El rey Demonio


SOY UNICA


—¿Empiezas a creerme ahora?

Igual que había hecho en un par de ocasiones anteriores, el demonio fijó sus inescrutables ojos rojos en los suyos sin decir nada. Hinata se dio cuenta de que hacía eso cada vez que tenía intenciones de mentir. La mayoría de la gente apartaba la mirada en esas circunstancias, pero en cambio los ojos de Naruto estaban allí, desafiándola.

—No me puedo ni imaginar lo frustrante que tiene que ser no poder terminar —prosiguió ella acercándose más. —El sexo tiene que ser de lo más soso. Me juego lo que quieras a que te pasas horas pensando en cómo debe de ser acostarse con una hembra y poder llegar hasta el final.

Al oír esas palabras, Naruto frunció el cejo, como si le doliera lo que estaba escuchando, y levantó las comisuras de los labios para enseñarle los colmillos.

—Ahora puedes dejar de imaginártelo. Di unas pocas palabras y me sentaré encima de ti y podrás explayarte a gusto con mi cuerpo. Lo haremos tantas veces que no podrás volver a hacerlo en mucho tiempo. —Tenía muchas ganas, estaba casi tan excitada como él.

Saber al fin lo que se sentía... Hinata jamás se había planteado que él pudiera negarse.

La punta del miembro de él estaba ahora completamente mojada. Ambos la estaban mirando cuando ella pudo leer por fin el pensamiento del demonio, pero sólo porque él se lo estaba ordenando en silencio.

«¡Acaríciame con la lengua!», resonó claramente en su mente como si fuera un trueno.

—Hazlo, tassia —gimió él en voz alta.

—¿Qué significa esa palabra?

—Mujer perversa, porque eso es lo que eres. Haz el favor de probar lo que sólo tú has conseguido.

—Quiero hacerlo —murmuró ella sincera, acercándose más y más a su erección. Sentía un cosquilleo en los pechos, que tenía completamente erguidos. —Voy a hacerlo.

Hinata supo el instante exacto en que Naruto pudo sentir su aliento sobre su piel, porque todos los músculos del demonio se tensaron con expectación.

—Préstame juramento, Naruto. Conviérteme en tu reina.

—Más abajo... ¡rodéame con los labios!

«¡Va a hacerlo otra vez! ¡Va a rechazarme de nuevo!»

—Tu juramento —repitió con frialdad, apartándose. —Dámelo o me iré.

—¡Jamás lo conseguirás!

Y Hinata lo soltó y se levantó.

—¡No puedes vencer... sólo conseguirás hacernos perder el tiempo!

—¡Termina lo que has empezado! —gritó él levantando las manos tanto como podía.

—¡Son sólo unas palabras! —Creó el espejismo del vestido que llevaba antes y se lo puso. —Tal vez la próxima vez.

Naruto empezó a hablar entonces en su lengua demoníaca, pero no hacía falta conocer el idioma para saber que la estaba insultando. No importaba. Hinata dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, dejándolo con los talones hincados en la cama, sacudiendo su poderosa erección en el aire.

Fuera la estaba esperando su ayudante, lista para obedecer sus órdenes.

—Inferi —se limitó a decir Hinata. A todas las llamaba Inferi.

A pesar de que todavía estaba nerviosa por el encuentro con su prisionero, trató de aparentar calma al impartir las instrucciones pertinentes.

Ordenó que volvieran a sedarlo, y que luego lo bañaran y prepararan para la noche. Después de eso, tenían que sujetarlo a la cama con un grillete alrededor del cuello; y también volver a esposarle muñecas y tobillos... sólo por si acaso.

Hinata estaba convencida de que, si lo excitaba lo suficiente, incluso una «zorra» como ella podría llegar a parecerle la mismísima reina de Saba.

Perdida en sus pensamientos, abandonó las mazmorras y se dirigió hacia su torre, donde se dispuso a subir los seis pisos de escalera. Sabía que tenía que estar alerta, pues Toneri la había sorprendido infinidad de veces de camino a sus aposentos, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen del cuerpo de Naruto.

