El rey Demonio


PROLOGO


Manicomio de Gray Waters,
Londres Otoño de 1872.

—Siempre que tienes a un hechicero entre las piernas, tus poderes tienden a desaparecer —le dijo Hinata a su hermana mientras buscaba ansiosa por entre los rostros de los desquiciados humanos que había en las jaulas. —Es un hecho.

—Tal vez en el pasado fuera así —dijo Hanabi soltando al guardia al que había dejado inconsciente al zarandearlo por el cinturón. —Pero con éste es distinto. —Ató las manos del hombre a su espalda, en vez de romperle los brazos, que habría sido más rápido e igual de efectivo. Por no hablar de la cuerda que se habrían ahorrado. —¿Aún no la has encontrado?

Estaban buscando a una hechicera a la que liberarían si aceptaba intercambiar sus poderes con Hanabi a cambio de su libertad.

Hinata se deslizó por el oscuro pasillo.

—Aquí es imposible ver nada. —Arrancó la puerta de una celda de sus bisagras y la hizo a un lado, sus tacones resonaron al entrar. Más de cerca pudo apreciar que todos los inquilinos parecían ser de lo más... mortales.

Como era de esperar, los humanos se asustaron al verla. Hinata sabía el aspecto que tenía vestida con su armadura y con la cara pintada.

Igual que si llevara una máscara, tenía el contorno de los ojos y la nariz pintados de negro. Su indumentaria consistía básicamente en tiras de cuero y cadenas en vez de tela normal. Llevaba un corpiño y unos guantes de malla que le cubrían el brazo entero y terminaban con una especie de garras en los dedos. Entre su pelo trenzado lucía un elaborado tocado.

Era el uniforme típico de las hechiceras. De hecho, si no se ponía algo de todo eso, tenía la sensación de ir medio desnuda.

Cuando Hinata salió de la siguiente celda, Hanabi ya había terminado con los nudos.

—¿Ha habido suerte?

Hinata arrancó la puerta de otra de las celdas y miró los pálidos rostros del interior, luego negó con la cabeza.

—¿Tengo tiempo de ir a mirar en las celdas pequeñas que hay en el piso de abajo? —preguntó Hanabi.

—Mientras lleguemos al portal dentro de veinte minutos, no habrá ningún problema. —El portal era el camino de regreso a su hogar, en Villagelina, y estaba a unos diez minutos de allí, en medio de los oscuros callejones de Londres.

Hanabi se apartó un mechón castaño.

—Vigila al guarda y asegúrate de que los internos de este piso se están calladitos.

La mirada de Hinata se deslizó hacia el hombre que yacía inconsciente en el suelo, e hizo una mueca de disgusto. Tenía la habilidad de leer la mente a los humanos, incluso estando éstos desmayados, y lo que había en aquél la dejó intranquila.

—Está bien. Pero date prisa al hacer la transferencia —dijo Hinata. —O atraeremos la atención de nuestros enemigos.

Hanabi la miró con sus ojos grises.

—Podrían llegar en cualquier momento —dijo, y se apresuró hacia la escalera.

La vida de las dos hermanas se estaba convirtiendo en un círculo vicioso: robar un nuevo poder, huir de sus enemigos, perder dicho poder a manos de un atractivo hechicero, robar un nuevo poder..., y Hinata permitía que eso continuara. Porque era culpa suya que Hanabi hubiera perdido su poder innato.

—Vigilaré al guardia. De acuerdo... —farfulló Hinata cuando su hermana hubo desaparecido de su vista.

Cogió al tipo por el cuello de la camisa y por el cinturón y lo lanzó frente a la puerta de entrada. Algunos de los residentes se habían puesto violentos, gritando y tirándose de los pelos. Los pocos que se habían quedado mirando la salida dieron un paso atrás.

«Mantener callados a los humanos es fácil.» Caminó despacio hacia el guardia y puso un pie sobre su espalda.

