El rey Demonio
AGUA A LA BOCA
Hanabi se dirigía hacia la corte, absorta, escuchando su iPod. Unos meses atrás, estaba en otra dimensión, sentada en una tienda de electrónica, mirando la codiciada televisión por cable. Daban un reportaje sobre los delfines en cautividad.
Cuando los animales parecían estar aletargados y aburridos, sus entrenadores metían pescado en recipientes varios, de forma que ellos debían ingeniárselas para abrirlos y acceder así al pescado.
Recordó que entonces había pensado que Hinata se parecía a uno de aquellos agotados delfines, que no podían nadar libremente ni cazar por su cuenta.
Su hermana había sido convertida en una asesina, pero no tenía a quién matar, una superviviente de una inexistente catástrofe. Lo que hacía de ella una bruja agotada. Lo había sido durante siglos.
Pero esa noche, cuando su hermana había mirado a Naruto, Hanabi se dio cuenta de que había sido como si le hubiesen enseñado un recipiente, del tamaño de un demonio, lleno de pescado. Al fin...
Para llegar de las mazmorras a la corte, la joven tenía que caminar al aire libre, y la noche parecía burlarse de ella, reavivando viejos temores.
«¿Qué narices es eso?» Creyó oír un ruido por encima de la música.
Se quedó inmóvil un instante, escuchando concentrada. Sólo silencio. «Me estoy volviendo loca.»
Sus nervios se la estaban jugando; tenía que ser eso. No ayudaba que en su iPod hubiera seleccionado Don't Fear the Reaper y 24, de Jem.
«El sol dorado se pone, aunque yo envejezca, no iba a ser...»
Hacía semanas que estaba pensativa, temerosa de que Thronos la encontrase cuando cambiaba de dimensión. O que, Dios no lo quisiera, descubriera cómo saltar a la dimensión de Villagelina.
Cuando Hinata había creado el complicado espejismo de aquella noche, Hanabi se preguntó cómo no había llamado la atención de los vrekeners. No podía evitar estar asustada, aunque su hermana se enfadase al verla así. Había algo que la acechaba en el horizonte, y sabía que no era bueno.
Una vez llegó al vestíbulo principal, se apresuró hacia la entrada de la corte. Allí, dos zombis estaban de guardia frente a los grandes portones. Al acercarse ella, abrieron sin mirarla.
Odiaba tanto ir a la corte como estar fuera de allí. Al pasar junto a los miembros de la corte, éstos susurraron a su espalda, tapándose la boca con la mano, tratándola como si fuera una forastera a pesar de ser de la misma sangre que Toneri.
Hanabi era una princesa del reino, y una de las seis grandes torres del castillo de Konoha era suya. Aun así, ellos la trataban igual que lo hacía su medio hermano.
Las invidia, con sus salvajes cornamentas, los látigos colgando de sus cinturones y sus pezones en forma de estrella, se reían de ella. Las undines, ninfas malignas de cuerpo pintarrajeado, se burlaban en cambio abiertamente.
Los libitine, cuatro zombis alados portadores de muerte, fruncieron el cejo e inclinaron la cabeza cuando Hanabi pasó por delante. Para divertirse, forzaban a los hombres a autocastrarse a cambio de no matarlos. No podían entender la necesidad de ella de tener compañía masculina.
Supuso que, a la hora ganarse su respeto, no le había ayudado nada el hecho de haberse tirado al noventa y siete por ciento de los machos que allí había, excepto, claro está, a los zombis que protegían las puertas. Matemáticamente, se podía decir que Hanabi era el equivalente al putón del instituto.
Nunca había ido al instituto, pero había visto películas como Grease, en las que se hablaba de eso.
No le había gustado ninguno de sus amantes, pero le encantaba el sexo, montones de sexo, y bueno, quizá estaba loca, pero una vez un macho le robó sus poderes en pleno orgasmo, y ella no iba a dejar que volviera a pasarle algo así.
Hinata le había suplicado que no se acostara con hechiceros, pero a los vampiros sólo les interesaba su sangre, y los demonios y centauros eran considerados como animales. ¿Y el resto de criaturas? Espeluznaaaaantes.
Pasó junto al enigmático vampiro Sasuke, que había servido como general en su ejército, comandando un regimiento de viciosos vampiros caídos. Conocido como el Enemigo de la Tradición, con su cabello y ojos oscuros que a veces eran rojos.
Era uno de los pocos vampiros que conocía que estaban interesados en el sexo aparte de en la sangre. Aun así, no tenía la mínima intención de darle a Hanabi una oportunidad.
Sólo había habido un hombre en toda su larga vida que la había mirado con cariño, aceptándola plenamente. Hanabi se temía tal como indicaban sus libros de autoayuda, que estuviera acostándose con un hombre tras otro buscando encontrar su mirada
Al contrario de lo que Hinata creía, la noche de la muerte de sus padres no había sido la primera vez que veía al joven vrekener.
Pero Thronos se había convertido en su peor enemigo...
Desde su trono, Toneri la avistó y la fulminó con la mirada. Hanabi no sabía qué había hecho para merecerse ese desprecio, pero se había acostumbrado a ello. Hinata le dijo que era porque la temía. Después de todo, si Hanabi consiguiera recuperar sus habilidades, podría hacer que Toneri perdiera la cabeza y olvidara cómo controlar sus poderes.