Nunca se había planteado la posibilidad de que él la afectara de ese modo. La habían educado para que se creyera superior a los demonios, y siempre había considerado a esa especie como un mero instrumento para ganar más poder.

Pero, pese a la detestable tendencia de Naruto a hacer siempre el bien y que era su mortal enemigo, se sentía atraída por él. El rey demonio era completamente distinto a todos los machos con quienes se relacionaba, y la intrigaba.

¿Cómo se había hecho la cicatriz de la cara? ¿Y las que tenía en el pene? Ahora que casi lo había visto desnudo del todo, era imposible que consiguiera olvidar aquel torso y sus largos y fuertes brazos. Había observado fascinada su erección...

Hinata suspiró. Tendría que concertar una cita con su NAP, su novio a pilas, para aquella misma noche.

Cruzó el umbral de su habitación y cerró la puerta a su espalda. Una vez dentro, se relajó un poco y desvaneció el espejismo del vestido que llevaba puesto. Estaba cansada, pero al fin había llegado a casa después de un arduo día de trabajo.

Se plantó frente al espejo y se miró. Su carrera lo era todo para ella.

«Planes y estrategias.» Hinata era famosa gracias a ellos, y ahora mismo estaba en medio de uno complicadísimo.

Sólo ella, Toneri y Hanabi conocían el verdadero propósito que se escondía tras la captura de Naruto. No necesitaban un heredero del demonio para controlar a los rebeldes, sino para abrir el misterioso Pozo de las Almas que había en el centro del castillo de Konoha. Hinata no sabía qué se suponía que tenía que hacer el futuro príncipe para desencadenar el poder del Pozo, sólo sabía que era el único que podía hacerlo.

Lo que Toneri no sabía era que Hinata se encargaría de que su hijo llevara a cabo tal tarea sólo para ella. Se proponía usurpar de manos del mismísimo Toneri el control del Reino. Tenía planeado hacerse con el reino de Villagelina y convertirse en su reina.

Al capturar al demonio, había adquirido el instrumento para conseguirlo; ahora, lo único que tenía que hacer era convencerlo de que se acostara con ella.

.

.

Naruto nunca habría imaginado que pudiera sentir tal dolor. Su pene lo estaba matando. Trató de ignorar la presión que sentía en su interior, de ignorar las esposas que lo apresaban, pero éstas se le clavaban en la piel.

Todo era tan indigno que sentía como si un ácido lo estuviera quemando por dentro. Tenía la mente hecha un lío, y no podía parar de hacerse preguntas. ¿Iba Hinata a volver aquella misma noche? ¿Hasta cuándo lo retendría encadenado? ¿Qué más había descubierto sobre el pacto hecho con Momoshiki? ¿Tenía previsto tenerlo prisionero durante mucho tiempo?

Tenía que escapar de allí... pero ¿cómo? «Nadie escapa de las mazmorras de Konoha.» Utilizaría a la hechicera como rehén. A no ser que consiguiera convencerla de que traicionara a Toneri. ¿De verdad le era leal a su medio hermano?

Las ventajas de contar con alguien tan poderoso como Hinata entre sus aliados serían inmensas.

Trató de recordar lo que sabía sobre el clan de las hechiceras en general. Sabía que eran muy avariciosas, y unas hedonistas a las que les encantaba dedicar el día a sus placeres y a pensar en el oro. Pero también recordó que eran muy reservadas y paranoicas, que desconfiaban de los desconocidos que aparecían sin más a las puertas de sus casas. La mayoría solía vivir en los lugares más inhóspitos de la Tierra.

Sin embargo, no eran de por sí una raza malvada. «Sólo lo dices porque la deseas.» Tal vez, pero el hecho seguía siendo el mismo. En estos momentos, era la única alternativa que le parecía viable.

Todavía le costaba hacerse a la idea de que ella pudiera ser su compañera, pero la Ascensión solía crear muchas parejas, originar nuevas familias. Y él había deseado en secreto encontrar la suya durante la que se estaba acercando. A lo largo de los años, había fantaseado infinidad de veces sobre su compañera, preguntándose si tendría una risa sensual o la piel suave. O un cuerpo en el que perderse.

