El rey Demonio


EL CIELO Y EL INFIERNO


Naruto estaba hundido hasta el cuello en las arenas movedizas del raciocinio y el instinto, donde nada tenía sentido. Estaba perdiendo el control por culpa de Hinata y no podría disfrutarlo más.

Había huido con su hechicera. Por fin. Sólo de pensar que ahora ella era su prisionera, su posesión, le daban ganas de gritar de júbilo.

Con el pelo que le caía por la espalda y el corpiño de metal que ceñía su cuerpo, parecía tan mala como su actitud demostraba, recibiendo azotes y levantando el trasero pidiendo más. Y ahora veía que necesitaba llegar al orgasmo, desesperadamente. Los espejismos de fuego estaban descontrolados.

«Esto es el éxtasis.»

Introdujo un segundo dedo dentro de su hambrienta vagina.

—Tan apretada. Caliente. —El cuerpo de ella estaba aprisionando los dedos de Naruto. —Y ya no eres virgen.

Con la otra mano, se cogió el pene subiendo y bajando el puño, hasta que tembló a punto de alcanzar el final. Retiró despacio los dedos del interior de Hinata, sólo el tiempo suficiente para darle la vuelta y poder verle la cara.

No había vergüenza ni miedo en la mirada de la hechicera. Con los ojos medio cerrados, se tumbó sobre las rodillas del demonio y levantó las caderas, permitiendo así que él pudiera tocarla con total libertad. «Tan preciosa... y feroz. Mía.»

Naruto tenía aquella sensación, todavía poco habitual, de presión en el interior de su erección, la sensible punta rozando las nalgas de Hinata. «Un placer tan extremo resulta doloroso.»

Sus músculos se tensaron, su cuerpo estaba preparado para alcanzar el orgasmo. Puso los ojos en blanco y eyaculó contra el trasero de Hinata. El clímax siguió y siguió sin que él pudiera dejar de gritar de placer, salpicando con fuerza una y otra vez, moviendo descontrolado las caderas debajo de ella.

Hinata jadeó y gimió suavemente. Ese sonido provocó en él una última explosión que fue a parar entre las piernas separadas de ella. Incluso en esa postura, se retorcía, gimiendo, a punto de tener un orgasmo...

Pero al instante Naruto apartó la mano, se abrochó los pantalones e incorporó a la hechicera. Mientras Hinata parpadeaba atónita, él arrancó un trozo de la parte inferior de su túnica para limpiar el rastro que había dejado en el cuerpo de ella.

—¿Qué estás haciendo?

—Ya he acabado. —«No me provoques... no me hagas enfurecer». —Me debes tres noches. Tres noches en las que sabrás por lo que yo he tenido que pasar. Entonces estaremos en paz. Mientras la limpiaba, ella se le enfrentó.

—¡Te voy a matar por esto!

A la luz de la luna, pudo verle el trasero bien rojo. «¿Le habré pegado muy fuerte?»

—¡Muy fuerte, desgraciado! —contestó Hinata leyéndole la mente.

—¡Sal de mi cabeza! —Lanzó el trozo de tela, y le subió el tanga con tanta fuerza que la hizo ponerse de puntillas.

—¿O qué? ¿Me darás unos azotes? ¿Sueles pegar a las mujeres?

—Nunca. —Ni una sola vez en quince siglos.

—Ah, claro, eres el rey Naruto el Bueno. Pues no parece tan bueno ahora.

—No serías capaz de reconocer nada bueno ni aunque estuviera dándote azotes sin parar. — Tiró de su falda hacia abajo tan fuerte que la prenda se rasgó.

—¿Te estoy convirtiendo en malo, demonio? ¿Derribando esa maravillosa fachada?

—Podría haber sido mucho peor. —La cogió por el brazo y la hizo avanzar, prosiguiendo el camino. —No tendría que ser así, pero fuiste tú la que empezó todo esto. ¿Te acuerdas de cuando te pedí que me dejaras libre? ¿Te acuerdas de mi dolor cuando estaba tumbado en aquella jodida cama, con la herida de mi pecho abierta y la columna vertebral rota? Me he pasado días atrapado en esa maldita mazmorra... ¡por tu culpa!

