El rey Demonio
UN ARMA MORTAL
Época actual
Club de striptease lengua y Ranura
Sur de Sunagakure
—¿Un baile privado, para este demonio tan sexy?
Con una seca y decidida negación de cabeza, Naruto Uzumaki rechazó a la hembra medio desnuda.
—A un tipo como tú, yo le ofrecería mucho más que un baile —le dijo otra. —Y gratis. —Se levantó un pecho y, con la lengua, se lamió el pezón.
El gesto hizo que Naruto enarcara una ceja, pero respondió:
—No estoy interesado.
Estaba siendo una de las noches más patéticas de toda su vida, allí, en medio de un club cutre de la Tradición, rodeado por strippers. Estaba en aquel lugar ridículo, sintiéndose como el peor de los hipócritas. Si el inútil de su hermano se enterase de dónde estaba, tendría que soportar sus comentarios durante toda la vida.
Pero el contacto de Naruto había insistido en que se encontraran allí.
Cuando una ninfa se deslizó tras él para darle un masaje en los hombros, Naruto la cogió por las manos para darle la vuelta y poder mirarla a la cara.
—He dicho que no —recalcó.
Aquellas hembras lo dejaban indiferente. Lo que era raro, pues estaba desesperado por acostarse con una. Seguro que a esas alturas tenía los ojos completamente rojos, pues la ninfa se apartó en cuestión de segundos. «¿Voy a perder los nervios por una ninfa?» Enfadarse porque una fémina de esa especie lo hubiera tocado era igual que reñir a un perro por mover la cola al ver un hueso.
Últimamente, le bastaba con una tontería para perder los estribos. El rey destronado, conocido por todos por su fría racionalidad, por su paciencia infinita con los demás, se sentía como una bomba a punto de estallar.
Tenía el inexplicable presentimiento de que pronto iba a suceder algo muy, muy importante... algo trascendental.
Pero dado que ese presentimiento no se basaba en nada lógico ni razonable, la frustración que sentía amenazaba con ahogarle. No comía, y no podía dormir ni una noche entera.
Durante las dos últimas semanas, se había estado despertando varias veces mientras dormía, excitado, masturbándose sin ser consciente de ello, buscando desesperado a la única hembra capaz de acabar con toda aquella frustración. «Dios, necesito una mujer.»
Pero no tenía tiempo para conquistar a una que valiera la pena. Un conflicto de intereses más que añadir a la lista.
«Las necesidades del reino siempre se anteponen a las del rey.»
En la batalla que había iniciado para recuperar la corona que le había arrebatado Toneri el Que no Muere, un hechicero al que no había modo de matar, había demasiadas cosas en juego.
Naruto ya se había enfrentado una vez a él y, por desgracia, sabía que era indestructible. Aunque consiguió decapitarlo, fue Naruto quien a duras penas salió con vida de aquella confrontación, novecientos años atrás.
Ahora, el monarca destronado estaba buscando el modo de dar muerte a Toneri para siempre. Con la ayuda de su hermano Menma y los mercenarios que trabajaban para éste, Naruto había conseguido avanzar en su investigación. El emisario con el que iba a reunirse esa noche, un demonio de dos metros y medio llamado Pogerth, iba a proporcionarle otra pista.
Venía de parte de un hechicero llamado Momoshiki el Herrero, el medio hermano de Toneri, que tenía casi tantas ganas de ver a éste muerto como Naruto. Momoshiki no era mejor elemento que Toneri, pero ya se sabe: «Los enemigos de mis enemigos son...».
En ese preciso instante, una diablesa envuelta en piel negra y con maquillaje barato en los cuernos repasó a Naruto con la mirada, y él se dio la vuelta.
Sentía curiosidad por las chicas malas, siempre había sido así, pero no eran su tipo... por mucho que Menma se lo echara en cara cada vez que se peleaban. Naruto quería encontrar a su reina, a la mujer destinada a estar con él, una diablesa virtuosa que siempre estaría a su lado y lo satisfaría en la cama.
Se suponía que, para un demonio, hacer el amor con la mujer elegida por el destino para él era algo espectacular, mucho más que cualquier lío de una noche. Después de quince siglos esperando, Naruto estaba bastante seguro de que ya le iba tocando el turno de comprobarlo.
Respiró hondo. Al parecer todavía no. «Hay demasiadas cosas en juego.» Naruto sabía que, si esa vez no derrotaba a su enemigo, perdería el reino y la corona para siempre.