Naruto trató de pensar en si físicamente cambiaría alguna cosa de Hinata. Tenía la piel perfecta, las mejillas sonrosadas. Su melena brillaba. No tenía ningún defecto.

Al excitarse, los ojos de la hechicera habían pasado de su color habitual a un resplandeciente blanco..: eso sí que no podía fingirlo. Como tampoco podía fingir la reacción de su cuerpo. Estaba húmeda, ni rastro de vello cubría aquellos otros sensuales labios. Naruto se clavó las uñas en las palmas de las manos.

Después de las últimas semanas, aquello era como echar más leña al fuego. Tenía demasiados conflictos en su interior. Su mente no podía trabajar así, y punto. Normalmente, a la hora de tomar una decisión, Naruto dibujaba diagramas en forma de árbol con todas las opciones y las consecuencias más probables de cada una de ellas. Él era un ser racional, y le gustaba tener las cosas claras. Necesitaba tener las cosas claras.

Y ahora las pocas que lo estaban parecían nefastas. Había regresado a su hogar, pero como prisionero. Existía la posibilidad de que hubiera encontrado a su reina, pero ésta era una arpía amoral y sanguinaria. Hasta que pudiera escapar de allí, su destino y el de todo su pueblo estaba en manos de Su hermano... y su hermano no tenía un pulso demasiado firme.

En especial, teniendo en cuenta que había encontrado a la mujer a la que un día, borracho, había llamado «la luz de mi vida».

Naruto estaba con su hermano la primera vez que éste vio a quien era su pareja, y notó que una energía especial circulaba entre, ellos. Pero su hermano no había podido acercarse a ella y tratar de conquistarla porque estaba convencido de que ella era humana.

Ahora, su hermano sabía que aquella mujer era en realidad una valquiria, y ya nada se interponía entre los dos.

¿Cómo podía Naruto confiar en que su hermano no sólo abandonara a la «luz de su vida», sino que también la entregara a Momoshiki, un asesino psicópata que tenía intención de violarla y dejarla embarazada?

La última vez que el reino había necesitado al joven demonio, éste había dado la espalda, tanto a él como a su familia. ¿Por qué iba a ser distinto esta vez?

.

.

Cuando Hinata se despertó, descubrió que su cama estaba bajo la lluvia, en medio de un campo lleno de barro en el que, muchos años atrás, había sido enterrada viva.

Parpadeó un instante y se dio cuenta de que se trataba de una escena absurda creada durante el sueño. Cuando soñaba o cuando estaba en medio de una pesadilla, solía generar ilusiones a su alrededor. Sin darse cuenta, se pasó los dedos por la cicatriz del cuello, y la ilusión se desvaneció y todo volvió a la normalidad.

Se suponía que, antaño, en esa habitación de la torre estaban los aposentos privados de Naruto. Se encontraba en la torre oeste, la más cercana al agua, y tenía unos grandes ventanales que Hinata mantenía abiertos para dejar entrar la brisa del océano. Había redecorado la estancia con banderolas escarlata y negras que ondeaban al viento.

Sabía que no tenía sentido intentar volverse a dormir, ya que a duras penas lo había conseguido la primera vez.

—No has soñado con tu prisionero —dijo una voz desde las sombras.

Se incorporó de un salto, apoyándose en la cabecera de la cama al ver los ojos azules de Toneri brillar en la oscuridad.

Después de cubrirse con un ligero camisón que era sólo un espejismo, iluminó la habitación con una potente luz. Por eso era por lo que no podía dormir de noche. Porque, durante el sueño, Toneri podía atarle las muñecas a la espalda y, con ese simple movimiento, evitar que pudiera usar su habilidad de generar ilusiones... que era su única defensa.

—Has cruzado la raya al entrar en mi habitación, hermano.

—¿Acaso no era simplemente una formalidad? ¿Una que podremos eliminar dentro de poco?

