El rey Demonio


JURAMENTO


—¿Toneri sigue catatónico?—le preguntó Hanabi por telepatía mientras esquivaba la flecha extraviada de un centauro.

Hinata descargó su larga espada en el cuello de un vampiro desde atrás, haciéndole un corte limpio.

No, catatónico no. Sólo cada vez más loco. —Con sus botas de puntera metálica dio un puntapié para apartar la cabeza cortada del vampiro. —El ojos vidriosos, sudoroso Toneri, reclama sacrificios.

Hacía unas pocas horas, Hinata había ido de nuevo a la torre de Toneri, un lugar que odiaba, para implorarle que diezmara el ejército que iba a atacarlos. Se lo encontró sentado en su cama, recibiendo los mimos de Shion, que todavía se estaba curando de sus heridas, y exigiendo otro sacrificio.

—¡Alguien joven! —gritó el brujo.

No podemos ganar sin Toneri—dijo Hanabi. —Terminarán por encontrarnos. Sólo tienen que seguir la estela de cuerpos sin cabeza que vamos dejando atrás.

Lo de ser invisible tenía sus ventajas.

Tienes razón.

Los zombis eran luchadores bastante decentes, pero no pensaban. En cambio, los libitine que merodeaban por el cielo nocturno, y eran excelentes asesinos, jugaban con sus víctimas.

Los centauros llevaban flechas envenenadas, pero estaban en desventaja ante los vampiros, con su capacidad de teletransportarse, porque eran blancos y muy grandes; varios vampiros podían lanzarse sobre la espalda de un centauro, hasta tirarlo al suelo desangrándolo desde el principio.

Unos pocos vampiros de Sasuke estaban cavando una zanja. Hinata espió a éste desde el campo de batalla, y vio cómo atacaba a otros de su especie, descuartizándolos con una salvaje sonrisa en la cara; era la primera vez que lo veía sonreír. Llevaba el cabello alborotado y parecía una fiera, con la cara toda ensangrentada.

Hinata ladeó la cabeza. Era tan alto como el demonio, pero no tan musculoso. «¿Por qué estoy pensando en el demonio ahora?»

Dio una estocada hacia adelante atravesando a un vampiro. Una vez se deshizo de él, vio cómo Hanabi acababa con una de esas sanguijuelas, atravesándola con la espada. Normalmente, la joven era una persona pensativa y considerada, pero en combate era imparable. Más de una docena de veces Hinata había querido gritar: «¡Esa es mi hermana!».

—¡Hinata!—gritó Hanabi de golpe. —¿Cómo es que los vampiros nos están mirando?

Miró a su alrededor. Eran... ¿visibles? Movió rápidamente la mano para conjurar otra ilusión, pero fue en vano. Sólo había una persona que pudiese contrarrestar su poder de esa manera.

Shion. —Las había hecho visibles. —¿Puedes crear un portal? —le preguntó Hinata a su hermana mientras ambas se colocaban espalda contra espalda, haciendo girar las espadas levantadas, en busca de una salida.

Ya lo he intentado, pero no lo consigo —contestó Hanabi.

Estaban rodeadas, y los vampiros estaban cada vez más cerca.

—Me parece que estamos acabadas.

—Me parece que tienes razón.

Ahora estaban ambas sin poderes, dos pequeñas hechiceras en medio de la Horda. Hinata buscó a Sasuke en la distancia pero no lo vio...

Un chupasangres se lanzó contra ella con los colmillos preparados, raspándole la piel antes de que lo hiciese la armadura de Hinata. Ésta se agachó y se lo quitó de encima con un puñetazo.

Pero había más que estaban avanzando.

Centenares más.

Inesperadamente, en una situación como aquélla, se encontró preguntándose qué sentiría el demonio al saber que había muerto. ¿Guardaría luto por su compañera? Hanabi gritó:—¡Hinata!

Ella la oyó a pesar del clamor de la batalla, del ruido de los cascos, de los silbidos de los arcos y los mandobles de las espadas.

«Más cerca...» ¿Qué le podía decir a su hermana? ¿Cómo podía protegerla?

El fin estaba cerca... los vampiros se acercaban... casi las tenían... y de repente, los atacantes se convirtieron en... ceniza que se esparció por encima de sus botas.

