El rey Demonio


TRAMPA


«Un tesoro tan raro que casi parece sacado de una fábula...»

Naruto pisó el acelerador de su McLaren y atravesó el camino desierto, los faros del coche cortando la niebla de los pantanos. La locura que hervía en su interior, aquella inexplicable tensión, había alcanzado niveles insoportables.

Toneri podía morir.

Ciento sesenta kilómetros por hora. Ciento ochenta...

Una espada forjada por Momoshiki el Herrero.

Naruto había esperado tanto tiempo que llegara ese momento que le costaba creer que por fin lo hubiera alcanzado. Aunque no confiaba en el demonio Pogerth, Naruto sí confiaba en su aliada, la valquiria Mito, la adivina que había organizado el encuentro.

Mito le había dicho a Naruto que ésa sería la última oportunidad que tendría de matar a Toneri. Una de dos: o lo conseguiría o sucumbiría a él para siempre.

Y por fin los dioses le decían que era posible vencerlo, aunque el precio que exigía Momoshiki a cambio de la espada era algo imposible de conseguir. O eso parecía.

Doscientos veinticinco kilómetros por hora.

A pesar de que ya hacía varios minutos que Naruto había colgado el teléfono, después de hablar con su hermano, seguía apretando la mandíbula. Su hermano, el ser en quien menos se podía confiar de todo el universo, le había informado de que ya estaba en posesión del objeto que Momoshiki había exigido a cambio de la espada.

Su hermano había accedido de mala gana a reunirse con Naruto en el lugar de siempre, al norte de Nueva Orleans, con la cosa en cuestión, pero a éste todavía le faltaba una media hora de camino; tiempo de sobra como para que su hermano se echase atrás..., si es que no lo había hecho ya.

Con ese pensamiento, Naruto pisó el acelerador y se puso a doscientos sesenta por hora. «No voy lo bastante rápido.» Daría su mano derecha a cambio de poder teletransportarse de nuevo. Toneri había bloqueado la capacidad de rastreo, o teletransportación, de Naruto y Su hermano. El rey demonio jamás se había sentido tan frustrado como en esos momentos. «Hay mucho en juego.»

Sí, Su hermano había encontrado el objeto, pero no le hacía ninguna gracia entregárselo a él.

«Huirá.» Naruto tenía que llegar antes de que eso pudiera pasar. Estuvo mucho rato pensando en su hermano, convencido de que Menma volvería a decepcionarle. Doscientos setenta y cinco... Naruto estaba dispuesto a morir por su pueblo. ¿Por qué su hermano no?

Unos ojos lo miraron por encima de los faros del coche. No pertenecían a un animal. Una mujer. Pisó el freno de golpe, dio un volantazo y perdió el control del vehículo. Los neumáticos chirriaron en mitad de la noche y el deportivo empezó a dar vueltas de campana a toda velocidad. Pero, de algún modo, Naruto consiguió enderezarlo.

—¡Va a frenarlo! —exclamó Hanabi impresionada.

Hinata levantó las manos y farfulló:

—No lo creo.

Justo cuando parecía que el demonio volvía a tener el control del coche, Hinata creó un espejismo en la carretera para ocultar el contrafuerte del puente e impedir que él pudiera verlo.

Naruto se dirigió hacia allí a toda velocidad.

Sonó una explosión, se oyó el ruido del metal al estrellarse, se rompieron los cristales. Columnas de humo salieron del capó y las juntas crujieron. El precioso y brillante coche negro quedó completamente destrozado.

—¿Era necesario que fuera un accidente tan bestial? —preguntó Hanabi, soplando hacia arriba para apartarse un mechón de pelo de la cara. —No creo que ahora esté de humor para una cita romántica.

—Eras tú quien estaba gritándome que lo detuviera.

Hacía un rato, cuando Hinata oyó el suave ronroneo del coche al acercarse, hizo invisible a su hermana y creó un espejismo con un coche averiado en la carretera, con el capó levantado.

Una dama en apuros incapaz de arreglar su propio coche. Un tópico ridículo pero necesario.

Al ver que Naruto no se detenía, levantó los brazos, pero él siguió adelante. Negándose a que la ignorara, Hinata se mostró con su verdadero aspecto y se colocó justo delante del coche. Y Naruto dio un volantazo para no atropellarla.

