El rey Demonio
EL CAMINO
—¿Te gustaría que tuviéramos un hijo? —preguntó Naruto entre sus brazos, a punto de dormirse en la fría noche. Deslizó una mano bajo la túnica hasta hacerla descansar sobre el terso estómago de Hinata. —Demonio o no.
—Sí, siempre que no fuera un miserable traidor como su padre —murmuró ella soñolienta antes de quedarse dormida del todo.
«Miserable traidor.» ¿Y si con su comportamiento Naruto estaba matando lo que podría llegar a existir entre los dos? «No hagas nada que no tenga remedio.» Y esa noche ella le había dicho que lo odiaba...
A lo largo de las horas que se había pasado atormentándola, manteniéndola a las puertas del orgasmo, la hechicera en ningún momento se había dado por vencida.
A pesar de que Hinata había perdido la cabeza, su cuerpo había enloquecido. Había arqueado las caderas, tratando de tentarlo a que fuera él quien rompiera su juramento. Nunca nada lo había excitado tanto como acariciar su precioso sexo, ansioso por ser poseído.
Pero ahora las dos noches habían llegado a su fin. Al día siguiente conseguiría que se le entregara por completo y volvería hacerle el amor. Y por fin podría recuperar el control sobre mismo. Tenía que conseguirlo.
Confuso y lleno de dudas, terminó por quedarse dormido. Al amanecer, abrió los ojos y se encontró en medio de un espejismo. Hinata conjuraba quimeras mientras dormía. ¿Eran aquéllos los sueños de la hechicera?
—Caliéntalo, acarícialo, siéntelo, y cuídalo. Amásalo, envuélvelo, ámalo y bésalo... —cantaba una mujer mientras se deslizaba unas cadenas de oro por una mejilla. Era la misma voz de mujer que había oído la noche anterior... y ahora podía verla.
Llevaba una máscara de seda sobre unos hostiles ojos plateados. La diadema que lucía en el pelo se extendía más allá de su cabeza causando el efecto de un par de alas, repletas de zafiros. Una melena negro azabache colgaba detrás del adorno.
—El oro es la vida. Es la perfección. Existe únicamente para nosotras. —Dejó las cadenas dentro de un cofre que había en su vestidor, y luego enterró las manos en montones de monedas, dejando que cayeran entre sus dedos.
Cuando dio media vuelta hacia el espejo, Naruto vio que había también dos niñas reflejadas en él, una morena y la otra castaña. Eran Hinata y Hanabi, ambas miraban a la mujer con completa fascinación. Seguramente era su madre, y era obvio que estaba loca...
—Haceos una armadura con él para rodear vuestro corazón, y el oro jamás os dejará morir. Ponéoslo en el pelo, en la cara y en la piel, y no existirá hombre al que no podáis vencer. Una hechicera jamás roba el oro suficiente; los que se resisten —adoptó Una expresión impasible— tienen que morir.
Las hechiceras adoraban el oro, le había dicho Hinata, y Naruto había pensado que era sólo una excusa para justificar su avaricia, pero esa creencia, en el caso de ella, parecía ir más allá. Al recordar su cara cuando él le tiró la diadema al agua... Naruto se pasó una mano por los labios.
«Le compraré una nueva. Le compraré miles...»
Los ojos de Hinata se movieron frenéticos debajo de los párpados, y débiles gritos surgieron de su garganta. Naruto le tocó el hombro para despertarla, pero retiró la mano al ver aparecer otro espejismo.
Era una noche borrascosa, y Hinata estaba de pie frente a una fosa, junto con un montón de mujeres alineadas a ambos lados de la misma. Aparentaba tener apenas catorce o quince años.
Un hombre vestido con una túnica negra estaba delante de ellas, flanqueado por otros hombres y blandiendo unas horcas en las manos. En latín le exigía a Hinata que renegara de su vil comportamiento.
Esbozando aquella sonrisa que Naruto había llegado a conocer tan bien, ella le escupió en la cara. El la abofeteó y la lanzó a la fosa... a su tumba.
«Por todos los dioses.» Los seguidores del hombre empujaron entonces a las otras mujeres con las horcas, matándolas y lanzándolas a la fosa, y todas fueron cayendo encima de Hinata. Paladas de tierra siguieron el mismo camino, y pronto el peso la estaba aplastando. La hechicera no podía respirar...