Había un poderoso poder en el aire. Hinata se volvió instintivamente hacia el castillo. Toneri estaba de pie en la muralla, con la boca abierta, ojos de loco y las palmas de las manos levantadas. Los había liquidado a todos.

Lo mismo que todos los guerreros del Reino que todavía seguían en pie, se quedó mirando al brujo en estado de shock.

De golpe, se hizo el silencio en el devastado y sangriento campo de batalla. El viento le alborotaba a Hinata el pelo alrededor de la cara, y podía oír el susurro de la brisa en los árboles cercanos. Los pájaros nocturnos cantaban en la lejanía.

Las cenizas se esparcieron...

Toneri lanzó una mortífera mirada a Shion y ésta cayó de rodillas, llorando.

Hanabi se acercó a su hermana.

—¿Y ése es el ser con el que quieres que nos enfrentemos?.

.

.

Hinata le había dicho que iba al campo de batalla.

Naruto quería evitar que se enfrentase a quienes querían matarla y también quería evitar que la hechicera liquidara a su propia gente. Había supuesto que se habían enterado de que él estaba cautivo y se habían revelado.

«Está allí fuera, desprotegida.» Tiró fuerte de las esposas, con frustración; los músculos de su torso, que todavía se estaban recuperando, se quejaron. Ahora que podía levantarse de la cama, habían vuelto a encadenarle las manos a la espalda. Aunque la piel del pecho ya se le había regenerado, como cualquier nueva cicatriz le seguía doliendo cada vez que se levantaba o se movía de golpe. Caminó por la habitación, deseando que Hinata volviera.

«No puedo hacerla cambiar. No puedo hacer que diferencie lo bueno de lo malo. Una vez haya escapado...»

Hablaba consigo mismo de imposibles, porque quería a su compañera de una forma que iba más allá de la razón. Recordó el sueño que había tenido. La paz perfecta. Deseaba a Hinata más que nunca. Quería estar con la Hinata de la noche anterior, la que le había hecho hervir la sangre.

«Es mía. Para lo bueno o para lo malo, es mi compañera.»

«No te mueras... no lo hagas...»

Cuando percibió su olor, cerró los ojos un instante. Unos segundos después, la vio entrar en la habitación y plantarse frente a él. Estaba sin aliento, su pecho subía y bajaba. Llevaba puesto un casco puntiagudo unido a un collar metálico, y unos guantes largos con unas garras metálicas tan afiladas como cuchillas.

Tenía los ojos plateados, y sangraba por una comisura de los labios. ¿Había ido directo a él después de la batalla? Naruto entrecerró los ojos. «Hinata estaba temblando.» Él conocía perfectamente la mirada del soldado que ha estado a punto de morir. «Y ha venido directo a mí.»

Cuando la sangre le llegó a la barbilla, Hinata se la secó con el antebrazo.

«Tan preciosa. Tan letal. Mía.» En un abrir y cerrar de ojos, tuvo una erección. «¡No! ¿Cómo voy a desearla cuando acaba de venir de una batalla contra mi propia gente?»

Pero, de hecho, si la hechicera había ido corriendo a verlo, tampoco pasaba nada porque Naruto tuviera también ganas de estar con ella. Hinata le cogió la cara con las manos y se puso de puntillas para besarlo. Sus labios eran suaves y temblaban bajo los suyos.

Estaba tan desesperado por volverla a ver sana y salva que se lo demostró con un apasionado beso de alivio. La hizo suya con su lengua, besándola de una forma salvaje, hasta que ella le clavó las garras en los hombros. Con un gemido de dolor, Naruto se apartó.

—¿Qué ha pasado esta noche?

—Me ha ido por los pelos —contestó Hinata jadeando. Se quitó primero un guante y después el otro, y los lanzó al suelo.

—Tenía miedo de que murieras.

Se desabrochó la armadura por el costado.

—Ha habido un momento en que estaba segura de que eso iba a pasar —dijo, dejando caer la armadura.

Justo en el momento en que Naruto notó sus pezones duros restregándose contra él, ella empezó a bajar la mano por cuerpo.

—Desencadéname, Hinata. —Estaba deseando que tocara su miembro.

—No puedo.

—Déjame protegerte.

—Bésame primero, ya hablaremos después...