—Además, es un demonio —prosiguió. —Los demonios son muy resistentes... y sensuales. Se abrió la puerta del coche y entonces Hinata señaló:

—¿Lo ves? ¿Qué te decía?

Pero Naruto no salió del vehículo.

—¿Por qué tarda tanto? —preguntó Hanabi con telepatía, mordiéndose las uñas mientras hablaba de ese modo silencioso. —¿Y si hemos atraído a los vrekeners?—A pesar de que habían pasado tantos años, esos monstruos seguían persiguiendo a las hermanas.

Todavía tenemos tiempo —respondió su hermana por el mismo medio, aunque estaba impaciente por ver al hombre al que iba a entregarse, uno de los líderes más respetados de la Tradición.

Hinata había leído todo lo que se había escrito sobre Naruto y estaba al tanto de todos los detalles de su historia. Tenía mil quinientos años, cinco hermanos, de los que quedaban vivos un macho y dos hembras, y había sido guerrero mucho antes de heredar inesperadamente la corona de Villagelina.

También sabía el aspecto que tenía: era alto y fuerte, con el rostro con cicatrices causadas por la guerra, y unos intensos ojos azules que se volvían rojos cuando el demonio sentía furia... o deseo y amarillos cuando luchaba. Al ser un demonio de la ira, tenía unos pequeños cuernos pegados a la cabeza. Uno se le había roto antes de convertirse en inmortal.

«Mmm. Cuernos.» Y, si su plan salía según lo previsto, en cuestión de horas su cuerpo lo acogería en su interior.

Si no, siempre podía recurrir al veneno que guardaba en su anillo. Debajo del rubí ocultaba un somnífero que la hacedora de venenos y pociones del castillo, le había preparado en el sótano. Los demonios eran muy susceptibles a ambos mejunjes.

A Hinata no le hacía ninguna gracia tener que drogar a Naruto, pero lo haría de ser necesario; haría cualquier cosa para llevárselo a la mazmorra que tenía preparada para él...*, una de la que no podría escapar a pesar de toda su fuerza demoníaca.

La celda estaba a pocos metros de donde se encontraban.

Hanabi había abierto un portal justo encima y las había hecho aparecer en la carretera. Para ocultarlo, Hinata había creado el mayor y más complicado espejismo de toda su vida, y había conseguido que la mazmorra pareciera formar parte del camino por el que circulaba el coche de Naruto.

Después de lo que pareció toda una eternidad, el demonio salió de entre el amasijo de hierros. Hinata se dio cuenta de que, sin ser consciente de ello, hasta entonces había estado conteniendo la respiración.

Allí estaba.

En verdad era alto, y sus hombros eran anchos. Tenía el pelo rubio como el sol. Los cuernos le nacían en lo alto de la frente y se pegaban a ambos lados de su cabeza, y, al ser del color de las conchas, pasaban casi desapercibidos. Y sí, uno tenía la punta rota.

Naruto se tambaleó al dar los primeros pasos, pero no parecía estar malherido. No se veía sangre por ningún lado.

Hinata arqueó una ceja y Hanabi le dijo con telepatía:

Tu demonio... da miedo.

Iba a corregirla y a decirle: «No es mi demonio», pero la verdad era que durante un tiempo sí lo sería.

Sí, lo da.

A juzgar por su aspecto, Hinata habría dicho que se trataba de un asesino a sueldo o de algún otro tipo de criminal. Cosa rara, pues se suponía que Naruto era la razón personificada, un líder sabio al que le gustaba resolver los conflictos dialogando y descubrir la solución de los misterios más complejos.

En la Tradición, se decía que de su boca jamás había salido una mentira. Lo que debía de ser una mentira en sí misma.

—¿Vas a tratar de seducirlo o lo meterás en la celda sin más?

Voy a tratar de seducirlo. Si se da cuenta de que lo estamos capturando, podría ponerse en plan demoníaco. —Se alisó el vestido azul claro con las manos.

Estás muy bien —dijo Hanabi. —Pareces muy dulce. Tos tonos pastel siempre ponen a los machos a cien.

Esos comentarios son del todo innecesarios, Hanabi.