Le estaba enviando señales mentales como si fuera un sonar, pero ella había aprendido a bloquearlas. Toneri solía ordenarle a la gente que le dejaran explorar sus mentes, pero nunca se lo pedía a Hinata, como si en el fondo no quisiera saber lo que realmente pensaba de él.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que ahora que has capturado a Naruto, estamos un paso más cerca de... lo inevitable.

«¿Durante cuánto más tiempo podré mantenerlo alejado?» Que hubiera entrado así en su habitación era muy mala señal. Una vez que ella entregase su virginidad al demonio y naciera la criatura, ya no habría ningún pacto Santuario que la protegiera. Nunca habría imaginado que Toneri estuviese esperando como un buitre, menos aún teniendo a Shion.

Cuando se acercó a su cama, Hinata se esforzó por mantener la compostura, aunque le costó.

—¿Qué quieres?

—Tu tablilla sigue intacta en la pared del este. ¿Tienes algún problema con tu prisionero?

—Tiene tanta determinación y entereza como me dijiste.

—Quizá debería ir a verlo...

—¡No! Eso no es posible. No es necesario que le recordemos nuestra conexión —dijo, y preguntó al instante: —¿Y cómo va la búsqueda de la oráculo? —Habían entrado en un círculo vicioso, y las adivinas que encontraban eran cada vez más y más débiles. Todas terminaban cometiendo algún error y entonces eran ejecutadas. Después, una oráculo todavía más débil reemplazaba a la anterior. —¿Has encontrado a alguna con talento?

Él le lanzó una mirada haciéndole saber que aceptaba a regañadientes el cambio de tema.

—He seleccionado a una, y he enviado a demonios de fuego para que la recojan.

«La recojan.» La oráculo trescientos cincuenta y seis había sido voluntaria en vez de una «adquisición» de Toneri. Algunas mujeres se atrevían a presentarse para el puesto, convencidas de que serían más inteligentes, mejores y menos prescindibles. Y nunca lo eran.

—Es de vital importancia que tengamos a una con capacidad cuanto antes —dijo ella, midiendo sus palabras. Tenía que ir con cuidado con ese tema, que ponía especialmente furioso a su hermano.

Una vez, Toneri robó el poder de ver el futuro de una oráculo, pero no tenía talento suficiente para interpretar las visiones que recibía. Se llegó a obsesionar con ello, pero acabó forzándose a renunciar a poseer tal habilidad.

—Y así será —dijo ausente, mientras se paseaba por la habitación, inspeccionando sus cosas, parándose a coger un libro aquí y allí. Había cientos, amontonados por todos los rincones. La mayor parte eran historias del reino, de Naruto. Lo había estado estudiando durante años. —No sabía que estuvieses tan instruida sobre mi enemigo.

—Me lo tomo en serio; es mi oportunidad de conseguir poder para el Reino.

—Sí, yo también lo he estudiado mucho. El demonio me fascina desde hace mucho tiempo. — De forma poco cuidadosa, abrió uno de los tomos más antiguos, y después lo echó a un lado. — ¿Se cree que eres su compañera?

—Eso creo.

Toneri sonrió, mostrando sus impecables dientes blancos, pero la sonrisa no alcanzó el resto de su semblante.

—Qué decepcionado debe de sentirse. —Se sentó en la cama, a su lado.

«Cálmate... cálmate... distráelo.»

—¿Qué pasó la noche en que te enfrentaste a él —preguntó, —cuando el reino cayó? He leído lo que cuentan los libros, pero los detalles son un poco confusos.

—Hice un pacto con el rey de la Horda, Orochimaru. Este arremetió contra Naruto, agotando a sus tropas, y entonces lanzó un ataque sorpresa. Fue cuando conquisté Konoha. El castillo estaba desprotegido, porque el heredero de Naruto, Su hermano, hizo caso omiso del llamamiento para defender el castillo.

—¿Y por qué hizo tal cosa? —Había oído decir que el mercenario Su hermano no le tenía miedo a nada.

—¿Y quién puede entender a los demonios? Me alegra saber que Naruto culpa a su hermano de haber dado la espalda a su reino. Lo que el demonio no sabe es que yo conocía perfectamente la importancia de que Su hermano estuviera o no en el castillo, e hice que quinientos zombis le preparasen una emboscada. Si el príncipe hubiera obedecido la orden de su hermano, él y su guardia habrían sido despedazados.

