El rey Demonio


ELLA ES MIA


Naruto estaba furioso consigo mismo. Hinata había rodeado su miembro con los labios y él había estado a punto de renegar de todo. Sí, era lo mejor que le habían hecho jamás, pero aun así.

Negó con la cabeza. No era sólo lo que le había hecho, sino cómo. La hechicera había convertido en realidad todos sus sueños. Y cuando en la celda se prendió fuego, y ella le dejó ver la intensidad de sus sentimientos...

¿Qué clase de individuo no se sentiría tentado a hacer lo que fuera por estar con ella?. Había estado tan cerca... Naruto había estado a punto de sucumbir. Si se rendía, corría el riesgo de dejarla embarazada, y luego, ¿qué pasaría si no podía escapar antes de que ella lo matara?

Su hijo crecería con Hinata y Toneri, y lo utilizarían como una pieza más de su macabro juego. Ninguno de ellos sabría cómo cuidar de un bebé demonio, claro que eso tampoco les importaría demasiado. Naruto jamás podría permitir que un hijo suyo Pasara por aquel infierno.

Hinata quería que le prestara juramento, pero él no pensaba hacerlo.

Para que un rey demonio de la ira pudiera casarse, tenía que prestar juramento y decir las siguientes palabras: «Reclamo el honor de protegerte y de tenerte a mi lado. Eres mía, mía para acariciarte, mía para cuidarte, mía para amarte. Gobernarás junto a mí y juntos crearemos nuestra dinastía. Acepta mi juramento, y así se hará, ahora y para toda la eternidad».

Si la hembra en cuestión lo aceptaba, entonces estaban casados para siempre. Pero Naruto no podía entregar su vida a nadie bajo coacción. Lo haría cuando estuviera listo. Y cuando ella lo mereciera.

Oyó unas pisadas y supo que no eran las de Hinata. Los esclavos ya habían estado allí, lo habían soltado y le habían dado la ropa...

Un grupo de cinco vampiros se materializó en mitad de la celda. Uno era Sasuke, el Enemigo de lo Antiguo. Era un general de la Horda, pero Naruto jamás se había enfrentado a sus tropas.

—¿Qué quieres? —preguntó el demonio.

Lo atacaron como si fueran un único soldado. No importaba cuánto se resistiera, Naruto no podía contenerlos sólo con sus cuernos y sus colmillos, y no pudo evitar que volvieran a esposarle las muñecas y los tobillos.

Entonces, los vampiros lo teletransportaron con ellos a la corte de Konoha y lo que vio allí le hizo sentir arcadas.

El Pozo, el poder más puro del universo, estaba lleno de partes de cuerpos desgarrados. Los seres más malvados de la Tradición estaban reunidos a su alrededor, docenas de razas distintas: los neoptera, insectos alados con cierto aspecto humano, los alquimistas, hombres eternamente viejos, con desaliñada barbas de color verde, los cerunnos, serpientes con cabezas de carnero...

«En mi hogar.»

Toneri estaba sentado en un trono de oro, con cara de sentirse muy satisfecho de sí mismo. Cuando Naruto se abalanzó hacia adelante mostrándole los colmillos, los vampiros lo retuvieron. «No puedo soltarme...»

—Bienvenido a mi corte, demonio. El poderoso Naruto no parece tan poderoso ahora.

—¡Lucha conmigo, jodido cobarde!

Toneri se dirigió hacia él, pero de repente se detuvo y centró su atención en el centro de la estancia, como si no hubiera podido evitar volver la cabeza en esa dirección.

Naruto se quedó sin aliento. ¡Hinata! Estaba rodeada por varias mujeres y le sangraba el labio. Todos los instintos protectores del demonio salieron a la luz.

Trató de soltarse de los vampiros con todas sus fuerzas, hasta que Sasuke le dio un puñetazo en un riñón.

—Tranquilo, demonio —murmuró con acento.

—Shion se cargará todos los espejismos de Hinata —dijo uno de los esbirros del vampiro. — Me apuesto veinte soberanos.

—Eres un idiota, pero es tu dinero —suspiró Sasuke. —Hinata la machacará. Esa chica tiene tanta ira que quema como el queroseno.

En verdad, los ojos de la hechicera parecían echar chispas.

—¿Qué significa todo esto? —exigió saber Naruto.