Como Hinata no quería que Naruto supiera que era una hechicera, se había puesto un vestido elegante pero bastante soso. Estaba convencida de que no le haría ningún mal aparentar ser recatada. Seguro que al demonio le gustaban las hembras así.

De hecho, más le valía. Exceptuando el anillo, no llevaba ni una joya en todo el cuerpo. E iba sin maquillar. Se había soltado la melena, que le caía hasta la cintura, y no llevaba ningún adorno en el pelo. Todo eso a Hinata no le gustaba nada.

—¿Estás segura de querer seguir adelante con esto? —preguntó Hanabi. —¿Estás decidida a dejar que te manosee uno de nuestros enemigos?

Completamente —respondió su hermana con la mirada fija en su presa.

Un objetivo, una meta, una posibilidad se abría ante ella.

El demonio retrocedió un par de pasos y se agachó para inspeccionar los desperfectos. Soltó un silbido al ver el destrozo, pero pronto apartó la mirada del coche.

—¿Hay alguien ahí? —gritó. Se estaba recuperando rápidamente del choque. Tenía los hombros echados hacia atrás y la barbilla levantada, en una pose indiscutiblemente majestuosa. —¿Está herida?

Hinata no respondió, sino que dejó que la voz de él la envolviera. Era agradable, con el acento británico típico de los demonios de la ira.

Naruto se volvió hacia ella y sacó un móvil del bolsillo para mirar la pantalla.

—¡Maldición! —le oyó exclamar. En aquella zona no había cobertura.

El demonio llevaba una chaqueta negra encima de un fino jersey también negro, que se pegaba a su torso. Las prendas eran de corte sencillo, pero se veía a la legua que eran carísimas. Hechas a medida, por supuesto. No cualquier ropa podía quedarle bien, con aquella espalda y aquellos hombros.

Tenía una cicatriz en la cara que le iba de la frente a la mejilla. Habría sido herido antes de quedar «petrificado» en su cuerpo inmortal, pues de lo contrario se le habría curado sin dejar rastro. A juzgar por su aspecto, Naruto debía de tener unos treinta y uno o treinta y dos años cuando se convirtió en inmortal.

La cicatriz le daba un aire peligroso que no encajaba con su porte ni con la ropa cara, y pasaba lo mismo con los cuernos, los colmillos y las garras negras...

Ya me acostaré yo con él —dijo Hanabi.

Dado que tú te acuestas con cualquiera, tu comentario no tiene sentido.

Estás celosa.

Sí, sí lo estaba.

Cuando Naruto levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Hinata, ésta vio que eran los más azules que había visto nunca.

Vete —le dijo a su hermana. —Prepárate para cerrar el portal detrás de nosotros. Cuando lo capture, ve a Toneri y dile que la misión ha sido un éxito. Dilo en voz alta, para que se enteren todos los idiotas de la corte.

Lo haré. A por él, tigresa.

Una vez Hanabi se hubo ido, Hinata se concentró por completo en Naruto. Éste entrecerró los ojos cuando ella retocó el espejismo para que la noche tuviera un aspecto onírico. Hizo que las estrellas brillaran más, que la luna pareciera más llena. Con el cejo fruncido, el demonio se le acercó.

Podía ver cómo la miraba. Su vista fue de su melena hasta el recatado vestido que, debido a la humedad de la noche, se le había pegado al cuerpo. Cuando los ojos del demonio se detuvieron en sus pezones enhiestos, lo vio pasarse la mano por la boca.

«Ha llegado el momento de dirigirlo hacia el portal.» Hinata echó a andar alejándose de Naruto.

—¡No, espera! —dijo él. —¿Estás bien?

Hinata se dio la vuelta pero siguió avanzando de espaldas hacia la trampa.

—No te haré daño. —El demonio corrió a su lado. —¿Tu coche está cerca?

—Necesito tu ayuda —dijo ella, fiel a su papel de damisela en apuros.

—Por supuesto. ¿Vives cerca de aquí?

Por fin estaban lo bastante próximos al portal.

—Necesito tu ayuda —repitió Hinata, pasando detrás de lo que parecía un sauce a la orilla de un río, pero que en realidad existía sólo en el espejismo que ocultaba la mazmorra.

El demonio la siguió hasta allí, y ella vio que el portal se estaba cerrando tras ellos. La trampa había funcionado, y él no se había enterado.

