Vivía con William, mi hermano mellizo. Y nadie más. Teníamos apenas diecisiete años y era ilegal que viviéramos solos, pero nadie hacía nada al respecto.

Nuestros padres eran artistas: John e Isabel Tomlinson. Nos querían, pero querían más al arte. Se habían marchado a Europa en el otoño, en busca de musas en cafés y castillos... mientras se gastaban lo poco que quedaba de la fortuna familiar. Yo esperaba que volvieran pronto, o que lo hicieran cuando les quedara el dinero suficiente para poder ir a una buena universidad. A algún lugar bonito, con jardines verdes, columnas blancas, bibliotecas inmensas y profesores con parches en los codos.

Pero no contaba con que eso sucediera.

Mis bisabuelos habíansido empresarios industriales de la Costa Este e hicieron muchísimo dinero cuando eran condenadamente jóvenes. Invirtieron en ferrocarriles y en fábricas: cosas que entusiasmaban a la gente de aquella época. Y le dejaron todo el dinero a un abuelo que nunca llegué a conocer.

Mis abuelos habían sido los más ricos de Wave Town en aquellos tiempos, aunque no significaba mucho ser el "más" algo de Wave Town. Tessie me contó que los Glenship tuvieron una fortuna grande, pero, para mí, todos los ricos eran iguales. Mi abuelo construyó una gran casa al borde de un acantilado, donde rompían las olas. Se casó con mi salvaje abuela y la trajo a vivir con él y tener hijos al borde del Atlántico.

Nuestra casa era señorial, elegante, inmensa y hermosa.

Y también descuidada, cubierta de maleza, azotada por el viento y manchada por la sal, como una bailarina de avanzada edad que se veía joven y ágil desde lejos, pero, de cerca, tenía canas en las sienes, arrugas alrededor de los ojos y una cicatriz en la mejilla.

Tessie había bautizado a nuestra casa Ciudadano Kane, por aquella vieja película con perfectos encuadres y Orson Welles con andar afectado y voz profunda. Pero a mí me parecía, más que nada, una película deprimente. Sin esperanza. Además, la casa fue construída en 1929 y Ciudadano recién se estrenó en 1941, lo que implica que Tessie se tomó unos cuantos años para pensar el nombre.

Tal vez vio la película y le significó algo importante. No lo sé. La mayoría de las veces, nadie sabía por qué Tessie actuaba de la manera en que lo hacía. Ni siquiera yo.

Mis abuelos vivieron en el Ciudadano hasta su muerte. Y después de que mis padres se fueron a Europa, yo me mudé al antiguo dormitorio de Tessie en el primer piso. Dejé todo como estaba. Ni siquiera quité su ropa del vestidor.

Me encantaba mi habitación... el tocador con el espejo curvo, los silloncitos sin apoyabrazos, el biombo oriental de diseño elaborado. Me fascinaba estirar el cuerpo en el sofá de terciopelo, los libros apilados a mis pies, las polvorientas cortinas largas hasta el suelo corridas hacia los costados de las ventanas para poder ver el cielo. Por la noche, los bordes color violeta de las pantallas de las lámparas hacían que la luz se volviera de una tonalidad entre lila y cereza.

El dormitorio de William estaba en el segundo piso y creo que a los dos nos agradaba que hubiera espacio entre nosotros.

Ese verano se nos había acabado finalmente el dinero que nos dejaron nuestros padres cuando se marcharon a Europa en el otoño, muchos meses atrás.

El Ciudadano necesitaba un techo nuevo, porque el viento del mar le daba unas buenas palizas, y William y yo necesitábamos comida. De modo que tuve la brillante idea de alquilar la casa de huéspedes. Sí, el Ciudadano tenía una casa de huéspedes, que había quedado de aquellos tiempos en que Tessie patrocinaba artistas muertos de hambre. Se mudaban durante unos meses, la pintaban a mi abuela y luego se mudaban a otro pueblo, con otra persona millonaria y otra botella de ginebra.

Pegué carteles en Wave Town, donde anunciaba que se alquilaba una casa de huéspedes, y pensé que no ocurriría nada.

Pero algo ocurrió.

Era uno de los primeros días de junio y soplaba una brisa templada, como si el verano estuviera dándole una palmada a la primavera. Se podía sentir el fuerte olor a sal en el aire.

Me senté en los grandes escalones del frente, de cara a la carretera que corría a lo largo de la vasta franja de mar azul. Dos columnas de piedra enmarcaban la enorme puerta de la entrada y, entre ellas, se extendían los peldaños. Desde donde me encontraba, nuestro jardín olvidado y enmarañado descendía hacia el camino sin asfaltar. Más allá, había una caída abrupta que terminaba en el fuerte oleaje.

