Sarah West tenía el cabello castaño claro hasta la cintura y hoyuelos en los codos y las rodillas. Estaba sentada fuera de la cabaña, en la hamaca del porche. Una pierna flexionada colgaba del borde, mientras tomaba un vaso de jugo, la mirada perdida en el espacio. Teníamos la misma edad y, si bien no éramos realmente amigos, éramos los únicos vecinos. Y supongo que eso equivalía a serlo.

Me miró mientras subía los peldaños irregulares de madera (el papá de Sarah había construido él mismo la cabaña), y luego movió las piernas para dejarme lugar a su lado.

—Hola, Louis. ¿Qué anda pasando en tu vida?

—En realidad, mucho.

Un cuervo graznó entre los árboles que estaban arriba de nosotros y aspiré el fuerte aroma de los pinos, que se captaba mejor en casa de Sarah. Su casita estaba más retirada del océano, emplazada dentro del bosque. Al costado del porche había plantas de tomate, que también desprendían un suave aroma a tierra.

—¿Ah, sí? ¿Dónde está William? ¿Qué hace hoy?

—Will está fastidiando a Lisa. Sabe cuánto detesto que la bese, y ella es demasiado estúpida como para rechazarlo. Él la manipula. Es un manipulador. Una vez dije que ella era dulce e inocente como una niña de cuento de hadas, y entonces no pudo evitar corromperla. Pero ya basta de hablar de William. Tengo novedades.

Levemente interesada, Sarah enarcó una ceja.

—Tengo un inquilino en la casa de huéspedes. Ya se mudó.

Los ojos de Sarah se agrandaron un poco. Tenía ojos color café y entrecerrados, que le daban un aspecto seductor, tipo Marilyn Monroe, y era probable que eso provocara que los chicos imaginaran cómo se vería después de besarla. Mis ojos, según William, eran ojos que miraban fijo, de sabiondo. Creo que eso significa que tengo una mirada penetrante, lo cual es posible que sea lo mismo, pero suena muchísimo mejor.

—¿Es viejo? ¿Degenerado? ¿Un asesino serial? ¿Te violará en medio de la noche? Te dije que no buscaras un inquilino. No entiendo por qué, si necesitas dinero, no consigues empleo y listo.

Le arrebaté el vaso de jugo de la mano y bebí un trago.

—No puedo conseguirme un trabajo. Si vienes de una familia de mucho dinero, tienes que gastarlo todo y luego embriagarte y morir en una zanja. No está permitido trabajar. De todas formas, el tipo no es viejo ni asesino serial. Es joven, de nuestra edad. Sus padres lo dejaron, como los míos, y vino a vivir a Wave Town. Se suponía que debía quedarse con su tío, pero no quería. De modo que ahora está en el jardín trasero de mi casa.

Sarah colocó el brazo alrededor de una de sus pálidas rodillas.

—Bueno, nuestro verano se ha vuelto más interesante. ¿Qué aspecto tiene?

—Está... está bien. Parece tener dinero, estilo retro. Tiene una bonita sonrisa, con hoyuelos.

Mi vecina se mostró contenta.

—¿Cómo se llama?

—Harry Styles.

—¿En serio? Suena inventado.

—Mira quién habla, Sarah West —incliné el vaso para beber el final del jugo—. Tal vez sí lo inventó. No le pedí ninguna identificación.

Sarah sacudió la cabeza en desaprobación.

—Eso fue una estupidez, Louis. Eres tan ingenuo. Mira, tendremos que conseguir su permiso de conducir y fijarnos. Yo me encargo. ¿William todavía tiene ese vino de cerezo que hizo en el otoño?

—Supongo que sí —me encogí de hombros—. Creo que hay dos botellas en algún lugar de la bodega.

—Muy bien. Entonces todos nos embriagaremos y yo dejaré que el desconocido de tu casa de huéspedes me bese donde quiera. Mientras tanto, le robaré la cartera.

—O yo le pido que me muestre su identificación.

No me gustó la idea de que Sarah besara a Harry, o que hiciera cualquier otra cosa con él. Lo que fuera. La perspectiva de un verano entero con ellos dos transpirando y gimiendo en la casa de huéspedes me llenó de un terror helado.