«Interesante.»

—Así que te enfrentaste personalmente a Naruto.

—Es el único ser con el que he luchado que sigue con vida. En vez de quemarlo y convertirlo en ceniza, luché con honor, enfrentándome a él en un duelo con espadas en una de sus fortalezas. Me decapitó. El golpe fue fuerte y habría sido mortal para cualquier otro, pero no para mí.

Entonces utilizó toda su fuerza para derribar el techo, y quedé atrapado dentro, lo que le permitió escapar.

La mano de Toneri se iba acercando al tobillo de ella.

—Hinata, ¿puedo confiar en ti?

—No tanto como en Shion. ¿No deberías estar con ella ahora?

—Shion no entiende las cosas tan bien como tú. Y, por mucho que yo lo desee, está muy lejos de ser como tú. Una tenue sombra de tu luz.

—¿Has venido a mi habitación a contarme algo que es evidente para todos?

La atracción que su hermano sentía hacia ella no se debía sólo a su belleza. Ella creía que Toneri anhelaba la muerte en secreto, y por eso la deseaba a ella, alguien que la conocía muy bien.

Cuando le tocó el tobillo con la yema de un dedo, los ojos del brujo se cerraron y se le hizo la boca agua. Conteniendo un escalofrío, Hinata se levantó de un salto y cruzó la habitación hacia el balcón que daba al mar.

Aquel lugar siempre la tranquilizaba, como si fuese un bálsamo para su mente. En sus muchas noches de insomnio, se quedaba allí de pie, contemplando el océano.

Toneri se le acercó por detrás, sin tocarla, pero manteniéndose demasiado cerca. El cuerpo de él estaba frío y era tan insensible como un muerto.

Naruto en cambio desprendía un atrayente calor.

—Deberías irte, hermano. Mañana tengo un día complicado. Debo estar en la mejor forma posible para conseguir doblegar la firme voluntad de Naruto.

—Estoy encantado de ver que has dejado de subestimarle.

Cuando notó su frío aliento en el cuello, se volvió y se dirigió al mueble bar. Se sirvió una copa de vino dulce y la tendió hacia Toneri.

—Hermano, sé amable y envenéname.

Cada mes, el brujo les daba a ella y Hanabi un poderoso veneno, morsus. Su principal característica era que no causaba ningún dolor al ingerirlo, sólo al dejar de tomarlo.

No tener el veneno suponía un dolor tan horroroso que Hanabi y ella se consideraban «condenadas» a buscarlo siempre. Sin un antídoto, el dolor que su carencia les provocaría sería tan grande que incluso podrían morir a causa de ello.

Su dependencia del morsus era tal que no podían ni imaginar escapar de Toneri y rebelarse contra él. Ese era el principal motivo de que permanecieran a su lado.

El brujo suspiró exasperado e hizo rotar el pesado anillo de su dedo índice. Hinata fijó la mirada en la joya y vio cómo Toneri la abría y destapaba el veneno. Significaba tanto para ella... Era su fuente de vida, lo que la obligaba a ser obediente.

El anillo le decía además cuándo su hermano mentía, pues, en esos casos, éste le daba vueltas sin querer.

Cuando vertió los gránulos negros en su vino, se oyó un silbido y unos hilillos de humo emanaron de la copa. Pero, una vez mezclado, era incoloro e insípido para cualquiera que no estuviera entrenado para detectarlo.

Mucho tiempo atrás, Toneri empezó a echarles a Hanabi y a ella morsus en el vino: antes de que aprendieran a identificar los venenos por el olor o el gusto, y mucho antes de que aprendieran a crear uno propio para contrarrestarlo.

Hinata levantó la copa con indiferencia.

—Salud. —Y la vació de un trago. —Ahora, necesito dormir un poco. Recuerda, Toneri, hago esto por nosotros. Y sé que quieres que triunfemos.

—Muy bien, Hinata. —Con una última mirada lujuriosa, salió de la habitación, no sin antes murmurar: —Ya queda poco.