De modo que me hallaba sentado allí, alternando entre leer de a ratos los cuentos de Nathaniel Hawthorne y mirar el cielo difuminado entre las olas lejanas, cuando un viejo auto ingresó a mi calle, pasó delante de la casa de Sarah y se detuvo en la entrada circular de la casa. Digo viejo porque era de los años cincuenta, grande; hermoso y con aspecto de tener mucho kilometraje, pero estaba arreglado como si estuviese recién salido de la agencia, brillante como el rostro de un niño en Navidad.

El automóvil se detuvo y un chico se bajó. Tenía más o menos mi edad, pero aun así, no podía decir que fuera realmente un hombre. De modo que, sí, era un chico. Bajó del auto y me miró fijamente, como si yo hubiera pronunciado su nombre.

Pero no lo había hecho. Él no me conocía y yo no lo conocía. Era alto (al menos, un poco más alto que yo), y era fuerte y esbelto. Tenía cabello castaño oscuro y grueso, con ondas y bien peinado... hasta que la brisa del mar se lo levantó, lo hizo volar por su frente y le convirtió la cabeza en un revoltijo desgreñado. Su rostro me agradó de inmediato. También su piel un poco pálida y sus ojos color verde.

Nuestras miradas se encontraron.

—¿Eres Louis? —preguntó y no esperó mi respuesta—. Sí, creo que sí. Soy Harry. Harry Styles —agitó la mano delante de él—. Y esto debe ser el Ciudadano Kane.

Estaba observando mi casa, así que incliné la cabeza y la observé con él. En mi memoria, tenía brillantes columnas blancas de piedra, grandes ventanales cuadrados con molduras color azul turquesa, matorrales cuidados y delicadas estatuas desnudas en el centro de la gran fuente. Pero la fuente que veía ahora estaba sucia y cubierta de musgo, y a las pobres mujeres desvestidas les faltaban una nariz, un pecho y tres dedos. La pintura estaba descascarada y el azul intenso se había vuelto gris. Los matorrales ahora parecían una selva indómita de más de dos metros de altura.

No sentía vergüenza por el Ciudadano, porque todavía era una casa condenadamente maravillosa, pero ahora me preguntaba si tal vez no debería haber podado los arbustos, cepillado a las chicas desnudas de la fuente o pintado los marcos de las ventanas.

—Es un lugar un poco grande para un chico castaño con gusto por la lectura —dijo el chico que tenía delante de mí después de que ambos miramos la casa durante más de un minuto—. ¿Estás solo o tus padres andan por aquí?

Cerré el libro y me puse de pie.

—Mis padres están en Europa —hice una pausa—. ¿Y los tuyos?

—Touché. —sonrió.

Nuestro pueblo era lo suficientemente pequeño como para que yo nunca llegara a desarrollar un saludable temor a los extraños.

Para mí, eran como cosas emocionantes, envueltas para regalo y llenas de posibilidades. De ellos, emanaba el dulce aroma de un lugar desconocido, como un perfume.

Por lo tanto, Harry Styles, un extraño, no me produjo ningún tipo de temor... sino, una ola de emoción igual a la que sentía antes de que se desencadenara una gran tormenta, cuando la expectativa chisporroteaba en el aire.

Le sonreí.

—Vivo aquí con William, mi hermano mellizo. Él ocupa el segundo piso y no sale de ahí, por suerte —levanté la mirada, pero las ventanas del segundo piso estaban tapadas por el techo del pórtico. Volví la vista al muchacho—. ¿Cómo sabes mi nombre?

—Lo vi en los carteles del pueblo, tonto —aclaró y sonrió—. Se alquila casa de huéspedes. Ver a Louis en el Ciudadano Kane. Anduve averiguando y unos lugareños me dieron tu dirección.

No dijo "tonto" como lo decía William mientras parpadeaba, los ojos entornados y la sonrisa altiva. Harry lo dijo como si fuera... un término cariñoso, lo cual me resultó ligeramente desconcertante.

—Bueno... entonces, ¿quieres alquilar la casa de huéspedes?

—Síp. —extendió el codo y se apoyó sobre su coche brillante.

Llevaba unos pantalones negros de lino (de esos que yo pensaba que sólo usaban los hombres españoles de barba incipiente en películas europeas que transcurrían junto al mar) y una camisa blanca. Habría resultado extraño en otra persona, pero en él quedaba perfectamente bien.

—De acuerdo. Tienes que darme el primer mes de alquiler por adelantado y en efectivo.

Asintió y metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, extrajo una billetera de cuero y la abrió. En el interior había un grueso fajo de color verde. Tan grueso que, una vez que separó el dinero que necesitaba, le costó volver a cerrar la billetera. Harry Styles se acercó a mí, tomó mi mano y depositó en ella quinientos dólares.

