El rey Demonio


SEIS DÍAS


—¡Dioses! ¡Los va a matar! —gritó alguien unas horas más tarde. Fuera lo que fuese lo que estaba atacando a los demonios, Hinata le deseó toda la suerte del mundo. Estaba dando vueltas a las palabras que Naruto le había dicho: «...que me guste pasar tiempo con otra hembra...».

Bastardo.

El demonio había salido con Hokuto hacía horas, y ya hacía rato que Puck se había ido a cenar. El sol se había puesto, la noche estaba cayendo y Naruto todavía no había vuelto. La luna estaría preciosa esa noche. Incluso romántica.

—¡Que alguien los ayude!

Hinata resopló irritada y se las apañó para ponerse de pie. Entonces, consiguió apartar la cortina con la cabeza para salir de la tienda. Ella también quería disfrutar del espectáculo...

Se quedó boquiabierta. Un dragón rojizo estaba persiguiendo a los demonios por doquier, levantando las tiendas en el aire. Su enorme cola batía contra el suelo mientras rugía. El sonido retumbaba en los oídos y agitaba la noche.

El guarda de Hinata no estaba, se había unido a otros, que parecían estarse planteando atacar al animal.

El dragón acorraló a un grupo de demonios en un recoveco del cañón, a punto de abalanzarse sobre ellos, proyectando su bífida lengua en el aire.

Cuando hubiera acabado con ellos, Hinata sería para él presa fácil, atada a una estacada y ¡sin ningún guarda que la protegiera! Y mientras, Naruto haciendo de Romeo con aquella mosquita muerta.

Pudo ver a una noble, una diablesa del grupo de Hokuto que muy nerviosa, iba corriendo arriba y abajo, hablando consigo misma.

—¡Eh, lady diablesa! —la llamó Hinata. —Si me desatas, puedo salvaros a todos con mis poderes.

La otra se detuvo, dudando y frotándose las manos.

«Frotándose las manos y caminando —pensó Hinata disgustada. —Acciones repetitivas: es el momento de pasar a la acción ¿no lo veis?» —¿Quieres que mueran?

—Los machos están defendiendo a las mujeres y a los niños. —Demonios con antorchas estaban preparados para atacar a la bestia. —Ellos nos salvarán...

—Gracias. Creo que me acaba de venir una arcada —«¡Esta sociedad realmente necesita ser reescrita por completo!». —Las antorchas de esos chicos sólo le harán cosquillas. Así que desátame...

—Si te desato, el rey Naruto se pondrá furioso.

—Bueno, él no está aquí, ¿verdad?.

.

.

—Tienes la cabeza en otra parte —le dijo Hokuto.

Después de una fructífera caza, cabalgaban de vuelta a un ritmo más lento que agradecían los exhaustos caballos.

—Lo siento —dijo Naruto. —Tengo mucho en que pensar. —No podía olvidar en cómo Hinata lo había mirado, con aquellos ojos color gris. Divertida, mofándose de él... Otra más de sus facetas.

Conocer a la hechicera no era fácil: había piezas que no encajaban.

Por ejemplo, era una despiadada asesina y, por otro lado, se había hecho amiga —a su manera— de un niño demonio que no tenía amigos. Era tan fría y dura que guardaba el bazo de una mujer en una jarra, pero cuando dormía había empezado acercarse a Naruto confiada y a apoyar la cabeza en su pecho.

Él había visto que ella necesitaba a alguien que pudiera calmarla cuando tenía una de sus pesadillas, y por todos los dioses que él iba a ser esa persona.

—Estás pensando todo el rato en la hechicera.

—Además de en otras cosas. —Sus preocupaciones no sólo se centraban en Hinata. Si lo que ésta le había contado de su hermano era cierto, y suponía que debía de serlo, quería decir que tendría que replantearse nueve siglos de disputas.

Y ahora su hermano hacía que se sintiera orgulloso, con su búsqueda de la espada. Pero ¿realmente podría entregar a su compañera, a Momoshiki? Si llegaba a hacerlo, su hermano odiaría a Naruto para siempre.

—Está claro que Hinata es algo más que una concubina para ti—dijo Hokuto. El no lo negó.

—Es mi compañera.

—¿Llevaste a cabo... la tentativa con ella?

