El rey Demonio
NO VUELVAS
Cuando Naruto volvió a subir para ver cómo estaba Hinata y fue a acariciarle el pelo, no encontró más que un espejismo. Se lo quedó mirando un rato, incrédulo.
«Me la ha jugado.» Obviamente, la hechicera no había tenido ninguna intención de quedarse. Otra mentira. Lo había... abandonado.
«¿Por qué?» Salió de la casa hecho una furia, gritando su nombre a los cuatro vientos. «¿Dónde está?» Olió su perfume a varios kilómetros.
Se lanzó tras ella, siguiendo sus huellas, siguiendo su instinto. Corría por las calles mojadas, con una furia que crecía en su interior paso tras paso. La frenética necesidad que tenía de marcarla lo consumía.
«No lleva mi marca... No estamos casados.»
La vio acercándose a un pequeño parque, sorteando los charcos. Echó un vistazo a través de la lluvia. En la distancia, vio un área Con una estela de aire difusa: un portal. Y Hinata iba directo al mismo.
«No puedo perderla.» Movió los brazos para ganar velocidad hasta que estuvo a unos pasos de ella. Entonces, abalanzándose, la cogió por las caderas y la tumbó en la embarrada hierba.
—¡Me dijiste que querías quedarte conmigo! —Con la respiración entrecortada, Naruto la volvió de cara a él. —Conseguiste que te creyera. ¡Y ahora corrías ansiosa para volver con Toneri!
—No... Sí... ¡Naruto, tienes que escucharme! —Parpadeó. La lluvia le caía directamente en la cara.
Naruto la cogió y la arrastró debajo de él, cubriéndola clavándole sin darse cuenta las garras en los muslos.
—¿Por qué? ¡Cada palabra que sale de tu boca es una mentira! ¿Cuántas veces voy a permitir que me decepciones?
¿Pensaba que podía escapar de él? La hechicera mentirosa pagaría por aquello.
Los ojos de Naruto brillaban en la oscuridad. La lluvia caía con tanta fuerza que dolía, Hinata nunca había visto una lluvia como aquélla. Apenas podía abrir los ojos, con la fuerza del agua, ni podía oírse a sí misma.
—Tenía planeado ser bueno contigo —dijo él entre dientes. —Hacerte el amor. Pero ya se ha acabado.
Cuando lo vio desabrocharse el cinturón, sus ojos se abrieron como platos.
—¡No! —gritó Hinata clavándole las uñas en la cara y en el pecho.
Él gruñó furioso, y entonces le cogió las muñecas, atándoselas a la espalda con el cuero.
—¡Naruto, no! ¡Ha pasado algo! Demonio, escúchame. Mi hermana está aquí...
—¡Tu hermana no está aquí, está en Konoha! ¡En mi castillo! ¡Mi hogar! —Sus cuernos estaban enhiestos y oscuros. —¡No quiero escuchar más mentiras tuyas!
—Por favor, Hanabi está en peligro... —Las palabras se le atragantaron al intentar explicárselo, mientras se concentraba en escuchar la voz de Hanabi o algún aleteo. —¡Hay vrekeners por doquier!
Naruto la acabó de atar y volvió a darle la vuelta para tenerla de cara.
«No me está escuchando.»
—¡Tengo que ayudarla! —insistió, intentándolo otra vez, pero no servía para nada: Naruto no escuchaba, no razonaba. «Le he destrozado.» Él, que había sido tan racional, tan razonable —Si le pasa algo... —Tenía el corazón a punto de estallar del miedo que sentía por Hanabi. Ese miedo se convirtió en furia y después en náuseas. —¡No tienes derecho alguno a retenerme! —gritó — ¡No tienes derecho a atacarme ni a lanzarme contra el barro!
—Has mentido... y pagarás por ello.
—¡Sal de encima de mí, animal! ¡Tienes que soltarme, ya!
