El rey Demonio
COMO LA REINA
Había demonios de la ira por todas partes.
Al atardecer, Hinata y Naruto siguieron a un par de guardas del campamento, hacia una colina que precedía la mar de tiendas de campaña que ocupaban el llano.
Cuando los encontraron, lo primero que quisieron saber era qué hacían fuera de los límites del campamento, pues esa zona estaba llena de «bestias salvajes».
Naruto se había limitado a ordenarles que lo llevaran ante el demonio que estuviera al mando. Iba sin camisa y todavía tenía sangre seca en el torso, pero en apariencia se lo veía estable, aunque no calmado.
En aquel preciso instante, Hinata y él se adentraban con los guardas en el campamento, esquivando lo que debían de ser cientos de demonios. La hechicera los miraba con fijeza, y ellos le devolvieron la mirada. Se oían cuchicheos a su alrededor, y las hembras comentaban atónitas su escaso atuendo. Las diablesas de aquella especie iban siempre muy tapadas, con faldas innecesariamente largas y camisas abrochadas hasta el cuello.
Una hechicera menos valiente que Hinata se habría sentido incómoda al tener que pasearse por allí con sólo un retal de tela tapándole los pechos, una microfalda y un montón de arena, no mencionar que seguía con las manos atadas a la espalda. Pero ella miró a su alrededor con cara de aburrimiento.
Si algún demonio le recorría el cuerpo con mirada lasciva, notaba cómo la mano con la que Naruto la sujetaba apretaba con más fuerza, y sus cuernos ya habían empezado a levantársele.
Hinata estudió el lugar y suspiró exasperada. «Konoha es un castillo medieval, éste es un reino medieval con gente medieval.» ¿Por qué la sorprendía pues que aquel lugar pareciera sacado de feria de la época?
El «alojamiento» consistía en una serie de tiendas de campaña con elaborados bastidores que colgaban de la parte superior estandartes que ondeaban al viento. Hinata reconoció los colores de varias familias de nobles. Allí había demonios de todo el reino.
Los guardas los llevaron hasta un pabellón de dimensiones considerables. Dentro había reunidos unos demonios muy bien vestidos que sin duda pertenecían a la nobleza.
—¿Qué estabais haciendo fuera de los límites del campamento? —repitió a Naruto la pregunta uno de ellos. —A todos se os ha informado de los peligros de este lugar.
—No formamos parte de esta colonia. Venimos de fuera.
—Bueno, pues aquí no cabe nadie más —contestó el mismo de antes. —Apenas podemos suministrar alimentos a todos los que han venido.
—Pues más les vale hacerme sitio. Soy Naruto, vuestro rey. Después del alboroto inicial, se hizo el silencio.
—¡Hace siglos que Naruto no viene a esta dimensión!
—Pero la cicatriz...
Se rumorea que fue capturado por una hechicera.
—¿Una hechicera? —intervino Hinata. —Mejor di la hechicera...
—Soy vuestro rey —los interrumpió Naruto. —Y me estoy hartando de esto.
—Es cierto —dijo una diablesa desde atrás. —Es él.
Se acercó a ellos. Era atractiva, tenía una larga melena castaña y unos brillantes cuernos pequeños. Y ah, claro, iba vestida con tonos pastel. Hinata la apuntó en su lista negra. Naruto entrecerró los ojos al mirarla.
—¿Te conozco?
La pregunta pareció sorprenderla.
—Yo... sí, sí me conocéis. Soy Hokuto. Era una de las damas de compañía de una de vuestras hermanas en Konoha. —Un pequeño demonio, de más o menos unos seis años de edad, sacó la cabeza por entre las faldas de Hokuto. —Y éste es Puck. —Le atusó el rubio pelo. —Es el hijo de mi mejor amiga.
A Puck le faltaba un colmillo de leche y se quedó embobado mirando a Hinata. Lo que pareció molestar a Hokuto, porque le dijo al pequeño que se fuera inmediatamente.
La hechicera se había convertido en el centro de atención. Con todas las miradas fijas en ella, Naruto volvió a hablar:
—Mi prisionera, Hinata, del castillo de Konoha.
Todos se quedaron boquiabiertos y la sala volvió a alborotarse
—¿La hermana de Toneri?
—¿La Reina de los Espejismos?
—¡Nos matará mientras durmamos!
Ella levantó la barbilla y miró a Naruto.
—¿Así que ahora sólo soy tu prisionera? ¿Por qué no me has presentado como tú...?
—Silencio.
Él le apretó el brazo con tanta fuerza que Hinata hizo una mueca de dolor y decidió quedarse callada. De momento.
Naruto se dirigió entonces al demonio que parecía estar mando.
—¿Es aquí donde se abrirán los portales hacia la otra dimensión?
—Sí, mi señor —respondió él. —Dentro de cuatro días.
