salido de ella? ¿De su boca, sus pensamientos?

– ¿Lo harás? – interrumpió de pronto mi estado ensimismado.

– Sí, lo haré. – Finalmente.

– Bien. Entonces te perdono y te ayudaré con tu redención. – se levantó, tomándome de los hombros. ¿Redención? ¿Conocía esa palabra a tan corta edad? – Será mejor que te prepares para mañana, porque soy una entrenadora muy estricta. – me sonrió, muy juguetona y palpó nuevamente en mis costados.

Así de simple y extraño. Quién lo diría.

Blanca Nieves era bella, buena y talentosa.

Y me había perdonado.