La oráculo trescientos ocho le había dicho a la joven que «un peligroso incidente provocado» despertaría su persuasión una vez más. A pesar de que ya había pasado medio milenio desde entonces, Hanabi seguía esperando impaciente el momento.
—¿Qué novedades me traes? —preguntó el brujo cuando ella llegó al pie de la escalera del estrado.
Como era habitual, Shion sonreía frívolamente a su lado, una imitación barata de Hinata. Aunque los rasgos de la concubina y de Hinata eran similares, Shion se veía insulsa comparada con la glamurosa y bella hechicera.
Hanabi carraspeó. «Hinata se ha ido a cazar demonios y ha conseguido uno con dos cuernos.» No, demasiado displicente. En cambio dijo:—Nuestra hermana ha tenido éxito. Ha capturado al demonio.
Al oír sus palabras, los dedos de Toneri se quedaron blancos de tan fuerte como clavó las garras en los reposabrazos del trono. Shion se percató de la reacción con tristeza.
El brujo fijó la vista en la pared este de la sala, cubierta de tablillas de piedra. Eran contratos, escritos con la sangre de todos aquellos que habían hecho algún pacto oscuro, con las condiciones del mismo inscritas en la piedra para que todos pudieran leerlas.
Los cuatro principales mandos del Pravus habían firmado uno, en el que se juraban lealtad el uno al otro: Toneri, Sasuke, el virrey centauro y el rey de la demonarquía del fuego.
Pero la mirada de Toneri se había posado en la tablilla de Hinata. Era uno de los pactos llamados Santuario, que aseguraba que, mientras ella mantuviera su cuerpo «puro», ningún macho podría «deshonrarla». Durante siglos, había preservado su virginidad de cualquier relación sexual no deseada o «antinatural».
Si una de las tablas se caía de la pared y se rompía, todos sabrían que alguno de los afectados había violado los términos del contrato. Toneri estaba esperando ver cómo se rompía el de Hinata, la prueba de que había tenido relaciones con Naruto.
—¿El demonio está aquí, en mi mazmorra? —preguntó ausente. —¿Desde cuándo?
Hanabi se encogió de hombros.
—Supongo que hará media hora.
—Veo que tu hermana no lo va a tener tan fácil como pensaba —comentó Shion con una sonrisita.
—No, eso no es cierto, Shion. —Todavía no había pasado nada, pero sucedería dentro de poco. —Estoy convencida de que Hinata se lo está pasando muy bien jugando con él como lo haría un gato con un pájaro con el ala rota...
.
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Naruto se pasó una mano temblorosa por la boca sin darse cuenta de lo que estaba haciendo. Con la mirada clavada en el cuerpo de Hinata, empezó a acercarse a ella lentamente, con pasos amenazadores. Sus ojos se enrojecieron, pero no sabía si por deseo, rabia o ambas cosas.
Ella estaba convencida de que intentaría escapar, seguramente utilizándola como rehén, a menos que pudiera seducirlo para que se olvidara de ello. Todavía creía que tenía alguna posibilidad: el demonio no podía evitar que su cuerpo reaccionase al verla. El dilema se reflejaba claramente en su cara: no sabía si hacerla suya o matarla.
—¿Qué esperas ganar con esto?
—Ya te lo he dicho.
—No, tú personalmente. Con tus sensuales miradas. ¿Por qué motivo desearías casarte con un demonio y tener un hijo con él?
—Entrecerró los ojos. —¿Tiene Toneri algo tuyo que te fuerce a hacer esto? ¿Tiene encerrado a algún familiar tuyo? ¿Un... amante?
Hinata hubiera deseado verse forzada a hacer algo así.
—No, no tiene preso a nadie a quien yo quiera. Soy yo quien estaba ansiosa por hacerlo. Y dar comienzo a la profecía.
Hacía siglos que se había dicho que la Reina de los Espejismos daría a luz al heredero del destronado rey de los demonios de la ira; y ese príncipe desvelaría una fuente de inconcebible poder. Si Hinata no lo hacía, el castillo caería ante sus enemigos.
—¿Ansiosa? —repitió.
Antes, el demonio había inhalado profundamente, mostrando más paciencia de la que Hinata hubiera visto nunca antes en un macho. Pero tenía la sensación de qué si la coerción desaparecía, Naruto dejaría de ser razonable y se le acabaría la paciencia.
Podía ver cómo se estaba encerrando en sí mismo. Un músculo de su mandíbula se tensó, y tenía los ojos completamente rojos. En un momento de lucidez, se dio cuenta de que estaba viendo un lado de él que seguramente muy pocos habían visto antes. —No sabes con lo que estás jugando —dijo en un tono muy agresivo.
—Dímelo tú.
—No te saldrás con la tuya.
—¿No? Sólo imagínatelo, Naruto. Puedo darte lo que quieras. Haré realidad cualquier oscuro deseo que tengas.
—¿Qué sabrás tú de mis oscuros deseos?
¿Se le había tensado la voz? Una vez más, Hinata había intentado explorar su mente sin conseguirlo.
El demonio se paró delante de ella, pero no hizo ningún intento de tocarla. Estando tan cerca, se sentía muy pequeña ante su gran altura. Podía percibir el calor que desprendía su cuerpo.
Sin previo aviso, Naruto cogió la tela que cubría sus pechos y se la arrancó. Hinata soltó un suspiro.
—¿Te gustan? —preguntó con voz de femme fatale, mientras intentaba tranquilizarse.
Él miró sus senos con atención, y frunció el cejo a modo de respuesta.