Hinata se dio cuenta de que Hokuto parecía haberse quedado hipnotizada mirando el musculoso torso de Naruto. Había algo en la mirada de aquella diablesa que hizo que Hinata se acercara a él; en verdad, se le pegó tanto que Naruto la miró extrañado.
Tal vez ella no terminara quedándose con su marido, pero por el momento le pertenecía, y a ella jamás le había gustado compartir.
—Estoy segura de que estáis cansado del viaje, mi señor —dijo Hokuto. —Podéis quedaros en mi tienda, y ya encontraremos algún lugar para... ella.
—Ella se queda conmigo —decretó él.
—Por... por supuesto. —Hokuto palideció al escuchar su tono de voz.
—Hokuto —dijo Hinata, —gracias por tu hospitalidad.
«Qué menos.»
A pesar de que los hombros de la diablesa se tensaron, los guió hasta su tienda. La lona era de color azul cielo con rayas grises, y había unas telas decorativas a ambos lados de la entrada. En conjunto la tienda era muy llamativa, y denotaba riqueza.
El interior se había decorado con los mismos colores. En una esquina había un camastro gris, con una preciosa colcha azul. Del techo colgaban farolillos de papel estampados a juego.
Si Hinata tuviera una tienda sería granate, con atrevidos remaches dorados. «De oro de verdad. Lo que me merezco.»
—Eso es todo, Hokuto —dijo entonces la hechicera en el tono más distante de que fue capaz.
La diablesa se fue indignada.
Tan pronto como se cerró la cortina que hacía las veces de puerta, Naruto dijo:
—¿Era necesario que te comportaras así?
—Sí —contestó ella mirándolo. —Realmente sí. «¡Esa arpía le estaba tirando los tejos a mi marido!» —Nos hace un favor al dejarnos dormir aquí.
—No es verdad. Eres su rey, lo que significa que esta tienda todo lo que haya en este campamento y en este maldito reino es tuyo. Y dado que yo soy tu reina, mío también. ¿Por qué iba agradecerle a nadie algo que ya es mío?
Cuando Naruto empezó a apagar las velas de los farolillos ella volvió a hablar.
—¿Y por qué no les has dicho que estamos casados?
Después de todo lo que habían pasado, ¿él ni siquiera la reconocía públicamente como a su reina? Hinata no pudo evitar recordar una cosa que le había dicho Toneri: «Qué decepcionado debe de sentirse el demonio al saber que...».
¿Naruto se avergonzaba de que ella fuera su compañera?
—La gente lo sabrá tarde o temprano. Más te vale admitir que estamos casados.
—Hinata, ambos estamos heridos y exhaustos —dijo él, cogiéndola de la mano para tumbarla en la cama. —Ya hablaremos mañana.
Ella se sentía desconcertada en más de un sentido. Hacía menos de cuatro horas que habían llegado allí y tal vez pudiesen pasarse sin la escenita. Pero tenía todo el derecho del mundo a seguir enfadada por cómo la había tratado durante su cautiverio.
«Maldita sea, ¿se avergüenza de mí?»
A lo largo de las dos últimas noches en que habían dormido juntos, Hinata se había dado cuenta de dos cosas: cuando Naruto la abrazaba, la sujetaba como si fuera su tesoro más preciado. Y siempre que él hacía eso, ella se quedaba profundamente dormida.
Esa noche aceptó gustosa el ritual. El calor que emanaba del cuerpo del demonio era casi palpable, como si la acariciara en la oscuridad. El mundo no tardaría en desvanecerse...
Hinata se despertó en mitad de la noche, parpadeó varias veces y vio que Naruto estaba mirándola. Se lo veía tan cansado...
—No más pesadillas, mi amor.
¿Habría visto alguno de sus sueños? No recordaba qué había soñado... Él le besó el pelo.
—Ahora estás a salvo. —Deslizó una mano hasta su cara y la acarició muy, muy despacio. La caricia que depositó en su mejilla fue la más suave que le hubiesen hecho jamás. Era como si Naruto estuviera tratando de dar con el modo de no asustarla.
El último pensamiento que cruzó la mente de Hinata antes de dormirse de nuevo fue: «Si no voy con cuidado, podría acostumbrarme a estar casada con un demonio...»
—Retro-Amish. Qué... bonito —dijo Hinata cuando Naruto le llevó ropa al día siguiente.
El estaba encantado de ver que el cuerpo de Hinata se había curado completamente durante la noche. Ella se acababa de despertar, pero él ya se había bañado en unas aguas termales cercanas, se había puesto ropa nueva y se había reunido con el portavoz de los nobles, que se morían de ganas de cederle el gobierno —y los problemas— del campamento.
La curiosidad acerca de Hinata había ido en aumento. «¿Era concubina del rey o su prisionera, o ambas cosas a la vez?» Naruto no comentaba nada al respecto, lo único que hizo fue ordenar que, aunque siguiera atada, se le mostrara el máximo respeto, y todo el mundo tenía que obedecer esa orden.
Hinata asintió al ver la ropa.