—Tengo que ir a la ciudad —dijo Naruto. —Pero regresaré a ayudarte.

Sin poderlo evitar, Hinata desvió la vista hacia la cicatriz de su rostro... Era la primera vez que se la veía tan de cerca.

Él se dio cuenta y pareció esperar algún tipo de reacción por parte de ella.

A Hinata, la cicatriz no le molestaba tanto como parecía molestarle a él, y decidió utilizar eso contra el demonio.

Naruto no era en absoluto como lo había imaginado. Era mucho mejor. Y si se quedaba mucho más rato mirando aquellos intensos ojos azules suyos, terminaría por olvidar quién era. Entonces se acercó a él, que, desconfiado, dio un paso atrás.

—Necesito tu ayuda ahora —se apresuró a decir ella.

Cogiéndole una mano entre las suyas, se la llevó a los labios y la besó, y luego la colocó encima de uno de sus pechos.

Como si no fuera consciente de lo que estaba haciendo, Naruto gimió y se lo acarició.

—Esto es lo que necesito —murmuró Hinata, arqueándose contra él.

—Y los dioses saben que quiero dártelo, pero antes tengo que...

—Te necesito... —Le cogió la otra mano y la colocó en la parte interna de un muslo. —Ahora.

Naruto cerró los dedos sobre el pecho y se aferró al muslo con fuerza, como si su vida dependiera de ello. Pero, a pesar de todo, parecía decidido a irse de allí. Hinata trató de leerle la mente, pero los demonios podían bloquear dichos ataques. Sólo pudo percibir el eco de sus pensamientos, y eso porque eran muy, muy fuertes.

«Hace tanto tiempo que no estoy con una mujer... no puedo... tengo responsabilidades...»

¿Exactamente cuánto tiempo? ¿Y quién se creía que era para atreverse a rechazarla? ¿Por «responsabilidades»?

El rechazo era de lo más intrigante.

Hinata sabía que a los demonios les encantaba que les acariciaran los cuernos, que les fascinaba que sus parejas se los tocaran antes de hacer el amor. Los de Naruto se habían erguido y se estaban oscureciendo a medida que se excitaba, así que levantó una mano y rodeó con los dedos uno de ellos.

Él se estremeció de placer.

—Bésame, demonio. —Tiró del cuerno hasta conseguir que inclinara la cabeza.

Cuando sus labios se encontraron, Naruto gimió desde lo más profundo de su garganta.

«.. .Siento una conexión con ella, tal vez sea...»

Sí, por fin Naruto comprendió lo que era ella para él y lo que eso significaba. «Ahora todo irá sobre ruedas.»

El rey demonio empezó a besarla, enredando la lengua despacio con la suya. Hinata tuvo la impresión de que estaba haciendo verdaderos esfuerzos por ser delicado. Seguramente tenía miedo de asustarla. Pero cuando por su parte fue al encuentro de la lengua de él, devolviéndole la caricia, sus manos se aferraron a sus nalgas y la empujó contra su más que considerable erección.

Así que lo que se decía sobre los demonios no era una exageración.

Naruto movía las caderas en busca de las de ella, que pensó: «Esto está mucho mejor». Cuando los hombres se ponían en ese plan, perdían la capacidad de razonar.

Se relajó un poco y empezó a disfrutar del beso. El demonio sabía muy bien, tenía los labios firmes y sabía cómo utilizarlos. Siguió besándola de ese modo tan demoledor y explorando su cuerpo.

Pero, al excitarse, Hinata convocó el espejismo del fuego. Si él veía las llamas, descubriría su identidad. Justo cuando empezaba a preocuparse por haber reaccionado con tanta intensidad a sus besos, Naruto se apartó de ella.

—Yo... no puedo hacer esto ahora. Tengo que reunirme con alguien. Hay mucho en juego.

¿Lo decía en serio?

—Hazme el amor —susurró, acercándose más a él. —Aquí. Bajo este árbol, bajo la luz de la luna. Te necesito. —Y era verdad.

—No. Tengo que cumplir con mis obligaciones —contestó con voz dura y pensamientos encontrados, debatiéndose consigo mismo.