Como si no hubiese oído lo que él acababa de decir, fijó la mirada en sus cuernos.

—¿Vas a seguir echándomelo en cara toda la vida?

Le soltó el brazo. Aquella mujer lo confundía continuamente. «Por todos los dioses, me tiene hecho un lío.» Continuó caminando, sin volverse mientras hablaba en la oscuridad.

—Sígueme. Si no lo haces, te comerán viva aquí fuera.

—¿Adonde me llevas? —preguntó ella, obedeciendo. —¿Que me harás, aparte de convertirme en tu fetiche?

Naruto se paró y le cogió la cabeza con las manos, levantándosela para que sus ojos se encontraran.

—Mujer, ¿por qué me provocas? —Entrecerró los ojos. —Te burlas de mí porque te gusta cuando pierdo el control.

Ella apartó la mirada un segundo.

—En absoluto. ¿Cómo se supone que debo actuar con alguien que me ha hecho prisionera? ¿De manera complaciente?

—Si tuvieras un poco de sentido común, evitarías provocarme. —Dio por finalizada la conversación y se volvió para continuar el camino. El fuerte sol estaba a punto de salir, y el terreno se iba a volver todavía más difícil. A cada rato, Hinata le preguntaba adonde la llevaba y cuánto tiempo tardarían.

Se quejaba de la intensidad del sol, del paso que llevaban y del racionamiento que imponía él de la menguante reserva de agua que tenían.

Aparte de mojarle los labios de vez en cuando con un trago de la cantimplora, Naruto la ignoraba por completo, con la mente hecha un lío. Una parte de él se sentía triunfante. Estaba libre, y tenía a Hinata cautiva. Había empezado su venganza y había sido recompensado enormemente, eyaculando con tanta fuerza que las piernas se le habían debilitado.

Otra parte de él, en cambio, se sentía culpable por tratarla de ese modo. Sin embargo, cada vez que el sentimiento de culpa lo acechaba, se recordaba a sí mismo lo que ella le había hecho pasar. La humillación de aquellos hombres bañándolo... El mero hecho de recordar eso le hizo volverse hacia la hechicera con los labios retraídos a causa de los colmillos.

El comportamiento de Hinata le daba carta blanca para hacer con ella lo que quisiera.

Pero ¿cuánto tiempo podría seguir sin reclamarla? Si no lo había hecho todavía era porque no quería dejarla embarazada. Quería tener su hijo, pero todavía no, no cuando todavía había tanto peligro. No cuando sabía que Hinata correría hacia Toneri a la primera oportunidad.

Cuando empezaron a subir una empinada pendiente, ella tropezó. Cayó de bruces y se dio con la frente contra el suelo. Escupiendo arena, espetó:—¡Llevo demasiado tiempo así! O me sueltas, o no podré continuar subiendo. Como mínimo, libérame una mano. Necesito las dos para poder crear ilusiones. Naruto, no puedo seguir así.

El la cogió del corpiño y tiró de ella hacia arriba para levantarla.

—¡Toneri vendrá a por mí! Nunca te saldrás con la tuya.

—Una palabra más y te pongo una mordaza.

Sin hacer caso de su advertencia, Hinata continuó:—Y Sasuke será convertido en cenizas... —Se paró cuando lo vio desgarrar un trozo del bajo de su camisa. —¡Naruto! Estaré callada...

Le pasó el trozo de tela alrededor de la cabeza, colocándole la mordaza bien apretada.

—Ya lo sé...

Durante una hora la tuvo amordazada mientras seguían avanzando. Podía notar su mirada clavada en su nuca, pero no quería seguir oyendo más quejas o demandas.

Finalmente, se volvió para mirarla. Se había quedado bastante atrás. Estaba quemada por el sol, tenía las rodillas ensangrentadas y algún corte en las piernas. El trasero todavía le debía de arder.