Pasó una eternidad antes de que una tenue voz la llamara desde la superficie. Su hermana.
—¡Levántate, Hinata! ¡Sal de allí y cúrate!
Naruto sintió arcadas al ver a la niña abriéndose paso entre los cadáveres, escalando a ciegas hacia la voz hasta que por fin Hanabi consiguió sacarla de aquella tumba.
No era de extrañar que Hinata fuera tan dura. Naruto sólo se había fijado en lo traicionera que era, y nunca se había planteado que quizá ella misma pudiera haber sido una víctima.
De no ser tan dura... estaría muerta. Y entonces no a su lado en aquel momento. ¿Era legítimo que la criticara por haber hecho lo que tenía que hacer para seguir con vida y poder llegar a estar con él?
«No. Ya no.»
En el espejismo, empezó a llover y Hinata cayó de rodillas al suelo y vomitó toda la tierra que había tragado. Su hermana se arrodilló a su lado y le acarició la espalda. La lluvia se llevó parte de la suciedad que Hinata tenía en el pelo. Hanabi cogió entre sus dedos el mechón de pelo blanco que le había salido a Hinata y se echó a llorar...
Naruto abrió y cerró los puños al sentir una furia demoledora crecer en su interior. Tenía que luchar por Hinata, tenía que defender a aquella niña que había llegado a convertirse en su mujer. «Daría cualquier cosa por retroceder en el tiempo y evitar que le sucedieran todas esas desgracias.»
De repente, en la realidad, un sonido irreconocible llegó a sus oídos. Aspiró el aire de la noche y detectó un olor desconocido no muy lejos. Oyó pasos acercándose, pero al inspeccionar la zona lo único que vio fue la pesadilla de la hechicera.
—¡Hinata! —La sacudió. —¡Despierta!
Debido a su espejismo, Naruto no podía ver lo que sucedía a su alrededor. —Hinata, maldita sea, despierta...
Hinata se despertó al oír el golpe de una maza de combate contra la cabeza de Naruto.
El demonio salió volando por los aires, con la sangre brotando a borbotones de la herida. Al menos había siete tigloths armados atacándolos. Eran unos hombrecillos grotescos, mitad humanos, mitad bestias, con prominentes colmillos en los maxilares menores y piel de reptil.
Hinata trató de llegar a donde estaba Naruto, pero uno de los asaltantes la lanzó al otro lado del prado. Mareada y tumba, en el suelo, se frotó los ojos con el hombro y parpadeó repetidas veces. Estaba absolutamente indefensa, no podía recurrir a sus espejismos para protegerse. No podía ayudar al demonio.
¡Él todavía estaba inconsciente!
—Nos llevamos a la mujer —le dijo uno cuando trató de incorporarse.
—No mientras me quede un soplo de vida. —Naruto consiguió llegar hasta donde estaba Hinata. —Ponte detrás de mí.
Ella se tambaleó al levantarse y caminó insegura hacia él. No consiguió alcanzarlo antes de que los tigloths se abalanzaran sobre él.
Mientras esquivaba los golpes de las mazas que éstos blandían como armas de combate, los hombrecillos fueron empujándolo hacia el acantilado. Un golpe alcanzó a Naruto en el brazo, rompiéndoselo. La afilada punta de otro le desgarró el muslo.
Cuando su pierna cedió y él cayó de rodillas, el suelo del acantilado empezó a desmoronarse. Justo antes de que se produjera el desprendimiento, Naruto la miró a los ojos.
—Iré a buscarte.
Y desapareció en medio de un montón de polvo.
—¡Naruto! —gritó ella, corriendo hacia el acantilado. «¡Oh, Dios! ¡Está demasiado oscuro... no puedo verle!»
Hinata se recordó a sí misma que Naruto era un demonio formidable, y no un hechicero cualquiera. Podía sobrevivir a aquella caída y mucho más. Entonces se dio media vuelta y se enfrentó a los tigloths.
—¿Por qué nos habéis atacado? ¿Habéis venido a buscarme?.
Tal vez Toneri hubiera ofrecido un rescate.
—Es nuestra tierra. Habéis entrado sin permiso —contestó mientras rebuscaba en la mochila de Naruto y robaba todo lo que encontraba, incluida la espada. Era el más alto, lo que significaba que debía de ser el líder. —A ti te venderemos como esclava.