Sola de nuevo, volvió al balcón. Contemplando el agitado mar, inspiró hondo el aire salado y meditó sobre su situación.

Complots y más complots. Quería Konoha para ella y Hanabi. Después de la siguiente noche, temía que Toneri la forzara a rendirse antes de que tuviera ninguna oportunidad.

Sintió un escalofrío. Su hermano había tenido la desfachatez de presentarse en su habitación, trayendo consigo el frío y la desgracia que lo envolvían como si fuera una capa. Estaba hecha un lío, confusa.

Por primera vez, la mirada de Hinata no estaba fija en el mar. Miró hacia el sur, hacia la torre de la mazmorra. El demonio era una fuerza de la naturaleza tal que se imaginaba dejándose llevar por él. Sin quererlo, se encontró caminando en esa dirección; su corazón latía buscando... algo.

Sin decir una palabra, Hinata se metió en la cama con el demonio. A pesar de que notó cómo se ponía tenso, se tumbó de espaldas detrás de él, sin tocarlo, pero lo bastante cerca como para sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

Durante un buen rato, estuvieron tumbados uno al lado d otro, en silencio, como si hubieran pactado una incómoda tregua. Ambos miraban al techo, así que Hinata decidió hacerlo desaparecer para así ver el cielo estrellado.

El demonio se puso aún más tenso.

—Tienes mucho poder —dijo con voz ronca.

El eco de sus palabras resonó en la oscuridad.

—Sí, así es.

—¿Es un espejismo o realmente has hecho desaparecer el techo?

—Mi vanidad me dice que estás impresionado y que sientes curiosidad. Mi experiencia me dice que sólo te interesa conocer mi fortaleza y mi debilidad para así poder matarme.

—Te perdonaré la vida si me sueltas ahora —dijo. —Me lo has hecho pasar mal, pero todavía no has hecho nada irreversible.

—Dame tiempo, demonio. —¿Cómo era posible que el cuerpo de Naruto emanara tanto calor? Era increíble lo relajada que empezaba a sentirse. —Contestando a tu pregunta: todo son espejismos. Ópticos y auditivos.

—¿Puedes hacer que los demás tengan sensaciones?

—No tengo poder sobre ese tipo de ilusiones... todavía. Lo que es una pena, porque podría llegar a diezmar a todo un ejército sólo imaginándome flechas. Pero puedo hacer que los demás sientan cosas, que es lo mismo.

—¿Cosas como qué?

—Puedo hacer que veas la peor de tus pesadillas o tus sueños más codiciados. Y puedo controlarlos.

—¿Posees otras habilidades?

—Docenas —mintió. La única otra que tenía era el regalo de cumpleaños de Hanabi de hacía muchos años: la capacidad de comunicarse con los animales y de hipnotizarlos. —Tengo muchas otras.

Naruto parecía habérselo creído. Finalmente, le preguntó:—¿Te has parado a pensar en lo que intentas hacer? ¿Te has planteado lo que tiene que ser parir y cuidar a un bebé demonio?

Para ser sincera no, no había pensado demasiado en ello. No se permitía el lujo de imaginarse embarazada, dando a luz y cuidando de un príncipe demonio. Si alguna vez se encontraba preguntándose cómo sería su hijo, se forzaba a pensar en otra cosa. Ya estaba todo escrito y la trama bien urdida. El resto sólo eran detalles. Pero la visita de Toneri empezó a hacer que se replantease el tema. Contestó a su pregunta con otra:

—¿Cómo sabes que no tengo ya una docena de pequeños demonios correteando por ahí?

—¿Los tienes?

—No, no tengo descendencia.

—¿Y si das a luz a una hembra? El reino de Villagelina es patriarcal.

—Ni me lo recuerdes. En el reino de los hechiceros, en cambio, las mujeres pueden heredar la corona. Morgana es la actual emperatriz de todos nosotros. —Hinata se puso de lado, y él hizo lo mismo, con los brazos a la espalda, encadenados.