Se estremeció cuando ella metió la mano dentro de sus pantalones y rozó con los dedos la húmeda cabeza. Rodeó su erección y con la yema del pulgar le acarició la punta, con unos excitantes movimientos circulares.

«Ya es suficiente.» Inspiró gimiendo contra sus labios, y se volvió a concentrar en el beso. La iba a poseer de una forma u otra.

Sus respiraciones se volvieron frenéticas. Naruto apenas se dio cuenta de las ilusiones de fuego que se formaban en la celda. Con la mano que le quedaba libre, Hinata le desabrochó los pantalones y los empujó para que cayeran hasta sus tobillos. Lo cogió por el pene y lo condujo a la cama.

Se seguían besando como si sus vidas dependiesen de ello mientras se acercaban al colchón. Con las muñecas esposadas, Naruto no podía mantener el equilibrio, pero en el último instante se movió de tal forma que consiguió evitar caer encima de ella.

Entre besos, se acomodaron hasta que Hinata quedó debajo, tendida de espaldas en la cama. Haciendo caso omiso del dolor, se puso de rodillas. Una vez más se sentía frustrado. No podía subirle la falda, no le podía romper las bragas, no la podía acariciar.

—Quítate la falda.

Aturdida, ella se desanudó el lateral de la falda y dejó que ésta cayera.

—Ahora eso. —Señaló con la cabeza la tanga negra.

Hinata se lo bajó hasta los tobillos y luego, de una patada, apartó quedándose sólo con el casco y el collar puestos. Tenía los párpados cerrados y la sombra de ojos blancos metálico ahora que llevaba brillaba.

—Abre las piernas —susurró.

Mientras ella lo hacía, a Naruto le pareció oírla gemir, un sonido ahogado surgió de la garganta del demonio al ver sus rizos oscuros y la brillante piel.

—Tócate. Déjame verte mientras...

Hinata obedeció al instante y sus delicados dedos empezaron a tocar su sexo. Él respiró hondo. «Lo hace con destreza. Sin dudarlo.» Por primera vez en su vida, iba a tener a la hembra que secretamente siempre había deseado.

Estaba maravillosa debajo de él, con el cabello esparcido por la cama, las llamas reflejándose en sus ojos y su cuerpo estremecido mientras se masturbaba.

—Dame tu palabra, demonio. Me convertirás en tu reina.

«¿Reina de la gente a la que ha matado?» Pero entonces Naruto le vio dos regueros de sangre que corrían paralelos de cuello al pecho.

—¿Qué es eso?

Ella movió la mano y los hizo desaparecer cubriéndolos con una ilusión.

—Un vampiro ha intentado morderme, pero mi armadura lo ha parado justo a tiempo.

—¿Por qué un vampiro?

Con un bufido, Hinata apartó la mano de su sexo y se incorporó, apoyándose en los codos y retirando de un soplo un mechón que le había caído sobre los ojos.

—Estamos en guerra, no intentarán matarme a besos.

«¿No ha estado matando a mi gente?»

—¿Están en guerra con los vampiros?

—Con alguno de ellos. ¿Qué pensabas?

—Yo... ¿No vienes de luchar con los demonios de la ira?

Ella había arriesgado su vida contra un enemigo común.

—¿Qué? Creías que...

—Hinata, dame un minuto, por favor. —«Déjame pensar...» —No debes luchar contra ellos nunca más.

—No puedes evitarlo. Me encanta cargarme chupasangres.

—Eso lo comparto. Pero son enemigos muy mortíferos. Quédate en el castillo.

—Sólo habría un motivo para que evitase enfrentarme a ellos: que estuviera embarazada.

Los vampiros habían matado a su padre y a su hermano. Para Naruto sería una maldición si también mataran a su reina. «La única manera de salvarla es dejándola embarazada.» Lo que significaba que tendría que casarse con ella, a no ser que ganara aquella batalla entre ellos. Haría que se volviera loca de placer y lo aceptara sin tener que prestar ningún juramento.

—¿Y qué motivos tendría para perseguir a demonios de la ira? —preguntó entonces Hinata con desdén. —Eso es como cazar ovejas...

—¿Te quieres callar? —soltó Naruto. —Me estoy planteando pronunciar el juramento.

Ella parpadeó.

—¡Oh!—Esbozó una lenta sonrisa, y transformó los pinchos de su casco en delicadas hojas doradas cuyos tallos se enredaban en su pelo.