«¿Esclava?» Los tigloths no sabían que era una hechicera; no les había mostrado su poder y no iba vestida como tal. Tampoco llevaba ninguna joya, y las campanillas azules de su cinturón no parecían de oro.
«¿Les digo que soy princesa del reino de Toneri o que soy la esposa del rey demonio?»
Más valía que se le ocurriera algo pronto. Los tigloths no sólo eran traficantes de esclavos, también coleccionaban partes del cuerpo de sus enemigos como trofeos, que clavaban en los repugnantes chalecos que llevaban. Dedos y cueros cabelludos los adornaban. Uno de los hombrecillos lo llevaba completamente lleno de orejas, y estaba mirando las de Hinata con mucho interés.
—Soy la hermana de Toneri de Villagelina. Y la ley dicta que pidáis un rescate por mí.
—Rescate, ganar dinero vendiéndote como esclava..., ¿cuál es la diferencia? —contestó otro con acento primitivo.
Hinata había oído a hablar de los traficantes de esclavos, a los que Toneri había dejado proliferar a cambio de un porcentaje de sus beneficios.
—Ese demonio al que habéis atacado es el rey Naruto, y yo soy su esposa. Vendrá a buscarme, y cuando rebane vuestros asquerosos cuellos yo estaré animándolo.
—¿Ata a su esposa? —preguntó otro.
—Es un juego al que nos gusta jugar. No espero que alguien como tú lo entienda.
El tigloth le soltó un bofetón.
Hinata se tambaleó y sintió que la boca se le llenaba de sangre. Escupió al hombrecillo, y éste la abofeteó de nuevo el doble fuerte; a Hinata se le nubló la vista y se cayó al suelo. Entonces la levantó y se la echó al hombro. Estaba amaneciendo cuando el grupo inició la marcha...
Horas más tarde, Hinata seguía sin tener noticias de Naruto ni de cualquier otro ser que pudiera ayudarla. ¿Por qué no sentía aquella helada furia tan habitual en ella? ¿Dónde estaban las arcadas, los nervios? Por fin identificó lo que le estaba pasando y sintió asco de sí misma.
«Confío en que Naruto venga a salvarme.»
Con las manos atadas a la espalda, buscó su cinturón y tiró una de las campanillas hasta conseguir que cayera al suelo. Esperaba que el demonio entendiera que estaba sacrificando aquel oro para guiarlo hacia ella. Pero ¡el santurrón de Naruto seguro que ni se daría cuenta de su sacrificio! ¡Si le había tirado la diadema al agua como si fuera una manzana podrida!
Al anochecer, Hinata estaba convencida de que toda la sangre del cuerpo se le había agolpado en la cabeza. Y también había asumido que el demonio quizá no fuera a buscarla. Antes de caer por el acantilado, estaba ya muy malherido.
El miedo amenazaba con consumirla. Y ese miedo no era sólo por ella.
Al atardecer, las arenas fueron convirtiéndose en rocas a medida que iban acercándose a otra montaña. Al llegar allí, los tigloths se metieron dentro, descendiendo hasta lo más profundo de una oscura mina.
Por fin la soltaron y Hinata cayó sentada en medio de la oscuridad más absoluta, mientras oía cómo los hombrecillos merodeaban a su alrededor.
Encendieron una hoguera, y no tardó en ver algo, y al instante deseó no haberlo hecho. Aquellas criaturas estaban cenando, arrancando huesos y carne, mirándola con renovado interés.
Hinata inspeccionó la zona con la vista en busca de algo que la ayudara a escapar. Estaban en el punto neurálgico de una serie de minas, el lugar donde confluían tres de los túneles. El lugar tenía exactamente el aspecto que la hechicera se hubiera imaginado: un techo lleno de vigas con soportes por todas partes.
Pero no había picos ni palas abandonados que pudiera utilizar para cortar las cuerdas. Y la espada de Naruto estaba fuera de su alcance, tirada entre las pertenencias que los tigloths les habían arrebatado.
Cuando las criaturas terminaron de comer, el cabecilla no perdió ni un segundo y tiró de Hinata hasta colocarla debajo de él. Ella no podía defenderse, pues seguía con las manos atadas.