—La gente no aceptaría a una hembra aquí. Me pregunto si viviré lo suficiente como para que eso se vuelva a dar. —Un mechón de cabello le cayó sobre la frente, pero con las manos esposadas no podía apartárselo de los ojos.

—Estoy predestinada a concebir y a dar a luz a un hijo sano que será tu heredero.

—Un hijo —¿le había temblado la voz?— al que no veré si te sales con la tuya. Al que no podré enseñar ni proteger.

Hinata se quedó en silencio. Contrariamente a lo que se decía, no disfrutaba haciendo sufrir a aquellos que no le habían hecho nada malo. Pero ella no mandaba... todavía... y no podía cambiar lo que estaba escrito. Para que Hanabi y ella pudieran estar por fin a salvo, tenía que derrotar a un demonio. Al demonio que tenía al lado.

Naruto era un daño colateral inevitable.

—Espera... Si ya sabes que vas a tener a un niño sano, entonces me podrás asesinar en cuanto sepas que estás embarazada.

Hinata camufló su expresión con una ilusión, para que él no pudiera ver cómo apartaba la mirada.

—No dejaré atrás a mi hijo para que lo criéis aquí, entre odio y sangre. He oído los rumores de la depravación que hay en Konoha. Sacrificios y otras perversiones. En mi hogar.

—Toneri disfruta con esos sacrificios.

El demonio se quedó boquiabierto.

—¿Te estás oyendo? Estás tan acostumbrada a ello que no te das cuenta de lo enfermizo que es tu mundo.

Hinata entrecerró los ojos. «Que no me estremezca, no quiere decir que no lo vea.» Ella sabía de sobra lo enfermizo que era todo aquello. Por eso estaba tan decidida a irse de allí.

—Nunca tendrás mi juramento, hechicera.

—No descansaré hasta conseguirlo.

—¿Me vas a mantener encadenado para siempre? Sé mejor que nadie que es imposible escapar de esta celda.

—No es por motivos de seguridad por lo que te mantengo inmóvil. Hagamos lo que hagamos juntos, tú solo nunca podrás terminar lo que empecemos, así que al final estarás desesperado. — Cuando Hinata le deslizó un dedo por el pecho, los músculos del torso de él se contrajeron a modo de respuesta. —Pero se me ocurre que, si te mantienes tan firme sobre el hecho de no querer tener a tu descendencia aquí, es que aceptas que soy tu compañera.

—¿Has pensado alguna vez en lo que eso habría sido para ti si no hubieras recurrido a la fuerza?

—¿Te refieres a si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias? ¿Habrías sido bueno conmigo? ¿Habrías confiado en mí? —Parecía que se estuviera divirtiendo. —Si no me hubieran llamado para capturarte esa noche, habría pensado en buscarme un trabajo de camarera en tu restaurante favorito. Me habría convertido en la adorable y desdichada, que llevaría vestidos con motivos de flores y sólo necesitaría un empujoncito para salir de ese pozo, o un marido que la salvase. —Sonrió. —Tenía previsto servirte tarta y dejarte mirar mi escote.

—Si te hubiera conocido en otras circunstancias, sí, seguramente habrías dado con un compañero honorable que te sería siempre fiel y bueno contigo.

—He oído decir que nunca mientes.

—Lo dices como si no te lo creyeras.

—Porque no me lo creo. Nunca he conocido a alguien que no usara la verdad según le conviniera, torciéndola o cambiándola a su voluntad.

—Pues yo no lo hago.

—Entonces, dime, ¿soy todo lo que esperabas físicamente?

La miró desafiante y silencioso antes de responder:

—No lo eres moralmente. No esperaba tener nada que ver con una de las mujeres más malvadas de la Tradición.

Las palabras que antes le había dicho Toneri resonaban en su cabeza: «Qué decepcionado debe de sentirse el demonio...».

—¿Una de las más malvadas? ¿No la más malvada? —replicó. —Bueno, no está tan mal. Es interesante: yo nunca me he considerado malvada. Sólo porque de vez en cuando robe alguna cosa...

Al ver que él fruncía el cejo, añadió:

—O haya matado a alguien que se cruza en mi camino cuando voy a robar.

—¿Y por qué tienes que robar?