—Lo haré en cuanto me liberes de las esposas.

—Te liberaré cuando lo hayas hecho.

Naruto se inclinó un poco hasta que su miembro se posó sobre el sexo de Hinata, carne con carne. El de ella estaba caliente, preparado para él. El de él latía con fuerza. Pero cuando intentó penetrarla, su pene se deslizó de los húmedos labios. —¡Naruto! —gritó.

Él lo intentó otra vez, pero seguía sin acertar.

—¡Ahhh! —El sudor le cubría la frente debido a su desesperación por introducirse en su interior. —Necesito las manos, querida.

—¡Préstame juramento!

—Deja que te penetre y lo haré —dijo entre dientes.

Con la otra mano, Hinata cogió su miembro, pero en vez de introducirlo en ella lo paseó por su húmedo sexo. Naruto se estremeció.

—Cásate conmigo, demonio —susurró mirándolo con sus ojos de pesados párpados. Él sintió como si pudiera perderse dentro de ellos. —Te necesito. Te necesito entero. ¿No notas cuánto te necesito?

—Dentro de ti, tassia. ¡Necesito estar dentro...! —gritó cuando con la punta del miembro notó por un momento lo apretada que estaba. Desesperado por hundirse en su calor, movió las caderas hacia adelante, pero Hinata seguía sujetándolo firmemente, manteniéndolo apartado. Él soltó un gruñido de dolor. —Maldita seas, hechicera. Eres mía; y quiero lo que es mío.

—Entonces, tómame. Y nota cómo llego al orgasmo por ti. Di las palabras.

«Protégela de la batalla como puedas.» Ella le había enseñado las reglas del juego, y ahora él se disponía a ganar. La haría suya. Pero lo haría a su manera.

—Hinata, necesito hacerte el amor. —Intentó mover las caderas una vez más para penetrarla, pero ella se lo impidió haciendo que resbalara en su sexo. —Mírame cuando te haga el juramento.

Cuando la hechicera lo miró a los ojos, Naruto pronunció en duro demoníaco:

Nunca me casaré contigo, Hinata. No hasta que confiemos plenamente el uno en el otro. Y juro que me vengaré de lo que me has hecho. —Al acabar, añadió en la lengua común: — ¿Aceptas?

La mirada del demonio era tan firme, tan irresistible, que el corazón de Hinata latió emocionado.

—Sí, Naruto. Acepto. Pero ¿cómo sé que me has prestado juramento?

—Porque yo nunca miento.

Ella se quedó mirándolo largo rato, hasta que él dijo con voz entrecortada:—He esperado mil quinientos años a que llegara este momento. No me hagas sufrir más.

Hinata tragó saliva y guió la punta de su erección hasta la entrada de su cuerpo.

—Más —farfulló él con apenas un susurro. —¡Ahora! —Su sudorosos músculos se tensaron y se le agudizaron las facciones.

Ella se estremeció y deslizó su pene un poco más adentro. —Eres... demasiado grande. — Notaba cómo la iba abriendo.

—Entonces tengo que conseguir que estés más húmeda. Arquéate hacia mí.

Hinata le hizo caso. Fascinada, miró hacia abajo y observó cómo él le recorría los pechos con los labios.

—Bésame, Naruto.

Al oír sus palabras, Naruto tembló de placer. —Esto va a acabar... antes de que comience.

Por fin consiguió recorrerle un pecho con la lengua. Cuando sus labios hambrientos se cerraron sobre el otro, Hinata le acunó su cabeza entre las manos, estrechándolo contra sí a la vez que se le escapaba un gemido de placer.

Ella deslizó la mano que tenía libre hacia el clítoris y pronto el rígido sexo del demonio que tenía en su interior empezó a serle necesario, incluso vital, como si fuera a morirse si él no estaba dentro de ella.

Naruto dejó de besarla.

—Más adentro, tassia. —El trató de mover las caderas, pero Hinata se echó hacia atrás. —¡No! Necesito penetrarte más. —Ni siquiera se había deslizado hasta la mitad en su interior.

Ella vio que los músculos del pecho de Naruto, que seguían sin cicatrizar, estaban temblando. No estaba lo bastante recuperado como para moverse hacia adelante sin apoyar las manos, y tampoco podía balancear demasiado las caderas. Era obvio que no podía poseerla como necesitaba hacerlo.