Deseaba sentir satisfacción al ver su sufrimiento, pero no era así. Iba en contra de su instinto.

«Maldita hechicera. Me tiene tan confundido...» Le lanzó una torva mirada por encima del hombro.

Ella se incorporó y asumió su expresión altiva, entonces volvió a tropezar. A pesar de que Naruto podría continuar con aquel ritmo durante días, decidió parar por la noche por ella.

Cuando encontró un lago de agua fresca en el paso protegido de un cañón, dejó caer su mochila cerca de la orilla y se agachó para desempaquetar su contenido: una pequeña botella de vino, pan, pollo, queso, un cuchillo, un pedernal y unos sacos de dormir.

Aliviada, Hinata se dejó caer de rodillas y se tumbó sobre una cadera. Después de encender el fuego, Naruto se comió su ración de comida y a continuación se inclinó hacia ella para quitarle la mordaza. Tragó saliva repetidas veces.

—¿Es tan dulce como habías pensado? —preguntó luego. —¿Tu venganza?

—Lo será. Sólo hemos empezado, princesa. Te haré exactamente lo mismo que me hiciste tú a mí. Tres noches viniste a mi celda y me atormentaste...

—No fueron tres noches. No sabes lo que iba a hacerte la noche que te hirieron. Si no me hubieran hecho llamar desde la corte, te habrías enterado.

—¿Y no lo habías hecho todavía? —Le dio a beber un poco de agua de la cantimplora. Cuando le acercó el pollo a la boca, Hinata apartó la cara.

—Ya sabes que no como carne.

—Y tú sabías que yo sí.

—No voy a comerla.

—Pues te quedarás con hambre. —Se acabó él la comida, y preparó los sacos de dormir debajo de un árbol sin hojas que había cerca del fuego que había encendido.

—Necesito que me dejes las manos libres para poderme lavar. —Hinata se volvió dándole la espalda. —Creo que todavía estoy pringada de lo de antes.

Con la barbilla, él le señaló el lago.

—Ahí tienes agua.

—¿Y qué esperas que haga con las manos atadas?

—Pídeme que te bañe.

Sólo de ver la mirada que le dirigió, él se quitó la espada y se desnudó. A continuación, se zambulló en el agua desde un saliente. Estaba fresca, cosa que ayudó a aliviar el dolor en su maltrecho cuerpo.

Salió a la superficie a tiempo de ver cómo Hinata pisaba con cuidado las resbaladizas rocas que había en el borde de otro saliente, unos metros por encima de aquel desde el que él se había tirado. Justo en el momento en que iba a señalarle una orilla de arena por la que podía entrar en el agua, la vio resbalar y caer rodando dentro del agua. Al instante, desapareció. «Tiene las manos atadas a la espalda, el metal que lleva la hundirá.» Muerto de miedo, se zambulló tras ella.

.

.

—¿Qué piensas hacer para encontrar a mi hermana? —le exigió saber Hanabi a Toneri. La preocupación que sentía por Hinata le había dado el valor necesario para enfrentarse con aquel monstruo.

El brujo ni siquiera parecía ya un hombre: ahora era la ira personificada. Shion estaba arrodillada junto al trono, con la cabeza gacha y sin dejar de temblar, como si tuviera frío. A lo largo de las últimas horas, Toneri había matado repetidas veces: inferi, zombis, incluso a varios demonios de la ira a los que había mandado secuestrar de sus hogares.

Pero nada podía calmarlo. Los cadáveres se iban amontonando alrededor del Pozo de las Almas, ojos sin vida y extremidades entrelazadas sobre un río de sangre. El hedor y las moscas eran ya insoportables.

—Tienes que mandar a los demonios del fuego tras ella. Ellos pueden teletransportarse...

—¿Crees que no lo he pensado? —gritó Toneri. —Naruto se la habrá llevado al reino de Grave, allí hay varios portales para ir a la otra dimensión. ¡Y ninguno de los demonios del fuego o de los vampiros que están aquí ha estado antes en esa zona!

