El entrenamiento era duro, efectivamente. Desde el primer día Blanca Nieves se transformó en una bestia severa, o como yo le llamé en ese tiempo, "la Instructora del Demonio". Empezó con lecciones tan absurdas como "formas de saludar", pasando por el punto intermedio de "cómo decirle cosas lindas a la gente", hasta "cómo disculparse genuinamente sin que se te atragante el orgullo en la garganta", siendo esta la más difícil para mí. Supongo que ya saben por qué.

Jamás pensé que alguien sería capaz de reunir a media clase para una disculpa colectiva ¿Por qué digo esto? Porque a la muy chiflada se le ocurrió que tenía que pedirle perdón a cada mocoso que acosé, desprecié, molesté e incluso miré feo. Obviamente, fue muy grande la vergüenza que pasé, pues más de un compañero se burló; por suerte, Blanca Nieves también estaba ahí para llamarles la atención.

– No te preocupes, Schoenheit. Esta lección sólo tiene tres pasos. – comenzó a explicar con su actitud de instructora. Tenía una regla en la mano que usaba para apuntar los escritos en la pizarra del salón. – Primer paso, dejar tu orgullo. Segundo paso, admitir tu error y tercer paso, disculparte. Fácil ¿no?

Eso fue lo que me dijo al empezar la lección y la verdad quería carcajearme con mi sufrimiento ¿Fácil? ¡Fácil mi trasero, maldita niña modelo!

Me hizo pararme frente a un chico, de los como veinte que estaban en la fila, y ahí la tortura partió.

– Bien, es tu turno. – masculló ella.

– Ok… - bufé yo, mirando hastiado al niño. – Discúlpame por haberte hecho eso.

Él me miró muy extrañado y Blanca Nieves con desconfianza.

– ¿Sabes por qué te estás disculpando? – preguntó, atravesándome entre mis verdades.

– Eeh… ¡Claramente! – mentí, con una sonrisa nerviosa.

De pronto, levantó la regla. Si estaba lo suficientemente loca, me golpearía con ella para hacerme confesar.

– Argh… No. – suspiré, luego volteé al niño. – ¿Qué fue lo que te hice…?

– E-escondiste mi cuaderno de historia… – respondió nervioso.

– ¿Por eso fue? ¡¿En serio?! – reclamé, extendiendo los brazos. Qué razón más tonta.

– Schoenheit. – me llamó la atención la morena.

– ¡Pero si es cosa de buscarlo! ¡Fue hace meses!

– Y-yo… aún no lo encuentro… – mencionó el mocoso.

– ¡Oh, vamos!

– ¡Schoenheit! – bramó de nuevo, esta vez molesta.

Suspiré otra vez con pesadumbre, rodando los ojos y soltando un sonido fastidiado. Era increíble que me obligara a hacer esto ¡Humillante!

– Bien… – me resigné. – seguido de una inspiración profunda. – Discúlpame por esconder tu cuaderno de historia.

– Y lo buscará después de clases. No te preocupes. – agregó, tomando un cuaderno y lápiz para apuntar aquello.

– ¡¿QUÉ YO QUÉ?! – exclamé, sorprendido ¡Decir que estaba desquiciada era muy poco! ¡Estaba demente!

– Una disculpa por algo así es muy vacío. Debes compensar con acciones. – explicó con un tono dulce y unos ojos cínicos. – Quieres ser amable, ¿no?

Demonios, si quería. Menudo subtexto que me lanzó.

Resoplé nuevamente y asentí.

– Perfecto ¡Siguiente! – contestó, haciendo avanzar la cola de niños desamparados.

Así pasó gran parte de la jornada escolar, excusándome con cada dichoso niño víctima de mi matonaje dentro de ese salón, para después seguir con el siguiente y en la tarde, el que venía luego de ese. Fueron tres días. Tres días en que estuve orando perdón público en todos los recreos y todas las aulas, siendo mi único "descanso monitoreado" cuando estábamos en clases, irónicamente; pues, Blanca Nieves no se sentaba conmigo, pero me miraba desde su puesto como si fuera un halcón.

Posterior a esos tres días, comenzó la "Etapa de acciones", en donde tenía que demostrar "el sentimiento sincero de mi disculpa". Aquellas fueron varias, como ayudar a otros con las tareas, hornearles galletas o elegirlos para los equipos de fútbol; aunque en realidad, lo más cansador fue buscar los objetos perdidos.

Estábamos en el jardín de la escuela, donde solía enterrar las pertenencias de otros alumnos. Yo estaba cavando sin descanso con una pala que le pedimos al conserje, mientras Blanca Nieves descartaba puntos de una lista en su cuaderno, supervisándome. No me pregunten cómo llegaron a estar bajo el subsuelo, ya que técnicamente no hacía esa labor.

– Con que ahí escondiste el cuaderno de ese niño. – mencionó ella, con expresión divertida. – Pobre de él cuando vea lo sucio que está.