—Lo estoy... intentando —dijo Hinata. —Pero soy demasiado pequeña para ti.

—Levanta las caderas.

—Eres demasiado grande. Dame un segundo para que me acostumbre. —Además, en aquella postura, ella estaba a punto de alcanzar el orgasmo. —Sólo un segundo...

—No puedo. —Naruto se detuvo y frunció el cejo. —Estoy perdiendo el control. —Empezó a retirarse.

—Pero ¡si estoy a punto!

—No quiero hacerte daño...

Hinata le clavó las uñas en las nalgas.

Él gimió de placer y arqueó la espalda.

—¡No hagas eso! ¡No lo hagas! volvió a hacerlo clavándoselas con más fuerza. Fue como si alguien hubiera encendido una mecha en el interior del demonio, igual que cuando se espolea a un caballo, y empezó su proceso de transformación: se le oscureció la piel, que brilló a la luz de las llamas. Verlo en aquel estado desconcertó a Hinata y la excitó todavía más. Mucho más.

Por todos los dioses, se moría de ganas de recorrer con la lengua cada centímetro de su piel. El tono de voz de Naruto también era distinto, e incluso había cambiado su porte. Le habían crecido los colmillos, y tenía la mirada fija en una parte del cuello de ella, justo donde la garganta se unía con el hombro.

Quería morderla, marcarla como suya para toda la eternidad. Y Hinata estaba dispuesta a llegar hasta el final...

—¡Oh! —exclamó ella entre jadeos— Estoy a punto de... —Las llamas se avivaron a su alrededor y la hechicera arqueó la espalda, levantando los pechos.

En aquel preciso instante, Naruto experimentó la inconfundible sensación del interior de ella envolviéndolo. Su cuerpo se adaptaba al suyo como un guante.

—¡Hinata! —Iba a eyacular en su interior. «Por fin.» Sintió una emoción indescriptible al saber que finalmente iba a derramarse dentro de su mujer, que por fin podría darle parte de sí mismo a su compañera. —Necesito... marcarte. —«La he esperado durante tanto tiempo...»

—¿Vas a ponerte más demoníaco? —preguntó ella algo asustada.

—Levántate...

—¡No! Demonio, no lo hagas. ¡Me resistiré a ti si me muerdes!

—¿No? —preguntó él. ¿Hinata le había dicho que no? Naruto apenas podía oírla..., el proceso de transformación estaba demasiado avanzado. —Entonces, ¡tendrás que aceptarme todo!

Después de días de tormento, estaba a punto de estallar.

Su instinto demoníaco tomó el control de su cuerpo. «Necesito estar dentro de ella. Dejar mi semilla en lo más profundo de su ser.» Naruto apoyó la frente en el frío cabezal de la cama y consiguió así el apoyo necesario para poder mover las caderas. En esa postura, empezó a arremeter sin control, hundiéndose en Hinata.

«Es tan estrecha... ¿Demasiado estrecha?» Creyó oírla gritar cuando la poseyó por completo. Pero lo que predominaba eran los latidos de su propio corazón retumbándole en los oídos. ¿Ella estaba tratando de apartarlo? ¿Le estaba diciendo que parara?

«Es virgen.»

El pensamiento se desvaneció tan pronto como la presión que sentía en su sexo se hizo insoportable. Hinata le clavó las uñas en los hombros... y a él le encantó. Naruto soltó un grito brutal al sentir que eyaculaba por primera vez en toda su vida.

«El calor, la fuerza.»

—¡Por todos los dioses, Hinata! —Notó cómo las primeras gotas de semen salían de su cuerpo para entrar en el de ella, y puso los ojos en blanco.

Fuera de sí, movió las caderas una y otra vez hasta asegurarse e que ya no quedaba nada dentro de él. Abrió los ojos justo a tiempo de ver cómo Hinata echaba la cabeza hacia atrás para golpearle en la nariz.

—¿Qué pasa? —gritó Naruto.

—¿He esperado quinientos años para esto? —La hechicera salió de debajo de él, y el espejismo con que se había cubierto el rostro desapareció durante unos segundos.

Estaba llorando.

Naruto inspiró hondo para tratar de recuperar el control.

