El rey Demonio


HECHICERA DE ILUSIONES


Cuando Naruto detectó el sensual aroma de Hinata cerró los ojos un instante, y luego se maldijo por ser tan débil. ¿Qué tenía planeado hacerle esa noche? Los sirvientes de la hechicera lo habían desnudado y atado a la cama, y lo único que le cubría la mitad inferior del cuerpo era una sábana.

Hacía dos días que no la veía. Las horas habían ido pasando con extrema lentitud, haciendo que la celda le pareciera cada vez más pequeña, y las esposas que tenía en las muñecas y los tobillos le habían causado profundas laceraciones que no dejaban de sangrar.

Todos los demonios de la ira habían oído historias sobre ciertos demonios que se transformaban y nunca podían recuperar el control de sí mismos. Esos seres completamente demoniacos vivían como animales... un futuro espeluznante para alguien como Naruto. Para controlar la ira, los de su raza solían masturbarse varias veces al día, pero Hinata le había negado incluso eso.

La hechicera le había preguntado si la odiaba, y en ese momento la respuesta había sido no, pero la semilla estaba allí y, con cada día que lo mantenía encerrado en aquella celda, iba creciendo.

—Estás enfadado por cómo te he tratado —dijo ella, altiva, al entrar en la estancia y colocarse detrás de la cama. —Pero tengo intención de compensarte.

«Volverá a atormentarme. Volverá a seducirme.» El odio creciente que sentía iba a la par que el deseo. Al ver que se excitaba por debajo de la sábana maldijo su propio cuerpo.

¿Por qué diablos había tardado tantos días en volver? Naruto no tenía ni idea de cuándo Hinata iba a aparecer, o si lo haría.

—¿No quieres saber qué es lo que tengo pensado? —Colocó una mano en el cabezal. —Tal como te dije, hoy traigo todo un arsenal.

Naruto sintió algo frío y metálico contra la piel y, al abrir los ojos, vio que ella le había colocado las manos en el torso. Hinata llevaba unos guantes hasta los codos que en las puntas de los dedos tenían unas pequeñas y afiladas garras de plata.

«¿Guantes?» Naruto se puso nervioso.

—Voy a usar todos mis recursos de seducción para conquistarte. ¿Ni siquiera piensas mirarme?

Para poder hacerlo tendría que echar la cabeza hacia atrás y Naruto se negaba a que ella advirtiera las ganas que tenía de verla.

«No mires... no hagas nada de lo que te pida.»

Hinata empezó a acariciarle los músculos del pecho y el demonio se puso tenso, pero ella sabía exactamente cómo tocarlo con aquellas garras sin hacerle daño.

—La otra noche, mientras estaba tumbada en la cama, me di cuenta de que el hecho de que tú te negaras a sentir placer no implicaba que yo también tuviera que hacerlo.

¿Estaba tratando de decirle que se había acostado con otro? ¿Era eso lo que había estado haciendo durante aquellos dos días? Al demonio le crecieron los colmillos.

—Así que pensé en ti... —le susurró ella al oído— mientras me masturbaba.

Naruto ni siquiera pudo tratar de controlar la rabia y el alivio que sintió antes de que la hechicera volviera a hablar.

—¿Quieres ver lo que me imaginé?

Sin apartarse de él, levantó las manos y se las colocó delante de la cara. El aire de encima de ellas se calentó y en el muro de la celda empezó a aparecer un espejismo, igual que si fuera una película.

Naruto se quedó boquiabierto al ver lo que la hechicera había conjurado. Podía verla desnuda, a cuatro patas, y él estaba detrás de ella sujetándola por la cintura y haciéndole el amor.

Empezaron a pesarle los párpados y apretó con fuerza la mandíbula. Le resultaba imposible dejar de mirar la escena y con cada latido de su corazón se excitaba más y más. El odio que sentía hacia Hinata empezaba a diluirse en el incontrolable deseo de estar con ella.