Los demonios y los vampiros sólo podían rastrear a lugares en los que ya hubieran estado. Hanabi no sabía si Toneri estaba al tanto de un pequeño detalle, pero el hecho de que los vampiros pudieran teletransportarse o no al reino de Grave era irrelevante: ninguno de ellos era ya su aliado.

La tablilla del pacto entre las facciones vampíricas y los hechiceros se había roto y, cuando la legión de Sasuke se desvaneció se hizo evidente quién había traicionado a Toneri... y a Hinata. El rey de los demonios del fuego seguía estando a su lado, pero ¿por cuánto tiempo?

A decir verdad, a Hanabi no le preocupaba que Naruto pudiera hacerle daño a su hermana. De hecho, estaba convencida de que, al contrario, la protegería con su propia vida. Lo que sí la preocupaba era la falta de morsus.

—Toneri, si no la encontramos a tiempo, ¿cuándo empezará a hacerle efecto el veneno? — preguntó.

—Una semana antes de lo que ella cree —respondió el bruto riéndose sin humor.

—¿Le mentiste sobre eso? —preguntó Hanabi furiosa.

—No tiene importancia —dijo él. —Tú abrirás un portal hacia el reino de Grave y esta misma noche los zombis peinarán la zona hasta encontrarla.

La joven tragó saliva.

—Yo... no puedo abrir un portal.

Cuando Toneri ordenó que le trajeran a los inferi de Hinata para torturarlos y matarlos, Hanabi había tomado una decisión arriesgada y había abierto un portal para salvar a los sirvientes que estaban bajo la protección de ella y de su hermana. Creía de verdad que Hinata estaba más segura en las manos del demonio que en Konoha. Y ellas dos se habían prometido que si alguna vez le sucedía algo malo a una, la otra se encargaría de proteger a los inferi.

—¿Qué has dicho? —preguntó Toneri con sus ojos blanquesinos rebosantes de confusión.

—Que no podré abrir un portal hasta dentro de varios días. —Cuando él se puso en pie y se abalanzó hacia ella, Hanabi lo esquivó.

—Si me haces daño, nunca conseguirás que Hinata regrese.

—O podría quedarme con tu poder. —Levantó las manos y un siniestro calor emanó de ellas. — Y descuartizar tu cuerpo...

.

.

Hinata se sacudió nerviosa y tosió mientras el demonio la arrastraba hasta la orilla.

—¡Te has tomado tu tiempo! —La hechicera pensó que iba a ahogarse otra vez, estaba convencida de ello, hasta que notó las manos de Naruto sujetándola.

—¡Me he lanzado detrás de ti en seguida! —Mirando la diadema de Hinata como si fuera la culpable de todo, cogió la joya y se la desabrochó.

—¡No! —gritó ella.

Pero él la lanzó por encima de su hombro hacia el campamento. Después le quitó el collar y lo arrojó hacia allí también. A continuación se agachó junto a los tobillos de Hinata. Antes de que ésta pudiera reaccionar, Naruto le levantó un pie y la tumbó en la arena para quitarle las botas.

—¡Para, Naruto! —Era inútil que se peleara con él, pero aun así lo intentó. Trató de darle patadas, apuntando al torso todavía herido del demonio, y consiguió acertar un par de veces.

Él ni siquiera se inmutó y le quitó las botas de todos modos.

—Eres mi cautiva. Mi responsabilidad. Me aseguraré de que estés limpia.

Después de la azotaina, Hinata se percató de que Naruto se había calmado, de que su mirada furiosa se había apaciguado... aunque no había desaparecido del todo. Y en aquel preciso instante regresó en toda su plenitud. Incluso su voz estaba alterada; el modo en el que hablaba y se movía no eran para nada majestuosos. Antes, el demonio estaba rígido y distante. Ahora sus movimientos eran fluidos.

—Y supongo que yo no tengo ni voz ni voto, ¿no? —preguntó, mirándolo.