«Perderé mi hogar.» Cerró los puños con fuerza hasta notar que las cortas garras negras se clavaban en las palmas de las manos. Toneri y sus esbirros habían destrozado el castillo de Konoha. El brujo se había proclamado rey y había ofrecido asilo a todos los enemigos de Naruto. El castillo estaba ahora custodiado por zombis, muertos vivientes que habían regresado del inframundo y a los que sólo se podía dar muerte matando a su creador.
Por doquier se oían historias sobre las orgías, los sacrificios y los incestos que acontecían detrás de los antes sagrados muros de Konoha. Naruto prefería morir antes que entregar para siempre su ancestral hogar a esas criaturas tan depravadas y repugnantes, la peor raza de toda la creación.
«Que Dios ayude a quien esta noche se cruce en mi camino. Soy una bomba de relojería...»
Por fin llegó Pogerth, teletransportándose dentro del bar. La piel del demonio de pus parecía cera líquida y olía a podrido. La malla que llevaba debajo de la ropa le sobresalía por los puños y el cuello de la camisa. Llevaba botas de agua y, tal como dictaban las normas de educación, las iba vaciando fuera a intervalos regulares.
Al sentarse frente a Naruto, hizo un sonido peculiar.
—Mi amo y señor busca un tesoro tan raro que casi parece sacado de una fábula —empezó sin preámbulos. —A cambio, está dispuesto a entregar algo igual de fantástico. —Cambiando a la lengua demoníaca, le preguntó: —¿Qué estaría dispuesto a hacer a cambio de una arma capaz de matar al que no muere?
.
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Castillo de Konoha
Reino de Villagelina
Una cabeza cayó rodando por los escalones de delante del trono de Toneri, y Hinata se limitó a esquivarla y seguir subiendo.
La cabeza en cuestión pertenecía a la oráculo trescientos cincuenta y seis, que era el número exacto de adivinas que habían trabajado en Konoha desde que Hinata se había instalado allí.
El olor a sangre llenó el ambiente mientras los zombis devoraban frenéticos el cuerpo que correspondía a esa cabeza.
Mientras, Toneri, el medio hermano de Hinata y rey de Villagelina, se limpiaba la sangre de las manos, lo que indicaba que había sido él quien le había arrancado la cabeza a la oráculo en un ataque de rabia, probablemente furioso por algo que ésta le había dicho.
Permanecía de pie, orgulloso, en medio del dorado salón del trono. Llevaba media armadura en el hombro izquierdo y una capa espectacular en el derecho. Un puñal le colgaba de la cadera. Sobre su pálida melena brillaba una corona muy trabajada, que hacía también las funciones de casco.
Se veía elegante y sofisticado, y totalmente incapaz de arrancarle la cabeza a una mujer sólo con las manos.
Toneri se había apropiado de muchos poderes: piroquinesis, levitación, capacidad de teletransportarse... Se los había arrebatado a sus medios hermanos antes de matarlos. Pero todavía era incapaz de ver el futuro. Y eso lo ponía furioso.
—¿Tienes algo que decir, Hinata? No me dirás que te estás ablandando...
Ella era la única que se atrevía a plantarle cara, así que todas las criaturas de palacio se quedaron en silencio. Las estancias estaban a rebosar de las muchas facciones que constituían el Pravus, el nuevo ejército de Toneri.
Entre sus filas se encontraban centauros, invidia —unas féminas que eran la personificación de la discordia, —ogros, fantasmas malvados, vampiros caídos, demonios del fuego con las palmas humeantes... y más seres de los que se podían nombrar.
Y casi todos querrían verla muerta.
—Con los tiempos que corren, es muy difícil encontrar a alguien de fiar —suspiró Hinata, a quien le costaba mucho sentir pena por alguien. Al fin y al cabo, ella misma se había despertado más de una vez empapada en su propia sangre. —Pero es una lástima, hermanito, porque sin ella volvemos a estar a ciegas.
—No te preocupes, encontraré a otra adivina en seguida.
—Te deseo la mejor de las suertes. —Las adivinas no crecían en los árboles, y ya se les estaban agotando las posibilidades de encontrar a una que quisiera trabajar para ellos. —¿Y por esto me has mandado llamar? —preguntó aburrida señalando el cuerpo decapitado.
Hinata esquivó con la mirada el pozo de las almas y se dedicó a estudiar otros detalles de la estancia. Su hermano la había modificado drásticamente después de arrebatársela al poderoso Naruto. Había sustituido el austero trono del demonio por uno de oro, que ahora estaba salpicado por la sangre de la yugular de la oráculo.