—¿No quieres ver primero el lugar? —pregunté sin quitar los ojos de los billetes verdes. Cerré la mano sobre ellos y los apreté con fuerza.

—No.

Le lancé una amplia sonrisa. Cuando me la devolvió, noté que tenía la nariz recta y hoyuelos. Me agradó.

Lo observé alejarse hacia la cajuela del automóvil contoneando la cadera (sí, contoneando la cadera) como una pantera. Luego, extrajo un par de maletas viejas, de esas con correas y hebillas en lugar de cremalleras.

Me eché a andar por el estrecho sendero de frondosos arbustos, pasé por delante de las ventanas cubiertas de hiedra, por el garage de madera a la vista y me dirigí a la parte trasera del Ciudadano.

Miré por encima del hombro sólo una vez. Venía detrás de mí.

Lo conduje más allá de la derruida cancha de tenis y del viejo invernadero. Cada vez que los miraba, se veían peor. Todo se había venido abajo desde que Tessie murió, y no se debía solamente a la falta de dinero. Ella se las había ingeniado para mantener la casa sin dinero. Incansablemente, había arreglado las cosas por su cuenta, aprendido conocimientos rudimentarios de fontanería y carpintería, había limpiado, barrido y quitado el polvo día tras día. Pero no era nuestro caso. Nosotros no hacíamos nada, salvo pintar. Me refiero a telas, no paredes, ni cercas, ni marcos de ventanas.

Papá decía que esa clase de pintura era para Tom Sawyer y esos huérfanos sucios. No estaba muy seguro de si lo había dicho en broma. Probablemente, no.

En la cancha de tenis, brotaba el césped verde y brillante en medio del cemento, y la red estaba en el suelo, deshecha y cubierta de hojas. ¿Quiénes habían sido los últimos en jugar al tenis? No podía recordarlo.

El techo de vidrio del invernadero se había desplomado. Todavía había trozos de vidrio desparramados por el suelo y, por las vigas del edificio, crecían plantas exóticas en tonos de azul, verde y blanco que trepaban hacia el cielo. A veces, solía ir allí a leer. Tenía muchos lugares secretos de lectura en el Ciudadano, habían sido lugares donde pintar, antes de que abandonara la pintura.

Al ir acercándonos a la casa de huéspedes, disminuimos el paso. Era un edificio de ladrillo rojo de dos habitaciones, cubierto de hiedra, como todo lo demás. Las tuberías eran decentes y la electricidad, espasmódica, y se encontraba en el ángulo derecho del Ciudadano.

Entramos y examinamos el lugar. Estaba lleno de polvo, pero también resultaba acogedor y hasta tierno. Tenía una cocina abierta, tazas cachadas en armarios amarillos y mantas patchwork sobre los muebles de estilo art decó, y no tenía teléfono.

Varios meses atrás, William y yo nos habíamos quedado sin dinero para pagar la factura, de modo que tampoco teníamos teléfono de línea en el Ciudadano. Por ese motivo, no había puesto un número en el cartel de alquiler.

No podía recordar quién había sido la última persona que se había quedado en esa casa. Algunos amigos bohemios de mis padres, seguramente, mucho tiempo atrás. Aún había pomos secos de pintura al óleo apoyados en las repisas de las ventanas y pinceles olvidados en el fregadero, después de haber sido enjuagados.

Mis padres tenían un taller del otro lado del laberinto, al que llamaban cobertizo, y siempre lo habían utilizado para sus tareas artísticas. Estaba lleno de telas a medio concluir y olía a aguarrás: un hedor que encontraba al mismo tiempo tranquilizador e irritante.

Al pasar, tomé los pinceles con la idea de arrojarlos a la basura, pero las cerdas que golpearon mi mano estaban húmedas. Por lo tanto, no pertenecían a antiguos amigos de mis padres: se habían utilizado recientemente.

Noté que Harry me observaba, pero no dijo nada. Volví a apoyar los pinceles donde los había encontrado e ingresé en la habitación principal, dejando lugar para que Harry pudiera arrojar las maletas encima de la cama.

Siempre me había gustado ese dormitorio, con las descoloridas paredes rojas, ahora rosadas, y las cortinas a rayas amarillas y blancas.

Harry echó una mirada a su alrededor y captó todos con sus rápidos ojos verdes. Se dirigió hacia la cómoda, abrió la gaveta superior, miró el interior y la cerró nuevamente. Se desplazó hacia el otro lado de la habitación, corrió las cortinas y abrió las dos ventanas que daban al océano.