Naruto negó con la cabeza, despacio, con toda su atención fija en el corsé. Se puso en pie y la levantó. Concentrado, con frente arrugada, Naruto empezó a aflojar los complicados nudos de los costados, peleándose con los cordones de piel.

Se estaba excitando otra vez, su erección volvía a ser prominente. Sus movimientos se volvieron cada vez más lentos, como si disfrutara con aquella tarea y no quisiera que terminara. Cuando le quitó la prenda, su mirada quedó fija en los pecho de ella, en el errático subir y bajar de su caja torácica. De repente, pareció como si se reconviniera a sí mismo y, acto seguido, se concentró en deslizarle la falda por las piernas.

—¡Basta! —Hinata se movió contra él, resistiéndose con todo su cuerpo, pero Naruto la rodeó por la cintura y la inmovilizó.

Le dio un cachete en el trasero, todavía resentido de antes, y le lanzó una advertencia con los ojos. Advertencia a la que ella decidió hacer caso.

—Estate quieta. —Naruto le quitó entonces las medias y los empapados ligueros y lo lanzó todo a la pila.

Una vez la hubo desnudado del todo, se concentró en deshacerle las trenzas. Parecía furioso, pero lo hizo con toda delicadeza. Al terminar, la llevó hasta el lago y dejó que el agua la cubriera hasta las rodillas. Después, le colocó las manos sobre los hombros y la empujó hacia abajo hasta conseguir que se arrodillara y que su rostro quedara frente a su erección.

Justo cuando Hinata pensaba que iba a obligarla a besarlo allí, él se arrodilló delante de ella.

Primero le quitó el polvo y la arena, y luego se concentró en investigar el cuerpo que tanto lo atormentaba. Le recorrió las clavículas con sus grandes manos demoníacas, siguiendo cada movimiento con los ojos, y luego con los labios. Cuando desvió la vista hacia sus pechos, ella supo qué sería lo siguiente. Naruto deslizó las manos por encima de ellos, y luego se los besó con absoluta delicadeza, un mero roce de sus labios.

De algún modo, estaba siendo delicado con ella; esas caricias estaban fuera de lugar. No encajaban en absoluto con la ira que Hinata podía sentir hirviendo en el interior del demonio. La tocaba con... ternura. La estaba consolando. Pero ¿la estaba consolando por lo que le había hecho o por lo que le iba a hacer?

Naruto le echó algo de agua sobre el pecho, y luego la lamió, capturando las gotas con la lengua. Con los dientes le recorrió los pezones hasta dejárselos dolorosamente enhiestos, y luego se apartó para contemplarlos. Tenía la mirada fija en ellos, como si estuviera fascinado con aquella parte del cuerpo de Hinata.

Ella maldijo a su propio cuerpo por responder de nuevo a sus caricias. Sin embargo, seguía insatisfecha de su anterior encuentro inacabado, y por todas las noches que se había pasado soñando con Naruto antes de que él la secuestrara. Empezaron a pesarle los párpados, su rencor y su miedo se desvanecieron. Él le besó el lóbulo de la oreja antes de murmurar: —He esperado muchísimo tiempo para encontrar a mi compañera. Me he pasado quince siglos sin ella. —Le acarició el cuello con los cuernos con mucha ternura. —Sin ti. Ya no puedo esperar más.

La cogió por los hombros y le dio media vuelta para poder besarle la espalda mojada.

—Todavía te gusta que te toque —dijo con voz ronca al notar que ella se estremecía. Le recorrió la columna vertebral con las uñas de una mano hasta llegar a las nalgas. —Siempre te gustará.

Cuando volvió a darle media vuelta, sus besos y caricias la habían sumido en una neblina de deseo. Y cuando él le deslizó mano entre las piernas, Hinata apoyó la cabeza en el poderoso torso y buscó ansiosa sus dedos.

«Estoy en las nubes... haz lo que quieras...»