—Venid aquí, personitas desquiciadas. ¡Venid aquí! Y yo, hechicera con un increíble poder, os recompensaré con una historia.

La curiosidad hizo que algunos se callaran, otros se acercaron muertos de miedo.

—Tranquilos, mortales; si os portáis bien, si sois buenos, tal vez incluso os dé un regalo. —Los gritos disminuyeron. —Sentaos, sentaos. Sí, venid aquí delante y sentaos. Más cerca. No, tú no, hueles a orín y a rancho. Tú, el de allí, siéntate.

Cuando los tuvo a todos frente a ella, Hinata se puso en cuclillas encima de la espalda del guardia. Les sonrió despacio y, dispuesta a contarles una historia, se colocó bien la falda, se ajustó el corsé y se puso la gargantilla en su lugar.

—Veamos: esta noche podéis elegir entre dos cuentos. Tenéis la historia del poderoso rey demonio, con cuernos y ojos rojos como el fuego. Hace un montón de siglos era tan bueno y sincero que terminó perdiendo su corona a manos de un malvado hechicero. O, si no, la historia de Hinata, una chica inocente a la que asesinan constantemente. —«Y que algún día será la novia del demonio...»

—La... la de la chica, por favor —susurró uno de los internos, con el rostro oculto tras una mata de pelo.

—Excelente elección, melenudo mortal. —Con voz dramática, empezó su relato: —La protagonista de nuestra historia es la intrépida Hinata, Reina de los Espejismos...

—¿Dónde está Los espejismos? —preguntó una joven humana, dejando de mordisquearse el brazo.

Genial, su público era de esos a los que les gustaba interrumpir.

—No es un lugar. Una reina es como decir que es la mejor en ese tipo de poder místico.

Hinata podía llegar a crear quimeras que eran imposibles de distinguir de la realidad, manipular todo aquello que pudiera verse, escucharse o imaginar. Podía colarse en el interior de la mente de un ser vivo y hacer realidad sus sueños más anhelados... o sus peores pesadillas. Nadie podía compararse con ella.

—Veamos: la increíblemente guapa e inteligente Hinata acababa de cumplir doce años y adoraba a su hermana pequeña, Hanabi, de nueve, a pesar de que ésta ya apuntaba maneras de que iba a convertirse en una fresca. Hinata quería a la pequeña Hanabi con todo su corazón desde que la niña la reclamó como su «protegida» por encima de su propia madre. Las dos hermanas habían nacido en el clan de las hechiceras, una raza olvidada y cada vez más escasa. No es tan emocionante como pensáis, comparadas con los vampiros o las valquirias. —Suspiró. —En fin, prestad atención...

Levantó una mano para crear un espejismo, aprovechando su propia energía, la de su alrededor y la locura de los internos, y los rayos se ¿esparramaron en la noche que llenaba el manicomio. Sopló encima de la palma de su mano y una escena se proyectó en el muro que había a su espalda. Se oyeron suspiros y algún que otro lamento.

—La primera vez que la joven Hinata murió fue en una noche muy parecida a ésta, en una decrépita construcción que temblaba bajo los truenos. Pero en lugar de un manicomio infestado de ratas, era una abadía, en lo más alto de los Alpes. Era invierno.

La siguiente escena mostró a Hinata y a Hanabi corriendo por una mugrienta escalera llevando sólo sus camisones y unos abrigos. Corrían con la cabeza gacha, escuchando el batir de alas que venía de fuera. Hanabi gritaba en silencio.

—Hinata estaba furiosa consigo misma por no haber hecho caso a su instinto y no llevarse a Hanabi lejos de sus padres, lejos del peligro que éstos atraían con su brujería prohibida. Pero Hinata había tenido miedo, pues eran sólo dos niñas, ambas nacidas inmortales y con sendos poderes, pero niñas al fin y al cabo, lo que significaba que podían morir y resultar heridas, igual que cualquier humano. Pero, ahora, lo único que Hinata podía hacer era huir. Tenía el presentimiento de que sus padres ya estaban muertos, y sospechaba que sus asesinos andaban sueltos por la abadía. Los vrekeners habían ido a por ellos...