Naruto asintió secamente, pero no le gustó su tono.

—He querido, y deseado, a alguien mucho mejor para ti —dijo Hokuto vacilante. —De hecho, no se me ocurre qué podría ser peor.

A él tampoco se le ocurría. Nunca había conocido a nadie tan absorbente como la hechicera. Mentía, robaba, hacía trampas y mataba. Exceptuando a Puck, ningún demonio la soportaba.

«Y sigo enamorado de ella.» No podía evitarlo: cada vez le sonreía cuando la tranquilizaba tras una pesadilla, o mostraba su inteligente sentido del humor, sus sentimientos hacia ella hacían más fuertes.

—Es como si no tuviera alternativa.

—¿Y por qué la mantienes atada?

—Porque huiría de mí a la primera oportunidad.

Aunque Hinata se sintiera cada vez más atraída por él e intentara confiar en Naruto de algún modo, pertenecía a un mundo muy diferente; uno en el que se la premiaba por sus vicios. Un mundo al que él tenía claro que no quería que volviera.

—No puedes tenerla atada todo el tiempo —observó Hokuto.

—Espero que cuando salgamos de esta dimensión pueda ganarme su afecto.

«Si eso aún es posible.» Tenía que serlo.

—No me puedo creer que con todas las diablesas con las que probaste no hayas podido encontrar a una de nuestra especie.

—No pasó. Y no fue porque no lo intentara. —Rió sin humor. —Alégrate de no haber sido tú una de ellas.

Hokuto hizo una pausa y luego dijo:

—Naruto, sí... lo fui.

.

.

—¿Los puedes salvar? —le preguntó a Hinata la diablesa que se frotaba las manos.

Al asentir ella, la otra no dudó ni un instante y le soltó las manos y el tobillo.

La hechicera se masajeó las muñecas con una sonrisa. «¡Idiota!» Al instante, se arrancó la estúpida blusa, pero se dejó el corsé, y con sus poderes hizo que pareciera una armadura metálica. Creó un casco y un collar moviendo las manos en el aire por encima de su cabeza, y con ayuda de espejismos se pintó la cara y se trenzó el pelo.

—¡Hinata, tienes que darte prisa!

—¿Que tengo que hacer qué? —Se enfrentó a la diablesa. —¡No vuelvas a llamarme por mi nombre nunca más! Soy la reina de Naruto; soy tu reina. Estamos casados, tanto si él quiere admitirlo como si no. —Salió en dirección opuesta al follón, diciendo por encima del hombro: — Que os vaya bien con eso.

La diablesa corrió detrás de ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Pe... pero tú me has dicho...

—¿Realmente crees que es cosa mía salvarle la vida a gente lo bastante estúpida como para quedarse encerrada en un sitio así con un dragón? Sí, soy egoísta, pero ¿quién soy yo para cambiar el curso de la selección natural? —Aquélla no era su guerra...

—¡Hi-naaa! —Una voz infantil se oyó en la lejanía.

Se quedó de piedra. Puck era uno de los que se habían quedado atrapados. El pequeño punk acababa de llamarla por su nombre.

Lo que significaba que el pequeño demonio le dejaba sólo dos opciones: una, despreciarse a sí misma por ir a salvar a una cría de demonio; y dos, tener muy mal día si el pequeño moría. Tomó aire. Tal vez sería mucho peor tener un mal día. Se volvió en dirección al caos y murmuró para sí:

—No me puedo creer que esté haciendo esto.

La diablesa que la había soltado se llevó las manos al pecho.

—Oh, ¡gracias!

A modo de respuesta, Hinata se abalanzó sobre ella y chasqueó la lengua.

—No estoy haciendo esto para ganarme tu agradecimiento. —Y la soltó para ir tras el dragón. «Soy una idiota, una completa idiota.»

Hinata tenía en efecto la habilidad de hablar con los animales. Pero ¿qué pasaría si el enorme dragón no tenía ganas de hablar con ella?

.

.

—No... me acordaba —le dijo Naruto a Hokuto. «Y sigo sin hacerlo.» Hinata lo había sospechado desde el principio, y él en todo momento lo había negado. Lo que significaba que sin querer, le había mentido.