Además, Harry era mío. Y por mío, quiero decir que yo lo vi primero. Y por yo lo vi primero, quiero decir que no parecía ser el tipo de chico que se embriaga con vino casero y trataría de besar a Sarah.

Mi amiga se echó a reír.

—¿Y dónde está la diversión? Louis, estás frunciendo el ceño.

—No es cierto. —dije, aunque estaba totalmente seguro de que era cierto.

Oí pasos en la grava y levanté la vista.

William. Venía por el camino oscuro y flanqueado por árboles de la casa de Sarah, los jeans caídos sobre su estrecha cadera y una camiseta que ajustaba demasiado los estúpidos músculos de su estúpido pecho, de una forma que, estoy seguro, a Lisa le encantaba. Y a Sarah también.

Tenía los ojos castaños de mamá, pero, en líneas generales, se parecía a papá, con el cabello cobrizo, la frente amplia y el rostro cuadrado.

El cuervo graznó otra vez sobre nuestras cabezas y sopló un fuerte viento del mar, que atravesó violentamente los árboles y sacudió todas las pinochas verdes. Ese sonido siempre me erizaba la piel, de manera agradable. Era el sonido que escucha la institutriz de unos huérfanos en una novela, antes de que una mujer demente prenda fuego las cortinas de la cama.

—Hola, Sarah. Hola, hermano.

Le lanzó a Sarah una sonrisa de suficiencia, se echó el pelo hacia atrás y trató de lucir altanero y despreocupado. A mí me pareció que resultaba estúpido, pero a Sarah, no. Ella bajó las pestañas, se estiró hacia atrás y deslizó el cabello largo por arriba del hombro para que se balanceara sobre las costillas de una manera que a ella le parecía sexy.

—Hola, Will. ¿Cómo está Lisa? —Sarah se movió más cerca de mí para que William pudiera sentarse del otro lado.

—Huele a café. Pero eso es bueno, porque a mí ne gusta el café. Louis, ¿por qué no vas a casa y me preparas un poco?

—Cierra la boca. Tú deberías hacerme café a mí. Acabo de conseguir dinero para que compremos comida y volvamos a tener teléfono —hice una pausa dramática—. Un desconocido contestó el aviso y quiere alquilar la casa de huéspedes.

—Estás bromeando. ¿Esa tonta idea realmente funcionó? —levantó la mano y luego la dejó caer en el muslo de Sarah, quien sonrió.

Me estiré y le aparté la mano de un golpe.

Si Sarah hubiese sido varón, mi hermano y ella serían mejores amigos. Pero William nunca sería amigo de una mujer, aún cuando le gustaban las mismas cosas: como encerrarme en armarios con chicas torpes de la escuela o quemar los libros que estaba leyendo.

William y Sarah habían andado juntos desde que ella se mudó aquí. Antes, había vivido en Texas, Oregón, Montana... aparentemente, donde se necesitaran los servicios de sus padres bibliotecarios.

Cinco años atrás, justo después de que murió Tessie, mis padres se quedaron sin un centavo y tuvieron que vender dos hectáreas y media de bosque de nuestras tierras. El padre de Sarah había crecido aquí, de modo que compró la tierra, construyó una pequeña cabaña, se mudó a Wave Town con su familia y se encargó de manejar la biblioteca del pueblo con su mujer.

Sarah se apretó más contra William y él volvió a apoyar la mano en el muslo de ella, todavía más arriba que antes.

—Paren con eso, los dos. Estoy sentado al lado de ustedes.

William rió.

—¿A quién le importa? Quiero saber quién es ese desconocido. ¿Joven? ¿Viejo? ¿Ya te pagó? ¿Dónde está el dinero?

—Sí, me pagó. Y no, no vas a ver ese dinero ni de cerca. Esta tarde compraré alimentos.

—Se llama Harry Styles —acotó Sarah—. Y Louis decidió que se enamorará perdidamente de él.

—Eso no es ni remotamente cierto —dije, lanzándole mi mirada penetrante de sabiondo—. No puede estar más lejos de la verdad.

Pero Sarah tenía toda la razón, y ambos lo sabíamos.