—¿No vas a tocarme? Has esperado toda tu vida para poder acariciar a tu compañera.
Justo en el momento en que ella pensó que él iba a sucumbir, el demonio la cogió por el pelo y, de un tirón, se la acercó hasta que sus miradas se encontraron.
—Una pequeña muchacha como tú no debería jugar con alguien como yo —dijo con otro tirón. Ella apoyó las manos en su ancho pecho. —Vas a perder y, cuando lo hagas, te haré pagar por esto.
—¿Eso crees...?
La interrumpió con un beso brutal. Fue muy diferente a la primera vez, en que él se había esforzado por darle placer. Ahora parecía que quisiera castigarla. Pero a Hinata le gustó la dureza ese beso. Le gustaba que no le tuviera miedo, lo que era habitual en muchos machos.
Sentía que se dejaba llevar, que bajaba las defensas. Cuando la oyó gemir, pareció que también él iba a entregarse; un gruñido surgió del pecho del demonio.
Rozando su torso con sus pechos desnudos, le murmuró al oído:
—Naruto, tócame. Sabes que quieres sentirme otra vez.
Con un gemido de derrota, él así lo hizo. El calor y la textura de sus manos cogieron a Hinata por sorpresa. «Las manos de un guerrero, con las palmas endurecidas de empuñar la espada.» Acariciándole los pechos, la volvió a besar, haciendo que sus lenguas jugaran entre sí.
Cuando le pellizcó un pezón con fuerza, ella soltó un grito de dolor; pero en cambio su cuerpo se inundó de placer.
Menuda sorpresa.
Él le pellizcó el otro pezón hasta que ambos estuvieron hinchados. Entonces pasó las palmas de las manos bien extendidas sobre ellos, moviéndolas arriba y abajo, sus callos raspando su sensible piel.
Naruto echó la cabeza hacia atrás.
—Tus ojos se están volviendo blancos —dijo, con un claro tono de satisfacción masculina. —Te gusta cómo te toco.
«Sí.» No se conocían, él no sabía nada de ella, pero la forma en que la tocaba rozaba la perfección.
Sus pechos se hincharon y endurecieron bajo sus caricias, su sexo se humedeció. Por él. Llevaba tanto tiempo esperando aquello. Esperando al demonio. Estaba tan cerca de por fin saber lo que se sentía al tener a un hombre moviéndose dentro de ella.
—Más, demonio.
Naruto le dio la vuelta, de forma que su espalda tocara su pecho. Seguía acariciándola, y acercó su rostro al suyo; Hinata pudo notar su cálido aliento en la oreja y su enorme miembro rozando sus nalgas.
Una mano de él bajó por el ombligo de ella hacia su sexo. Sus caderas se alzaron invitándolo, pero Naruto se detuvo al llegar a sus braguitas.
—Mmm... Tócame aquí, demonio. —Empezó a temblar de anticipación cuando él continuó. Espejismos de fuego comenzaron a aparecer a su alrededor, pero ella los apagó... con dificultad.
Finalmente, sus fuertes dedos se pasearon por su pequeño triángulo de tela. Naruto ahogó una exclamación de sorpresa al notar que debajo iba completamente depilada.
—Eres tan suave... ¿Te encontraré excitada, bruja? —preguntó con voz grave.
Cuando pasó los dedos por sus resbaladizos pliegues, Hinata gimió de placer. El cuerpo de él se tensó contra el suyo.
—Estás preparada para mí —le susurró.
La acarició y extendió su excitación por todo su clítoris. Entonces la penetró con dos dedos, describiendo lentos movimientos circulares una y otra vez. No dudaba en ningún momento, y todos sus gestos eran deliberados, de cadencia agónicamente lenta.
—No me costaría mucho hacer que te corrieras en mi mano —dijo, moviendo los dedos de forma más agresiva, haciendo que ella cerrara con fuerza los ojos, conteniendo un grito. Estaba a punto, y apenas notó cómo él levantaba el brazo con que la estaba sujetando...
Hasta que notó que le apretaba el cuello, asfixiándola.
Le clavó las uñas en el brazo, pero Naruto no se inmutó.
«No puedo respirar... no puedo...»
—Yo también sé jugar sucio. —El demonio dejó de apretar un instante para que ella pudiera coger un poco de aire. —Llama a un guardia.
—No es necesario... hay uno aquí.
Una ilusión de guardia enmascarado apareció de entre las sombras con la espada levantada, apuntando al cuello del demonio. Éste la dejó ir, apartándola para poderse defender.
Una vez liberada, Hinata abrió su anillo, liberando polvo narcotizante, y se acercó sigilosamente a Naruto. Hizo desaparecer la ilusión y le susurró:—Detrás de ti.
Cuando él se volvió, ella sopló el polvo hacia sus ojos.
—Si te vas a comportar como un animal, tendré que encerrarte como a un animal. La miró lleno de odio.
—¡No!
Y se desplomó.
.
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—Ven a ver mi nueva mascota —le dijo Hinata a Hanabi cuando su hermana regresó de la corte, invitándola a que se sentara para ver cómo los sirvientes desnudaban al demonio.
Allí sólo estaban los sirvientes de más confianza, esclavos inferi, cuyo nombre significa «aquel que mora en el mundo inferior». Hinata tenía docenas de varones y hembras de esa raza a su disposición.
—¡De prisa! —Dio un par de palmadas. —Antes de que se despierte.