—Bueno, esto es realmente violento —comentó la diablesa, y miró hacia adelante. —Fue hace muchos siglos y entiendo que habido... muchas.

¿Con su amistad, había intentado Hokuto revivir un affaire? Él había dado por sentado que sólo procuraba ser amable y ayudarlo a familiarizarse con el campamento. Que le gustaba recordar viejos tiempos.

—De hecho, ya te digo, fue hace mucho tiempo.

Siguieron cabalgando en silencio; pero, cuando llegaron a la de la colina que había sobre el campamento, vieron una escena indescriptible.

Con la indumentaria típica de una hechicera, Hinata apartaba a la gente de su camino, mientras se dirigía a donde estaba el dragón. La bestia se disponía a arremeter contra el grupo que tenía arrinconado, entre los que se encontraba Puck.

Blandiendo la espada, Naruto galopó hacia allá. Nunca llegaría a tiempo. Cuando Hinata estuvo cerca de la bestia, le gritó para llamar su atención. El corazón de Naruto se detuvo cuando el dragón se volvió hacia ella.

—¡No! —gritó el demonio. —¡Apártate!

La bestia siseó, sacando su lengua bífida. A pesar de ello, la hechicera se mantuvo de pie ante ella, con la cabeza bien alta, los hombros echados hacia atrás y las palmas levantadas. El calor que desprendían sus manos creaba una especie de neblina a su alrededor.

Cuando el dragón movió las garras, Hinata saltó y esquivó la cola con la que el basilisco intentó golpearla.

—¡Eh! ¡Ha ido por un pelo! ¡Para de una vez!

El dejó de mover la cola, aparentemente confuso.

Naruto bajó de su caballo a toda prisa. A medida que se acercaba a donde estaban, podía oír a Hinata hablando con el dragón Le había dicho que podía hablar con los animales. ¿Lograría convencerlo de que se fuera?

—Eso está mejor. En realidad no quieres comerme —murmuró. —A pesar de que soy la más tierna, también soy la más venenosa. —Rió para sí misma. —No te enfades con nosotros, grandulón. —Con cautela, le acarició las brillantes escamas. El dragón se estremeció, pero dejó que volviera a acariciarlo —¡No sabíamos que éste era tu hogar. —La bestia soltó humo por el morro.

Hinata miró a Naruto, con los ojos brillantes bajo la máscara de maquillaje.

—¿Crees que podría comerme de un bocado?

—¡Apártate de él! —gritó el demonio.

—¿Para que puedas matarlo?

—¡Para protegerte, sí! —Naruto odiaba la idea de matar uno de aquellos animales, pero estaba dispuesto a hacerlo si necesario.

—Lo tengo controlado. Por suerte, una persona de aquí ha sido lo bastante sensata como para liberarme... en contra de tu órdenes.

¿Realmente tenía al animal bajo control?

Naruto temía que ella estuviera en peligro, pero en cambio Hinata parecía estar pasándolo... bien. El demonio hizo ademán con la cabeza para que los que estaban acorralados se fueran retirando. El dragón se tensó.

—Sigue hablándole —le murmuró a la hechicera mientras ayudaba a Puck y a otro pequeño a que se alejaran. Casi todos habían escapado.

—Ha llegado la hora de las confesiones, dragón —con Hinata. —Una noche del verano pasado en que mi hermana Hanabi y yo estábamos muy aburridas, estuvimos muy, pero que muy a punto de mandar a todas las criaturas del reino de Graves a través de un portal a un sitio llamado Times Square. Pero al final nos dimos cuenta de que eso sólo nos haría gracia a nosotras dos.

A la bestia empezaban a pesarle los párpados, como, como si estuviera hipnotizada. Cuando todo el mundo estuvo a salvo, Naruto bajó la espada.

Al ser liberada, en vez de escapar la hechicera había ido voluntariamente hacia el dragón para salvar a otros. Le había dicho que nunca se le ocurriría ayudar a nadie si ella no sacaba un provecho, y sin embargo lo había hecho...

Cwena —murmuró orgulloso, con el pecho henchido. «Pequeña reina.»

Verla con el dragón era la cosa más memorable que Naruto había presenciado nunca. Parecía imposible no quedar cautivado por ella.

«Eso lo tenemos en común, dragón.»