Una ráfaga de radiante y salado aire marino inundó el dormitorio y respiré profundamente. Harry hizo lo mismo y su pecho se ensanchó de modo tal que pude ver las costillas apretadas contra la camisa.

La casa de huéspedes estaba más alejada del mar que el Ciudadano, pero igual se podía ver una línea muy, muy azul por la ventana. Divisé un barco a lo lejos en el horizonte y me pregunté a dónde se dirigiría o de dónde vendría. Generalmente, yo quería estar en esos barcos y navegar hacia un lugar frío y exótico. Pero, en ese momento, no tenía esa sensación impaciente y gitana.

Harry fue hasta la cama, se estiró y bajó la cruz negra de madera que colgaba arriba de las almohadas. La llevó a la cómoda, abrió la gaveta superior, colocó la cruz en el interior y la cerró con un leve golpe de la cadera.

—Mi abuelo construyó el Ciudadano Kane —expliqué—, pero fue mi abuela Tessie quien construyó esta cabaña. Se volvió religiosa de grande —mis ojos estaban clavados en la silueta color rojo intenso que había quedado en la pared, donde la cruz había protegido la pintura de los efectos decolorantes del sol—. Es probable que haya colgado esa cruz hace muchas décadas y quedó ahí desde entonces. ¿Eres ateo? ¿Es por eso que la descolgaste? Soy curioso, por ende, te hice la pregunta.

Me sobreslaté. ¿Por ende? Mi costumbre de leer más que relacionarme con la gente me hacía utilizar palabras raras e inoportunas sin pensarlo.

Harry no pareció percibirlo. Y con eso quiero decir que sí parecía percibir todo lo relacionado conmigo, y todo lo relacionado con la habitación, pero no pude distinguir si notó mi uso de por ende más que lo demás.

—No, no soy ateo. Simplemente soy una persona a la que no le gusta dormir con una cruz arriba de la cabeza —volvió a mirarme—. ¿Cuántos años tienes...? ¿Diecisiete?

—Sí —respondí—. Muy bien. Porque mi hermano dice que todavía parezco de doce.

—Entonces, tenemos la misma edad —una pausa—. Mis padres se fueron a Sudamérica hace unas semanas. Son arqueólogos. Y, hasta que regresen, me enviaron aquí. Tengo un tío que vive en Wave Town, pero no quería vivir con él. Así que vi tu cartel y aquí estoy. Es más bien raro que nuestros padres se hayan marchado y nos hayan dejado, ¿no crees?

Asentí. Quería preguntarle quién era su tío, de dónde venía y cuánto tiempo pensaba quedarse en la casa de huéspedes. Pero se quedó mirándome de tal manera que no pude juntar la fuerza necesaria para hacerlo.

—¿Y dónde está ese hermano del que me has hablado? —se llevó los dedos al cabello y lo sacudió con fuerza.

Me quedé observándolo a él y a su cabello alborotado hasta que me miró, entonces, dejé de hacerlo.

—Está en el pueblo, tendrás que esperar para conocerlo. Pero no me entusiasmaría mucho, no es tan agradable como yo.

William se había dirigido a Wave Town después del desayuno con la intención de encontrar a una chica que conocía y tratar de toquetearla a plena luz del día en la cafetería donde ella trabajaba.

Señalé por la ventana.

—Si quieres ir al pueblo a hacer compras, hay un sendero que comienza en los manzanos, detrás del laberinto. Se une a las viejas vías del ferrocarril y termina justo en la calle principal. Lo que quiero decir es que, si quieres, puedes ir conduciendo, porque tienes auto, pero el camino es muy lindo si te agrada caminar. Corre junto a un viejo túnel del ferrocarril...

Comencé a retroceder hacia la puerta de la habitación. Empezaba a sentirme estúpido al estar hablando sin parar, como un chico tonto que abre la boca y deja salir todos sus pensamientos. Cuando me siento estúpido, mis mejillas se sonrojan, y no tenía la menor duda de que ese chico observador que estaba junto a mí notaría que mis mejillas se ponían rojas, y era probable que adivinara el motivo.

—Ah, y la puerta del frente no tiene cerrojo —proseguí mientras me hundía en la bienvenida semioscuridad del pasillo y me llevaba las manos al rostro—. Si quieres, puedes hacerte una llave en la ferretería, pero nadie robará nada de aquí —hice una pausa—. Al menos, nadie lo ha hecho hasta ahora.

Me di la vuelta y me marché sin esperar su respuesta. Salí de la casa de huéspedes, pasé por el derruido invernadero y las canchas de tenis, rodeé el Ciudadano y tomé por el angosto camino de grava hacia la única casa que había en mi calle: la de Sarah.

Tenía que contarle a alguien que un chico con cuerpo de pantera se había instalado detrás de mi casa.