—Es sólo una pelea de chicas. Shion, la rubia, que se parece un poco a Hinata, y sus amigas, tratan de matar a tu mujer. Se han tomado el que haya fracasado contigo como un signo de debilidad. — En voz baja, Sasuke añadió: —La estás matando, demonio.

—¡Suéltame y deja que vaya a defenderla!

—Sigue mirando.

Eran demasiadas. La hechicera no podría quitarse de encima a las doce. Una trató de apuñalarla por la espalda.

—¡Hinata!

Ella se agachó a la velocidad del rayo y desenfundó su puñal para cortarle los pies a su atacante. Cuando la otra hubo caído al suelo, Hinata le quitó el cuchillo, levantó una bota y le dio una patada en la cara y la dejó inconsciente con un golpe de tacón.

En seguida se dio media vuelta y, antes de que pudiera ocultarlo, Naruto vio que la sorprendía verlo allí. Sus miradas se encontraron. Los ojos de Hinata le mandaron una silenciosa advertencia: no debía hacer nada para ayudarla.

En ese instante, la hechicera hizo desaparecer su cuerpo y lo transformó en cientos de murciélagos. Shion levantó las manos para tratar de eliminar el espejismo, pero ya era tarde. Cuando Hinata volvió a ser visible, tenía las garras enredadas en la melena de la joven.

Sujetándola con una mano, echó la otra atrás, cerró el puño enguantado y le rompió la nariz. El hueso crujió y la sangre empezó a brotar entre los gritos de Shion.

Hinata siguió sujetándola, doblándose para esquivar los puños de su media hermana. Entonces levantó la palma de la otra mano frente al resto de oponentes, igual que había hecho con Naruto para leerle la mente.

Las otras gritaron asustadas y empezaron a arañarse los ojos. ¿Les estaría mostrando sus peores pesadillas?

Mientras, Hinata se dio media vuelta y le dio una patada a Shion en la mandíbula. El cuerpo de ésta saltó por los aires, y enredado entre los dedos de la hechicera quedó un mechón de pelo. Lo lanzó sobre el cuerpo inconsciente de Shion y luego volvió a hacerse invisible.

Las pocas contrincantes que todavía seguían en pie trataron de verla sin conseguirlo. De repente, a una se le desgarró el cuello. Otra recibió una puñalada en la cabeza y cayó de rodillas antes de desplomarse.

Cuando todas estuvieron muertas, Hinata se dejó ver. Naruto se quedó mirándola atónito, igual que el resto de la corte, excepto Sasuke, que estaba ocupado recogiendo sus ganancias.

Hinata estaba toda ella salpicada de sangre, tenía la respiración entrecortada y no paraba de sonreír. Hasta que vio a Toneri, con aquellos ojos llenos de ira, dirigiéndose hacia Naruto.

El demonio gritó con todas sus fuerzas y tiró de los vampiros que lo estaban sujetando. El brujo se rió y, con un leve movimiento de muñeca, lo mandó contra la pared y lo sujetó por el cuello.

Sasuke y sus vampiros se transportaron fuera de allí sin inmutarse.

—¿Mito está tratando de capturarme? —preguntó Toneri apretando el cuello de Naruto. — ¡Dime cuáles son los puntos débiles de la adivina!

¿Qué diablos habría hecho Mito ahora? Apretó los clientes al sentir cómo se fracturaban algunos huesos de su cuello. No podía defenderse.

—¡Respóndeme, demonio!

La presión se aflojó un poco.

—¡Pelea conmigo! —La presión volvió a aumentar. Se le nubló la visión y empezó a ver puntos negros.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Hinata abriéndose paso entre la multitud.

Parecía una furia en pleno acceso de ira, con el rostro y el pelo cubiertos de sangre. Los ojos le brillaban igual que relampagos. Naruto la miró.

«Tengo que mantenerme vivo... seguir con vida.»

—Estoy interrogando a mi prisionero —respondió Toneri de espaldas.

Apretó un poco más y rompió la columna vertebral del demonio.

«No siento nada por debajo del cuello.» El brujo tenía intenciones de seguir apretando hasta separarle la cabeza del resto del cuerpo.

«Así es como voy a morir.» Sintió que la piel empezaba a desgarrársele, e imágenes de tiempos pasados pasaron ante sus ojos. No tenía esposa, ni hijos. Su único legado era... su fracaso.