Ya no le importaba nada. Pero entonces, Naruto levan una mano y le acarició el rostro. Hinata se tensó y se apartó furiosa.

—Nunca me toques la cara, demonio —dijo en tono amenazante.

Nueve de cada diez machos que habían acercado una mano su rostro lo habían hecho para pegarle o matarla. Al menos así había sido en sus quinientos años de vida.

—Haré lo que me apetezca contigo.

La cogió por la mandíbula y, al sentir que temblaba, Hinata lo maldijo por ser testigo de aquella muestra de debilidad.

—No tienes derecho...

—Tú me diste derecho a hacer lo que quisiera tratándome como lo hiciste.

Naruto le acarició el cuello con la otra mano. Cuando lo vio fruncir el cejo al notar la cicatriz, que seguía siendo invisible, Hinata forcejeó para soltarse, pero Naruto la sujetó con más fuerza. Ella sabía que los espejismos no tardarían en desvanecerse. Pronto el demonio vería la cicatriz del cuello. Nunca se hubiera imaginado que llegaría a estar en una posición tan vulnerable frente a él.

—¿Pretendes que nos acostemos? —le preguntó, en un intento desesperado por distraerlo. — Porque ya te dije...

—No.

—... y fue una debacle... ¿Qué has dicho?

—Te ofreceré el mismo trato que tú me ofreciste. Antes de que te haga el amor tendrás que prometerme algo. Algo que sé que jamás me prometerías por voluntad propia.

Naruto estaba buscando el modo de vengarse por haberle arrancado el juramento matrimonial.

—Me dirás: «Te suplico que me hagas tuya. Necesito que seas mi amo y señor y te entrego mi voluntad». Cuando me prometas eso, tendrás tu recompensa.

—Entonces... no la tendré jamás.

—Te juro que no te haré el amor hasta que me digas esas palabras. Y no dejaré que tengas un orgasmo hasta que me supliques, o hasta que hayan pasado tus tres noches.

—Si no vas a exigirme que tenga relaciones contigo, ¿me retienes a tu lado sólo para vengarte?

El se quedó mirándola con unos ojos rojos como el fuego.

—Y porque yo siempre cuido lo que me pertenece. —Le sujetó la nuca con las manos y le acarició los pómulos con los pulgares; luego se inclinó hacia adelante para besarla.

El último beso que se habían dado había sido frenético, enloquecedor. Como una droga. Pero esta vez Naruto le lamió el labio inferior con ternura antes de atraparlo entre sus dientes. Cuando por fin cubrió sus labios, deslizó la lengua en su interior, retándola a ir a su encuentro.

Hinata no tardó en hacerlo, y lo saboreó hasta hacerlo gemir de placer. La erección de Naruto se apretaba contra el ombligo de ella, que empezó a mover las caderas para ir a su encuentro. Arqueó la espalda y pegó los pechos contra su cálido torso.

Pero él se apartó, dejándola con la respiración entrecortada.

Hinata todavía estaba tratando de recuperar el control, aún mareada por sus besos, cuando el demonio la cogió en brazos y la sacó del agua.

—¿Qué estás haciendo?

Sin decir ni una palabra, la llevó debajo de un árbol y la depositó allí, todavía mojada, con el agua chorreándole por el cuerpo.

Entonces soltó la cuerda que le ataba las muñecas, pero sólo para atarla luego al tronco.

—Espera... ¡No, Naruto!

No sirvió de nada: Naruto le levantó las manos por encima de la cabeza y la ató. A continuación, se arrodilló delante de ella.

—Abre las piernas.

—Vete al infierno.

Con las palmas sobre sus muslos, Naruto le fue separando las piernas y se quedó mirándola durante largo rato.

Hinata quería apartar la vista, pero le resultó imposible alejar los ojos de aquella expresión tan intensa, de su cicatriz iluminada por el fuego.

—¿Sabes las ganas que tengo de saborearte? —Él se pasó la lengua por los labios y a ella casi se le escapó un gemido. —Se me está haciendo la boca agua —prosiguió emocionado. —Eres preciosa. —Su voz volvía a sonar rara.