«Si pudiera tocarme, aliviar un poco la presión, entonces tal vez pudiese pensar...»

Imaginarse a sí mismo haciéndole el amor era una cosa; verlo, otra muy distinta. Cuando Naruto contempló en el espejismo cómo deslizaba su erección dentro de Hinata, fue incapaz de evitar que se le escapara un gemido.

—No sabes con qué estás jugando. Perderé el control. Podría llegar a matarte.

—¿Quieres ver en qué estaba pensando cuando llegué al orgasmo? —le preguntó ella, ignorando sus palabras.

La idea de que se masturbara hasta alcanzar el clímax...

De repente, el espejismo cambió y mostró a la hechicera de rodillas frente al demonio. Él tenía una mano enredada en su melena, y le inclinaba la cabeza para que ella pudiera rodear su erección con la boca. En la imagen, Naruto movía las caderas para introducirse más en sus labios, y era evidente que él también estaba a punto de llegar al orgasmo, con la cabeza completamente echada hacia atrás. ¿Hinata había estado imaginando eso?

Ella se paseó despacio hasta colocarse entre él y el espejismo, que seguía avanzando. Naruto se quedó sin aliento, y el tiempo pareció detenerse.

—¿Hinata? —Iba vestida con el traje típico de las hechiceras, el mismo que las antiguas brujas llevaban siglos atrás. En la cabeza tenía una preciosa diadema de oro y plata que bien podría haber sido la corona de una reina, y la melena suelta le caía alrededor del rostro.

Se había pintado la zona de alrededor de los ojos con lápiz negro, causando la impresión de que llevaba un antifaz que resaltaba sus ojos, y tenía los labios de color rojo sangre. El corsé metálico apenas le cubría los pechos. Debajo del mismo, una minifalda de malla casi transparente hecha de oro se pegaba a sus muslos.

A Naruto siempre le había parecido que el traje típico de las hechiceras podía ser increíblemente erótico, pero jamás lo había visto en la mujer adecuada.

Hasta entonces, pensó soltando una maldición. «Niégalo cuanto quieras...»

La Tradición permitía que se vistieran así porque eran uno de los clanes más débiles de entre todas las especies. No tenían garras, así que se las ponían postizas. Eran muy vulnerables, de modo que se cubrían el torso y la cabeza con metal. Y las máscaras que se pintaban desconcertaban a sus enemigos.

Si antes de esa noche ya le parecía irresistible...

Hinata era su fantasía hecha realidad, allí de pie, ante él y delante de un espejismo en el que se la veía besándolo del modo más íntimo posible.

«Es mía.» La hechicera se dio la vuelta despacio para que también pudiera verla de espaldas. Al observar aquel precioso trasero cubierto por la minifalda, Naruto se dio cuenta de que estaba perdido.

—He decidido que deberíamos conocernos un poquito mejor —dijo ella, mirándolo de nuevo. —Quizá no quieres casarte conmigo porque todavía no sabes lo fascinante que es mi personalidad. —Desvaneció el espejismo a su espalda.

—Fascinante personalidad —repitió como un tonto.

Ahora ella quería hablar, cuando él tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no levantar las caderas y rozar su erección con la sábana.

—Siento curiosidad, demonio: ¿qué te gusta hacer en la cama?

Naruto llevaba toda la vida tratando de averiguarlo. Sabía que le gustaba verla vestida así. Le hacía fantasear todas las horas que se pasaría desvistiéndola, quitándole aquella ropa tan atrevida. Lo complicado que sería desabrochar cada pieza... el rato que tardaría, las expectativas. Deshacer los lazos del corsé ya de por sí sería complicadísimo...

—Se rumorea que te gustan las chicas buenas, las mujeres virtuosas.

—Quiero una buena reina para mi gente —contestó tras pensarlo un poco.

—Pero no es lo que necesitas en la cama.

—¿Y cómo lo sabes?