—¡Suéltalo ahora mismo!

Toneri miró a Hinata. Tras unos segundos, Naruto se desplomó en el suelo.

Estaba paralizado, no podía moverse. A medida que su visión iba aclarándose, se dio cuenta de que el lugar parecía azotado por un huracán. El pelo de Hinata volaba frenético alrededor de su cabeza.

Las criaturas que había allí huyeron para ponerse a cubierto.

—Es «mi» prisionero, hermano. Y está bajo «mi» protección —A pesar de que era muy pequeña comparada con Toneri, miró a los ojos a éste sin ningún temor. —No quiero que le hagas daño.

El brujo dio un par de pasos hacia ella y la fascinación que sentía se hizo evidente en su rostro.

«¿Toneri la desea? ¿Cómo mujer?»

—Vete de aquí —le ordenó Hinata, evitando mirar a Naruto. Y, por increíble que pareciera, el brujo se dio media vuelta para irse.

Siempre se habían oído rumores acerca de que Toneri quería a una de sus hermanas de una manera nada fraternal. «Ella no. No, por favor, que no sea ella.»

Pero no podía negar el manifiesto deseo que el brujo sentía por Hinata. Mientras trataba de recuperar la respiración, Naruto se rió con amargura: se estaba volviendo loco. «Es mi palacio, mi hogar, mi mujer. Todo está mal, todo está trastocado.»

—Eso tiene que doler —dijo entonces con voz ronca. —Saber que un demonio poseerá algo tuyo... saber que ella siempre me preferirá a mí.

Hinata abrió los ojos como platos. Toneri dio media vuelta. Con un movimiento de muñeca, golpeó a Naruto en el pecho con una fuerza invisible y lo desgarró de lado a lado.

.

.

Naruto no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado consciente. Abrió los ojos un poco. ¿Estaba en la cama de la celda?. Un dolor como nunca había sentido lo atravesó, pero sólo por encima del cuello, por debajo... no podía sentir nada.

—Traed a la Bruja —ordenó Hinata a alguien a quien él no veía. —¡Rápido!

No sabía cuánto rato después, una anciana entró en la celda cargada con un montón de vendas y un saco de arpillera lleno hasta los topes. Se sentó en la cama, junto a él, y sacó un ungüento con un intenso olor a hierbas con el que cubrió las heridas de Naruto. Este no notó nada.

Mientras la mujer seguía trabajando, él mantuvo los ojos entrecerrados para que no se dieran cuenta de que se había despertado y se quedó observando a Hinata.

—¿Cuánto tardará en empezar a curarse? —preguntó ésta.

—Dos días —respondió la anciana. —Hasta entonces, no podrás conseguir su semilla. A Hinata no pareció sorprenderle su temeridad.

Otra mujer entró en la celda.

—¡El castillo está totalmente revolucionado! He oído que le has gritado a Toneri.

—Tenía el pelo castaño y se mordía las uñas como una histérica. Se parecía un poco a Hinata. «¿Otra hermana?».

—Maldita sea, Hinata, ¿es que quieres terminar como la última oráculo? —Desvió la vista hacia la cama. —¡Oh, tu demonio! No me extraña que te pusieras hecha una fiera.

—Danos una cura, Bruja. Sé que puedes hacerlo —suplicó entonces Hinata.

—Firmé mi pacto hace tiempo. —La mujer empezó a deshacer unas vendas. —Si lo rompo, moriré y a ti te darían otro mejunje.

—¿Qué tengo que hacer para que me la des? —preguntó la hechicera en voz baja.

—Uno de los que han establecido el pacto tiene que liberar al otro. O morir.

—Tiene que haber otro modo.

—Ni lo sueñes —farfulló la mujer. —Los sueños pertenecen al inconsciente.

—Yo hago planes. Y los planes pertenecen a la vigilia.

Ambas se quedaron mirándose la una a la otra. ¿Qué estaba pasando allí? Naruto parpadeó y, durante una milésima de segundo, la anciana arrugada tuvo el aspecto de una joven elfa de pelo castaño. «Pero ¿qué diablos...?» Hinata no pareció notar nada.

Un sonido ahogado escapó de la garganta de Naruto y puso fin al instante de tensión. Hinata corrió a su lado.