—¿Eras... virgen? —Maldición, él la había avisado de podía ponerse en plan demoníaco, porque sabía que incluso una mujer con experiencia podía hacerle daño... pero eso —No quería hacerte daño, Hinata. ¿Por qué me has hecho creer que tenías experiencia cuando en realidad eras pura?

Fuera lo que fuese lo que había dicho, la había cagado.

—¡Tengo experiencia y no soy pura! —Ella se hizo invisible y Naruto sintió que le daba una bofetada. Le había hecho daño y ahora su fiera hechicera se lo hacía a él.

Cuando Hinata se hubo ido, Naruto bajó la vista hasta su todavía erecto pene, e hizo una mueca de dolor al ver allí la sangre mezclada con el semen. La muestra inequívoca del dolor de ella y del placer de él... que había sido mucho más espectacular de lo que se hubiese atrevido a soñar nunca.

Pero no podía dejar de sentirse culpable por haberle hecho daño. Y tampoco porque el juramento pronunciado hubiese sido de venganza.

.

.

—¿Tan bueno ha sido? —le preguntó Hanabi a Hinata cuando la encontró sentada en la cama, con el albornoz puesto y el rostro oculto entre las manos.

A pesar de que la chimenea estaba encendida, su hermana estaba temblando.

—¿Por qué me atreví a pensar que podría ser distinto? Ha sido horrible. Si tuviera que decirlo ahora mismo, diría que no quiero volver a hacerlo nunca más.

—Lo único que ha pasado es que tu demonio es muy grande, y que era tu primera vez.

—Tal vez los demonios y las hechiceras no estén hechos para estar juntos. Tal vez los hombres de esa raza sean demasiado grandes para nosotras.

—Seguramente, lo que ha pasado es que el pobre ha perdido el control al hacerte suya. Lo que quiero decir es que, bueno, digamos que llevabas días excitándolo y...

—Sí, y ha terminado por decepcionarme a lo bestia. Hanabi, quería morderme con sus enormes colmillos. —Y cuando le había dicho que no, Naruto se había hundido en ella con todas fuerzas. Se estremeció sólo de recordarlo. —Deberías haber visto ¡Es un demonio de verdad!

—No me puedo creer que porque te haya ido mal yo ahora me tenga que pasar trescientos sesenta y cuatro días sin sexo. Eso me enseñará a no hacer apuestas contigo.

Hinata ni siquiera sonrió. Su hermana suspiró y se sentó en la cama, a su lado, para pasarle un brazo por los hombros.

—Mira, creo que nos han hecho daño tantas veces, que incluso cuando alguien nos hiere sin querer somos incapaces de ver que es así.

—¿De verdad crees eso?

—Sí. Creo... creo que no todo el mundo quiere aprovecharse de nosotras. —Al ver que Hinata soltaba un bufido sarcástico y que seguía con la cara oculta entre las manos, Hanabi añadió: —Está bien, reconozco que, a lo largo de los últimos quinientos años, todas las criaturas con las que nos hemos topado han querido fastidiarnos de algún modo. Pero no sé, tal vez el demonio sea de verdad honorable. ¿Y si es uno entre un millón? ¿Y si estuviese dispuesto a deshacer el daño que te ha hecho?

Hinata levantó la vista.

—¿Uno entre un millón?

Si Naruto fuera así, entonces tal vez ella no se había comportado del todo bien. Él la había advertido sobre lo que pasaría en caso de que perdiera el control. Pero bueno, ¿cómo se suponía que iba a saberlo? ¡Hinata nunca había estado con un demonio!

—No sabía que yo era virgen —confesó.

—Oh, Hinata, no.

«Tal vez no debería haberle dado aquel golpe en la nariz quizá tampoco debería haberlo abofeteado, o...»

—Y he dejado instrucciones para que lo castiguen. —Su famoso mal genio la había hecho actuar precipitadamente. —He dicho que lo bañen. Del todo. Tal vez todavía esté a tiempo de...

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

—Déjanos solos —le dijo Toneri a Hanabi al entrar. —¡Ya!

La joven no tuvo más remedio que salir de allí pitando, aunque miró a su hermana con cara de lástima antes de abandonarla.

Hinata se sentó erguida, temerosa de estar cerca de Toneri después del enfrentamiento que habían tenido antes.

Él empezó a pasear por la habitación, de un lado a otro, con la capa ondeando a su espalda.