—¿Permitirías que nos quedáramos aquí una o dos noches más? —le preguntó Hinata al animal.

A modo de respuesta, la criatura exhaló aire caliente sobre ella, y después hizo girar su enorme cuerpo y desapareció en la noche.

La gente estalló de júbilo. De repente, Puck corrió hacia Hinata con el ímpetu propio de los niños.

Ella sin embargo no se arrodilló ni abrió los brazos para recibirlo, sino que lo cogió por el cinturón y se lo llevó como si de un accesorio se tratara, reprendiéndolo por no huir de cosas que tenían colmillos mayores que su propio cuerpo. El pequeño no podía parecer más feliz.

La gente se acercaba a la hechicera para expresarle su gratitud.

Ella los saludaba con la mano que tenía libre, murmurando:

—Sí, sí. Agradecédmelo con oro.

Incluso Hokuto le dio las gracias al recoger a Puck.

Cuando Hinata se acercó a Naruto, éste la miró en silencio.

—Si se te vuelve a ocurrir atarme las manos —dijo ella, —haré que mi gran amigo vuelva a bajar por aquí, y abandonará la dieta restrictiva que le acabo de imponer. —Y se fue de allí, ignorándolo.

Un día, Hinata le había dicho: «Demonio solitario. Me necesitas mucho».

Naruto temía que estuviera en lo cierto.

Hacía dos días que su mujer estaba en libertad y el campamento entero estaba revolucionado. La que antes había sido una odiada hechicera ahora no cometía error alguno a ojos de sus súbditos..., y ella se estaba aprovechando de ello al máximo.

Cuando un grupo de jóvenes diablesas le preguntaron qué nombre le pondría a un caballo, Hinata les respondió:

—Me gusta cómo suena Fellatio.

Cuando Naruto fue a buscarla para pedirle explicaciones, lo único que le dijo fue:

—¿Sabes lo maravilloso que es oír a una de esas diablesas suspirar: «Me encanta mi Fellatio»? ¡Hay cosas que ni el oro puede comprar! —Ante la mirada atónita de él, añadió: —Esa chica tiene diecinueve años. Si a esa edad no sabe lo que significa esa palabra, entonces tiene un problema más grave que el de tener un caballo con un nombre raro. Tú te burlaste de mí porque preferí seguir siendo una ignorante con respecto a vuestro idioma, una lengua que mi especie considera burda. Pero ¿acaso no es lo mismo que hacen las hembras de tu reino con el sexo?

Naruto abrió la boca y luego la volvió a cerrar, incapaz de rebatir ese razonamiento.

Y para colmo, a Hinata le encantaba dictar leyes. Una decretaba que los vinateros tenían que hacer vino dulce para ella. Otra, que el herrero tenía que forjarle una corona y una coraza cuanto antes. Otra, que el cocinero tenía que preparar platos vegetarianos.

Puck la seguía a todas partes. Por suerte, no la entendía cuando ella le decía cosas como: «¿Todavía está detrás de mí? ¿Por qué no dejas de seguirme?». O «Me estás mirando otra vez, ¿a que sí? Puedo sentir tus pequeños ojos sobre mí».

Aunque se comportaba como si no le hiciera ninguna gracia que Puck la acompañara, Naruto la había pillado un día sentada en un banco, dando golpecitos a su lado para que el pequeño demonio fuera a sentarse allí. Y también la había visto apartándole un mechón de pelo que le había caído sobre la frente.

En ambas ocasiones, Hinata pareció sorprenderse a sí misma y las dos veces miró a su alrededor sintiéndose culpable, como si ser amable fuera algo inapropiado. En su viejo mundo quizá lo fuera.

Y en lo que se refería a Naruto, el demonio no podía pasar suficiente tiempo con ella, pues la hechicera lo evitaba.

Había exigido tener su propia tienda, negándose a compartir la de él. La noche del ataque del basilisco, Naruto fue a buscarla para darle las gracias por haber salvado a su gente, y para decirle que quería que siguiera durmiendo con él.

—Mis súbditos me han proporcionado un nuevo alojamiento —contestó ella. —Y ahora, si no te importa, he tenido un día agotador salvando a todos esos refugiados. Ya sabes, al fin y al cabo soy su reina, aunque tú hayas permitido que crean que soy una esclava sexual.