Naruto se agachó y le acarició el vello con la nariz, consiguiendo que Hinata gritara de placer. Luego rozó su atormentado sexo con la boca, y soltó el aliento encima de él.

Ella levantó las rodillas para atraerlo más cerca.

—¡Naruto! ¡Ah, por todos los dioses... hazlo!

—¿Que haga qué? —Le separó los labios con los pulgares.

—Saboréame... bésame —susurró.

Cuando su lengua se hundió en su interior, él gimió con tanta fuerza que Hinata lo sintió por todo su ser. Ella también gimió con abandono. Sin dejar de besarla en aquella parte tan íntima, Naruto la poseyó con la lengua, saboreándola hasta lo más profundo, hasta saciarse. La exploraba con los labios, con los dedos... nada era sagrado.

A Hinata nunca la habían besado así.

—Tu sabor... me vuelve loco —dijo emocionado, lamiéndole el clítoris. Su lengua recorrió la zona una y otra vez, sin piedad, hasta que ella no pudo dejar de ondularse bajo sus besos. «Estoy tan cerca... tan cerca.»

Vio entonces que él había empezado a masturbarse con una mano, la esclava de oro que llevaba en el bíceps brillaba con cada movimiento. A cada una de las sabias caricias de su lengua, la tensión del brazo iba en aumento.

Naruto estaba desesperado por tenerla. Los fuertes músculos de su cuerpo se tensaron al alcanzar el orgasmo y gimió pegado al sexo de ella, segundos antes de que su semen salpicara la cadera de Hinata.

—Está tan caliente —susurró ella fascinada, al borde también del orgasmo.

Pero cuando por fin Naruto pareció calmarse, levantó la cabeza y se apartó. Hinata se quedó mirándolo, y se dio cuenta de que él estaba contento de que lo hubiera visto alcanzar el placer, que incluso le excitaba la idea.

Con un suspiro de satisfacción, el demonio se tumbó de espaldas. Ella observó fascinada cómo su pene seguía latiendo por encima de su duro estómago. Deseándolo como lo deseaba, movió las caderas buscándolo con descaro.

¿En serio se había planteado la posibilidad de renegar del sexo? Ahora estaba desesperada por volver a intentarlo.

—Más vale que nos centremos en el tema que nos ocupa —dijo Naruto tan pronto como consiguió recuperar el aliento repitiendo las palabras que ella le dijo la noche en que lo capturó. — Puedo pasarme toda la noche haciendo esto. De hecho creo que lo haré...

—¡Sí! —exclamó Hinata, y él volvió a devorarla de nuevo. —Más —gimió ella, perdiendo la cabeza.

Pero justo cuando estaba a punto de alcanzar el orgasmo Naruto se apartó.

—¡No, no, no! —Pataleó. —¡Estás haciendo... que... tenga ganas... de matarte! —dijo con la voz entrecortada.

—Ya —contestó él, recorriéndole despacio todo el cuerpo con el dorso de los dedos, haciéndola estremecer. En el preciso instante en que la respiración de Hinata parecía calmarse, dijo— Separa más las piernas.

Apretando los dientes, ella levantó la vista hacia las ramas que había por encima de la cabeza, y obedeció. Hora tras hora, Naruto la mantuvo al borde del abismo. Él tuvo dos orgasmos más, pero luego empezó a controlarse, decidido a aguantar más que ella.

Él nunca había visto a ninguna hembra en ese estado. Hinata sacudía la cabeza de un lado a otro, su melena negra azulada, que se había secado, estaba extendida por encima del saco de dormir. Tenía los pezones excitados y arqueaba la espalda.

Espejismos de llamas ardían a su alrededor.

No permitirle alcanzar el orgasmo era una especie de castigo también para él... Iba en contra de todos sus instintos demoníacos no satisfacer a su compañera. Pero la reacción de la hechicera lo excitaba muchísimo.