—¿Qué es un vrekener?

Hinata respiró hondo y puso los ojos en blanco. «No puedes matar a tu público, no puedes matar a tu público...»

—Los clásicos demonios alados vengadores —respondió al fin. —También son una especie en extinción. Pero, desde el principio de los tiempos de la Tradición, se han encargado de exterminar a las hechiceras dondequiera que las hayan encontrado, y toda la vida han perseguido a la familia de Hinata. Y por la única razón de que los padres de la muchacha eran, en verdad, unos seres diabólicos.

Sacudió la mano y cambió la escena que había estado flotando en el aire, que pasó a mostrar a dos niñas entrando a tropezones en la habitación de sus padres. Los rayos brillaban tras la ventana de dicha ilusión, e iluminaron los dos cadáveres, abrazados.

Estaban sin cabeza, recién decapitados.

La Hinata del espejismo se dio media vuelta y vomitó, mientras que Hanabi se desmayaba tras soltar un grito ahogado. Entonces entraron en escena los vrekeners, que salieron de entre las sombras del dormitorio, guiados por su líder, que blandía una guadaña forjada de fuego negro en vez de metal.

El público pudo ver pedazos de las alas fantasmagóricas de aquellos seres, y de los dos pares de cuernos que tenían en el cráneo. Eran tan altos que la pequeña Hinata tenía que levantar la cabeza para poder mirarlos a los ojos. Excepto a uno, que apenas era un muchacho, más joven incluso que ella. El rostro de aquel vrekener se había transfigurado al mirar a Hanabi, que seguía inconsciente en el suelo; uno de los adultos tuvo que sujetarlo para que no corriese junto a la niña.

Hinata tenía claro lo que aquello significaba para las dos hermanas: los vrekeners habían ido a castigarlas.

—El líder trató de convencer a Hinata de que se fueran con ellos por las buenas —contó ésta a su público. —Le dijo que él mismo se encargaría de llevarlas por el buen camino. Pero ella sabía perfectamente qué les hacían los vrekeners a las niñas del clan de las hechiceras, y era un destino mucho peor que la muerte. Así que se enfrentó a ellos.

Hinata creó el último espejismo y dejó que la imagen contara el final de la historia...

A la pequeña Hinata empezó a temblarle todo el cuerpo al lanzar el conjuro a sus enemigos. Hizo que los soldados vrekeners creyeran estar atrapados en una cueva, a miles de metros bajo tierra, y que les era imposible volar: su peor pesadilla.

Se volvió hacia el cabecilla con las manos unidas en señal de súplica y se metió en su mente. Dentro, dio rienda suelta a los más grandes temores del líder y los desplegó frente a sus ojos, obligándolo a vivir lo que más le aterraba.

Las escenas que vio el vrekener hicieron que éste cayera de rodillas y, cuando soltó la guadaña para taparse los ojos, Hinata se apropió del arma y no dudó en blandiría.

La sangre caliente le salpicó el rostro cuando la cabeza del demonio alado cayó al suelo. Se secó con la manga del camisón y vio que el espejismo se estaba desvaneciendo y el resto de vrekeners volvían a ser conscientes de dónde se encontraban en realidad. Hanabi acababa de despertarse y le gritaba a la joven Hinata que tuviera cuidado.

Entonces el tiempo se detuvo.

O eso pareció. Los sonidos se fueron apagando, y todo pareció ralentizarse; los presentes clavaron los ojos en Hinata al ver que le sangraba la yugular y caía desplomada al suelo. Uno de los soldados la había degollado desde atrás, y el mundo entero se enrojeció.

—¿Hina? —llamó Hanabi a media voz, corriendo hacia ella, arrodillándose a su lado. —No, no, no, Hina, ¡no te mueras, no te mueras, no te mueras! —El aire se calentó alrededor de ellas y todo se volvió borroso.