—La tablilla de tu pacto... se ha roto. —La miró a los ojos con el cejo fruncido. —Tenía miedo de que te gustara. De que te gustara estar con él.

—¿Tengo cara de que me haya gustado?

—Siento que hayas tenido que pasar por eso. No tendrás que volver a hacerlo.

—No sabemos si me ha dejado embarazada —contestó ella impaciente.

—¿El demonio ha eyaculado? —Después de verla asentir, continuó. —Entonces otra puede procrear con él.

Al ser la compañera que el destino había elegido para Naruto, Hinata era la única que podía hacer que el demonio produjera semen por primera vez. Pero una vez se rompía el bloqueo, no había ningún impedimento para que pudiera dejar embarazadas a otras hembras.

—No volverás con él —dijo Toneri. —Cuando se haya recuperado de las heridas, Hanabi o Shion ocuparán tu lugar.

—Shion ni siquiera debería seguir con vida. Casi consigue que nos maten a ambas.

—La he castigado por ello.

—¿Y por qué querría Shion acostarse con el demonio? Ahora él puede dejarla embarazada, es verdad, pero... El heredero tiene que ser hijo mío. Yo soy la reina de Naruto. —Decir eso en voz alta la impresionó. «Soy la legítima reina de este castillo. Y él es mi... marido.» Toneri apartó la vista.

—Basta con que el niño sea de su sangre.

—Los demonios de la ira no reconocerán a ningún descendiente del rey excepto a su legítimo heredero.

—Quizá... te explicara mal lo de la profecía. El bebé sólo tiene que ser hijo de Naruto.

«¿Que se lo había explicado mal?»

—¿Qué se supone que tendría que hacer exactamente para desbloquear el Pozo de las Almas?

Toneri se quedó mirándola con sus espeluznantes ojos azules con blanco.

—Quiero confiar en ti. Necesito confiar en ti. Todas las horas que has pasado lejos de mí han sido una agonía.

—Dices que quieres que gobernemos juntos, pero no me cuentas nada.

—No quería que te sintieras presionada —contestó el brujo tocándose el anillo. «Me está mintiendo». —La verdad es que el hijo de Naruto tendrá que ser sacrificado.

—¿Qué has dicho?

—El primer hijo de Naruto tendrá que ser entregado al Pozo.

—¿Quieres decir que tendrás que lanzarlo adentro? —Hinata se colocó un espejismo en la cara mientras con la mirada buscaba dónde vomitar por si no lograba contenerse.

A ella no le hacía especial gracia tener un hijo, el único motivo por el que estaba haciendo aquello era para adquirir el poder, pero ni muerta iba a permitir que le hicieran daño a su bebé. Tanto si era del demonio como si no.

—Por eso no te lo dije. No creía que pudieras entenderlo. Tú no eres tan... fuerte como aparentas.

«Ni tan mala.» Toneri estaba analizando su reacción. Si su hermana se quedaba embarazada en medio de aquella debacle y se encariñaba con el bebé, él no tendría ningún problema en castigarla y matar a su hijo. Cualquier muestra de apego hacia el pequeño sería interpretada como una debilidad.

—¿Y qué te hace pensar que Shion lo tendrá más fácil que yo a la hora de seducirlo?

Hinata ni siquiera se molestó en mencionar a Hanabi. Ella jamás le haría tal cosa.

—Le daremos a Naruto un afrodisíaco.

«Por encima de mi cadáver.»

—Según tú, el heredero no tiene por qué ser legítimo.

—Exactamente. Hinata, deja que te lea la mente.

—Jamás, Toneri. Yo misma te diré lo que estoy pensando. No me importa lo más mínimo lo que tenga que hacer para conseguir el poder del Pozo —mintió, mirándolo a los ojos con decisión. — Pero me pone furiosa que no confiaras en mí y me lo contaras todo desde el principio. ¿Por qué?

—Todo pende de un hilo.

—Cuéntamelo.

Toneri volvió a pasear.

—Su hermano se ha puesto al mando de los demonios. Tiene a la Vestal y ha resultado ser irreductible. Al principio no me preocupaba lo más mínimo; al fin y al cabo, ese demonio siempre había fallado en todos sus intentos por redimirse. Pero al parecer ahora está teniendo éxito, y la propia Vestal le está ayudando a llegar hasta Momoshiki, aunque eso implique la sentencia de muerte para ella...