—Déjame adivinar: ¿es de Hokuto?
—Sí, cortesía suya.
La diablesa le había enseñado el campamento a Naruto, seguidos en todo momento por el pequeño Puck. Éste era un huérfano que Hokuto confiaba poder acoger en el futuro. A pesar que era obvio que conocía perfectamente a Naruto, éste no se acordaba dónde la había visto antes. Pero era bastante amigable y el chico le recordaba a su hermano cuando tenía esa edad. «Tiene la misma edad que tenía mi hermano cuando lo envié a vivir lejos del castillo.»
Hokuto, y otros muchos, se dieron cuenta de la poca ropa llevabas ayer por la noche. Aquí se lleva un estilo más conservador.
Desde la noche anterior, todo el campamento se había enterado de quiénes eran los recién llegados. La gente no se sentía cómoda al saber que había una hechicera entre ellos, aunque miraran a Naruto con... esperanza. Pensaban que éste mejoraría sus condiciones de vida.
Sobre los hombros de él pesaba una enorme responsabilidad. Mirara donde mirase había cosas por hacer. Y había escasez de comida. Toda la caza de los alrededores se había agotado, y los cazadores tenían que ir cada vez más lejos, cosa que podía suponer poner su vida en peligro.
Naruto deseaba contar con alguien con quien hablar de esos asuntos. Deseaba que ese alguien pudiera ser Hinata. Pero, hasta el momento, ellos sólo habían tenido una conversación seria.
—¿Un estilo más conservador, Naruto?.
—Llámalo como quieras.
—No pareces tan enfadado como ayer por la noche —observo. —¿No estás molesto por lo del bebé, porque no esté embarazada?
El había estado reflexionando sobre ese tema toda la noche. Al principio, pensaba que Hinata se había preocupado por él. Ahora tenía la teoría de que había querido ver y oír cosas en las palabras de la hechicera que en realidad no estaban allí. Pero deseaba que ella también quisiera estar con él, que sintiera algo por él.
—No, no me enfadé por lo del embarazo, sino por el engaño. Ahora me alegro de que no lo estés.
—¿Ah, sí? —preguntó incrédula.
Sé muy poco de niños o de cómo se forma una familia pero estoy convencido de que los padres no tienen que odiarse.
—Naruto, yo no te odio.
—Eso no es lo que dijiste.
—Ayer estaba furiosa. Mira, me merezca o no lo que he vivido estos dos últimos días, han sido muy difíciles para mí. Y tu mujer no tiene un carácter templado ni en las mejores circunstancias.
Él frunció el cejo.
—Quizá un baño de agua caliente sería de agradecer —prosiguió ella, que parecía de lo más razonable.
Y Naruto se detestó a sí mismo porque lo primero que pensó fue: «¿Qué debe de estar tramando?».
—¿Volantes? Tu venganza es demoníaca y odiosa, Naruto.
Cuando Hinata terminó de bañarse, él la vistió con una ancha falda larga hasta los tobillos y una blusa de manga larga con — estremeció al verlo— esas cosas que volaban.
Un simple corsé y enaguas le sirvieron de ropa interior, mientras unas suaves zapatillas le cubrían los pies.
—¿Y cómo se supone que voy a dar una patada con estas cosas? —dijo, mirándose las zapatillas con el cejo fruncido.
—Es que no vas a dar ninguna.
—¿Has visto alguna vez fotos de gatos vestidos por humanos? Pues así de ridícula me siento yo ahora.
—Bien. Así te bajará un poco el ego —contestó, mientras la acompañaba de vuelta a la tienda.
—Lo dudo. Lo tengo demasiado fuerte, Naruto. ¿Así que crees que las mujeres deberían ir vestidas de esta forma? Eres viejo carcamal.
Creo que las mujeres deben vestirse como les plazca. Dentro de unos límites razonables. Iba a replicar a ese último comentario cuando se dio cuenta de que la gente dejaba de hacer lo que estuviera haciendo para escupir en el suelo a su paso.
—Menuda popularidad tengo aquí. Resulta un poco incómodo ver tanta adoración.
—No puedo culparlos por lo que sienten.
—¿Qué?
—Están entre los más duramente tratados por Toneri, de ahí su determinación en arriesgar el reino de Grave para liberarse de su yugo.
—¿Y me odian a mí por lo que ha hecho Toneri? ¿Has oído de algún caso en el que yo haya hecho daño a esta gente?
—No, pero tampoco he oído de ninguno en que los hayas ayudado.
—Pues claro que no. Yo nunca ayudaré a nadie, a no ser que tenga algo que me interese. Porque tengo un cerebro en la cabeza. Naruto, esperas cosas de mí que yo simplemente no puedo darte. Y deseas ver en mí cosas que no soy. Yo siempre mentiré, haré trampas y robaré...
—Y matarás a todo aquel que defienda su oro.
Has visto mis sueños.
—Así es. Y vi a tu madre. Y cómo te enterraban.