«Estoy más indefensa que cuando era pequeña.»
Un reguero de saliva colgaba de la comisura del deforme labio del tigloth, que se inclinó hacia su rostro para lamerla al mismo tiempo que le desgarraba la túnica en dos...
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Naruto recuperó el conocimiento de golpe y luchó frenético para quitarse de encima las rocas que lo habían cubierto con el desprendimiento. Cuando por fin consiguió moverse y se puso en pie, cada movimiento era pura agonía.
Luchando contra el mareo que sentía como consecuencia del golpe en la cabeza, olfateó la noche en busca de Hinata al mismo tiempo que hacía inventario de las heridas de su cuerpo: tenía desgarrados los músculos de una pierna, varias costillas y una clavícula rotas. Un brazo fracturado. Y seguramente el cráneo partido...
Detectó la esencia de la hechicera procedente del sur.
Salió disparado en esa dirección, apoyándose más en la pierna buena e ignorando el dolor, pues iba en busca de lo que más importaba en la vida. Corrió durante kilómetros, ansioso por llegar hasta Hinata.
No sabía si los tigloths habían sido enviados por Toneri para que llevaran a la hechicera de regreso al castillo, no sabía si estaba dispuesta a seguirlos por voluntad propia. Pero el modo en que había gritado su nombre al verlo caer por el precipicio...
Empezó a encontrar campanillas de oro en cada orilla que suponía habían cruzado los tigloths, y en cada riachuelo seco que atravesaban.
Cuando Naruto se dio cuenta de que Hinata quería que la encontrara se emocionó enormemente, pero esa emoción pronto fue reemplazada por el miedo. Si aquellas criaturas no habían ido a buscarla para cobrar un rescate, entonces nada les impedía abusar de ella.
La estaban llevando hacia la cordillera, probablemente a una de las minas que todavía quedaban ocultas en las montañas. El hábitat natural de aquella raza.
Se secó el sudor y la sangre que le caían por los ojos y consiguió incrementar la velocidad. A base de fuerza de voluntad, sus músculos obedecieron y Naruto no tardó en llegar a la entrada de la mina. Penetró en ella sin dilación y descendió hasta las entrañas de la montaña.
De repente, un grito de Hinata irrumpió en la oscuridad. A él se le paró el corazón y corrió hacia aquel desgarrador sonido...
Con furia, Hinata dio un cabezazo al tigloth que tenía encima. Éste la abofeteó y a ella los ojos se le llenaron de lágrimas mientras trataba de recuperar el aliento. En ese momento vio a Naruto deslizándose entre las sombras. ¡Estaba vivo!
A medida que el demonio iba acercándose, los cuernos le iban creciendo. Al llegar junto a la hoguera, recuperó sigilosamente su espada. Cuando el cabecilla de los tigloths volvió a manosear a Hinata para acercársela de nuevo, ésta le dijo entre dientes:
—Tigloth, vas a hacerme una pregunta, y perderás la cabeza antes de oír la respuesta.
—¿De qué estás hablando? —gritó la criatura.
Ella se limitó a sonreír al ver que Naruto blandía su espada.
—Has secuestrado a la mujer del demonio equivocado —le dijo a la cabeza decapitada, al tiempo que se alejaba del repugnante resto del cuerpo.
Ante la muerte de su líder el resto clamaron furiosos. Naruto se colocó delante de Hinata para protegerla.
—¡Retroceded!
Cuando los tigloths atacaron, levantando sus mazas, el demonio recurrió a la espada y a sus propias garras para defenderse. Uno trató de golpearlo por la espalda, pero él echó la cabeza hacia atrás y lo hirió con sus cuernos venenosos.
Aguantó golpes que habrían derribado un árbol, y consiguió mantenerse en pie. Aunque estaba herido, era demasiado fuerte para ellos. Hinata observó fascinada cómo el incansable y astuto demonio luchaba, iluminado por el fuego, oculto entre las sombras de la mina.
«Es mi marido.» ¡Por todos los dioses!, era un ser increíble. «Está luchando por mí.» Nadie, exceptuando a Hanabi, había hecho jamás algo así. Nunca, sin importar lo mucho que ella lo hubiera necesitado...
Un tigloth mandó el enorme cuerpo de Naruto contra de las vigas que aguantaban el techo y la madera crujió a su alrededor. Con las manos atadas, Hinata no conseguiría salir de allí tiempo.