Dos esclavos le quitaron a Naruto la chaqueta mientras otro encendía el fuego en la chimenea de la celda. Uno más sirvió un par de copas de vino para Hinata y Hanabi. La fuerza de la costumbre las hizo olfatear el líquido en busca de veneno antes de beber.
—¿Se lo has contado a todos? —preguntó Hinata.
—Sí —respondió su hermana. —¿De qué va todo esto? ¿Por qué todavía está vestido?
Hinata le resumió lo sucedido y terminó diciendo:
—Después de que tratara de estrangularme, lo he drogado.
—Se supone que eres una maestra del engaño, ¿y a pesar de todo ha conseguido atraparte?
—Se le da extremadamente bien besar —contestó su hermana a la defensiva.
—No pareces estar demasiado enfadada.
—Naruto ha hecho lo que yo misma habría hecho en su situación. Si quieres que te diga la verdad, estoy impresionada de que haya sido capaz de ser tan retorcido —añadió, ignorando la mirada que Hanabi le lanzó por encima del borde de la copa. —Este demonio es muy complejo — continuó. —Sospecho que tanto su mente como sus deseos son de los «complicados».
—Qué va. Si casi puedo oírlo decir: «Yo rey demonio, yo querer sexo».
—No, él es... diferente.
—Trata de leerle la mente. Averigua qué fantasías tiene.
—Lo he intentado y, típico de los demonios, tiene un montón de barricadas.
—¿Se ha creído que eres su compañera? —preguntó Hanabi.
—Creo que lo nota, pero que prefiere negarlo. No podrá seguir haciéndolo durante mucho más tiempo. —Lo cual era importante, pues no tenían demasiado. Las hechiceras sólo eran fértiles cada dos meses. Y ella ya estaba llegando al final de ese ciclo.
—Ponedlo en la cama —les dijo a los esclavos.
Esta era un colchón colocado encima de una plataforma de titanio, con esposas clavadas tanto en la cabecera como en los pies.
—Tened cuidado con los cuernos al levantarlo —les recomendó, recordando que los demonios podían segregar un veneno por los extremos de dichos apéndices, capaz de paralizar a cualquier inmortal y de matar a un humano.
Cuando Naruto estuvo tendido en la cama, Hinata señaló Sus pies.
Me parece increíble que no esté dispuesto a acostarse contigo comentó Hanabi mientras los sirvientes le quitaban los zapatos al demonio.
Hinata bebió un generoso trago de vino.
—Ha dicho algo sobre no sé qué obligaciones y responsabilidades.
—¿Y de verdad pretende que te creas que rechaza tener relaciones con una hembra núbil y suplicante por sus «responsabilidades»? Jamás había oído tal cosa. ¿No será que con la edad estás perdiendo el toque?
—Vete a la mierda, hermanita. Lo único que pasa es que tengo que incentivarlo un poco.
—¿Quieres que te dé alguna pista?
Ese tema siempre generaba conflictos entre las dos. Siglos atrás, cuando Hinata entendió que tardaría mucho tiempo en poder estar con un hombre, dio por hecho que Hanabi, para ser solidaria con ella, también seguiría siendo virgen. Cuando se lo dijo, su hermana pequeña tuvo un ataque de risa. Las carcajadas pudieron oírse a kilómetros.
—No soy idiota. —A pesar de que conservara su virginidad intacta, Hinata había hecho un montón de cosas en la cama.
—Ah, sí, Hinata, la reina de las —Hanabi hizo una pausa— caricias clandestinas.
Sí, todos sus encuentros con machos habían sido a escondidas. Envidiaba a esas parejas que podían pasarse horas tumbadas en la cama. Ella, sin embargo, tenía que estar pendiente de que no la descubrieran los vrekeners y de que Toneri no se enterara.
Cuando los inferi le quitaron el jersey al demonio, Hanabi soltó un silbido.
—Vaya, no tiene ni un gramo de grasa.
Hinata se acercó a la cama para verlo mejor, y su hermana siguió impaciente.
El demonio parecía estar en plena forma, tenía los músculos trabajados y bien definidos, pero no demasiado. Afortunadamente, no parecía un culturista.
Por encima del bíceps llevaba una esclava de oro mate. La joya estaba fija allí, como si la llevara desde hacía siglos.
—Mira el tatuaje. —Hinata señaló un punto en su costado donde se veía una marca de tinta negra. —Sigue por atrás. —Lo movió para verle la espalda y descubrió el dibujo de un dragón desplegando las alas.
Se decía que los Basiliscos, dragones antiguos, que vivían en una región de Villagelina llamada el reino de Konoha, eran criaturas sagradas para los demonios.
Era habitual que los demonios varones se tatuaran, pero Hinata no esperaba que Naruto lo hubiera hecho. Le recorrió el dibujo con el dedo y el rígido músculo que había bajo la piel se flexionó con la caricia.
—Se te cae la baba, Hina.
—¿Y?
—Y... bueno, si eres su compañera, tal vez tú también te sientas atraída por él. Tal vez puedas llegar a enamorarte —añadió, con la mirada perdida en el espacio.
Hanabi era una contradicción andante: una hechicera malvada que ansiaba encontrar el amor. Hinata nunca había conocido a nadie que estuviera tan desesperado como ella por encontrarlo. Desde pequeña, su hermana lo había estado buscando con todo su ser. Leía todos los libros de autoayuda que caían en sus manos y devoraba todas las películas románticas que salían en DVD.