«... Es tan guapa... Mi sexo ansia penetrarla... Mis cuernos... ¡No! Las necesidades del reino se anteponen siempre a las del monarca...»

Se suponía que Naruto era paciente y cauto. Y ahora Hinata podía añadir generoso a esa lista de virtudes.

El demonio dio un paso atrás y ella se quedó boquiabierta. «Va a rechazarme.» Le había ofrecido su cuerpo, le había suplicado que le hiciera el amor y la estaba rechazando.

Sorprendente. Lo único que a Hinata le gustaba más que urdir un buen plan era que la sorprendieran. Naruto se le había resistido. .. a la compañera que el destino le había elegido.

—Entonces, no me dejas elección, Naruto.

Este frunció el cejo al oír su nombre de labios de ella, Hinata borró el espejismo. La carretera y la luna desaparecieron de forma gradual, dejando al descubierto la mazmorra infranqueable. Entonces, Naruto se dio la vuelta y lo comprendió todo.

—Eres la hermana de Toneri y Momoshiki, Hinata, la Reina de los Espejismos.

—Muy bien, demonio.

La mirada de deseo desapareció de su rostro, que ahora reflejaba sólo disgusto.

—Muéstrate tal como eres.

—Soy así. —Se pasó las manos por los pechos hasta llegar a la cintura. —Y me alegro mucho de que mi cuerpo te guste tanto.

«Aunque no lo suficiente...»

—¿Por qué me has hecho esto, Hinata? —preguntó él, sin ocultar que trataba de mantener a raya su temperamento.

Ella señaló la cama que había en el centro de la celda... con esposas y cadenas en el cabezal y en los pies.

—¿Acaso no es evidente?

—No, no es evidente. —Naruto desvió la mirada de la cama hacia la hechicera que tenía delante.

Un montón de pensamientos se agolparon en la mente del demonio, varias teorías que desechó al instante. «Una cama con cadenas.» Hinata no había podido seducirlo por las buenas, ¿y ahora pretendía hacerlo por las malas?

Al notar que la idea le resultaba sorprendentemente erótica, dio por seguro que la hechicera lo había embrujado. Tenía que ser eso. Había visto desaparecer la carretera ante sus ojos, había visto cómo se movía el contrafuerte del puente. Aquella mujer tenía un poder inimaginable y, por algún motivo, había decidido ir a por él.

Naruto estudió la mal iluminada estancia. Se trataba de una celda bastante grande. Una que conocía a la perfección, pues él mismo había hecho encerrar allí a sus presos cuando ocupaba el trono del castillo de Konoha,

«Me ha encerrado en mi maldita prisión.»

Volvió a mirarla y ella le sostuvo la mirada. Tenía unos ojos extraños, perlas grises. Se sentía incapaz de dejar de mirarlos.

—Me has traído a Konoha, así que supongo que estás con Toneri.

—Así es —ronroneó.

«Estoy en mi propia cárcel, prisionero de mi peor enemigo.»

—¿Y cuándo podré verle? —preguntó entre dientes.

—No le verás. No hace falta. A la única que tienes que ver es a mí.

—Explícame exactamente en qué consiste tu plan —exigió, maldiciéndose por reaccionar de aquel modo ante ella.

Él jamás había sentido una atracción tan fuerte hacia ninguna hembra de ninguna especie. Al besarla, se había quedado absorto de placer, e incluso había llegado a pensar que ella podría ser su reina.

A Naruto le había preocupado lo que semejante beldad pudiera pensar de su cicatriz, igual que ser mucho más alto y fuerte que ella. Había intentado por tanto ser dulce y delicado a la hora de besarla. Y, mientras, la hechicera le había estado tendiendo una trampa.

—Mi plan —empezó Hinata como quien recita una lección— consiste en quedarme embarazada de tu heredero.

Naruto se quedó boquiabierto. Sólo de oír esas palabras se había excitado por completo, y su instinto demoníaco empezó a despertarse. Aquella mujer de pechos turgentes y dulces labios deseaba tener un hijo suyo, quería tener relaciones sexuales con él.

«Me ha embrujado. Tiene que ser eso.»

El demonio había pasado mucho tiempo estudiando a la familia de Toneri, había leído cientos de libros sobre los medio hermanos del brujo. Éste los había matado a casi todos después de robarles sus poderes. Pero a unos pocos se los había llevado a vivir con él.

