—Dejas de tenerle miedo al Demonio una vez que le tomas la mano.

Tessie me dijo eso cuando yo era pequeño.

Todos llamaban a mi abuela por su apodo, hasta mis padres, porque, como ella misma lo explicaba, su nombre era "Tessie, forma abreviada de Theresa". Ni madre, ni abuela, simplemente Tessie.

Luego, me preguntó si quería a mi hermano.

—William es un maldito bravucón. —respondí.

Recuerdo que estábamos subiendo juntos la antigua e imponente escalera y yo me había quedado observando el mármol rosado. Tenía vetas negras que se parecían a las venas azules y varicosas de las piernas blancas de Tessie.

Recuerdo haber pensado que la escalera se estaba volviendo vieja, como ella.

—Louis, no digas maldito.

—Tú también lo dices —y era cierto, lo decía todo el tiempo—. William me empujó una vez por esta maldita escalera —dije, sin despegar la mirada de los escalones de mármol—. No quiero a mi hermano —afirmé—. Y no me importa lo que piense el Demonio acerca de eso, es la verdad.

Tessie me echó una mirada penetrante, sus ojos eran de un azul muy brillante, a pesar de la edad. Ella me había dado esos ojos azules, y también el cabello castaño.

Apoyó sus manos arrugadas sobre las mías.

—Louis, hay verdades y verdades. Y algunas malditas verdades no deberían decirse en voz alta, pues el Demonio puede escucharte y venir por ti. Amén.

Cuando Tessie era joven solía usar pieles, asistir a fiestas, bebes cócteles y patrocinar artistas. Me contaba historias desenfrenadas, plagadas de alcohol, mujerzuelas, muchachos y problemas.

Pero algo sucedió. Algo de lo que Tessie nunca hablaba. Algo malo.

Muchas personas tienen malas historias y, si se lamentan, lloran y le cuentan la historia a alguien más, todo se convierte en una estupidez. O, al menos, en media estupidez. Lo que realmente hiere a una persona, lo que casi la quiebra... es aquello de lo cual no habla. Nunca.

A veces, muy tarde en la noche, veía a Tessie escribiendo con rapidez y con fuerza, tanta que el papel se rasgaba debajo del bolígrafo... pero no sabía si se trataba de un diario o de cartas a sus amigos.

Tal vez, fue el hecho de que su hija se ahogara de pequeña lo que la convirtió en una persona tan recta y religiosa. Tal vez, fue por otra razón. Fuera lo que fuese, Tessie comenzó a buscar algo para llenar el vacío que le había quedado.

Y lo que encontró fue a Dios. A Dios y al Demonio; porque no existían uno sin el otro.

Ella hablaba todo el tiempo del Demonio, casi como si fuera su mejor amigo o un viejo amante. Pero, a pesar de toda su charla sobre el Demonio, nunca la vi rezar.

Sin embargo, yo sí rezaba y rogaba.

A Tessie, después de que murió. Lo había hecho tan a menudo en los últimos cinco años, que se había transformado en algo inconsciente, como soplar la sopa cuando está muy caliente. Hablaba con ella y le contaba que mis padres se habían marchado, que se nos acababa el dinero y que, a veces, me sentía tan solo que el maldito ulular del viento a través de la ventana me parecía más cercano que el hermano que tenía en el piso de arriba.

Y le hablaba del Demonio. Le pedía que mantuviera su mano lejos de la mía. Le rogaba que me mantuviera a salvo del mal.

No obstante, a pesar de todos mis ruegos, el Demonio igual me encontró.