—El único amor que soy capaz de sentir es el fraternal —respondió Hinata, —así que considérate afortunada.
Si no se había enamorado en cinco siglos, veía difícil que le sucediera entonces. Hacía tiempo que sospechaba que su capacidad Para amar a un hombre se había desvanecido en alguna de sus muertes.
Además, ella jamás podría confiar en nadie que no fuera Hanabi, y, según la sabiduría popular que emanaba de los libros de su hermana, no se puede amar a alguien en quien no se confía.
—Da igual, el hecho de que yo sea el amor de su vida no implica que él sea el mío. —Las hechiceras no creían en el destino, así que tampoco creían en que hubiera una persona predestinada a estar con otra.
Pero bueno, Hinata tendría que tener cuidado con su prisionero. Encariñarse con él, o con su cuerpo, o con sus besos, podría hacer que todo fuera más... desagradable, cuando ya hubiera conseguido su propósito.
—¿Vamos a por los pantalones? —Hanabi se frotó las manos. —Veamos si lo que dicen sobre los demonios es cierto.
—Oh, sí que es cierto. De hecho, creo que incluso se quedan cortos —contestó. Se mordió el labio inferior. Naruto todavía estaba semierecto, y ella no sabía si quería que alguien más lo viera en ese estado. —Dejadnos solas —les dijo a sus sirvientes.
Cuando éstos así lo hicieron, Hinata cogió la cintera de los pantalones de Naruto, pero se paró cuando ya tenía los dedos encima del botón de la bragueta.
—Creo que se los dejaré puestos. Así podré quitárselos luego con un golpe de efecto.
Hanabi levantó las cejas al percibir el sentido de propiedad su hermana.
—¿Qué? —preguntó ésta a la defensiva. —Lo único que pasa es que no quiero que tenga frío. —Se centró en sujetar las muñecas del demonio al cabezal.
—Ya —respondió Hanabi. —Te estaré observando. —Cerró las esposas que había en los pies de la cama alrededor de los tobillos del prisionero.
Con Naruto ya inmovilizado, Hinata se acercó a su hermana y ambas se quedaron observándolo.
Sus anchos hombros parecían ocupar todo el colchón, y su torso se estrechaba con elegancia hacia la cintura. El vello que le cubría los brazos, y el ombligo era oscuro, pero tenía destellos dorados que brillaban sobre su bronceada piel.
—Es... Hina, es magnífico —suspiró Hanabi. —Tienes a tu propio demonio como esclavo sexual para hacer con él lo que te apetezca. ¡Yo también quiero uno!
—Sí, pero todavía tengo que convencerlo de que acepte el papel. Y no me queda demasiado tiempo.
Su hermana asintió ya más seria.
—Hay una cosa que no hemos tenido en cuenta... ¿Y si resulta que Naruto es el único ser capaz de anteponer el deber a la lujuria? ¿Y si es capaz de mantener sus promesas pase lo que pase?
—No existe tal individuo —respondió Hinata sin dudarlo.
—No sé. Tal vez Naruto sea tan honorable, tan de los buenos, que alguien no pueda tentarlo.
—¿Estás poniendo en duda mis técnicas de seducción? —Shion ya la había retado públicamente en ese aspecto. —¿Qué te parece si nos apostamos algo?
—Acepto. Si no puedes seducirlo en una semana, me quedaré con la mejor de tus diademas.
La diadema que a Hinata más le gustaba estaba confeccionada con un rarísimo oro azul y blanco, y tenía unas alas que le cubrían las orejas, y unas delicadas tiras doradas que caían por la frente.
Hinata se la había robado a la Reina de la Providencia, junto con su habilidad para tocar objetos y conocer su historia. Era el poder innato de esa hechicera, y ambas habían luchado a muerte por él. Al final, Hinata le había regalado dicho poder a Hanabi, pues en el fondo a ella sólo le interesaba la diadema.
Para ambas hermanas el oro no era algo que se tomasen a la ligera. Su madre solía acariciarles la cara con monedas de oro mientras les decía con cariño:
—El oro lo es todo. ¡Es perfecto! Haceos una armadura con él para el corazón y éste nunca os sangrará.
Era imposible que Hinata perdiera la apuesta. Ella era la compañera destinada a Naruto.
—Y si yo gano, tú tendrás que pasarte un año entero sin sexo. Tal vez así comprenderás mejor mi situación. —Ante la mirada incrédula de Hanabi añadió: —Sí, un año. Sabes que la diadema bien vale eso.
—Está bien —contestó su hermana con cara de pocos amigos. —Acepto la apuesta.
En aquel preciso instante, el cautivo farfulló algo en demoníaco, y sus labios temblaron con cada sílaba.
—Vete de una vez. Quiero estar sola con él cuando se despierte —dijo Hinata.
Hanabi se fue y ella se subió a la cama para sentarse junto a Naruto y estudiarlo más de cerca. Los cuernos la tenían fascinada, cómo se curvaban pegados a su cabeza, y lo suaves que eran a pesar de tener asperezas en la base. El espeso pelo se los cubría casi por completo. Seguro que, a diferencia de otros demonios, podía mezclarse entre los humanos.
Al recordar lo mucho que le había gustado que se los tocara, Hinata los recorrió de nuevo con los dedos y Naruto se estremeció a pesar de seguir inconsciente.