Ella tragó saliva. «No tengas lástima de mí. Ni te atrevas.»
—Eres fuerte, Hinata. Si pudieras atenuar tu fuerza con...
—¿Con qué? ¿Con compasión? ¿Amabilidad? ¿Piedad?
—¿Por qué no?
—Naruto, no sabría por dónde empezar... —Se apartó un poco al pasar junto a Hokuto.
La preciosa diablesa sonreía a su rey. Él la saludó.
A Hinata no le gustó en absoluto ese intercambio. Tenía q reconocer que estaba celosa. Había experimentado ese sentimiento ya antes de conocer a Naruto, pero había sido por cosas objetos que otros tenían y ella no.
Ahora se sentía como si Hokuto le hubiera echado mano a su oro. Se preguntaba qué pensaría «su oro» de ello, así que levanto la mirada hacia su marido.
—¿Crees que es posible desear a otra después de encontrar tu compañera?
—Depende de lo mucho que uno la quiera.
—Entonces, es buena señal que tú estés obsesionado conmigo.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que pueda desear a otra?
Pudo evitar responder a la pregunta porque en ese instante inició una pelea entre chicos cerca de ellos.
Hokuto se apresuró a separar a Puck de la refriega. Se estaba peleando con otros mucho mayores que él, cosa que mereció por un instante la atención de Hinata. Era muy guapo para ser un demonio. Seguramente se habrían metido con su nombre.
—¿A qué padres se les ocurre ponerle a su hijo un nombre que se preste tanto a mofarse de él?
—A unos muertos —contestó rápidamente Naruto. Ambos están muertos, Hinata. Además, el niño tiene problemas porque es huérfano y todavía no ha sido acogido por ninguna familia. —¿Qué pasa con Hokuto? ¿Por qué no es ella su nueva madre?
—Porque no está... casada.
—El demonio acaba de hacer su primer chiste. —¿Lo decía en serio? —Es imposible que hayas dicho eso.
Se pasó la mano por la nuca.
Cuando Hokuto le habló a Puck en demoniaco, Hinata preguntó:
—¿Qué le está diciendo?
—Que esa pelea no arreglará nada.
—¿Estás... de broma? —Antes de que Naruto pudiera detenerla, Hinata gritó: —¡No le hagas caso, chico! ¡Las peleas lo solucionan todo! ¡Sólo tienes que asegurarte de ganarlas!
—¡Ya es suficiente! El chico no te entiende como los otros. Se crió en un pueblecito de campesinos y sólo habla demoníaco.
—Estarás de acuerdo con lo que le he dicho sobre las peleas, ¿no es así? ¡Este mundo se ha vuelto loco! Dime que no le enseñarás a nuestro hijo a no pelear, porque eso sería suficiente motivo para romper el compromiso.
Se acercó a ella, mirándola desde arriba.
—No sabía que siguiéramos en negociaciones —dijo con voz grave.
«Demonio sexy.» Tragó saliva y se preguntó si llegaría el día en que no se emocionara tanto cada vez que él se le acercaba. A continuación se reprendió a sí misma.
—Nuestras negociaciones se encallaron antes de que decidieras obligarme a hacer este jodido viaje en el tiempo —le contestó.
Los proyectiles salieron de la nada. Hinata bajó la cabeza buscando protegerse. Se miró la fea blusa, que se había vuelto todavía más fea.
Algunos chicos le habían lanzado tomates podridos, que estallaron contra su pecho. Los miró incrédula. Si eso hubiera pasado en otro momento de su vida, alguien estaría a punto de morir.
Apretando los dientes, le dijo a Naruto:
—¡Desátame ahora mismo! —Las uñas se le estaban clavando en las palmas, haciéndole sangre.
Lanzó una amenazadora mirada hacia donde estaban los jóvenes demonios y los padres aparecieron al instante presentando sus más sinceras disculpas.
Naruto les dijo:
—Volveré para solucionar este asunto. —Y se dirigió con ella hacia la tienda.
—¿Eso es todo lo que vas a hacer? ¡No es suficiente, Naruto! —Se zarandeó contra él. — ¡Desátame las jodidas manos!
—¿Para qué? ¿Para que puedas matar a algún chico confuso?
—No, sólo haré que tengan pesadillas el resto de sus vidas —Por cómo la gente la estaba mirando, supo que debía de tener los ojos de un Plateado rabioso.
Una vez llegaron a la tienda, él la dejó sobre el colchón que había en un extremo. Se quedó atónita al ver que, mientras habían estado fuera, alguien había clavado una estaca en el suelo. Atada a ella había un trozo de cuerda.
«No. El demonio no se va atrever a...»
Naruto cogió una toalla del mueble donde se guardaba la ropa de cama, y la hundió en un cuenco de agua. A continuación, le quitó la camisa y le pasó la toalla por el cuerpo para limpiarle los restos de tomate, y luego volvió a vestirla con otra horrenda blusa.