—No te mires, Naruto. —Ella, con su furia, había impedido que lo matasen. Por el momento. Pero ¿acaso no se daba cuenta de que Toneri regresaría, de que iría de nuevo tras él y volvería a atacarlo como el cobarde que era?

Hinata le leyó la mente sin ninguna dificultad.

—Te mantendré a salvo. Esto no volverá a suceder. —Le acarició la frente con ternura, pero luego se detuvo y apartó la mano de golpe. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie la hubiera visto. —Duérmete, demonio.

Naruto no pudo mantener los ojos abiertos durante más tiempo.

«No me leas la mente —pensó, —no me leas...»

—No lo haré —respondió ella como si él hubiera llegado a pronunciar esas palabras.

«¡Dame tu palabra!»

—Te la doy —murmuró. —Y ahora duérmete, demonio. Y sueña. Sueña con lo que más necesitas en esta vida.

Naruto cerró los ojos. Y soñó.

Estaba sentado en una silla, junto al fuego, mirando a su mujer, que seguía dormida en la cama. Las llamas iluminaban su rostro mientras soñaba plácidamente. Su amado hijo dormía en una cuna en la misma habitación.

Fuera, se estaba formando una tormenta, el viento acotaba el castillo; dentro, ellos estaban a salvo. Naruto cuidaba de ellos, los protegía. Nunca nada le había hecho sentir tan bien.

Su hijo debía de tener hambre, así que Naruto se acercó a la cuna. La cogió en brazos con cuidado y lo llevó hasta donde estaba su madre. Hinata, medio dormida, cogió al bebé en brazos y murmuró el nombre de Naruto.

Mi familia...

Abrió los ojos de golpe. «Eso es lo que más necesito. Y ella es la clave para conseguirlo...»

De repente, lo asaltó el dolor, lo sacudía a cada bocanada aire que tomaba. «Vuelvo a sentir la columna vertebral.» ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?. En aquel instante Hinata entró en la celda. Llevaba un corsé de metal distinto al de la otra vez, y se había pintado los ojos azul oscuro. ¿Cuántos días habían transcurrido?

—No puedo quedarme demasiado rato, sólo he venido a ver como está mi colosalmente estúpido demonio.

Naruto vio que volvía a ser la Hinata de siempre, la cariñosa y afectuosa había desaparecido.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó, haciendo un esfuerzo. Estaba tumbado en la cama, con un único tobillo esposado. Los brazos los tenía libres, aunque no podía moverlos.

—Un día. Tu cuerpo está sanando muy rápido. La espina dorsal y el cuello ya se han recuperado, igual que tus destrozados pulmones, si ya puedes volver a hablar.

Él desvió la vista hacia el vendaje que le cubría el torso.

—Las heridas de la piel todavía no han cicatrizado —le explicó ella—; pero lo harán pronto. Tuviste suerte de no salir peor parado. ¿Por qué diablos tuviste que provocar a Toneri de ese modo?

—Porque me sentí bien al hacerlo... Llevaba mucho tiempo esperando.

—Si yo no hubiera estado allí, habrías muerto.

El poder y la astucia de Hinata eran indescriptibles. Era tan poderosa como Toneri, incluso más, teniendo en cuenta que el brujo la deseaba.

Pero ¿sentía ella lo mismo por su hermano? ¿Se habían acostado? Cosas más repugnantes habían sucedido entre los miembros de ese clan. Tal vez por eso Hinata se había aliado con Toneri. ¿O quizá lo había hecho porque no podía matarlo? Si el brujo no fuera el Que no Muere, ¿podría ella llegar a derrotarlo? Tal eso era precisamente lo que estaba tramando. ¿Y si Naruto lograba convencerla de que la espada podía funcionar? ¿Le mostraría Hinata sus cartas? «Es la reina del ajedrez, espera el momento oportuno para tacar.» Él podría ayudarla. ¿Qué iba a perder?

Hinata se cruzó de brazos por encima del corsé de metal.

—Supongo que no tienes intención de darme las gracias por haberte salvado la vida. Eres un desagradecido, además de completo estúpido.

Naruto jamás había estado tan seguro de que iba a morir, ella le había salvado. Pero...

—Para empezar... ¡es culpa tuya y de tus espejismos que esté aquí! —Una punzada de dolor lo dejó sin aliento.