Seguidamente, los ojos de ella se detuvieron en el rostro del demonio. Era muy atractivo y tenía las facciones muy marcadas: la nariz fuerte y la mandíbula cuadrada, con aquella única y profunda cicatriz. Estaba claro que la herida había tenido que doler mucho, y se preguntó cómo se la habría hecho. También le marcaban tres rayas en cada mejilla que le hacía ver muy salvaje.
Desvió la mirada hacia abajo. Naruto tenía el mejor cuerpo que ella había visto en toda su vida.
Siempre le habían gustado los machos de aspecto pulcro y elegante. Solía sentirse atraída por los pertenecientes al clan de los hechiceros, expertos seductores. Naruto en cambio no era en absoluto un conquistador de modales refinados... Era la virilidad en persona.
Eso no significaba que tuviera ganas de acostarse con él. A Hinata no le gustaba que la mordieran, y era sabido que los demonios mordían a sus compañeras cuando les hacían el amor. También sabía que su aspecto físico cambiaba durante el acto sexual, que se les marcaban más las facciones, se les oscurecía la piel y les crecían los colmillos.
¿Cómo sería hacer el amor con Naruto y presenciar su transformación demoníaca? ¿Qué haría él para conseguir que ella tuviera un orgasmo? Bebió un poco más de vino.
Hinata no había mentido al decir que quería dejarle los pantalones puestos para luego poder dar un golpe de efecto... Se moría de ganas de bajarle la cremallera con los dientes... aunque eso no significaba que quisiera verle, o, mejor dicho, ver... aquello.
Dejó la copa en la mesilla de la noche y, poco a poco, empezó a desabrocharlo. Lo que vio hizo que se mordiera el labio inferior.
Una gran cantidad de cicatrices recorrían todo su miembro. Aunque en aquel momento no llevaba ninguno, era evidente que había llevado piercings.
Hinata había oído rumores sobre los arcaicos ritos que se celebraban en algunas demonarquías, pero creía que el clan de los demonios de la ira los había erradicado hacía muchísimo tiempo.
Quizá había sido el propio Naruto el que había decidido prohibirlos; al fin y al cabo, era él quien estaba en posición de hacerlo.
En resumen, el demonio llevaba una esclava fija en un bíceps, tenía un tatuaje y había llevado como mínimo un piercing. Al parecer, Naruto Uzumaki era uno de esos individuos cuyo aspecto exterior no refleja en absoluto lo que se esconde bajo su ropa. Y, mientras Hinata le abrochaba los pantalones con cuidado, no pudo evitar sonreír.
«Menuda sorpresa.»
Naruto se despertó... fue recuperando la conciencia poco a poco. Tumbado en la penumbra, se dio cuenta de que yacía en una cama.
—Sólo ha pasado media hora y ya te estás despertando —dijo la voz de Hinata. —Eres muy fuerte, demonio.
Al comprender lo que estaba sucediendo, se puso furioso. «Me ha drogado.» No podía levantar los brazos ni abrir del todo los ojos. Y aunque podía sentir que ella estaba cerca, su voz parecía llegar desde la distancia.
«¿No llevo camisa? ¡Qué diablos!»
—Tendremos que esperar un rato para poder retomar nuestra relación «física», así que he pensado que podríamos hablar de tu encuentro con el emisario de Momoshiki.
¿Qué sabía Hinata de eso? Naruto trató de recordarlo, pero no podía concentrarse.
—¿Que qué sé? —preguntó ella, leyéndole esa vez la mente y enfureciéndolo con ello todavía más.
Sé por qué ibas a Nueva Orleans a más de doscientos por hora, y sé que estabas tan decidido a llegar allí que tuve que hacer que sufrieras un accidente para frenarte.
Se suponía que esa misma noche tenía que reunirse con su hermano. Seguro que Su hermano se estaba preguntando dónde estaba. Naruto notó que la hechicera se sentaba en la cama junto a él y trató de abrir los ojos, pero sólo vio una silueta.
—Sé que Momoshiki ha forjado una espada y que estás convencido de que con ella puedes matar a Toneri —le susurró al oído.
Naruto se apartó y gritó furioso al notar las esposas.
—¿Me has... encadenado? —La muy zorra le había esposado las muñecas y los tobillos a la cama.
«La mataré muy, muy despacio.» Hinata ignoró la pregunta.
—A cambio de la espada, Momoshiki os ha exigido que le entreguéis a la Vestal, la mujer que dará a luz a un guerrero que será el mejor de los hombres o el peor de los demonios, según quién sea su padre. Pero ¿de dónde la vais a sacar?
Naruto sintió que ella volvía a tratar de leerle la mente, pero consiguió levantar sus defensas a tiempo.
—Al fin y al cabo, la Vestal sólo nace cada quinientos años.
«Y Su hermano la tiene.» Por desgracia, la compañera de su hermano, la mujer de la que llevaba enamorado más de un año, era la Vestal. El pago que Toneri quería a cambio de la espada era una mujer y era la pareja de su hermano.
Cuando sintió que se le había aclarado la vista, buscó a Hinata y vio que estaba sentada en un lado de la cama, sonriéndole por encima del borde de una copa de vino. Respiró aliviado al comprobar que se había vestido, y luego volvió a fruncir el cejo. Llevaba una camiseta blanca tan corta y apretada que podía verle la parte inferior de los pechos. ¿Acaso no le había roto una prenda parecida?
«Me estoy volviendo loco...»
—Lo que no sé es si le has dado al inútil de tu hermano suficiente información como para que inicie solo la absurda búsqueda de la Vestal.