Hinata parpadeó.

—¿Y cómo, si no, puedo conseguir oro? ¿Buscando trabajo?

—Quizá no necesites tener oro.

—Imposible. Hay que tenerlo.

«El oro es la vida...»

—Eres más odiada de lo que te imaginas.

—¿Tú me odias? —preguntó.

—Todavía no, pero creo que va a ser inevitable.

Rió con suavidad.

—Odiarme es como odiar a una espada afilada porque te ha cortado. Está hecha para eso.

—Una espada se puede volver a forjar, darle una nueva forma.

—Sólo después de que se rompa. Imagínate qué dificultoso sería si no para el fuego de la forja y el martillo, tanto como la primera vez que la forjaron. ¿Por qué repetir todo eso?

—Para hacerlo bien esa vez.

Ella hizo caso omiso del comentario.

—Esta noche, cuando te estaba acariciando, me has llamado tassia. ¿Hay un equivalente masculino de la palabra?

—¿No lo sabes? ¿No hablas demoníaco? —preguntó él incrédulo.

—Se considera un insulto aprender esa lengua, y está prohibido hablarla en el castillo. Además, ya domino cinco lenguas. Cinco es mi límite; la pizarra está llena.

—¿Así que no me entendías cuando te estaba maldiciendo?

—Nada de nada. Pero me has llamado suficientes veces zorra y malvada como para poder deducir...

Las campanas de la torre del castillo empezaron a tocar, resonando en la distancia.

—¿Ahora suenan tres minutos pasada la medianoche? —preguntó disgustado. —¿Por qué tres minutos? ¿Significa eso que tienes un malévolo dios al que adorar? ¿Uno que se muere de ganas de recibir sacrificios de sangre?

—¿Quieres que sea una ferviente seguidora de la razón, como tú?

—Podría ser peor.

—¿Quieres saber un secreto, Naruto? —dijo. —Yo adoro las ilusiones.

—¿Y qué significa eso?

Hinata alargó la mano y le apartó el pelo que le caía por la frente.

—La ilusión es el tímido amante de la realidad, que la anima cuando está deprimida. Con su experiencia de tantos años, la ilusión es astuta, y a la vez olvidadiza de su conocimiento. Eso es lo que es sagrado para mí.

—¿Te ves a ti misma como una ilusión?

Hinata le sonrió.

—¿Quieres ser mi realidad? —Cuando sus penetrantes ojos azules se fijaron en sus labios, añadió: —¿Estás soñando con nuestro beso, demonio? Eso espero, porque yo no dejo de pensar en él. Me gustó la forma en que me besaste.

—¿Y por qué has venido aquí esta noche? —preguntó con los ojos entrecerrados.

«Para olvidar la repugnancia que Toneri me ha hecho sentir.»

—Para avisarte. La próxima vez que venga, no mostraré ningún tipo de piedad. —No podía, ya que con cada día que pasaba disminuían sus probabilidades de quedarse embarazada.

Las hechiceras no eran una especie demasiado fértil comparada con otras de la Tradición. El demonio escrutaba atento su cara, como si tratara de hurgar bajo la máscara de sus ilusiones.

—Hinata, no creo que seas tan mala como aparentas.

—Conmigo nada es lo que parece. Siempre es mucho, mucho peor.

—No. No creo que realmente quieras hacernos todo eso ni a mí ni a mi gente.

—¿Hacer qué cosas? ¿Luchar por el poder? ¿Capturar a un demonio? —Al no responder Naruto, su tono se hizo más frío: —Crees que me puedes cambiar, ¿verdad? Convertirme en alguien bueno, incluso rehabilitarme.

—En mis circunstancias, tengo que creer eso. Puedes aprender a ver las cosas de otra forma. Yo te puedo enseñar a...

Al levantarse, pareció que la habitación se desmoronaba con su furia. Encima de ellos, en la ilusión de cielo, caía una lluvia de estrellas.

—Corté la cabeza del primer macho que intentó hacer que yo fuera buena. —Al llegar a la puerta, añadió: —En esa época, sólo tenía doce años.

.

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Continuará...