—Naruto ha dicho que Mito le ha asegurado que esa espada puede matarte. ¿Es cierto?

Toneri se tocó el anillo de nuevo, a pesar de que la miró directamente a los ojos.

—No. Por supuesto que no. La adivina no es infalible.

«¡Está mintiendo! Respira... respira...»

—No me estás contando toda la verdad. Toneri bajó la vista al suelo.

—Es... posible. —Eso explicaría que últimamente lo hubiera visto tan alterado. —Necesito confiar en ti. ¿Puedo hacerlo?

«Ni hablar.»

—Por supuesto, hermano.

«¡Toneri puede morir!»

—Éste es uno de los motivos por los que estoy buscando a Mito —le dijo. —Para interrogarla sobre la espada.

Para ocultar su nerviosismo, Hinata se hizo la ofendida.

—¿Por eso no me lo contaste? ¿Por eso me ocultaste información de vital importancia? No podemos permitirnos este tipo de vulnerabilidad, en especial ahora. Y mucho menos si crees que Su hermano puede llegar a terminar la misión con éxito.

El inútil hermano de Naruto estaba a punto de hacerse con la espada que podía dar muerte al Que no Muere. ¿Cómo podía usar esa información? ¿Cómo podía explotar esa nueva debilidad de Toneri?

—Debería haber confiado en ti. —El brujo se detuvo frente a Hinata y levantó la mano para tocarle la cara. —Te amo —murmuró.

Ella se apartó de golpe, tensa.

—Tú no me amas. ¡Tú ni siquiera sabes lo que es el amor! Y lo que era peor: no estaba segura de que ella misma lo supiera.

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.

Si Toneri se estaba acostando con una de sus hermanas, no era con Hinata. Ella era virgen antes de acostarse con él. Después de tantos años, nadie la había tocado.

«¿Y si la he dejado embarazada?» Naruto miró el techo de celda que ya se sabía de memoria. Era muy posible que la hechicera hubiera concebido.

«Que haya concebido a mi hijo.» Se dio cuenta de que deseaba que fuera verdad, aunque eso significara acelerar su sentencia de muerte. Si Hinata estaba embarazada, él ya no les serviría de nada. Ahora, más que nunca, tenía que escapar. «Tengo que llevarme a mi mujer y a mi hijo, y ya regresaré después a por mi reino...»

Necesitaba ver a Hinata. Le había hecho daño, y quería tener la oportunidad de compensarla por ello. Pero no sólo se sentía mal por el dolor físico que le había causado. Aunque le hubiese hecho el amor, ella no era su esposa y él no había completado el ritual de marcarla como suya.

Tenía que morderla y satisfacer así su instinto demoníaco.

Naruto se tensó al oír unos pasos descendiendo la escalera que conducía a las mazmorras. Segundos más tarde, tres hombres enormes entraron en la celda; estaba claro que eran esclavos inferi. El demonio recordó lo furiosa que estaba Hinata al irse...: ¿les habría ordenado que le dieran una paliza?

El más alto le quitó las esposas, lo que significaba que podía escapar. Se quedó quieto, a la espera del momento preciso. Tres inferi no podrían nunca derrotar a un demonio...

Le lanzaron polvo a los ojos. «Por todos los dioses, maldición...» Esta vez Naruto no se quedó inconsciente sino que lo vio todo. Pero no podía moverse.

Lo metieron en la ducha y le quitaron los pantalones, y él no podía mover ni un músculo para defenderse. Mientras lo lavaban el demonio era impotente para hacer nada que no fuera mirar el techo de la celda y sentir cómo el odio le hacía hervir la sangre.

Hinata era la culpable. Ella les había ordenado que le hicieran eso, consciente de lo mucho que él lo iba a detestar.

Cuando huyera de allí, la humillaría delante de miles de demonios, les dejaría que hicieran con la hechicera lo que quisieran. Tan pronto como esa idea le cruzó por la mente, la ira estalló en su interior, y su sentimiento de posesión lo quemó por dentro...

Se zambulló en esa ira, regodeándose en ella, y se juró de nuevo llevar a cabo la más cruel de las venganzas. Le haría pagar por todo lo que le había hecho.

«No descansaré hasta conseguirlo.»

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Continuará...