Mientras que el poder innato de Hinata consistía en los espejismos y las ilusiones, el de Hanabi se llamaba «persuasión». Podía ordenar a cualquier ser vivo que hiciera lo que a ella le viniera en gana, pero casi nunca lo hacía, pues sus órdenes siempre terminaban convirtiéndose en auténticas tragedias.

Pero cuando los soldados empezaron a rodearla, los ojos de Hanabi empezaron a brillar y a echar chispas como el metal. El terrible poder que tanto miedo le daba utilizar se cernió sobre los demonios sin piedad.

«No os acerquéis... desenvainad vuestros puñales y mataos... luchad los unos contra los otros hasta morir.»

La habitación rebosaba magia, y la abadía se estremeció alrededor de todos ellos. Una de las vidrieras estalló en mil pedazos. Hanabi le dijo al joven vrekener que saltara... y que no abriera las alas en ningún momento. Con mirada confusa, él obedeció, sin quejarse de los cortes que se hizo con los cristales rotos y sin gritar ni una sola vez mientras se precipitaba contra el valle.

Cuando todos estuvieron muertos, Hanabi se arrodilló de nuevo junto a Hinata.

—¡Vive, Hinata! ¡Cúrate! —gritaba, tratando de darle órdenes.

Pero era demasiado tarde. El corazón de su hermana ya no latía. Tenía la mirada perdida y vacía.

—¡No me dejes! —gritó la niña, sacudiéndola cada vez más fuerte...

Los muebles del dormitorio de sus padres empezaron a temblar, la cama de matrimonio se zarandeó... Otras cosas se movieron... una cabeza cayó al suelo. Luego otra. Su poder era inimaginable. Y, de algún modo, Hinata sintió que se curaba. Parpadeó y abrió los ojos viva e incluso más fuerte que antes.

—Las dos hermanas salieron corriendo de su hogar hacia otro mundo, y jamás miraron atrás — siguió contando a su entregado público—. Y el único recuerdo que le quedó a Hinata de aquella horrible noche fue una cicatriz alrededor del cuello, una historia que contar y el juramento de que se vengaría del joven vrekener, que, por algún milagro, había logrado sobrevivir a la caída...

Absorta en sus pensamientos, Hinata apenas se dio cuenta de que el guardia se había despertado y empezaba a moverse debajo de ella. Se agachó y le rompió el cuello antes de que se olvidara de él con la historia que estaba contando.

Una mujer dio palmas de alegría.

—Que Dios la bendiga, señorita —dijo otra.

Para aquellas personas, ella bien podía ser una enviada del destino. No un ángel vengador, ni tampoco un buen samaritano, sino sencillamente alguien enviado por el destino, al servicio tanto del bien como del mal.

Al fin y al cabo, el guardia que sustituiría al ahora muerto podría ser incluso peor que el fallecido.

—¿Y cuándo murió por segunda vez? —preguntó una mujer más atrevida, que llevaba la cabeza rapada.

—Estaba defendiendo a Hanabi de otro ataque de unos vrekeners cuando uno capturó a Hinata y la levantó a lo más alto del cielo para soltarla luego y lanzarla sobre el suelo adoquinado. Su hermana volvió a curarla y la arrancó de nuevo de los brazos de la muerte.

Igual que si hubiera sucedido el día anterior, Hinata todavía podía oír el ruido de su cráneo al romperse.

—La tercera vez fue cuando los vrekeners la lanzaron al río. La pobre chica no sabía nadar, y se ahogó...

—¡Quédatelos, maldita bruja! —gritó una voz desde el piso de abajo, interrumpiendo la historia. Ah, la Reina de las Lenguas Silenciosas estaba gritándole a Hanabi.

A Hinata se le puso la piel de gallina al sentir que el aire se impregnaba de poder. La hechicera encarcelada estaba entregándole sus poderes a su hermana pequeña. Ahora, Hanabi podría comunicarse telepáticamente con cualquiera, en un radio de acción razonable.