—Es por mí por lo que Toneri te ha perdonado la vida durante todos estos años. ¿No te pareció raro que no volviera a tratar de matarte?

Sí, se lo había preguntado muchas veces, en especial después de instalarse en Nueva Orleans y pasar meses y meses en el mismo lugar. Le gustaba vivir allí. Al menos hasta que pudiera recuperar su reino. Hasta que pudiera recuperar Konoha y limpiarlo de todos aquellos parásitos. Al recordar todo lo que había visto noche anterior, cerró los ojos.

—¿Te acuestas con Toneri?

—No me acuesto con él ni con nadie. Se supone que tengo que dar a luz a un heredero, y no quiero que nadie cuestione su paternidad.

No había negado que se hubiera acostado alguna vez con el brujo, pero Naruto estaba convencido de que no lo había hecho. O tal vez, sencillamente, se negaba a creerlo... porque eso eliminaría de su futuro para siempre.

—¿Por qué luchaste contra Shion? —preguntó. Ahora cada palabra le costaba un poco menos de pronunciar.

—Ella me atacó. Lleva siglos tratando de encontrar el modo de vengarse de mí.

—¿Por qué?

—Seguramente porque me hice un collar con sus intestinos y se lo enseñé a toda la corte. Y porque le he arrancado un par de órganos en un par de ocasiones. Y quizá porque los tengo metidos en jarras en la mesilla de noche.

—¿Tú...? No es verdad. —«¿Y el vampiro me dijo que yo la estaba matando?»

—Sí, sí lo es. Creo que ha perdido el apéndice y el bazo. —Se puso de pie y se acercó a la mesa, en la que había dispuesta la comida —Y hablando de esas cosas, ¿no tienes hambre?

Él miró despectivamente la bandeja, llena de fruta y verdura, ni un pedazo de carne por ningún lado.

—Mira, hechicera, si de verdad quieres que me cure... ¿por qué me das a comer hierbas?

En toda la semana, no le habían dado ni un poco de carne ni brebaje demoníaco, una potente bebida fermentada. Las hechiceras bebían vinos asquerosamente dulces y licores, y se atrevían a decir que el brebaje demoniaco era un «mejunje repugnante». Naruto no podía soportar ni el olor de las azucaradas bebidas que a ellas les gustaban.

—Siempre me olvido de que mi demonio es carnívoro. —Dejó la bandeja de nuevo encima de la mesa. —Veamos, te ayudaré a ponerte cómodo. —Sacudió la mano y de repente la celda tuvo el mismo aspecto que la habitación de Naruto cuando éste habitaba en el castillo.

Pero esta vez Hinata añadió una tormenta marina en el exterior ¿Cómo podía haberlo sabido...?

—Me leíste la mente, ¿no es así?

—Sí, —dijo ella. El tono fue despreocupado, a pesar de que sus ojos decían todo lo contrario.

Naruto empezaba a sospechar que la hechicera utilizaba espejismos para ocultar sus verdaderas expresiones. En el futuro, no le miraría la cara, sino que se concentraría en las manos, en si tensaba los hombros.

—¿Sueles romper tus promesas a menudo?

—Constantemente —contestó Hinata. —Me atrevería a decir que casi siempre.

Que no hubiera cumplido su palabra estaba mal, pero que le diera completamente igual era mucho peor.

—¿No te preocupa que todo el mundo te considere una mentirosa?

—No es culpa mía que la verdad y yo no nos conozcamos. Nunca nos han presentado como es debido.

—¿Y qué descubriste cuando estuviste hurgando en mi cabeza?

Hinata parecía alerta, como si estuviera escuchando algo proveniente del exterior. No parecía estar nerviosa, pero empezó a caminar de un lado al otro de la celda.

—Solías quedarte dormido escuchando el sonido del mar y las tormentas, y has echado mucho de menos la habitación que tenías en la torre. Tienes una relación complicada con tu hermano, y eso te preocupa muchísimo. Le echas la culpa de haber perdido tu reino.

Todo el mundo creía que Naruto culpaba a su hermano por la pérdida del reino. Y en parte era verdad... ¿Se suponía que tenía que parecerle bien lo que su hermano había hecho? Su hermano era además un mentiroso, un tramposo, y hacía la guerra por dinero. Su vida carecía de sentido.