Momoshiki había impuesto las condiciones para el intercambio; éstas consistían en una serie de puntos de encuentro donde recibirían información sobre el siguiente, hasta llegar a la guarida secreta del brujo. Durante la llamada a Su hermano, Naruto le había dado a éste suficiente información como para llegar al primero de esos lugares y poder seguir con la misión.
—No es absurda —contestó. Pero ¿de verdad era posible que Su hermano hiciera lo correcto sin él vigilándolo?
—Aunque tu hermano consiga encontrar a la Vestal y llegar a la fortaleza secreta de Momoshiki, la espada no funcionará. Los hechiceros adoran el metal, y el Herrero sabe forjarlo y dotarlo de magia. Es muy poderoso, pero no lo suficiente como para poder matar al Que no Muere.
A medida que Naruto iba recuperando las fuerzas, trató de soltarse.
—No podrás romperlas. Están reforzadas con magia.
—¡Suéltame, Hinata!
—Pero si acabo de atraparte... —dijo ella haciendo pucheros.
Naruto recorrió el lugar con la mirada, buscando una vía de escape. Hinata lo había encerrado en la celda más grande del castillo. Cuando él gobernaba en Konoha, reservaba aquella mazmorra para los presos políticos. Tenía un lavamanos, una pequeña mesilla de noche, el suelo estaba cubierto por una alfombra y había una cesta con los utensilios necesarios para encender la chimenea. Nada de aquello le servía.
Él lo sabía muy bien... «Nadie escapa de las mazmorras de Konoha.»
—Al parecer, ya podemos volver a centrarnos en el tema que nos ocupa. —Hinata dejó la copa en la mesilla.
—¿El tema que nos ocupa? ¿Acaso no has entrado ya en razón?
—No. Estoy incluso más convencida que antes. No me gusta perder, Naruto.
Él luchó contra las esposas y le enseñó los dientes.
—Pues vas a hacerlo.
—Ah, así que ésta es tu famosa voluntad de hierro. Casi tan famosa como tu capacidad para analizarlo todo con calma y distinguir perfectamente entre el bien y el mal. Aunque no sé si podría considerarse que te hayas portado bien al tratar de estrangularme, ¿no crees?
—Eres mi enemiga. —La tensión de antes reapareció con el doble de intensidad. —Y como tal, te mataré a la primera oportunidad que se me presente. —Pronunció cada palabra con fuerza. Su tono era letal. Pero no podía ocultarse a sí mismo que había tenido muchas ganas de seguir acariciándola, de conseguir que aquel precioso cuerpo alcanzara el orgasmo. A cada segundo que pasaba lo había deseado más y más. —¿No te molesta que te utilicen de este modo, que Toneri te considere un mero instrumento?
—Estás empeñado en presentarme como una víctima de Toneri o como una mujer a la que le da reparo acostarse con alguien a quien no ama ni desea. Te aseguro que ninguna de las dos cosas es cierta.
—Así que eres una zorra fría y sin corazón.
—Y tú un engreído y miserable egoísta —respondió ella con una sonrisa—. Pero eso no significa que no pueda existir algo bonito entre los dos.
Naruto sacudió las piernas y trató de incorporar el torso.
—Tienes que entender que no vas a salir de aquí. Es imposible. —Hinata se puso a cuatro patas encima de la cama y se acercó a él, ofreciéndole unas vistas perfectas de su escote.
Advirtió que Naruto se quedaba embobado mirándola, y se quitó el top, que no era más que un espejismo, de repente, para ver si así el demonio terminaba sucumbiendo.
Ahora, los pechos de ella estaban a escasos centímetros del torso de Naruto.
—¿Quieres sentir mi piel sobre la tuya? —le preguntó con voz aterciopelada.
Se inclinó hacia adelante y lo rozó. Se sentía los párpados, y vio que él tenía que morderse la lengua para no gemir. Naruto volvió a luchar, lo que sólo sirvió para que sus cuerpos se tocaran todavía más.
—Las cadenas están reforzadas con magia, igual que la puerta de la celda. Asúmelo, Naruto: eres mío.
—Hinata, suéltame de una jodida vez...
—Tranquilo, demonio. —Le puso el dedo índice sobre los labios, y lo apartó justo a tiempo de evitar que él lo mordiera. —Sé exactamente lo que vas a decir. Vas a decirme que más me vale que te suelte ahora mismo o me darás una paliza, o algo igual de violento. Y luego añadirás una amenaza sobre mi futuro. Una frase que empezará así: «Cuando salga de aquí te...».
«¿Ha podido leerme el pensamiento?»
—¿Lo ves, mi querido demonio? Estamos conectados. Ni siquiera tienes que decirme lo que piensas. —Le sonrió con picardía. —Es como si fuéramos la misma persona.
—¿Una amenaza sobre tu futuro? —Levantó la cabeza y le enseñó los colmillos, que le habían empezado a crecer. —No me limitaré a hacerte daño, Hinata. Te mataré.
«Hay demasiadas cosas en juego.»
Otro fútil intento por soltarse y las esposas le cortaron la piel y las muñecas le empezaron a sangrar. Estaba atrapado, lo que significaba que no podría reunirse con su hermano. Ni hacerse con la espada. Estar tan cerca de todo lo que había deseado en la vida y no poder alcanzarlo por culpa de unas esposas que ni siquiera él podía romper...