—¿Y cómo castigarás a esos pequeños gamberros?
—Les voy a decir a sus padres que me has pedido que sea indulgente con ellos.
—Vaya, qué astuto. Ya estás trabajando para mejorar la imagen que tienen de mí. Lástima que sea una mentira. Y el buen rey Naruto nunca miente.
—Cuando haya salido de esta tienda, no será una mentira.
—¡Nunca!
—Entonces no podrás enviarle una nota a tu hermana, aunque haya encontrado a alguien convencido de que podrá hacérsela llegar a Konoha.
—¿De verdad? Oh, perfecto. Rey Naruto, ¿serás por favor Indulgente con los pobres, equivocados pequeños que han lanzado verduras podridas sobre mí?
—Estaré encantado de hacerles llegar ese mensaje. —¿Estaba girando la larga cuerda clavada en la estaca?
—¡Ni se te ocurra!
Cuando él se agachó para atarle el tobillo, ella intentó darle una patada con las inútiles zapatillas que llevaba puestas. Pero Naruto le cogió la pierna, manteniéndose inmóvil mientras hacía los nudos. Cuando finalizó esa tarea, se dirigió a la salida.
—¿Adonde crees que vas? ¡No me puedes dejar así!
Él se detuvo con una mano en la cortina y miró a la hechicera.
—Siempre buscas problemas cuando sales. Tengo mucho que hacer y no puedo estar vigilándote en todo momento.
—Pues entonces suéltame.
—No vas a tener esa suerte. —Le señaló el tobillo. —Tienes cuerda suficiente para llegar hasta el guarda de fuera.
—¿Guarda? —gritó. —¿Crees que puedo escapar...? —Se le apagó la voz. —Una vez más me dejas indefensa.
—El guarda no permitirá que te pase nada.
—¿Y mientras qué haré yo?
—Estar aquí sentada. Reflexionar sobre por qué a la gente le apetece tirarte cosas.
Mientras él se agachaba para salir de la tienda, Hinata le gritó:
—¿Me dejas atada como un perro? ¡Pues entonces será mejor te acuerdes de que esta zorra muerde!
Naruto se fue.
Pasó una hora antes de que se volviera a abrir la cortina de la tienda. Para su sorpresa, era el niño, Puck.
—¿Qué quieres? —le espetó, y cerciorándose de que no llevaba vegetales consigo. —¿Vienes a lanzarme tomates?
Una vez dentro, el pequeño se sacó una navaja del bolsillo. «Excelente.» Iba a pincharla un crío que apenas había dejado los pañales. Entonces lo vio sacar un trozo de madera del otro bolsillo Se sentó en el suelo a su lado y empezó a tallar la madera.
«Oh».
—¿Puedes hacerme una estaca para clavarla en un ojo? ¿Para Naruto? —Puck frunció el cejo al no entender sus palabras— O, mejor aún, podrías utilizar la navaja para cortarme estas ataduras.
El pequeño sonrió sin saber de qué le estaba hablando.
A Hinata no le gustaban los niños, y después de intentar repetidamente hacerle saber a aquél lo que debía hacer para ayudarla en su intento de fuga y no conseguirlo, su presencia empezó a serle molesta.
—Tú... Vete.
Él ni se inmutó.
Con un tono exageradamente alto, dijo:
—¡Ya me has enseñado lo buen tallador de madera que eres! Ahora vete de aquí de una maldita vez. Tengo cosas importantes en las que pensar. Nada de nada.
—¡Oh, ya lo pillo! Representas el papel del buen huérfano. Intentas gustarme, así quizá tengas alguna posibilidad de que te adopte, ya que yo sí estoy casada. Por supuesto, tienes un gusto maravilloso, pequeño demonio. ¡Ay! Pero has cometido un pequeño error. Yo no tengo instinto maternal.
Puck se limitó a ladear la cabeza. Entonces tendió la mano como si quisiera darle algo.
A la hechicera le gustaba recibir regalos.
—¿Qué es? Déjame ver. —Puso los ojos en blanco. —Lo siento, estoy atada aquí y no puedo moverme... No puedo alargar la mano.
Él dejó algo sobre su rodilla; algo pequeño y de color blanco. Hinata se había dado cuenta de que le faltaba el colmillo inferior. ¡Ahora ya sabía dónde estaba!
Y, obviamente, llevaba muchísimo tiempo guardándolo.
—Oh, esto no está bien. —Puso cara de disgusto, y no sólo porque le repugnase. —¿No sabes que puedes conseguir oro por ese colmillo? ¿Qué diablos te pasa?
Naruto jamás se habría imaginado que pudiera hacerlo tan feliz ver celosa a la hechicera. Hinata tenía celos de Hokuto. Y a lo largo de los dos últimos días había dado repetidas muestras de ello. Quizá fuera señal de que empezaba a sentir algo por él, cosa que él sólo se había atrevido a soñar.
El rompecabezas de Hinata era cada vez más complejo.