«Lo ha hecho aquí...»
En las paredes, Toneri había mandado colgar las banderas con sus colores y tapices representando a su animal talismán: el ouroboros, una serpiente que se traga su propia cola, y que representaba su falta de muerte. Todo lo que antes había sido sobrio era ahora barroco. Y, a pesar de todo, aquel lugar seguía sin encajar con el sofisticado Toneri.
Según la leyenda, el premedieval castillo de Konoha había sido creado por una mano divina para proteger el pozo, con seis robustas torres rodeándolo. A pesar de que las piedras daban un aire rudo a la fortaleza, ésta tenía un aspecto armónico. Konoha era perfectamente imperfecto.
Lo mismo que su antiguo monarca, según se decía.
Toneri se echó la capa hacia atrás antes de sentarse.
—Te he mandado llamar hace media hora.
—Bueno, lo acabo de recordar. —Ella y Hanabi estaban mirando un DVD en la soleada habitación de su hermana. Se pasaban por lo menos siete horas al día viendo películas. Al parecer, la televisión de pago iba a tardar mucho en llegar a la zona.
Al pasar junto al centauro virre, le miró la entrepierna y le preguntó:
—¿Qué tal lo llevas? —Hacia la izquierda, según veo. Tu izquierda y mi derecha.
A pesar de que la furia del centauro era palpable, éste jamás se atrevería a desafiarla. Allí Hinata tenía mucho poder.
Ella le guiñó un ojo para recordárselo, y siguió hacia Toneri.
—Habría llegado antes, pero tenía que ocuparme de algo muy importante.
—¿De verdad?
—No. —Y eso era lo único que Hinata iba a decir sobre el asunto.
Toneri se quedó mirándola fascinado, los iris azulados de sus ojos destellando. Pero cuando ella se quitó la capa, el rey pareció despertar de su hechizo y repasó su atuendo con desaprobación: un pequeño top de tela de oro, una diminuta minifalda, guantes con garras en los dedos, y botas altas.
Después de recorrerle el cuerpo con la mirada, Toneri se dedicó al rostro de su hermanastra. Se había pintado unas alas en los ojos, desde los párpados hasta el nacimiento del pelo.
En el pasado, el rey había intentado imponer una ley que obligara a todas las hembras a cubrirse el rostro con la tradicional máscara de seda de las hechiceras en vez de pintársela, y a ir tapadas de los pies a la cabeza.
El atuendo de Hinata dejaba bien claro lo que ésta pensaba de la propuesta.
—La verdad, Toneri, es que sólo he venido a tomar mi «medicina».
—Te la daré más tarde —respondió él sacudiendo negligentemente la mano.
Qué fácil le resultaba quitarle importancia al asunto. Cómo se notaba que no era Toneri quien la necesitaba para escapar de una muerte horrible.
—Ahora mismo, tenemos algo más importante que discutir...
Shion, otra media hermana del rey y eterna némesis de Hinata, llegó en ese momento, y subió los escalones hacia el trono de dos en dos y se colocó junto a Toneri, lugar que le pertenecía, pues era su concubina además de pariente. Seguro que había ido corriendo hasta allí frenética, al enterarse de que la hechicera estaba en la corte, para asegurarse de que ésta no se lo robaba.
Shion estaba muy confusa respecto a dos cosas: una, Toneri se iría con Hinata si ella se lo pidiera. Dos, Hinata jamás se lo pediría.
El brujo ignoró a Shion por completo y no apartó la vista de la hechicera ni un segundo.
—¿Qué es tan importante? —preguntó Hinata.
—Mis espías llevan mucho tiempo vigilando las actividades de Momoshiki el Herrero, así como las de sus más cercanos seguidores.
Momoshiki se había pasado la vida escondiéndose de Toneri, y era uno de los dos medio hermanos del brujo que habían logrado sobrevivir fuera de Konoha.
—Me he enterado de que ha mandado a un emisario para reunirse con el mismísimo Naruto Uzumaki.
¡Por fin algo interesante!
—Naruto y Momoshiki, nuestros enemigos más poderosos, aliándose. Ésas son malas noticias.
—Tenemos que hacer algo. Uno de mis espías oyó cómo el emisario le prometía al demonio una espada forjada para matarme.
La corte entera se quedó en silencio, incluida Hinata.