—No os preocupéis —les dijo Hinata a los humanos. —¿Habéis leído alguna vez una novela de policías y ladrones? Pues eso mismo es lo que está haciendo ahora mi cómplice. Sólo que está robando... —puso voz dramática— ¡vuestras almas!

En ese instante, una de las mujeres se echó a llorar, lo que llenó a Hinata de satisfacción y le recordó por qué creía que las personas eran unas mascotas poco recomendables.

—¿Y quién la mató la vez siguiente? —preguntó la señora Atrevida. —¿Los vrekeners?

—No, fueron unos hechiceros que querían quedarse con su poder y la envenenaron. —Esos hechiceros adoraban el veneno, pensó con amargura. Pero luego, al recordar lo sucedido, frunció el cejo preocupada. —Eso de morir continuamente afectó mucho a la joven Hinata. Era como si fuera la constante diana de flechas forjadas con fuego. Y empezó a desear otra vida como nadie lo había deseado jamás. Siempre que notaba que estaba en peligro, una furia sin igual se apoderaba de ella y sentía la necesidad de enfrentarse a lo inevitable.

Al ver que varios de los presentes abrían los ojos como platos, se dio cuenta de que su estado de ensimismamiento había creado la ilusión de una falsa niebla en el techo. A menudo creaba espejismos que reflejaban sus estados anímicos, incluso estando dormida.

Borró la ilusión con un gesto de la mano y otro paciente volvió a hablar.

—Señorita, ¿qué... qué le pasó a la chica después de que la envenenaran?

—Lo único que querían las hermanas era sobrevivir, que las dejaran en paz y amasar una fortuna en oro dedicándose a la brujería. ¿Acaso era pedir demasiado? —Los miró a los ojos, como si esa última pregunta fuera de lo más normal.

»Pero los vrekeners eran incansables —continuó— y, gracias a los hechizos de las muchachas, siempre sabían dónde encontrarlas. El peor era el soldado joven. Como aún no había alcanzado la inmortalidad cuando la hechicera lo hizo saltar al abismo, su cuerpo no se había regenerado. Había quedado mutilado, lleno de cicatrices y deformado para toda la eternidad.

Hacía ya tiempo que sabían que su nombre era Thronos y que era el hijo del vrekener que Hinata había decapitado años atrás.

—Al no poder utilizar la magia, las hermanas se estaban muriendo de hambre. Hinata tenía dieciséis años, edad suficiente para hacer lo que haría cualquier chica en su situación. La señora Atrevida se cruzó de brazos y apuntó:

—¿Prostituirse?

—No. Pesca comercial.

—¿En serio?

—Nooo —contestó ella. —Se hizo adivina. Lo que provocó que la condenaran a muerte por bruja. —Las brujas no siempre eran condenadas a la hoguera. Eso es una falacia. Cuando un pueblo había agotado su cuota de hogueras, las mataban en secreto, enterrándolas vivas. —Suavizó la voz. —¿Os podéis imaginar lo que sintió esa muchacha al tragar tierra? ¿Lo que sintió al notar que los pulmones se le llenaban de arena?

Miró a su público absorto: tenían los ojos muy abiertos y estaban tan callados que se habría oído volar una mosca.

—Las brujas humanas fallecían al cabo de poco tiempo, pero ése no fue el caso de Hinata — continuó. —Ella se resistió a la dama de la guadaña tanto como le fue posible, pero era consciente de que el fin se acercaba. Y entonces oyó una voz del exterior ordenándole que sobreviviera y saliera de la tumba. De modo que la aturdida mente de Hinata obedeció, y con las manos apartó los cadáveres que había a su alrededor, buscando desesperada la salida, tratando de acercarse un centímetro más a la superficie.