—Por el modo en que me devoras con la mirada, y por la tienda de campaña que hay en la sábana. ¿Sabes qué pienso? Que, en lo más profundo de tu ser, siempre has querido a una chica mala. El destino lo sabía y por eso me ha elegido a mí. Creo que te has estado acostando con chicas buenas, aburridas, sacrificándote por la causa sólo porque es lo que te dijeron que tenías que hacer.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—Lo sé todo sobre ti, Naruto. Te he estudiado durante años, he devorado todas tus biografías autorizadas, incluso las más antiguas. Y a lo largo de los últimos dos días he repasado todos los artículos sobre la historia de tu familia, sobre ti. He tratado de conciliar todo lo que se ha escrito con lo que he visto directamente.

A Naruto empezó a sudarle la frente. ¿Cuántas cosas habría descubierto sobre él?

—Por ejemplo, he leído que te acostaste con tu primera hembra, que realizaste esa primera tentativa para ver si era tu reina, a los trece años, y con la segunda al día siguiente. Y creo que es verdad.

Lo era. Para un príncipe demonio encontrar a su compañera era de vital importancia. Naruto se había acostado con una hembra tras otra en un intento desesperado por dar con ella. Durante su primer siglo de vida se había acostado con más que a lo largo de los catorce siguientes.

—Todas eran mayores que tú —prosiguió ella, —unas auténticas «damas», o lo que es lo mismo, unas ignorantes en la cama. ¿Te sonreían con timidez? ¿Fingían que no tenías una erección entre las piernas? —le preguntó, señalándosela con un dedo. —¿La tratabas con delicadeza?

«Sí a todo.» El odiaba que fueran tan delicadas. Naruto quería acostarse con una hembra durante toda una noche y que su cuerpo lo recordara al día siguiente. De joven, tenía un amigo que de vez en cuando aparecía con la espalda llena de arañazos de una de sus conquistas, y él lo envidiaba profundamente.

—Tiene que haber sido muy raro eso de acostarse con una desconocida tras otra. Han sido tantas, y eras demasiado joven para soportar tanta presión. Y encima llevarte una decepción tras otra.

Sus compañeras de cama siempre estaban muy nerviosas, todas y cada una de ellas confiaban en ser la elegida, soñaban con convertirse en su reina. El sexo había terminado por ser una carga, y sus encuentros sexuales eran cada vez más embarazosos.

«Siento haberlo despeinado. Me gusta lo que me hace, mi señor.»

—Hice lo que tenía que hacer por el reino —contestó él entre dientes. Su hermano mayor, Nagato, y su padre habían encontrado a sus respectivas compañeras en reinos vecinos. —Todos creíamos que terminaría por encontrar a mi hembra...

—Y que sería una diablesa virtuosa y desprendida como tú —terminó la frase, enfadada. —Y en vez de eso, vas y la encuentras quince siglos más tarde y resulto ser yo, una hechicera violenta, mentirosa y ladrona.

—Eso todavía está por ver.

Ella lo miró con cara de satisfacción.

—Te has acostado con muchas. ¿Las complaciste a todas?

«Ni mucho menos.»

—Nunca he recibido ninguna queja —respondió sincero, porque ninguna se habría atrevido a quejarse.

Y ése era el problema. Durante toda su vida, las hembras lo habían tratado como si en la cama siguiera siendo el rey. Y, aunque pudiera sonar bien, eso a él no lo estimulaba.

—Pero nunca has estado con una hechicera. —Se sentó a su lado. —En general, somos más exigentes que las diablesas.

—¿Crees que sólo me he acostado con hembras de mi especie?

Así era, pues estaba convencido de que la reina de los demonios de la ira iba a ser una de ellos. Naruto jamás se había planteado que su pareja pudiera ser una hechicera. «Pero quizá no lo sea.» No lo sabría con certeza hasta que hiciera el amor con ella.

«Niégalo cuanto quieras...»

Hinata le pasó las garras de los guantes por el estómago, y los músculos de esa zona se contrajeron bajo la caricia.