Y a pesar de todo, ella todavía no se había rendido. A pesar de él se moría de ganas de hacerle el amor, de poseer sin tregua aquel pálido cuerpo, estaban inmersos en una batalla de voluntades Y él nunca perdía esa clase de enfrentamientos...

Cuando la luna empezó a ponerse, Hinata apenas podía respirar y tenía todo el cuerpo empapado de sudor, los pechos doloridos e irritados.

Él estaba tumbado a su lado, y ella lo miró a los ojos.

—A... abrázame, Naruto —le susurró. —Yo haré el resto.

La imagen que conjuraron esas palabras hizo que Naruto tuviera ganas de rugir. Abrazarla y que ella moviera las caderas para que ambos sexos se rozaran... hasta sentirla estremecerse entre sus brazos presa del placer...

Agachó la cabeza y le recorrió un pecho con la lengua.

—Suplícamelo, cariño —le susurró. —Y te juro que haré que tengas un orgasmo tan espectacular que verás las estrellas.

—¡Jamás! —Hinata negó con la cabeza y gritó. —¡Tú no lo entiendes...!

—¿Ah, no? —preguntó él, sentándose.

Con los brazos todavía atados, Hinata se desplomó a un lado, con todo el cuerpo temblando y pegando las rodillas a su pecho. El se quedó mirándola mientras se quedaba dormida de cansancio.

Todavía era de noche cuando se despertó. Estaba sola sobre el saco de dormir, y no tenía ni idea de cuánto tiempo había estado inconsciente. Inspeccionó su cuerpo y se quedó atónita.

¿Naruto la había desatado del árbol y la había lavado?

Al alzar la cabeza, lo vio desnudo, recostado contra una roca, con un brazo apoyado en una rodilla que tenía levantada. La estaba mirando con expresión inescrutable. A pesar de que su aspecto seguía siendo demoníaco, sus ojos no parecían ya tan frenéticos.

Hinata jamás podría olvidar la posesividad que había visto en la mirada del demonio aquella noche. Se le puso la piel de gallina al recordar lo satisfecho que se había sentido consigo mismo después de que ella lo observara estallar de placer.

Naruto se puso en pie, un ejemplar magnífico de virilidad un cuerpo hecho para el sexo. Pertenecía a aquellos parajes; igual que un animal salvaje, era un ser mitológico, un ser sacado de una leyenda.

Y era su marido.

Cuando llegó junto a ella, el cuerpo de Hinata volvía a estar inquieto, pero estaba demasiado cansada como para plantearse tener un orgasmo. Naruto la rodeó con los brazos, acercándola a él.

Hinata se tensó ante ese gesto hasta entonces desconocido, comprendió que quería que durmieran juntos.

Cuando Naruto le acarició el rostro con el suyo, los párpados de Hinata empezaron a cerrarse. Su cuerpo era sorprendentemente cálido. El demonio le besó el cuello, la oreja. Sus caricias eran tiernas de nuevo. Era como si se arrepintiera de haberle hecho daño, a pesar de ser él mismo quien le había infligido el castigo. Por todos los dioses, ¡no dejaba de confundirla!

Aunque no le soltó las manos, Hinata corría el riesgo de proyectar espejismos estando dormida, sin darse cuenta. En ese preciso instante, habría dado su mejor diadema a cambio de una poción para poder mantenerse despierta. La idea de que Naruto pudiera ver sus más profundos pensamientos, sus recuerdos.

Le preocupaba qué pensaría su demonio del pasado de su esposa si ella se atreviera a contárselo. No quería que la juzgara, mucho peor, que sintiera lástima. Su madre solía decir: «Que los dioses me lo den todo, excepto la compasión de un buen hombre».

Sí, Hinata estaba ansiosa, pero tenía los músculos doloridos, y era tan agradable sentir el cuerpo de él pegado al suyo... Cálido, fuerte..., seguro.

«No sueñes... no sueñes...»

A Hinata se le cayó de nuevo la cabeza, y luego se quedó profundamente dormida.

.

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Continuará...