Era verdad que Naruto se pasaba gran parte del día con la diablesa, pues ésta le estaba ayudando a organizar las cosas para cruzar el portal hacia la otra dimensión. Los grupos se habían formado según los diferentes destinos. La mayoría querían ir a ciudades afines a la Tradición, como por ejemplo Nueva York o Savannah. Si uno estaba dispuesto a pagar un poco más, podía darle al encargado del portal las coordenadas exactas.
Trasladar a tantos individuos de golpe no estaba exento de dificultad. Si de repente aparecían mil demonios en medio de Savannah, alguien terminaría por darse cuenta.
Mientras trabajaba con su gente preparándolos para el nuevo mundo, se avergonzó de haberse sentido resentido con ellos, de haber maldecido su responsabilidad. Naruto descubrió que su pueblo era honrado, muy trabajador y práctico.
Hokuto le fue de inestimable ayuda en la preparación de todo, y Naruto disfrutaba de su compañía. Ambos compartían parte de un mismo pasado y podían hablar sobre los buenos tiempos de Konoha. Al demonio le gustaba conversar con ella sobre el castillo, recordar sus momentos de gloria, e intentar borrar de su mente lo que había presenciado tan sólo unos pocos días atrás.
También hablaban de sus hermanos. Hokuto le dijo que uno de los motivos por los que era tan protectora con Puck era porque le recordaba muchísimo a su hermano a su edad. A Naruto también.
Éste recordaba que su hermano había sido un niño desgarbado. Cuando le salieron los cuernos se puso frenético, y le picaban tanto que se frotaba contra todo lo que encontraba, incluso con las paredes del castillo. Iba dejando arañazos por todas partes, todos a un metro de altura, más o menos.
Naruto jamás hubiera creído posible que algún día echaría de menos a su hermano, pero así era. A lo largo de los siglos, habían peleado juntos contra muchísimos adversarios, y a menudo el uno contra el otro. Antes de conocer a Hinata, Menma era el único capaz de ponerlo furioso. Naruto se rió. Seguro que cuando la hechicera y su hermano se conocieran, se llevarían muy bien.
Pero a pesar de tener una relación tirante, los dos hermanos casi nunca se separaban. Iban tanto juntos que en la Tradición casi todo el mundo se refería a ellos como «los Uzumaki». Su hermano vivía en la casa que Naruto tenía junto a la piscina de su mansión.
El demonio acababa de enterarse de que muchos se habían sumado a los rebeldes alentados por el éxito de su hermano en la búsqueda de la espada. Estaba muy orgulloso de su hermano. Sorprendido, pero orgulloso...
Naruto y Hokuto tenían otra cosa en común: ella iba a viajar a la otra dimensión para casarse de mala gana con un demonio al que, de momento, se negaba a reconocer como su compañero.
—Él está convencido de que estamos destinados a estar juntos —le dijo. —Pero yo no lo veo tan claro. No tenemos absolutamente nada en común. No creo que haya dos personas en el mundo que hagan peor pareja que nosotros.
Hokuto no sabía de lo que estaba hablando.
Naruto y Hinata eran polos completamente opuestos, él no tenía ninguna duda de que ella era su compañera. A pesar de que se moría de ganas de volver a hacerle el amor a su hechicera, y de que estaba ansioso por marcarla, iba a ir despacio. Primero estaba decidido a ganarse su confianza. A conquistarla para el resto de la eternidad.
Cada día que pasaba allí, Hinata no podía evitar encariñarse más y más con el demonio.
En aquel mismo instante, estaba mirándolo prepararse para salir, y se dio cuenta de que no había empezado a considerarlo en serio como su posible compañero hasta que él escapó de sus cadenas. Hinata sentía mucho respeto por el poder, se sentía atraída por éste, y, mientras fue su prisionero, Naruto había estado indefenso. Ahora emanaba de él tanta autoridad, tanta fuerza, que la gente lo seguía dijera lo que dijese.
Y a pesar de que ahora estaba rodeado de su pueblo, Hinata tenía la sensación de que seguía sintiéndose solo. «El demonio, siempre alejado de todos.»
Por desgracia, la creciente atracción que Hinata sentía no era correspondida.
Naruto pasaba cada vez más tiempo con Hokuto, y dejaba a Puck con ella para hacerla enfadar. Debía de considerar que el pequeño demonio estaría a salvo de su mala influencia gracias a que todavía no entendía la lengua común. Y Hinata aún no había encontrado el modo de quitarse de encima al diablillo. Éste entraba tímidamente en la tienda, y cada día le llevaba un regalo. Un día fue una libélula muerta, otro, una piedra. Naruto seguía acompañando a Hinata a las aguas termales cada mañana. Cuando pasaban por delante de Hokuto y los suyos, la diablesa se comportaba de un modo muy familiar con el demonio, y a Hinata eso la ponía frenética.