«¿Qué he leído sobre esta hechicera?» Se la conocía con el acertado nombre de la Reina de los Espejismos. Naruto había caído víctima de uno muy logrado. A pesar de que aparentaba tener veinte y pocos años, en realidad debía de tener varios siglos.

Se decía que era incluso más malvada que Toneri.

—Hinata —dijo, echando mano de toda su paciencia, —hablemos de esto como seres razonables. —Razonable era del único modo en que no se sentía. —¿Qué pretendes conseguir con todo esto?

—Si tengo a tu heredero, acallaré hasta al último de los rebeldes demonios de la ira.

La idea de que dichos rebeldes significaran una amenaza para el poderoso Toneri era alentadora. Hasta entonces, Naruto estaba convencido de que el sádico régimen del brujo había acabado con ellos.

—Tu plan tiene dos fallos.

—Explícate, demonio.

—Uno, mi cuerpo no... genera semen. —Un demonio de la ira podía sentir placer durante las relaciones sexuales, pero no eyaculaba hasta que hacía el amor con su compañera. —Sólo lo hará cuando me acueste con aquella que el destino...

—Soy yo —lo interrumpió ella mirándolo a los ojos, y Naruto se dio cuenta de que lo decía convencida.

Toneri tenía oráculos, más o menos similares a Mito, a su servicio. «Quizá Hinata sepa más que yo...»

Negó con la cabeza con fuerza, pero tenía la boca seca. A lo largo de mil quinientos años jamás se había sentido tan atraído por una hembra. ¿Y si era ella? ¿Y si por fin había encontrado a la reina que había estado esperando durante tanto tiempo? ¿Y si resultaba ser la hermana de Toneri?

—El destino no puede ser tan cruel.

—Al destino todo le da igual —respondió ella enarcando una ceja.

—¿Qué posibilidades hay de que mi compañera esté emparentada con mi peor enemigo?

—El padre de Toneri vivió durante más de mil años, y engendró cientos de hijas. —Se acercó a él con cautela. —Hace quinientos años, una oráculo le dijo a Toneri que una de sus medio hermanas, la Reina de los Espejismos, sería tu mujer, y que tendría a tu heredero en tiempos de guerra. Después de escuchar la predicción, él me buscó porque sabía lo que en el futuro iba a significar para ti. Y yo me he limitado a quedarme en Konoha esperando el momento.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué lo estás haciendo ahora?

—Pensaba seducirte poco a poco —le explicó, ladeando la cabeza. —Pero nos enteramos del plan que habíais tramado tú y Momoshiki, y tenía que evitar que consiguieras reunirte con tu hermano, Su hermano el Hacedor de Reyes.

¿Conocía Hinata los detalles específicos de su plan? Aquella misma noche, él le había dicho a su hermano que, si Toneri se enteraba de lo que estaban tramando, no se detendría ante nada para impedirlo. Naruto no tenía ni idea de que su enemigo tenía a aquella hechicera tan poderosa de su parte.

—¿Qué sabes de mi plan?

—Más de lo que crees —respondió ella. —Yo siempre sé más de lo que nadie cree que sé.

¿Sabía que por fin habían dado con una arma capaz de matar a Toneri? ¿Que Naruto había pisado a fondo el acelerador a causa de lo impaciente que estaba por reunirse con su hermano y poder ir juntos a negociar con el psicópata de Momoshiki? Seguro que sí.

A esas horas, Su hermano debía de estar ya en el punto de encuentro, preguntándose dónde diablos se habría metido su hermano mayor. El hermano que nunca llegaba tarde, el que nunca faltaba a sus deberes.

—Aun en el caso de que seas mi compañera, Hinata, jamás haré el amor contigo.

—Oh, sí que lo harás. —Sus labios esbozaron una sensual sonrisa y a Naruto se le aceleró el corazón. —Una y otra vez, hasta que me des lo que te he pedido.

«Una y otra vez.» Acariciar aquel cuerpo tan suave, descubrir su pálida piel... «¡No! ¡Resiste!»

—¿Cuál es el segundo fallo? —Hinata se acercó a la cama y, con delicadeza, se sentó en un extremo. Su melena oscura cayó hacia adelante y su aroma envolvió al demonio. —Has conseguido despertar mi curiosidad.