—Eres un hombre muy viril y dominante, y además eres rey. Tal vez preferirías que yo fuera más... dócil.

«Ni hablar.» Él quería a una hembra agresiva, fuerte, incluso egoísta en la cama. Se había hartado para toda la eternidad de las delicadas.

Ella apartó la sábana y acarició su miembro con suavidad, pero arañándolo un poquito. Naruto tuvo que cerrar los ojos.

—Es una lástima, porque yo no soy nada dócil. Ni lo sueñes.

«Me alegro. Es mi reina. Ya no puedo negarlo... Tengo que protegerla, incluso de mí mismo.» —Hinata, si me transformo perderé el control. Mi instinto demoníaco tomará el mando, y si de verdad eres todo lo que el demonio que hay en mí desea y necesita... que los dioses te ayuden. ¿Es eso lo que quieres?

—Eso es lo que quiero.

—No iré con cuidado... de eso también puedes estar segura.

—Tal vez no quiera que vayas con cuidado, demonio. Tal vez encajemos mejor de lo que crees. —Se golpeó la barbilla con una garra. —A ver si lo he entendido: ¿te excita pensar en acostarte con una chica mala y hacer el amor como un salvaje, pero no quieres que ella sea sumisa?

—Deja de poner palabras en mi boca. —Jamás podría explicárselo, en realidad ni él mismo lo entendía.

A pesar de que se moría de ganas de hacerla suya y dominarla en la cama, odiaba la idea de que ella se estuviera quieta e impasible. Quería que Hinata también lo deseara, que respondiera con la misma intensidad. Ansiaba enfrentarse a su hechicera, en la cama y fuera de ella.

Pero definitivamente quería dominarla. Quería saber que, al llegar la noche, él sería el vencedor, y quería oírla suplicar a su oído con voz aterciopelada que le diera placer. O, si de verdad era afortunado, que le arañara la espalda entre más súplicas y besos.

Estaba tan excitado que incluso tembló y ella lo miró intrigada.

—¿En qué estás pensando, que te has puesto así? —Levantó las palmas de las manos hacia él.

—Déjame entrar en tu mente. Deja que vea tus fantasías.

—¿Por qué diablos iba a hacer eso?

—Podríamos verlas juntos. Sabes que si me dejaras entrar haría realidad todos tus sueños.

Rodeó su erección con los dedos enguantados y consiguió que Naruto se quedara sin aliento.

—¿Todavía no estás convencido? Está bien: pídeme algo, lo que sea, dentro de lo razonable, claro, y yo te lo daré a cambio de que me dejes leerte la mente. Seguro que hay algo que quieras de mí, ¿no?

—¿Lo que quiera? —Entrecerró los ojos, los iris casi rojos, con fogonazos intermitentes de color azul.

—Sí.

«Dios, tiene los ojos más bonitos que he visto nunca», pensó Hinata.

—Lo que quieras, sólo tienes que pedírmelo. —A un rey tan poderoso debía de costarle mucho tener que pedir nada.

—Ya, eso lo dices porque crees que así te saldrás con la tuya.

Ella soltó su miembro y Naruto tuvo que morderse los labios para no gemir.

—Si me dejaras leerte la mente, podría llegar a conocerte mejor y saber cómo seducirte. —«Y tú también podrías llegar a conocerte mejor, porque la verdad es que creo que no tienes ni idea de lo que de verdad te gusta». —Está bien, pídeme dos cosas.

—No quiero nada tanto como para correr el riesgo. Al leerme la mente podrías averiguar mucho más que mis fantasías sexuales.

—Naruto, si quisiera saber todas esas otras cosas me bastaría con drogarte con el suero de la verdad e interrogarte. Además, lo que quiero no es exactamente leerte la mente. Digamos que me gustaría darme un paseo por ella. Y te mostraría todo lo que encontrase.