– Sucio es poco. – agregué, sacudiendo la tierra de algunas hojas y tratando de leer lo que alguna vez fueron apuntes. – Demonios, creo que le tendré que prestar mi cuaderno.

– Supongo que lo compensa. – dijo, tachando otro punto de su lista.

De pronto, encontré entre las flores un lápiz. De especial no tenía nada más que una figurita de manzana en la punta. Ni siquiera lo recordaba.

– Oye ¿Esto está en la lista? – levanté el lápiz.

– ¡Sí! – exclamó la morena, quitándomelo de las manos. – ¡Lo estuve buscando por mucho tiempo!

– ¿Agregaste algo tuyo a la lista? – cuestioné muy extrañado. Nunca pensé que la famosa lista involucrara asuntos personales.

– ¡Ah…! Esto…

Siempre creí que no le preocupaban mucho las cosas materiales e infantiles, sobre todo algo tan pequeño y olvidable como un bolígrafo; al fin y al cabo yo hurté y oculté sus cosas hasta que me harté por el hecho de que ella no mostraba ni una señal de interés. Jamás se quejó al respecto, así que asumí esa idea. Allí me sorprendí.

– Pensé que no te importaban estas cosas. – le sonreí.

– Eeh… No. – se sonrojó ligeramente, y con un tono de voz a la defensiva. – Pero este es de los bonitos ¿O acaso no puedo tener lápices bonitos?

– Nadie ha dicho eso. – reí por lo bajo.

– Mejor sigue buscando.

Inesperadamente, la chica no era tan madura y estricta como todos creíamos, actuando siempre como la voz de la razón. Por más que lo ocultara, era una niña como yo y como cualquiera del salón que tenía caprichos, juegos y le gustaban chucherías tan simples y adorables como un bolígrafo de manzana. Fue gracioso ver una emoción real, darme cuenta que no era una adolescente metida en el cuerpo de una mocosa y que era posible conectar con esa mente suya, tan intrigante. Mente que recién ahí comencé a conocer.

– Es lindo. Creo que por lo mismo no lo enterré.

Después una risa compartida, empezó a caerme bien por primera vez en como diez u once años de pura rivalidad no correspondida, por llamarlo de una forma. Tal vez mi yo de hace un par de semanas se reiría de mí, viendo que me había rendido ante el enemigo, pero en realidad no lo consideraba una derrota, sino un mero pacto; un pacto en donde la muchachita de ojos jade ya no sería más mi enemiga.

No obstante, aún no pensaba en llamarla amiga, así como ella tampoco me consideraba así. Claro, confié plenamente en que me transformaría en un muchachito ejemplar, le había permitido moldearme a su deseo y practicar conmigo sus desquiciados métodos de "humanización"; aunque no sé si a eso se le llama amistad, no cuando se comportaba como un libro cerrado con candado.

El inesperado día llegó unos meses después, cuando mi entrenamiento había avanzado bastante. Blanca Nieves me pidió una tarea muy especial, en donde debía investigar a alguien para aprender a ser empático y anotar todo con palabras bonitas.

– ¿Y cómo demonios quieres que haga esto sin parecer un rarito?

– Podrías decir, "oye, ¿me puedes ayudar con una investigación?", como cualquier persona. – se burló, imitándome. – Vamos, no es tan difícil. Es más, seré benevolente y te daré el plazo de una semana.

Era obvio que ella quería que la investigación se tratara de ella, ya que no había nadie más que fuera tan empático en el salón o sobre la tierra misma. No me pareció muy buena esta actitud egocéntrica, por no decir que no me lo esperaba, pero debía admitir que tenía sus ventajas, pues ya había pasado lo suficiente a su lado y no tendría que espiarla como un enfermo. Por alguna razón, no le quise darle ningún adelanto cuando preguntó por ello; supongo que deseaba que fuera una "sorpresa" y que terminara de lo más contenta cuando lo leyera.

Sin embargo, cuando me senté en el escritorio de mi habitación, no se me hizo tan fácil como creía al principio. ¿Cómo es que un niño de once años podría describir de forma minuciosa que esta chica es la más amable del universo, superando a la virgen santísima? Claramente no iba a escribir tal cursilería, aunque, ¿cómo decir la verdad sin sonar cursi? Ni idea. No sabía cómo ordenar mis ideas y plasmarlas en el papel, puesto a que esto no era una tarea de la escuela, en donde deleitaba a las profesoras con mis escritos excelentes y mis buenas calificaciones. Estaba atrapado, no existía forma alguna de deleitar a la profesora de la asignatura más compleja del mundo. Y estuve atrapado hasta un día antes de que terminara el plazo que la morena me había dado; donde, después de la cena, se me cruzó el gran atacazo artístico. Me avergüenza entrar en detalles, pero básicamente relaté recuerdos que tenía de cuando éramos más niños y ayudaba a otros compañeros con todo lo posible, sin discriminar; y sobre todo a mí, un muchachito que disfrutaba de hacerle daño a los demás hasta que en un momento se perdió en la nada. Ella me sacó de esa nada, me demostró que podía mejorar y me entregó su amabilidad, su sonrisa, su comprensión y su cariño, me mostró un lado infantil, dedicado y se transformó en la primera amiga que he tenido.