La hechicera le había hecho eso. Ella era el obstáculo que se interponía en su camino. Una pequeña hembra podía mandar a paseo siglos de paciencia y preparación.
—¿Qué vas a hacer, vas a matarme?
Hinata le recorrió el torso con las uñas hasta llegar al ombligo, y luego enredó los dedos en el vello que allí había. Naruto tembló de placer.
Cuando ella lo tocaba, tenía la sensación de que su piel era mil veces más sensible, y su cuerpo anhelaba hacer el amor como nunca antes. Y, a pesar de todo, Naruto estaba tan furioso que corría el peligro de transformarse en demonio por completo.
A pesar de que la raza de demonios a la que pertenecía solía tener ataques de ira, él siempre había conseguido mantenerlos a raya. Pero ahora, con Hinata a su lado, estaba enloqueciendo, estaba a punto de perder la razón.
—Sí, te mataré —contestó entre dientes. —Vosotras, las hechiceras, sois muy fáciles de destruir. Si te rodeo el cuello con las manos y aprieto lo bastante fuerte...
—Como has intentado hacer antes. ¿Sabes una cosa, demonio? Nada me pone de peor humor que intenten matarme. Llevo muy mal que me maten.
«¿De qué diablos estaba hablando?»
De rodillas entre sus piernas, Hinata se inclinó hacia adelante y le colocó las manos en los hombros.
—Además —le dijo al bajar la cabeza, —¿de verdad serías capaz de matar a la futura madre de tus hijos?
—Eres una... —Se calló de golpe al sentir su lengua recorriéndole el torso, y el insulto murió en su garganta.
Naruto respiró hondo y trató de mantener la calma. Había empezado a transformarse, la ira hervía dentro de él a la misma velocidad que el deseo sexual. Jamás había sentido ambas cosas juntas.
«¿Qué me está pasando?»
Hinata le recorrió el cuerpo a besos; su sedosa melena se deslizaba por la piel ardiente del demonio, que se moría de ganas de hundir la cara en aquellos mechones. ¿Por qué no lo había hecho antes? No, tenía que matarla.
Era una bomba de relojería. «Y eso que sólo hace unos minutos que he vuelto a sentirla.»
Ella levantó la vista para mirarlo a los ojos, pero siguió besándole el cuerpo como si lo necesitara para respirar. Entonces, deslizó las manos hacia sus pantalones.
Se quedaron mirándose el uno al otro mientras Hinata le bajaba la cremallera muy despacio. El suave sonido resonó en la silenciosa celda. En contra de su voluntad, Naruto levantó las caderas, poseído por el deseo.
—Ya has notado antes lo excitada que estaba —le susurró ella, dándole otro beso. Él podía sentir sus pechos rozándole la piel, deslizándose hacia abajo. —¿No te gustaría entrar dentro de mí?
Justo cuando iba a tocar su erección, Naruto apartó las caderas.
—¡Suéltame!
Imágenes de todo lo que quisiera hacerle inundaron la mente de Naruto. «La tumbaría sobre el suelo y le haría el amor. La poseería una y otra vez hasta que me suplicase que parase.» Más fantasías y más ira mezclándose en su mente.
Hinata observaba fascinada cómo las distintas emociones atravesaban el rostro de Naruto, marcando las distintas fases de su proceso de transformación. Por fin, optó por apartarse.
El giró sobre sí mismo, intentando alcanzar las esposas con los cuernos, casi dislocándose los brazos.
—Cálmate, demonio —murmuró ella.
Su voz era como un bálsamo, pero Naruto también se resistió a esa caricia. La hechicera rodeó con los dedos su erección, y él se sacudió sorprendido. Hacía tanto tiempo que lo único que hacía era masturbarse que la suavidad de aquella mano lo dejó sin aliento.
Hinata empezó a acariciarlo a un ritmo constante, y el hecho de que él se resistiera sólo conseguía que su sexo se moviera más y más entre los dedos de ella.
Naruto se resistió, intentó apartarse, la odió... pero la hechicera seguía acariciándolo. Las heridas que se había hecho en las muñecas y los tobillos le empezaron a sangrar.
Como si lo hubiera atravesado un rayo, el placer atravesó de repente todo su cuerpo. Un placer hasta entonces desconocido. Aturdido, bajó la vista.
La punta de su miembro estaba húmeda, y Hinata estaba soplando en ella con cuidado, enfriando así la ardiente gota de semen que había aparecido allí.
Su erección tembló entre los dedos de la mujer, como si buscara impaciente sus labios, y ella se quedó mirándolo fascinada. Estaba excitada, tenía la respiración entrecortada, y Naruto recordó lo húmeda que la había encontrado antes.
—Puedo ver cómo tiemblas, demonio.
Él sabía que era verdad: jamás en toda su vida había sentido un deseo como aquél.
Estaba confuso, anhelaba sentir los ojos de Hinata sobre él, quería que se excitara al verlo. Quería que la hechicera lo deseara, y a la vez estaba convencido de que tenía que matarla. El conflicto era cada vez mayor.
Ella se pasó la lengua por el labio inferior.
—Me gustaría lamerte. Me apetecería darte un beso aquí, rodearte con los labios y saborearte.
Naruto gimió al escuchar esas palabras, su pene se estremeció y segregó otra gota de semen.
—Sólo tu compañera puede conseguir esto —dijo ella cuando él arqueó la espalda al sentir un increíble placer. —¿Has estado alguna vez tan cerca de terminar?
«No... nunca.»
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Continuará...