De noche, él seguía abrazándola al irse a dormir. Dado que ahora dormía cinco o seis horas cada noche, Hinata tenía muchas pesadillas. Siempre que se despertaba, Naruto estaba allí, acariciándole el pelo con ternura.
La noche anterior, le había dicho con voz ronca:
—Tranquila, cariño, estoy aquí.
Se le ponía la piel de gallina cada vez que se acordaba.
Pero Naruto no había vuelto a intentar nada sexual, a pesar de que ella había notado su erección contra la espalda. Esa abstinencia voluntaria por parte del demonio la tenía muy confusa, y habría dado cualquier cosa por poder hablar con su hermana y preguntarle qué podía estarle pasando a su marido. Hanabi era la gurú del amor. Seguro que ella sabría decirle a qué estaba jugando Naruto.
¡Por todos los dioses!, la echaba muchísimo de menos. Nunca habían pasado tanto tiempo separadas. Naruto había cumplido su promesa y había dejado que le mandara un mensaje a Hanabi.
La segunda noche después de llegar al campamento, había aparecido en la tienda con un trozo de papel y una pluma. Pero si había creído que ésa sería su oportunidad de escapar, se había llevado un gran chasco. Naruto le soltó sólo una mano y le sujetó la otra a la espalda, Y se quedó a su lado, mirando por encima del hombro, durante todo el rato.
—Limítate a decirle que te llevo a la otra dimensión dijo. —El mensaje no llegará a Konoha hasta que nosotros nos hayamos ido.
—Sabrá que nos dirigimos a Nueva Orleans, y Toneri mandará allí a sus asesinos.
—Sí —se limitó a responder él.
Cuando Hinata terminó la carta, Naruto volvió a atarle la mano.
—He estado tentada de darte un abrazo —le dijo al apartarse, —pero claro, abrazar a alguien sin brazos es algo complicado así que en vez de eso he pensado que podría hacerte un favor. Voy a ayudarte a hacer las paces con tu hermano.
—Mi hermano y yo no tenemos remedio. Además, te he dejado escribir para agradecerte que no siguieras adelante con tu idea de castigar a los niños. ¿Por qué tendrías que hacerme un favor a cambio de eso? No me gustaría que nuestra relación funcionara así.
—¿Por qué no?
—Porque tú y yo... tú y yo estamos juntos.
Ella se quedó pensativa. «Estamos juntos.» ¿Y qué significaba eso exactamente? Hinata tenía cero experiencia en lo que se refería a las relaciones personales.
—Oh, bueno, no tiene importancia —dijo entonces despreocupada. —Sólo iba a contarte una cosa que quizá haría que sintieras menos resentimiento hacia tu hermano.
—Está bien —contestó él algo incómodo, —dímelo.
—Konoha habría caído, independientemente de lo que hubiera hecho él.
—Lo único que tenía que hacer mi hermano era obedecer órdenes, ir al castillo y quedarse allí hasta que yo regresara del combate con los vampiros. En vez de eso, me dio la espalda y prefirió quedarse con su familia adoptiva. Sé que no lo entenderás, pero era muy importante que hubiera alguien de sangre real en el castillo.
—Oh, sí que lo entiendo... quien controla Konoha controla todo el reino. Y Toneri también lo cree así. Por eso tenía a quinientos soldados esperando a tu hermano para asesinarlo. Naruto se tensó de golpe.
—¿Qué has dicho?
—Da igual la cantidad de guardas que hubieras mandado para protegerlo. Aunque tu hermano no hubiera ignorado tus órdenes, jamás habría conseguido llegar al castillo con vida.
—¿Cómo sé que me estás diciendo la verdad?
—¿Por qué iba a mentirte sobre eso?
Después de esa conversación, Naruto salió de la tienda como si lo hubieran retado a un duelo...
Y en el momento actual se disponía a abandonarla de nuevo. Llevaba una túnica azul que hacía juego con sus preciosos ojos. La lana se pegaba a sus hombros y marcaba su bien definido torso, mientras llevaba el pelo rubio tan despeinado como siempre.
Si Hinata fuera propensa a suspirar, no dudaría en hacerlo.
—¿Adónde vas ahora? —le preguntó.
—A cazar.
—Ah. ¿Con quién? ¿Con Hokuto?
Parecía una esposa despechada. Sólo le faltaba un cigarrillo colgando del labio inferior y un renacuajo pegado a la cadera.
El se ciñó la espada a la cintura.
—Así es.
—¿Me estás diciendo que a las mujeres les está permitido montar a caballo? —preguntó ella con fingida sorpresa. —¿Y también pueden llevar armas? ¿O las echarán del Clan del Oso Cavernario? —Al ver que él no picaba el anzuelo, le preguntó: —¿Qué tiene de interesante esa diablesa?
—Me gusta que se preocupe más de los demás que de ella misma —contestó Naruto. — Admiro que sea tan noble y virtuosa.
Hinata soltó un bufido.
—Yo también puedo ser virtuosa si me lo propongo.