«¿Y la tuya no...?»

—Tienes dos hermanas —prosiguió Hinata, —con las que apenas te relacionas. Viven su propia vida, y a menudo te preguntas si deberías involucrarlas más en tu proyecto. Te avergüenzas de ti mismo por sentir envidia de un amigo tuyo que al final ha encontrado a su alma gemela. Un licántropo. Creo que llanta ¿Shikamaru Nara?

Naruto la miró a los ojos, a pesar de que lo incomodaba todo lo que ella había visto. Sí, tenía envidia de Shikamaru, y consideraba ese sentimiento una mezquindad. Si fuera una buena persona se alegraría de que su amigo fuera feliz.

Pero Naruto era uno de los más viejos de la Tradición, y a lo largo de su larguísima vida había visto cómo uno tras otro de sus amigos habían ido encontrando a sus respectivas parejas.

Todos y cada uno de ellos habían experimentado algo con lo que él sólo podía soñar... algo tan vital que todos habían empezado a sentir lástima por él.

El demonio era realmente estoico, pero Hinata sabía que estaba afectado por todo lo que ella había averiguado.

—¿Algo más, hechicera?

—Muchas cosas.

Naruto era un ser muy solitario. Tenía amigos, pero estaba demasiado obsesionado con su misión como para disfrutar de ellos. No aprobaba la conducta de su hermano menor, ni a la panda de mercenarios que trabajaban para él, así que con su hermano solo pasaba el tiempo mínimo y necesario.

Hinata también sabía que no lo había arrancado de brazos de alguna amante.

—Básicamente —dijo, —vi que te sientes... solo.

Y era esa soledad lo que la atraía, lo que la tenía intrigada y que se sintiera todavía más frustrada. La noche anterior, sólo de imaginar el dolor que sentiría Naruto si le arrancaban un brazo, un sentimiento desconocido la consumió con tanta fuerza que ni siquiera oyó a Shion acercándosele por la espada.

Los sentimientos hacían que la gente cometiera estupideces hacían vulnerable.

Y peor aún, Hinata había sentido vergüenza de que Naruto viera el castillo de ese modo. Jamás podría olvidar su cara de asco al ver cómo estaba el que había sido su hogar. Por algún motivo no quería que pensara que ella también vivía de esa manera, que era como ellos.

«Que no haga nada no quiere decir que me guste lo que está pasando.»

—¡No tenías derecho a meterte en mi cabeza! —Se tumbó de lado sobre la cama y apretó los labios para reprimir el dolor. —Y luego me hiciste soñar...

—¿Que te hice soñar, Naruto? —Eso no lo había visto en su mente. —Te dije que soñaras con lo que más necesitaras. Me refería a que soñaras con que te curabas. ¿Acaso tu mente te mostró otras cosas?

—No es asunto tuyo —contestó él con rostro inescrutable.

Hinata lo dejó estar. Por el momento.

—También he visto que quieres que me pase a tu bando. Eso sí que sería toda una proeza. Deja que te diga una cosa: es muy poco probable que me una a ti para enfrentarme al brujo poderoso que ha existido jamás.

—He visto tu capacidad, Hinata. Eres más poderosa que él.

—No alientes mi ya considerable vanidad, demonio. —Se miró las uñas. —No te servirá de nada.

—Únete a mí y busca asilo entre nosotros.

—¿Asilo? ¿Dónde? ¿En tu castillo? Oh, perdona, lo había olvidado, tú no tienes castillo. Al menos con Toneri estoy a salvo de los de tu clan.

—Forma parte de mi clan y nadie volverá a hacerte daño nunca más.

Hinata se sentó en los pies de la cama.

—Ésa es la diferencia entre tú y yo. Yo nunca trataré de convertirte. ¿Crees que me gusta que no sepas mentir y que aprecies cosas tan absurdas como el valor? Por supuesto que no. Pero no trataré de convencerte de que dejes de ser así. ¿Por qué la gente corno tú siempre quiere hacer cambiar a la gente como yo? —Eso era lo que más odiaba: no las ideas en sí mismas, sino que se intentara imponerlas a los demás.

—Porque vivimos más tranquilos y felices. Sabemos lo que es la lealtad, la fidelidad, el honor...

—Esas cosas están sobrevaloradas. Todos esos sentimientos consisten en negarse algo, a uno mismo o a los demás.