Aunque, borré lo de la amistad y el resto se quedó. Era demasiado deprisa.

Al día siguiente en el recreo, se lo entregué. Me lo recibió muy satisfecha y comenzó a leerlo, no obstante, su expresión cambió a una que no planeaba ver. Estaba anonada, con los ojos muy abiertos y parecía que hubiera visto un muerto. Cuando iba a la mitad, comenzaron a brotar lágrimas de esos tiernos orbes. Sí, no estaba loco, eran lágrimas.

Me asusté. No entendía nada ¿Habría hecho algo mal? ¿No le gustó? ¿O acaso mis habilidades de escritor eran tan horrorosas que le causó una agonía enorme? Como fuera, era increíble. Jamás había visto a la despreocupada Blanca Nieves llorar y no me gustaba. Me quebraba por dentro y quería que se detuviera. Por favor, que deje de llorar.

– ¿D-de verdad piensas esto de mí? – preguntó, sosteniendo las escrituras con sus manos temblorosas. No comprendía por qué me cuestionaba esto, siendo que estaba leyendo mis más sinceros sentimientos.

– Sí… ¿Por qué me preguntas eso?

– ¿Pero es cierto…? – balbuceó, sollozando. – ¿Lo que escribes es cierto?

– ¡Claro que sí! ¡¿Por qué mentiría sobre ti, siendo que me estás enseñando a no hacerlo?! – le contesté, molesto.

– Es que… Nunca pensé que le importara tanto a alguien…

Ahí me descoloqué. Definitivamente no me preparé para esto, para ver a Blanca Nieves llorar y más encima descubrir la débil visión que tenía de ella misma. En mi vida me lo hubiera imaginado ¿Cómo era posible? Tal vez hubo un suceso grave que la cambió para hacerla pensar de esta forma, o alguien ¿Qué o quién pudo ser tan horrible como para siquiera pensar en hacerle daño?

Oh… claro. Creo que yo contribuí un poco con eso.

Sentí que me había caído un balde de agua fría, de pura culpa. Fue terrible escuchar aquellas palabras de una chica tan dulce. Quería remediarlo, realmente quería.

Tomé sus manos y abrí la boca para hablar, pero… no era capaz de decirle nada. Se me había atorado un nudo en la garganta y no me dejaba articular sonido alguno; no me dejaba parar todo este escándalo punzante. En serio quería que se detuviera, que dejara de llorar porque no lo soportaba, me bloqueaba la mente y paralizaba mi cuerpo; solamente permitía que mis manos siguieran apretando las suyas, en mi desesperación por mascullar algo, lo que sea ¡Maldita sea! ¡Si no fuera por este estúpido nudo en mi garganta! ¡Por favor, basta!

No, no podía perder el control así. No ante Blanca Nieves. Debía recordar todo lo que aprendí para reconfortarla y desatar este nudo antes de que consumiera mis cuerdas vocales; sin embargo, ¿qué le digo? ¿Qué podría consolarla? No lo sé. No se me ocurre nada más para decirle que yo…

– Lo… s-sien…

Lo siento.

No obstante, en su lugar explotó una catarata de lágrimas en mis ojos y se desprendió un grito desgarrador de mis labios, causando un efecto dominó y que Blanca Nieves reaccionara de la misma forma. El llanterío era inevitable a estas alturas, pues no éramos más que dos bebés llorones que se apretaban fuerte de las manos.

Minutos después vinieron un par de profesoras y comenzaron a preguntarnos qué nos ocurría, muy nerviosas. Nosotros seguíamos llorando, ignorando preguntas como "¡¿Se cayeron?! ¡¿Les duele algo?!" Hasta que finalmente sonó el timbre y nos separaron.

Las clases finalizaron e iba saliendo de la escuela, cuando de pronto encuentro a Blanca Nieves apoyada en la reja. Parecía esperar a alguien y no creo que a sus padres, pues ella va sola a su casa.

– Vil… – masculló, siendo la primera vez que me llama por mi nombre. Me volteé a ella, incrédulo. – Sobre lo de hoy… perdón por todo el alboroto.

– No te preocupes. – sonreí.

– Y lo otro es que… – se detuvo un segundo, inhalando y extendió el meñique. – Prométeme algo.

Quedé algo confundido por la petición, pero asentí.

– Promete que siempre estaremos juntos.

Sí, correspondí el gesto y lo prometí ¿Cómo se lo iba a negar después de todo lo que hemos pasado?

Blanca Nieves era bella, entregada y talentosa.

Y era mi mejor amiga.