Toneri suspiró cansado.
—Eso no es posible. No puede hacerse. —Se diría que parecía decepcionado. —¿Sabes cuantas bombas, hechizos, lanzas, dagas y venenos se suponía que podían matarme?
La verdad era que Hinata había visto al brujo con una daga clavada en el corazón, sin cabeza, convertido en ceniza..., y siempre había resurgido como el ave fénix, más fuerte que antes. Su nombre mismo lo decía, el Que no Muere.
—Pero Naruto debe de creer que sí funcionará —prosiguió. —El demonio, que es famoso por su temple y por su fría cabeza, abandonó el punto de encuentro a toda prisa y llamó a su hermano Menma tan pronto como entró en el coche, antes de salir zumbando hacia Nueva Orleans.
—Debe de haber ido a reunirse con su hermano —dijo Hinata.
Menma, el Hacedor de Reyes, era un mercenario sin escrúpulos, del que se rumoreaba que podía sentar a cualquier rey en su trono... excepto a su hermano. Ambos habían estado trabajando juntos durante siglos para recuperar Konoha.
El actual hogar de Hinata. «Olvidadlo, demonios. No pienso volver a mudarme.» Shion carraspeó.
—Mi señor, si la espada no puede mataros, ¿por qué os preocupáis?
—Porque que alguien lo crea así es igual de peligroso —respondió Hinata con impaciencia. — Podrían considerar la espada como referencia, utilizarla como propaganda.
Una pequeña revuelta había estallado ya en el campo, donde los demonios exigían que regresara su rey destronado.
Seguían reclamándolo... después de nueve siglos.
Hinata a menudo se preguntaba qué habría hecho Naruto para ganarse tal lealtad.
—Es obvio que no puedo permitir que los hermanos se encuentren —prosiguió la hechicera. — Interceptaré a Naruto antes de que llegue a la ciudad.
—¿Y después? —preguntó Toneri sin inmutarse. —¿Qué harás con él?
—Después mataré dos pájaros de un tiro —respondió ella. —La profecía ha empezado.
Justo a tiempo para la Ascensión.
Cada quinientos años tenía lugar una gran guerra entre inmortales, y estaba a punto de estallar la siguiente.
Hinata recorrió con la vista el pozo misterioso que había en el centro de la sala, repleto de restos de sacrificios, de partes ensangrentadas e irreconocibles procedentes de cuerpos de distintos seres. El futuro de la hechicera dependía de que pudiese desencadenar aquel poder. Y el demonio era la llave.
Se dio la vuelta hacia Toneri y vio que éste la miraba con el cejo fruncido, como si pensara que se echaría atrás y no se atrevería a acostarse con el demonio. Pero, de hecho, Hinata estaba impaciente por hacerlo y saborear por fin todo el poder que estaba a su alcance.
Al fin quería algo, deseaba algo.
—¿Y si el demonio se te resiste? —preguntó Shion.
—¿Me has echado un vistazo últimamente? —la provocó Hinata, girando sobre sus talones, gesto que provocó que Toneri se inclinara hacia adelante y que Shion la fulminara con la mirada.
Esta no era una pobre desvalida. Su poder consistía en neutralizar los poderes de los demás. Podía borrar un espejismo con la misma facilidad con que Hinata podía crearlo. Hanabi la apodaba la Corta Rollos y Tía Aburrida.
—No subestimes al demonio —dijo Toneri al fin. —Es uno de los seres con mayor fuerza de voluntad que he conocido nunca. No olvides que se enfrentó a mí y sigue con vida.
Hinata suspiró, haciendo un esfuerzo por mantener a raya su proverbial mal humor.
—Sí, pero yo tengo unas cualidades «únicas», que garantizan que puedo seducir al demonio sin ningún problema.
—También tienes una pega —bufó Shion. —Eres el bicho raro de la Tradición.
Era cierto que era única: una virgen seductora. Hinata se rió al oír el comentario de Shion, pero al mirar a su hermano se puso seria de golpe.
—Toneri, dile a tu muñequita que se calle, o le haré un bozal con sus intestinos. —Restregó las garras de uno de los guantes con los de la otra mano y el sonido resonó por toda la sala.
Shion irguió la barbilla, pero palideció. La verdad era que Hinata le había sacado más de una víscera. Varias veces. Las guardaba dentro de tarros, en la mesilla de noche.
Pero ahora la hechicera trataba de contenerse lo máximo posible, porque siempre que se peleaba con Shion, Toneri parecía excitarse sobremanera.