Cuando la viga empezó a astillarse, ella llamó al demonio.
Con un alarido de guerra, éste la cogió por la cintura y la sacó de allí justo antes de que el techo de la mina se derrumbara. Empezaron a caer rocas a diestro y siniestro, y entre ellas, también restos de los tigloths.
«Sólo veo polvo.» Volvía a estar indefensa, en pleno ataque de tos y con la única alternativa de esperar. ¿Naruto habría conseguido salir?
Esperó... un latido, otro. «Maldición, estúpido demonio, ¡no te mueras! ¡No te mueras!...»
Naruto se abrió paso entre la polvareda. Estaba sangrando profusamente por una docena de heridas y le costaba respirar. Con el cejo fruncido de preocupación, cayó de rodillas frente a Hinata. Todavía estaba en pleno estado demoníaco, y parecía incapaz de dejar de mirarla a los ojos.
Hinata se sentía muy aliviada de que estuviera vivo, y la gratitud que sentía porque hubiera ido a salvarla amenazaba con sobrepasarla. Entonces se acordó de que ella era una de las hechiceras más poderosas que existían.
Aquella damisela en apuros podría haber dejado fuera de combate a aquellos energúmenos en cuestión de segundos si su marido no le hubiera atado las manos a la espada, dejándola así indefensa.
Naruto la abrazó con tanta fuerza que Hinata casi gritó. Sintió en su propio cuerpo el doloroso sonido que salía del pecho de Naruto, mitad gemido, mitad sollozo.
A salvo... segura... ¿furiosa? Hinata trató en vano de resistirse sin dejar de maldecirlo. Él no dijo nada, sino que se limitó a abrazarla con fuerza, con el rostro de ella contra el torso, reteniéndola allí con sus poderosos brazos.
Lo que más le molestaba a Hinata era que todo aquello podría haberse evitado. Manteniéndole las manos atadas, Naruto la había dejado indefensa. Pero ¿qué era lo que la ponía más furiosa? ¿Que su propia vida hubiera estado en peligro... o que lo hubiera estado la de él?
Naruto por fin se apartó y le recorrió el cuerpo con la vista en busca de heridas. Sus ojos se oscurecían a cada morado que descubrían. Cuando le levantó la falda, lo vio tragar despacio, temeroso de lo que pudiera encontrar.
—No me han violado. Aunque no gracias a ti.
El respiró hondo, luchando por mantener el control, y sus facciones demoníacas retrocedieron. Cuando le secó la sangre del labio, ella hizo una mueca dolor.
—Hinata, estoy aquí...
—Me han golpeado. Bien atada, como un presente para utilizarlo a su conveniencia.
Naruto arrancó un trozo de la desgarrada túnica y la utilizó para cubrirle los pechos, después fue en busca de sus pertenencias. Sólo se alejó de ella lo necesario para recoger sus botas.
—Si tenían intención de venderte como esclava, no tiene sentido que te golpearan, a no ser que los hicieras enfadar.
—Sí, los provoqué. Y se supone que eso les daba derecho a abofetearme, ¿no es así? El regresó con las botas y se las puso.
—¿Por qué los provocaste?
—Porque eso me hizo sentirme bien —le respondió sin mirarlo, repitiendo lo que le había contestado el propio Naruto cuando ella le preguntó por qué había retado a Toneri.
—Quizá vengan más. —La ayudó a ponerse en pie. —Tenemos que salir de aquí.
—¿No vas a soltarme? —Por su tono de voz era evidente que estaba algo histérica.
—Estás enfadada porque te has encontrado en una posición vulnerable. Debería haberme mantenido más vigilante.
—Maldita sea, Naruto, ¿incluso después de lo que ha pasado, no piensas desatarme las manos? ¡Estaba indefensa! Sí, me has salvado, pero eras tú el culpable de que estuviera en esa situación. Igual que cuando yo te salvé de Toneri después de llevarte a Konoha. ¿Estás contento, demonio? Tú y tu paridad podéis sentiros satisfechos.
—¿Contento? —soltó él. —Si te hubiera pasado algo... Maldita sea, tendré más cuidado. No dormiré.
—Los tigloths no son las únicas amenazas que hay aquí fuera —dijo ella. —Hay bestias legendarias. Y, como bien sabes, podría ahogarme.