—¡Tú ni siquiera sabes lo que quiere decir esa palabra! respondió él, escéptico.
—Por supuesto que sí. Quiere decir que tengo que ponerme ropa interior blanca.
Naruto levantó la vista al cielo pidiendo paciencia.
—Mira —dijo, —me gusta hablar con ella. Eso es todo. Es agradable poder charlar con alguien sin discutir.
—Ya, te gusta charlar con ella. —Se acercó de rodillas hasta donde estaba Naruto. —Estoy segura de que si sigues charlando con ella te olvidarás de todo lo que te hice con los labios. — Levantó la vista para mirarlo. —Las charlas suelen ser un preludio excelente para el sexo oral. Seguro que dentro de poco te habrás olvidado del calor que desprende mi boca, de lo hambrienta que estaba de ti. —Se pasó la lengua por el labio inferior.
Naruto tragó saliva y se excitó visiblemente.
—Por supuesto que no me olvidaré. Pienso en ello constantemente. Pero también es muy agradable poder estar tranquilo con alguien, compartir cosas. Si pudiera tener todo eso contigo.
—¿Compartir cosas? —Hinata entrecerró los ojos. —¡Te has acostado con ella!
—¡Por supuesto que no! ¿Por qué dices eso?
—Por el modo en que te mira. Y por el modo en que me mira a mí.
—¿Qué es lo que más te molesta de todo esto? ¿El cariño que empiezas a sentir por Puck o que a mí me guste pasar tiempo con otra hembra? —Al salir de la tienda, añadió: —Volveré al anochecer.
Genial. Había conseguido que se fuera de allí enfadado y excitado. Y encima iba a ver a otra.
Hinata no tenía otra cosa que hacer que pasarse las horas mirando el techo de la tienda y pensar en su situación. ¿Qué haría si pudiera huir? Las leyendas acerca de las bestias que habitaban el reino de Grave, y teniendo en cuenta su reciente encuentro con los tigloths, le daban suficiente motivo para no querer irse de allí. Pero no podía evitar preguntarse si podía haber algo peor que enfrentarse a la falta de morsus.
Si llegase a Konoha sin estar embarazada del demonio, Toneri se abalanzaría sobre ella en un abrir y cerrar de ojos. Sería incluso capaz de negarle la dosis de morsus hasta que se hubiera acostado con él.
Sí, ése era otro motivo de peso para no querer separarse del demonio... aunque en absoluto se estaba encariñando. Y tampoco soñaba con que la besara cada vez que ella, sin querer, claro está, le miraba los labios.
Pasó otra hora hasta que Puck entró en la tienda. Le traía otro regalo.
—Una lagartija. Justo lo que siempre había querido.
Cuando el bicho saltó de la mano del pequeño demonio al pelo de Hinata, ésta gritó y sacudió la cabeza con fuerza hasta conseguir que el bicho saliera de allí.
Puck se rió, y no fue esa risa estúpida que Hinata había oído antes en algunos niños; esa que hacía que se preguntara por qué alguien querría hacerles cosquillas y aguantar aquel ruido tan molesto.
No, el pequeño demonio tenía una risa de verdad, daban ganas de sonreír. Corrió tras la lagartija, mirando cada dos segundos a Hinata por encima del hombro, como si quisiera asegurarle que iba a recuperar su regalo.
Ella frunció el cejo. «Es el único del campamento que es bueno conmigo.»
En Konoha, sus inferi siempre le hacían la pelota. En la corte todo el mundo perseguía siempre algo.
«Aquí todo el mundo me odia abiertamente.» Por suerte, eso a ella no le molestaba. En absoluto.
—¡Eh!, tú, siéntate. Me estás mareando. —Puck se detuvo indeciso, pero Hinata señaló el suelo con la barbilla. —Siéntate —Cuando lo hizo, añadió: —Si vas a ser mi único amigo en este maldito lugar, necesito que empieces a trabajar para mí. Y lo de cortarte la pierna lo dije en broma.
«No me entiende.» El pronunció un par de tímidas palabras en demoníaco, o en galimatías, como lo llamaba ella.
—Bla, bla, bla. Niño demonio, no sé hablar tu idioma. Te diré más, no quiero aprenderlo y que me contamine el cerebro. Así que no te queda más remedio que aprender mi lengua. Primera lección: me llamo «Hi-nata», siempre dicen que soy «gua-pa» y «ma-jes-tu-o-sa».
—Hi... na —dijo Puck.
Ella se quedó helada. «Ha dicho mi nombre igual que lo dice Hanabi. La hermana a la que echo de menos como el aire que respiro.» —¡No vuelvas a llamarme así!
Él abrió los ojos como platos. Genial, ahora iba a perder único que la distraía.
—Ja, ja. Hinata estaba de broma.
El pequeño ladeó la cabeza y ella temió que se fuera. Pero no lo hizo, y la hechicera frunció el cejo al darse cuenta de que de verdad había temido que lo hiciera.
.
.
Continuará...