Naruto se reprendió a sí mismo por esos últimos pensamientos.

—Para que mi heredero sea legítimo, tendríamos que estar casados.

—Lo sé. —Pasó una de sus delicadas manos por la sábana. —Nos casaremos.

Hinata hablaba del matrimonio como si fuera una nimiedad, mientras que a él todavía le daba vueltas la cabeza.

Porque nunca antes se había sentido tan atraído por nadie. Y había sólo una manera de asegurarse de si ella era o no realmente su reina.

—Me prestarás juramento, demonio. Y yo lo aceptaré.

El juramento, las palabras que ligarían al rey de los demonios de la ira con su reina. No hacía falta ninguna ceremonia, ni testigos, bastaba con aquel pacto entre los dos para convertirse en uno solo. Él tendría que reclamarla como suya y, si ella aceptaba la legitimidad de su derecho, entonces se convertiría para siempre en su reina.

—Mi gente jamás reconocerá un matrimonio por la fuerza, ni ninguna unión que sea fruto de hechizos o pociones.

—Naruto, seamos francos. Considerando cómo reaccionas solo con verme —le señaló con disimulo la erección, —¿de verdad crees que me hará falta recurrir a un hechizo?

Él apretó la mandíbula, incapaz de negar lo obvio.

—Supongo que cuando haya nacido nuestro hijo me matarás.

«Nuestro hijo.» Él jamás había dicho esas palabras en toda su vida. Incluso Hinata ladeó la cabeza al oírlas.

La hechicera sonrió con lentitud, y su sonrisa iluminó la habitación y Naruto se quedó sin aliento. ¿Se habría dado cuenta ella?

—Bueno, no sería una hechicera demasiado malvada si no lo hiciera, ¿no te parece?

—Entonces, hay una cosa que sí te puedo asegurar: jamás conseguirás que te preste juramento. —Entonces, no me acostaré contigo hasta que lo hagas.

Al oír eso, Naruto por fin lo comprendió todo. Hinata lo atormentaría sexualmente hasta conseguir que dijera las palabras. ¿Por qué toda la sangre del cuerpo se le concentraba en la entrepierna sólo de pensarlo?

Aquella criatura estaba llevándolo al borde del placer una y otra vez.

Se imaginó la lucha de voluntades que se entablaría entre los dos, las consecuencias... Un montón de fantasías se agolparon en su mente, pensamientos que en general Naruto solía acallar. Secretos que hacía tiempo que ocultaba y que había negado toda la eternidad.

—Todo esto es una pérdida de tiempo —dijo él, pero no pudo evitar que la voz le sonara ronca.

—¿Por qué estás tan seguro de que no puedo hacerte hacer lo que quiera a cambio de recibirte en mi cuerpo?

«Porque hay mucho en juego.» Naruto jamás había estado tan cerca de su objetivo como en aquellos momentos.

Tenía que escapar de allí y encontrar a su hermano antes de que éste "hiciera algo monumentalmente equivocado. Su hermano era un mercenario que acababa de encontrar lo que había estado buscando durante toda la vida.

—Antes no has conseguido alejarme de mi deber, y entonces ni siquiera sabía quién eras.

«Hazte el duro, Uzumaki.»

Hinata se puso en pie y echó los hombros hacia atrás.

—Todavía no has visto todas las armas con las que puedo tentarte —dijo, tirando de la cinta de su corpiño.

El vestido se abrió y cayó por encima de sus pechos para deslizarse luego hacia su cintura y caer junto a sus pies.

Lo único que quedaba en el exquisito cuerpo de la hechicera era una finísima tela de seda blanca que le cubría los pechos, y las braguitas más pequeñas que el demonio había visto jamás.

Naruto entreabrió los labios y tuvo la sensación de que su erección iba a romperle los pantalones. Con los ojos resplandecientes, Hinata irguió la barbilla, consciente del efecto que estaba teniendo en él.

Si aquella mujer no fuera tan malvada, sería gloriosa.

«Cuando consiga escapar de aquí, me la llevaré como botín de guerra», decidió él en aquel preciso instante. Y no tendría ningún reparo en utilizarla para salir de aquella mazmorra..

.

.

Continuará...