—Siguiendo ese razonamiento, ¿cómo explicas entonces tu lealtad hacia Toneri? ¿Te has sentido tentada de aliarte con sus enemigos?

—Jamás —mintió ella. Se sentía constantemente tentada de traicionarlo. Y mucho más ahora que su hermano empezaba a desmoronarse bajo la presión de los rebeldes, con los vampiros listos para atacar el castillo al anochecer, y las amenazas de aquella loca valquiria. Y el hecho de que Hinata pudiera acostarse con el demonio...

Pero, a decir verdad, ella podría haberle sido leal a Toneri. Todavía recordaba la primera vez que lo vio. Cuando fue a buscarla parecía tan caballeroso..., y las salvó a ella y a Hanabi del ataque de unos humanos ignorantes. Se las llevó a vivir a aquella pensión, en la que no había ni humanos ni vrekeners, y ambas hermanas estuvieron por fin a salvo, protegidas por los muros de Konoha.

Hasta que, un día, Toneri le puso una mano en el muslo.

Evidentemente, ni Hanabi ni ella creían que fuera su medio hermano sólo porque él se lo hubiera dicho. Pero las dos sabían que su madre, había cometido un grave pecado, haciendo que su noble familia de hechiceros la repudiara. Ese pecado la hizo sentir tan indigna que, al parecer, el padre de Hanabi y Hinata se le antojó en su momento un buen partido.

Toneri les contó que su madre había sido la Vestal de su tiempo y que había dado a luz al peor de los seres: a él.

—El brujo no podrá derrotar a la alianza que Mito está formando —dijo Naruto, interrumpiendo los pensamientos de la hechicera. —Él solo no.

—Ah, sí, el Ejército de Vertas. Así es como Mito lo ha llamado.

—¿Has hablado con ella?

—No, digamos que mantenemos cierta correspondencia. Y deja que te diga que está como una cabra. ¿A quién se le ocurre confiarle un ejército a una lunática?

—En su locura hay cierta lógica —se limitó a responder él; pero a juzgar por el tono, se diría que respetaba a la valquiria.

Por suerte, Hinata no quería ganarse su respeto, así que no sintió celos de Mito. Si quisiera, Naruto la respetaría, en cualquier momento... si ella quisiera.

—Además, Toneri no está solo, demonio. Ya has visto a los miembros de su ejército. —Gente que moriría si el brujo no lograba recuperar pronto el control. —Esta Ascensión será de las buenas.

—¿Y no te preocupa que cuando llegue tú y yo estemos en bandos opuestos?

—Lo dices como si ahora no lo estuviéramos.

—Tal vez, pero no lo estaremos mucho más.

—Entonces deduzco que piensas unirte al Reino, porque desde luego yo tengo previsto estar en el bando de los ganadores —Pero a pesar de sus palabras, por primera vez no estaba tan segura. Toneri estaba demostrando ser un completo inútil a la hora de defenderlos de las amenazas que los acechaban. Sin él a la cabeza, los rumores y la inestabilidad no tardarían en extenderse por todo el ejército. En algunas facciones pequeñas ya habían empezado a romperse varios pactos.

Esa noche, tan pronto como se pusiera el sol, Hinata y Hanabi tendrían que jugarse la vida en el campo de batalla sólo porque Toneri no había sabido estar a la altura.

—Demonio, tienes que entender que Toneri es imposible de matar. No hay modo de derrotarle.

—¿Y si lo hubiera?

—Sigues confiando en la espada de Momoshiki. —Lo miró con indulgencia. —Es una fábula, Naruto. Aun en el caso de que funcionara y tú estuvieras libre, jamás podrías acercarte lo suficiente a Toneri como para utilizarla.

—Funcionará. Mito me ha jurado que sí. Y ella nunca se equivoca.

—Debe de haberse equivocado... —Hinata se interrumpió al oír un grito procedente del exterior. No tardaron en seguirlo los cascos de unos caballos y el resonar de las botas de los soldados.

«Se ha puesto el sol.» Los vampiros los estaban atacando.

Me tengo que ir. No regresaré durante un tiempo.

—¿Por qué? ¿Adónde vas?

«A tratar de restaurar la poca cordura que le queda a mi hermano Y si no tengo suerte...» —Al campo de batalla.

.

.

Continuará...