—Si te dejara, y no digo que vaya a hacerlo, te pediría a cambio pasar una noche contigo sin estar encadenado. Y también poder moverme libremente por la celda cuando tú no estuvieras. E ir vestido.

—¿Y si estando libre y a solas trataras de masturbarte?

—Te juro que no lo haré. —Volvió a caerle aquel rebelde mechón de pelo sobre la frente.

—¿Tú nunca rompes un juramento?

—No, Hinata. Nunca.

—Está bien, demonio. —Levantó las manos.

—¡No! No creía que...

—¿Que fuera a aceptar tos condiciones? Pues lo he hecho. Vas a tener una sensación extraña. Relájate. Me han dicho que, aunque se percibe, no es desagradable. Lo notarás cuando entre en tu mente.

La hechicera empezó a deslizarse dentro del pensamiento de Naruto.

—¡He dicho que no!

—Demasiado tarde. —Se volvió hacia un lado y sopló sobre una de sus palmas.

En la pared apareció un espejismo, sacado directamente de la mente del demonio... En él, Naruto estaba en aquella misma celda con ella, pero sin las esposas, y le estaba quitando los guantes con toda lentitud. Cuando hubo terminado, Hinata estaba temblando.

—¿Quieres hacerme temblar?

Naruto no dijo nada, sino que se limitó a seguir mirando cómo en el espejismo le desabrochaba el corsé pero le dejaba puesto el tanga. Y también el collar, aunque en su fantasía parecía más bien una gargantilla.

La escena cambió y se vio a Hinata de cara a la pared, con las manos esposadas y fijas en un gancho que había encima de su cabeza.

—¿Quieres atarme?

Apartó los ojos del espejismo y miró al Naruto de verdad, estaba fascinado observando la imagen, pero lo mejor de todo era que parecía sorprenderle lo que veía, como si de verdad jamás se hubiera atrevido a reconocer, ni siquiera ante sí mismo, que deseaba esas cosas. Estaba más excitado que nunca, su pene completamente erecto.

Ella volvió a rodear su miembro con los dedos, recorriéndolo desde la base hasta la punta, mientras la Hinata del espejismo se movía inquieta.

—¿Se supone que quieres que trate de escapar de ti? —Al verlo negar con la cabeza, añadió: — Entonces ¿qué?

Tenía intención de acariciarlo hasta hacerlo estremecer de placer, pero al ver que no contestaba se detuvo.

—Quiero pasarme horas excitándote sin dejarte llegar al final —respondió él al fin. Tenía los cuernos completamente levantados, los músculos tensos y empapados de sudor le brillaban a la luz del fuego. —Se supone que estás desesperada por tocarme, por tener un orgasmo... se supone que no puedes pensar en otra cosa.

En su fantasía, él le recorría el cuerpo con las manos, acariciándole y pellizcándole los pechos desnudos. Después, le separaba las piernas y tiraba del tanga hasta cogerle las nalgas y apretárselas. Cuando Naruto vio que su otro yo deslizaba un dedo en el interior de Hinata desde atrás, tanto el uno como la otra soltaron un gemido de placer.

—Así que eso es lo que te gusta, demonio —murmuró ella, sintiéndose halagada en secreto. De todas las fantasías que alguien podría tener —tríos, acostarse con machos y hembras a la vez, fetiches, o incluso vicios varios, —los sueños del demonio se centraban en ella. Sólo en ella.

A Hinata también le sorprendió ver lo erótica que le parecía esa imagen. La idea de que uno de sus enemigos la atara debería ponerla furiosa... y no excitarla. En el pasado, siempre había tenido relaciones con hechiceros, potencialmente sus enemigos, pues podían querer robarle su precioso poder. Mostrar ante ellos cualquier debilidad habría sido peligroso, y lo de relajarse en su presencia ni siquiera se lo planteaba. Si alguno de ellos le decía que le tenía miedo, y lo habían hecho varios, Hinata nunca hacía nada para disuadirlos.