—También sé que podrías huir de mí a la primera oportunidad que se te presentase —Al ver que ella negaba con la cabeza, Naruto dijo: —¡No tengo ninguna duda! Cada vez que me has dicho que querías quedarte conmigo has mentido. Ahora no tengo tiempo para esto. No voy a cambiar de opinión, y debemos salir de estas minas antes de que vengan a buscarnos.
Su tono no admitía réplica, y, cuando la cogió por el brazo para sacarla de allí, Hinata le dejó que lo hiciera. Siguieron adelante, avanzando a trompicones por el turbio túnel durante lo que parecieron ser kilómetros antes de conseguir salir a la superficie.
Un nuevo paisaje les dio la bienvenida. Unos altos montes arenosos se levantaban delante de unas colinas cubiertas de árboles. El sol de la tarde se cernía sobre ellos, y había ráfagas de viento. Más tierra, más caídas, más sufrimiento.
«Basta.» Hinata tiró del brazo hasta conseguir que Naruto la soltara. Ni en el mejor de los casos podría considerarse que ella fuera paciente... y ahora había llegado a su límite.
Se detuvo.
—Vamos, sigue. Estamos cerca. Puedo sentirlo.
—Basta, demonio.
—¿Qué?
Hinata se sentó y se llevó las rodillas al pecho.
—Tengo quemaduras por culpa del sol, estoy llena de morados y me muero de hambre. Me has atormentado sexualmente durante dos días. Una mina se ha derrumbado a mí alrededor sin que yo llevara nada de metal que me protegiera la cabeza, el cuello o el pecho. ¡Y no puedo moverme! ¡Y, para colmo, me han secuestrado unos monstruos que pretendían venderme como esclava!
«Y durante unos instantes, temí más por la vida de Naruto que por la mía.» ¿Qué le estaba pasando?
—No pienso dar un paso más hasta que me sueltes.
—Hinata, métetelo en la cabeza: no pienso soltarte. ¡No pienso permitir que te alejes de mí, aunque sólo sea porque podrías estar embarazada de mi hijo! —¿Había echado los hombros hacia atrás como si se sintiera orgulloso de ello?
—Es imposible.
—Sí, ya sé que estuvimos juntos sólo una vez, pero podrías.
—No hay ningún hijo... ¡No estoy embarazada!
—¿Cómo lo sabes?
—Lo supe pocos días después —contestó ella. —La Bruja pudo confirmarlo en seguida.
—¿Y me dejaste creer que podías estar encinta? ¡Me mentiste!
—¿Y por qué no iba a dejar que lo creyeras? ¡No tenía ni idea de qué pretendías hacer conmigo!
—Cada día que pasa me das un motivo más para que no confíe en ti.
—¿Sabes qué?, será mejor que me dejes las manos atadas, porque si me suelto te aseguro que me desquitaré. No puedo más. Si quieres seguir adelante, tendrás que llevarme en brazos, porque yo no pienso moverme.
—¿Crees que no lo haré? —Naruto la puso en pie
—¡Estoy harta de ti! —le gritó ella. —¡Estoy harta de que me trates así! Y pensar que estaba preocupada... —Se mordió la lengua.
—¿Y pensar que estabas qué? Ah, hechicera, ¿estabas preocupada por mí? —le preguntó él en tono de burla. Pero luego entrecerró los ojos y escrutó su rostro con detenimiento. —Estabas preocupada por mí.
—¡Ja! Lo único que me preocupaba era mi propio pellejo —replicó Hinata, pero no le sostuvo la mirada. «Maldita sea, sabe que le estoy mintiendo.» Le dio una patada. —¡Suéltame ahora mismo!
Naruto hundió los dedos en su melena y le echó la cabeza hacia atrás. Ambos se quedaron sin aliento. Ella tenía la mirada fija en sus labios, y no pudo evitar recorrerse los suyos con la lengua. Vio que el demonio tenía también los ojos clavados en su boca.
Estaban a punto de besarse con aquel frenesí típico de ellos. Otra vez. Y Hinata no sabía si sería lo bastante fuerte como para resistirse...
—¡Hola! —gritó una voz desde la distancia. —¿Hay alguien ahí?
Los refugiados los habían encontrado
.
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Continuará...