—Además, si el demonio consigue resistirse a esto —se pasó las manos por el cuerpo, —tengo un plan en la recámara. —Ella siempre tenía un plan B.
—Lo necesitarás —se burló Shion.
Hinata le mandó un beso, el peor insulto que había entre las hechiceras, que guardaban venenos en los anillos para echarlos en las bebidas... o soplarlos a los ojos de sus enemigos.
—Captúralo esta noche, y luego... ponte a ello —concluyó Toneri con asco.
Naruto no sólo era un demonio, seres a los que los hechiceros consideraban apenas un peldaño por encima de los animales, sino que, además, el rey caído era el enemigo mortal del brujo.
Y por fin había llegado el momento de que Hinata entregara su virginidad, al menos físicamente, y rindiese su cuerpo a una criatura. No era de extrañar que Toneri se hubiera puesto furioso con la oráculo. Parte de él deseaba el poder que su hermanastra iba a adquirir. Y otra parte la deseaba como hembra; por eso le gustaban las que se parecían a ella, como Shion.
Toneri se puso en pie y descendió los escalones hasta quedar frente a Hinata. Ignorando las quejas de Shion y la advertencia en la mirada de la propia hechicera, levantó la mano despacio para tocarle la cara.
Tenía las uñas largas, sucias, fuertes y manchadas de sangre.
—Cuidado, hermano, ya sabes que no me gusta que ningún hombre me toque —dijo ella cuando él le sujetó la barbilla.
Cuando Hinata estaba enfadada, como sucedía en aquel momento, lo que tenía alrededor empezaba a explotar y a sacudirse como si hubiera un terremoto, y los vientos soplaban igual que en una tempestad. Al ver que todos sus súbditos salían despavoridos, Toneri la soltó de mala gana.
—Tengo las coordenadas de la ruta que seguirá Naruto —dijo a continuación. —Hanabi puede abrir un portal que vaya desde las mazmorras hasta el sitio exacto, y tú puedes detenerle allí. Será la trampa perfecta. A no ser que Hanabi ya haya perdido ese poder.
Esta todavía podía abrir portales, sin embargo esa facultad se le iba debilitando con cada uno de los intentos, así que sólo podía hacerlo más o menos cada seis días. Hinata confiaba en que no lo hubiera hecho últimamente.
—¿Por qué no le dices a Hanabi que venga y se lo pides tú mismo? —propuso, consiguiendo que Toneri hiciera una mueca.
Por algún motivo, éste siempre se había resistido a estar cerca de la joven y había decretado que las dos hermanas jamás estuvieran juntas ante su presencia.
—¿Y exactamente cuánto tiempo tengo para preparar mi gran actuación? —preguntó luego Hinata.
—Tienes que interceptarlo en las próximas dos horas.
—Pues entonces me voy ya. —La falta de tiempo para poder organizarse la ponía furiosa. A ella le encantaba hacer previsiones, planes alternativos, prepararse para contingencias. Era mucho más divertida la preparación misma que el acto en sí. Le encantaba esbozar las posibles contingencias durante meses, pero ahora sólo tenía un par de horas.
Antes de que se fuera, Toneri se inclinó hacia ella y le murmuró al oído:
—Si hubiera un modo de evitar que tuvieras que acostarte con ese animal, lo habría encontrado.
—Lo sé, hermano.
En eso sí le creía. Toneri jamás la entregaría a otro por voluntad propia, porque desde la primera vez que la vio la quería para él. Una vez, le había dicho que había algo en sus ojos que no había visto antes: el oscuro conocimiento de saber lo que se siente al morir. Algo que él no sabría jamás.
Posó en su hombro desnudo una mano helada, y Hinata tuvo la sensación de oírlo gemir con el contacto.
—No me toques, Toneri. —Soltó cada palabra, lanzando las sílabas como si fueran serpientes envenenadas, y él apartó la mano.
A veces, tenía que recordarle que era igual que aquellos reptiles a los que adoraba.
Hinata se volvió y le dio directamente la espalda, en vez de retroceder los tres pasos que la llevarían a la salida. Pasó junto al pozo y se atrevió a echarle un vistazo.
«Pronto...»
—Confío en que no me fallarás —dijo Toneri. —Naruto no tiene que reunirse con su hermano.
—Considéralo hecho —contestó ella con convicción. ¿Tan difícil podía ser capturar a un demonio?
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Continuará...