—Ya no.

—Sí. Lo he deducido cuando han empezado a traerme regalos y a jurarme obediencia. Me adoran. Acuñarán monedas con mi cara. Ya están en ello.

Hinata seguía en sus trece. Naruto lo permitía porque, al menos seguía allí. Si se quedaba, pensó, tal vez llegarían a tener un futuro.

¿Hacía Naruto esfuerzos por tratar de verla? Sí, cada maldito minuto que podía. Aquella misma tarde había ido a buscarla, pero no la encontró en las aguas termales, ni tampoco en aquella colina en la que tanto le gustaba sentarse.

Pero, desde allí, el demonio la vio jugando a los dados en el campamento, haciendo apuestas con un grupo. Cuando se sentó para observarla, se clavó algo. ¿Una escama de dragón? Miró a su alrededor y encontró algunas más. ¿Hinata había estado sentada allí con el dragón?

Se pasó la mano por el costado, por encima del tatuaje. Durante todos aquellos años Naruto había llevado la imagen de la bestia grabada en su espalda, y ni una sola vez se había imaginado que una hechicera los conquistaría a ambos.

En aquel preciso instante, la oyó reírse en medio de la partida de dados; seguro que había dicho algo escandaloso. Pero sus compañeros de juego siempre creían que lo decía en broma. Los demonios estaban fascinados con su belleza y su aire misterioso, con los espejismos de oro que ella lucía en el cuerpo, y con el arreado maquillaje que se ponía alrededor de los ojos.

Todos pensaban que era una reina muy alegre, pero que era mejor no hacerla enfadar. Dado que Hinata podía hacer que los dados tuvieran el aspecto que deseara, seguro que los estaba desplumando. Naruto sospechaba que podía estar almacenando sus ganancias en un lugar secreto.

Oyó a alguien acercándose... Hokuto. Después de la confesión de ella, apenas habían intercambiado un par de palabras, así Naruto se puso tenso.

—Ahora la adoran —dijo la diablesa, sentándose a su lado. —Es sorprendente. Sigue tratando a los niños como si fueran mascotas, y los llama «bichos». —Imitó la voz de Hinata, condescendiente y sin sentido del humor, y prosiguió: —El bicho huele mal... Si el bicho quiere darme los ahorros de toda su familia ¿quién eres tú para decir lo contrario?

Antes de que Naruto pudiera defender a su compañera Hokuto continuó:

—Pero la verdad es que se está comportando como una reina. Una reina poco ortodoxa, lo reconozco, pero reina al fin y al cabo.

—¿De verdad crees eso?

Ella asintió.

—Podía haber escapado, y eligió quedarse y proteger a esta gente. Les ha dicho a las chicas, a las mismas que dejó tan confusas con lo del nombre del caballo, que les dará clases de... biología. Es cierto que ha pedido oro a cambio, pero se podría considerar como una especie de impuesto para servicios públicos. Si tuviera la autoridad necesaria, seguro que podría promover un profundo cambio social.

Naruto recordó lo que Hinata le había dicho sobre la ignorancia de las hembras de su pueblo, sobre el eterno estado medieval en el que parecía vivir Villagelina, sobre la falta de infraestructuras.

—Y tiene razón acerca de lo de luchar —prosiguió Hokuto. —Luchar puede resolver problemas. Vivíamos en una soledad tan benévola que nadie llegó a ser tan fuerte como podría haberlo sido. Y, cuando nos derrotaron, nos quedamos indefensos ante siglos y siglos de tiranía. —Lo miró a los ojos. —¿Crees q Hinata se quedaría de brazos cruzados si supiera que su reino es vulnerable?

Jamás. Naruto no podía pedir una reina más feroz.

—¿Sabes? Todo esto me ha animado —continuó la diablesa. Si dos personas tan distintas como tú y ella estáis destinados a estar juntos, entonces tal vez el demonio con el que voy a casarme sea realmente mi compañero. Me siento optimista.

Eso alivió muchísimo a Naruto y empezó a relajarse.

—¿Crees que tu nuevo marido te dejará quedarte con Puck?

—Eso espero. Si no, tu reina se ha ofrecido a quedarse con él.

—¿Qué? —preguntó enarcando las cejas.