—Por fin, su mano apareció por entre el barro —prosiguió Hanabi por detrás de los internos, — pálida y destrozada. Por fin, Hanabi se reunía con su hermana. Y, mientras se agachaba para ayudarla, unos relámpagos cruzaron el cielo y granizó, como si la tierra estuviera furiosa por haber dejado escapar a su última presa. Desde esa horrible noche, a Hinata no le importa nada.

—Eso no es verdad —suspiró ésta. —La nada le importa muchísimo.

Hanabi se quedó mirándola, con los ojos de un plateado resplandeciente debido al poder que acababa de adquirir.

—Muy graciosa, Hinata—le dijo, mandando las palabras directamente a la mente de su hermana.

Ésta dio un respingo.

—Telepatía. Genial. A ver si consigues quedártela para siempre —contestó.

Dios, se sentía enormemente aliviada al ver que Hanabi tenía otro poder. Tratando de mantener a Hinata con vida, su hermana estaba agotando la persuasión con la que había nacido.

Al parecer, todas aquellas muertes habían hecho que la hechicera fuera cada vez más poderosa, mientras que Hanabi se había ido debilitando, tanto en intensidad como en capacidad de recuperación.

—La Reina de las Lenguas Silenciosas también tenía el don de comunicarse con los animales—le dijo Hanabi asimismo con la mente. —¡Adivina qué te voy a regalar para tu cumpleaños!

—Oh, mierda. —Ese era uno de los poderes menos apreciados por las hechiceras. Los animales tenían la pega de que raras veces estaban lo bastante cerca como para poder ayudar cuando se los necesitaba. —Espero que una plaga de langostas esté por el barrio cuando nos hagan falta.

»Ya hemos terminado —dijo Hinata a su público.

—Espera, ¿qué pasó después de lo del entierro? —preguntó un hombre de pelo largo.

—Las cosas se pusieron mucho peor —respondió ella quitándole importancia.

—¿Qué puede ser mucho peor que morir? —gritó una mujer que no había parado de llorar.

—Conocieron a Toneri el Que no Muere —explicó la hechicera con brusquedad. —Toneri era un brujo incapaz de sentir el beso de la muerte, así que le hizo mucha gracia aquella muchacha que parecía ser una experta en el tema.

—Se estará preguntando dónde nos hemos metido —le dijo Hanabi mirándola a los ojos.

—Sabe de sobra que no tenemos más remedio que regresar a su lado. —Toneri tenía métodos suficientes para asegurarse de que no las perdía de vista. Hinata se rió con amargura. ¿De verdad había creído alguna vez que con él iban a estar a salvo?

En aquel preciso instante, oyó el sonido de unas alas procedente del exterior.

—Ya están aquí. —Hanabi clavó los ojos en la ventana que había en lo alto de la pared. — Tenemos que salir corriendo, atravesar los túneles que hay bajo la ciudad y buscar el portal.

—No me apetece correr. —El edificio se tambaleó, o eso pareció, debido al mal humor de Hinata.

—¿Y cuándo te apetece? No nos queda más remedio.

A pesar de que ambas hermanas eran casi tan rápidas como los duendes y sabían pelear sucio, los vrekeners eran demasiados como para poder detenerlos. Y ninguna de ellas poseía la magia necesaria para la batalla.

Hanabi recorrió la sala con la mirada, buscando una vía de escape.

—Nos atraparán aunque consigas hacernos invisibles —le dijo a Hinata.

Con un giro de muñeca, ésta creó un espejismo y, de repente, ella y Hanabi tenían el mismo aspecto que el resto de internos.

—Podemos hacer que los humanos salgan en tropel y, ocultas entre ellos, nos adentramos en la noche.

Hanabi negó con la cabeza.

—Los vrekeners nos olerán.

Su hermana enarcó las cejas.

—Hanabi,¿acaso no te has dado cuenta de cómo apestan estos humanos?


Olvide decirles que los protas de la historia anterior a esta (Mi amado Demonio) aquí son Menma y Tanahi