En las fantasías de Naruto éste no la temía. El demonio se comportaba como si ella le perteneciera, lo que le parecía extrañamente excitante. Con alguien así no tendría que plantearse si podía o no relajarse: él se limitaría a exigírselo.

En el espejismo, Naruto seguía acariciándola despacio con un dedo mientras enredaba la otra mano en su melena para inclinarle la cabeza y poder besarle la nuca. Le murmuraba al oído cuánto la deseaba, y le acariciaba la piel con la mejilla, sin dejar de decirle lo preciosa que era...

—¿Alguna vez has atado a una hembra? —preguntó ella sin aliento.

Al ver que él no respondía, sacudió un poco el espejismo, amenazando con hacerlo desaparecer.

—Nunca —farfulló el demonio.

—Pero quieres hacerlo. Necesitas hacerlo.

Naruto arqueó la espalda tanto como se lo permitieron las esposas y le acarició el brazo con los cuernos.

—Necesito atarte a ti, tassia —gimió como si no pudiera evitarlo.

El deseo que había en su voz... Hinata tragó saliva y se tumbó a su lado.

En el espejismo de la pared, el demonio se colocó frente a ella para poder mirarla y se arrodilló entre sus piernas. Después de quitarle el tanga, le levantó una pierna para colocarla encima de su hombro y poder besarla.

—¿En tu fantasía me besas ahí?

Naruto giró la cabeza para poder susurrarle al oído:

—Hasta que te tiemblan los muslos y me dejas la lengua mojada.

Hinata soltó un gemido y la escena cambió de nuevo, mostrándolo ahora a él lamiéndola con desesperación entre las piernas. Después se apartaba para echarle el aliento, y ella gritaba de placer y arqueaba las caderas sin ningún pudor.

Pero en la fantasía se negaba a dejarla alcanzar el clímax.

Incapaz de seguir soportándolo, Hinata tomó el control y convirtió la imagen en lo que ella había soñado. En el nuevo espejismo, la hechicera conseguía soltarse y cogía al demonio por los cuernos, obligándolo a hundir la cabeza de nuevo entre sus piernas para que volviera a lamerla hasta hacerla llegar al orgasmo.

Tumbado en la cama, el Naruto de verdad gritó y empujó la erección entre los dedos de Hinata, buscando el ansiado final. Fuera lo que fuese lo que hubiera hecho, había dado en el clavo: había descubierto lo que de verdad deseaba su demonio.

—¡Ayúdame, tassial ¡Déjame terminar!

—Hazme tuya, demonio. Conviérteme en tu esposa y haré todo lo que quieras. Te daré todo lo que necesites y sentirás más placer del que nunca has imaginado.

Deslizó la otra mano hacia abajo y le acarició los testículos, consiguiendo que Naruto gimiera de agonía.

«Mi reino está en juego.» Y a pesar de todo tenía que hacer esfuerzos para recordarse por qué no podía estar con ella. «Es mía. Me conformaría con besarla.»

—¿Cómo puedo saber que no me has drogado para que me sienta atraído hacia ti? Todo eso de que eres mi compañera podría ser simplemente un engaño.

Hinata dejó de acariciarlo y se puso de rodillas, luego se inclinó hacia adelante, hasta que sólo unos centímetros separaban s rostros.

—Mírame a los ojos, Naruto. Mírame de verdad. Sabes que soy yo.

Dios, los ojos de la hechicera eran preciosos y tenía los labios húmedos.

—¿Sigues negando que soy tuya?

—No puedo saberlo... sin probarlo.

—Esa respuesta te ha ido genial para salir del paso y no tener que negarlo. —Hinata desvió la mirada hacia los labios de Naruto e, inconscientemente, se pasó la lengua por los suyos.

—Voy a besarte. Y si me muerdes, demonio, te cortaré a tu querido amiguito y se lo daré de comer a los zombis.

Aquella mujer no tenía pelos en la lengua, ella jamás diría algo tan insípido como «Me gusta lo que me hace, mi señor». Jamás.