—Me dijo, y cito textualmente: «Me quedaré con ese niño demonio». Cuando le recordé que Puck no era su mascota, levantó la vista y respondió: «Eso es lo que estoy tratando de remediar».

Naruto notó que se le escapaba una sonrisa.

—Y, lo que es más raro, Puck encontró un pedacito de oro debajo de su almohada, a cambio del diente que se le había caído.

—Sospecho que Hinata se hizo invisible y entró en nuestra tienda, aunque ella negó con vehemencia que hubiera tenido nada que ver y me llamó un montón de cosas que no me atrevo a repetir.

—Puck está loco de contento.

Naruto ya había aceptado para sí mismo que necesitaba a la hechicera. Pero no se había atrevido a soñar con que su reino la acogiera de ese modo.

Tal vez Hinata fuera exactamente lo que Villagelina necesitaba. El destino había dado en el clavo.

Sólo había dos problemas. Uno, ella no era en realidad su reina. Y cuando descubriera que le había mentido seguro que no se sentiría demasiado inclinada a perdonarlo. Dos, Naruto tenía intención de degollar a su hermano tan pronto como le fuera posible.

Se había planteado la posibilidad de hablar con Hinata sobre Toneri, sobre el futuro, y sobre el hecho de que pronto estallaría una guerra; según sus estimaciones, en primavera a más tardar.

Pero al final había decidido que sería mejor ir primero a Nueva Orleans, a su hogar, antes de que ella pudiera huir.

—También he venido a decirte que los guardianes del portal llegarán a partir de mañana — añadió Hokuto. —Traen noticias frescas. Al parecer, toda la Tradición está revolucionada con las aventuras de tu hermano y la espada de Momoshiki el Herrero. Nuestro Menma ha salido victorioso.

—¿Se sabe cómo lo ha conseguido?

—Todavía no —respondió ella negando con la cabeza.

Dos semanas atrás, a Naruto no le hubiera importado nada. Ahora tenía miedo de que su hermano hubiera sacrificado a su compañera por él.

Había llegado a pedirle no sólo que la traicionara, sino que se la entregara a un loco que pretendía violarla y dejarla embarazada... y, al parecer, Su hermano lo había hecho por el bien del reino.

Naruto se quedó hipnotizado mirando a Hinata.

«Si lo ha hecho, entonces Menma es mucho más fuerte que yo.»

Hinata tenía que tomar una decisión cuanto antes.

Había estado las dos últimas noches sentada en la colina, pasando el rato con el dragón, mirando a sus súbditos mientras dormían y espiando la silueta de Naruto en su tienda, paseando de un lado al otro, esperando a que ella regresara.

Pero los portales iban a abrirse al mediodía. Apenas le quedaban unas horas y todavía no había decidido si quería irse con él.

Desvió la vista y vio a su marido ayudando a su gente. Se lo veía muy majestuoso. Hinata debatió consigo misma que camino le convenía más tomar. Ahora era libre y podría escapar con facilidad. Pero seguían preocupándola las mismas cosas que cuando atravesaban el reino de Grave, y lo de Toneri también seguía siendo cierto.

Y, además, al cabo de un día estaría en casa de su Naruto, en su vida. A juzgar por lo que había oído, Su hermano estaba a punto de hacerse con la espada. Tal vez la propia Hinata pudiera hacerse con la espada. Hanabi recibiría su mensaje e iría a buscarla, y ambas conseguirían escapar antes de que el morsus le hiciera efecto en los siguientes doce días. Y al fin las dos tendrían su propio reino.

¿O quizá deberían unirse a Naruto? Hinata le había dicho a éste que ella siempre estaba del lado de los vencedores, y al parecer ahora las tornas estaban cambiando. El demonio tenía todo el aspecto de ser el rey guerrero capaz de derrotar a Toneri. Si los demonios de la ira llegaban a hacerse con la espada, la balanza se inclinaría definitivamente en su favor.

Pero si se aliaba con Naruto, tendría que enfrentarse a algo mucho más serio que una mera guerra. El demonio quería que ella... sintiera algo por él.

Quería tener un futuro con ella... quería todo su futuro. Y eso de la eternidad a Hinata le daba mucho miedo. Ni siquiera había tenido una cita normal en toda su vida, jamás había visto al mismo macho dos veces seguidas, ¿y se suponía que tenía que prometerle la eternidad a un demonio al que sólo hacía unas semanas que conocía?

A decir verdad, había momentos en los que estaba tentada de aceptar su ofrecimiento. Ahora, cada vez que recordaba aquellas noches en las que él le había recorrido el cuerpo con las manos y los labios, llevándola al límite una y otra vez, ya no se enfadaba... sino que se excitaba. Se moría de ganas de que la tocara, incluso las dos últimas noches se había despertado sola, buscando soñolienta su cálido torso. «¿Por qué no probar a ver en qué consiste lo que el demonio me está ofreciendo?»

¿Qué podía hacer? ¿Cuál debía de ser el plan?

En aquel preciso instante, se dio cuenta de que Naruto la había descubierto. Y como si presintiera que se estaba planteando la posibilidad de huir, la siguió con la mirada durante toda la mañana, interrogándola con los ojos.

A modo de respuesta, ella le hizo un gesto de muy mala educación con un solo dedo. Él sonrió.

«Oh, Dios mío.» Hinata nunca le había visto sonreír, y tenía una sonrisa maravillosa. Desvió la vista y se miró el pecho ¿Qué había sido aquello? Vaya, al parecer sí sentía algo por él.

Naruto se dirigió hacia ella, y Hinata tuvo que reconocer que no le molestó nada que lo hiciera. Cuando llegó a lo alto de la colina, se sentó a su lado.

—Se está acercando la hora de partir —dijo. —Nunca te lo he preguntado formalmente, pero ¿quieres venir conmigo a mi hogar, a nuestro hogar, fuera de aqui?

—¿Tienes oro allí? —le preguntó ella.

—No, pero podría conseguirlo.

—¿Eres rico?

—En esa dimensión, si eres inmortal tienes que ser muy idiota para no ser rico.

—¿Tu casa es grande y bonita?

—Nuestra casa es de ensueño. Es una mansión que se construyó hace siglos, y está situada en un barrio famoso por sus jardines. Siempre me he sentido muy orgulloso de ella, es una de a casas más caras y envidiadas de la ciudad. —Parecía impaciente por enseñársela.

—No estás acostumbrado a pedir nada —observó Hinata ¿Te ha costado pedirme que me vaya contigo?

Él negó con la cabeza.

—Tal vez me habría costado si no tuviera tantísimas ganas de tenerte a mi lado.

Ella había oído decir que su hermano era el seductor de los dos hermanos, pero la hechicera estaba convencida de que las torpes confesiones de Naruto eran mucho más intensas y tenían mucho más significado que ninguna de las frases hechas de cualquier ligón.

—¿Por qué tienes tantísimas ganas? ¿Porque el destino me eligió para ti?

—No, porque sé que entre tú y yo puede haber algo más.

Hinata lo miró a los ojos y vio en ellos sinceridad... y pasión. Naruto la deseaba, y quería que ella viera cuánto. Fue incapaz de apartar la vista.

—Si vienes conmigo, no te arrepentirás.

Y si ella no daba una oportunidad a lo que pudiera llegar a existir entre los dos, tal vez terminaría lamentándolo por toda la dichosa eternidad.

—Está bien, iré contigo —dijo al fin. —Pero quiero poner un par de condiciones. —Cuando él movió la mano de aquella manera tan regia, ella continuó: —Basta de paridad. A partir de ahora, empezamos de nuevo como iguales.

—De acuerdo. Lo único que me importa es que empecemos. Y sólo puedo prometerte seis días. Después tendremos que negociar.

—¿Por qué sólo seis días?

—El seis es mi número preferido —mintió.

—No, no lo es.

—Tienes razón. Pero ésas son mis condiciones.

—Yo también quiero poner un par de condiciones —dijo Naruto después de meditarlo un rato. —Tienes que ser sincera conmigo.

—Lo seré tanto como pueda.

—Hinata...

—Mira, esto es una gran concesión viniendo de alguien como yo.

El suspiró.

—Tienes que darle una verdadera oportunidad a lo nuestro ¿Crees que podrás hacerlo, cwena? —Le acarició el pómulo con el pulgar.

Hinata frunció el cejo al ver que Naruto sonreía. No había apartado la cara.

.

.

Continuará...