Pero, para descolocarlo todavía más, lo besó con ternura, seduciéndolo hasta que la cabeza le daba vueltas de la maravillosa sensación que estaba teniendo.

«Ah, dioses, es mi compañera.»

Cuando Hinata se apartó, tenía los ojos de un brillante blanco metálico.

—He podido oír tu pensamiento con toda claridad. Sabes que soy yo. Has aceptado que es a mí a quien has estado esperando todos estos años.

Había vuelto a leerle la mente.

—¿Y tú? —soltó él. —¿También me has estado «esperando» a mí?

—¿Confías en que yo sea virgen, cuando tú te has cepillado a todas las hembras del reino? — preguntó furiosa.

—¿Con cuántos has estado antes de mí?

—Tengo quinientos años. Usa la imaginación ¿Te importa? ¿Te molesta pensar que otro haya podido tocarme, saborearme, penetrarme?

Naruto sintió que le temblaba la mandíbula en la que tenía la cicatriz y ella lo vio. —¡Oh, sí que te molesta!

—¡Termina lo que has empezado!

Hinata rodeó de nuevo con los dedos su erección y volvió a acariciarlo.

—Dilo, demonio, di tu juramento y haré todo lo que me pidas. ¿Cuántas veces crees que podemos hacer el amor en nuestra noche de bodas? ¿Diez? Hay tantas posturas que podemos probar...

El apretó los dientes para evitar que se le escapara el juramento que tan tentado estaba de pronunciar. La presión a la que estaba sometida su fuerza de voluntad era casi insoportable. ¿Podía seguir negando aquello con lo que tanto había soñado? Incluso antes de conocerla, llevaba semanas sintiéndose ansioso. La tensión era palpable en el aire.

—Y claro, también podríamos explorar tu fetichismo con las cuerdas.

—¡Yo no tengo ningún fetiche!

—¿Por qué lo niegas? O mejor dicho: ¿por qué me niegas a mí? ¿Qué clase de persona es capaz de resistirse a esto?

—Yo —respondió él con la barbilla en alto. —Mucha gente confía en que seré capaz de sacrificarme por el bien común.

—¿Por qué? ¿De qué le sirve a nadie que sigas negándote a estar conmigo?

—Si te presto juramento, estaré firmando mi sentencia de muerte.

—¿Y si te prometiera no matarte? Podrías seguir vivo siendo mi esclavo.

—Creo que prefiero morir.

—Entonces, la única alternativa que me dejas es hacer que desees tanto que ya nada te importe lo más mínimo.

—Me gusta cómo me tocas, Hinata —dijo él, tratando de recuperar el aliento a pesar de que ella seguía acariciándolo. —Joder, me gusta mucho. Pero no tanto.

La hechicera entrecerró los ojos. La celda pareció sacudirse de nuevo y un viento que apareció de la nada le alborotó la melena.

—Si es así, no lo echarás de menos cuando deje de hacerlo. Mira que eres terco, demonio.

Apartó la mano y se levantó de la cama.

—Haré esto cada noche hasta conseguir que te vuelvas loco de deseo. ¡Quizá tengas una voluntad de hierro, pero la mía fue forjada a fuego! Descubrirás que tiene poder suficiente para doblegar la tuya.

—¡No te atrevas a dejarme así! —Naruto soltó la maldición más cruel que conocía y juró vengarse de ella. A cada segundo que pasaba la odiaba más y más. Hinata iba a dejarlo allí, agonizando de dolor, a punto de estallar, sintiendo el semen por primera vez circular en su interior, clavándose las uñas en las palmas de las manos para tratar de calmarse. —¡Vuelve aquí y termina lo que has empezado!

—Puedo jugar a esto una y otra vez. De hecho, creo que empieza a gustarme.

Que los dioses lo ayudaran, a él también. O le gustaría cuando intercambiaran los papeles.

.

.

Continuará...