—Nunca, Hinata. Nunca. —La levantó, se la echó al hombro e inició el camino de vuelta a casa.
—¡No! —gritó ella cuando Naruto la alejó del portal, de Hanabi. —No me lleves de vuelta. — Aunque la lluvia había empezado a remitir, seguía sin oír a su hermana.
Se quedará conmigo sea como sea. —Naruto murmuraba para sí. —Encadenada a la cama si es necesario. El demonio que hay en mí quedará satisfecho esta noche...
Ella miró hacia atrás por encima del hombro, estremeciéndose ¿Dónde estaba Hanabi? Hinata tenía que volver con ella, tenía que escapar de Naruto.
Cuando el vendaval amainó, intentó una vez más contarle lo de Hanabi. Pero era como hablar con la pared. No la escuchaba. Ni cuando llegaron a la casa, ni cuando él la desnudó. Ni cuando salió afuera en busca de unas cadenas con que sujetarla a la cama.
«Sólo hay un modo de lidiar con una mujer así.»
Naruto apenas oía lo que ella le estaba diciendo. No necesitaba escuchar más mentiras de Hinata. «Sólo debo marcarla »
Estaba tumbada en la cama, con la melena oscura esparcida a su alrededor, su pálido cuerpo expuesto y temblando. Él se quitó los pantalones y se colocó encima de ella.
Hinata abrió mucho los ojos.
—¡Tienes que dejarme ir! —gritó. —Tengo que volver.
«No hagas nada irrevocable...» Pero tenía que hacerlo, de todos modos, no estaba dispuesta a quedarse. «Tengo que marcarla como mía.»
Naruto se arrodilló entre sus piernas.
—Iba a hacerte el amor despacio —le dijo, colocando las manos a ambos lados de su cara mientras la miraba. Su erección vibraba contra el caliente sexo de la hechicera.
«Contrólate. ¡Te vuelve loco! Me tiene hecho un lío...»
—¡No me hagas esto, demonio! —Levantó los ojos: tenía una mirada suplicante.
—Dijiste que te quedarías. Y yo te creí.
—Naruto, tengo que ayudar a Hanabi, mi hermana. Si no vuelvo, la matarán. Confía en que volveré a ti, lo haré.
—¿Creías que lo nuestro acabaría si volvías con Toneri? Yo iría a buscarte. —Acariciándola con el pene, le susurró al oído: —Cwena, si no estamos juntos es porque aún no he encontrado el modo de derribar tas defensas.
—Si hacemos esto, ¿me dejarás ir? —preguntó desesperada. —Si es así, tómame, hazme tuya, haz lo que tengas que hacer, pero déjame ir.
—Tienes que llevar mi marca.
—Entonces, ¡sí! ¡Hazlo!
—Sabes lo que tienes que decir, ¿verdad, hechicera?
—¿Quieres que te lo suplique? ¡Lo haré! Te suplico que...
—¡No! —Le tapó la boca con la mano.
No quería que las cosas fueran así entre los dos. No quería que lo hiciera a la fuerza. Cuando ella se calló, apartó la mano.
—Esto... esto es lo que querías, ¿no? —preguntó Hinata.
—Sí... ¡no! —Se incorporó y se sentó en el extremo de la cama, frotándose la frente.
«Piensa un poco.»
—Entonces, ¿qué? —gritó ella, retorciéndose en sus cadenas.
Naruto se levantó y empezó a caminar por la habitación. «Piensa...»
—¿Qué quieres que haga, demonio? ¿Qué quieres?
—¡No lo sé! —gritó él, dando un puñetazo en la pared. —Quiero que sientas algo por mí. — Volvió a acercarse a Hinata y le cogió la nuca con la mano. —¡Porque yo siento como si me estuvieras arrancando el maldito corazón del pecho!
—Siento algo por ti, Naruto. Tómame, márcame como tuya. Para siempre.
«Las palabras con las que tanto he soñado.» No podía descifrar lo que ocultaban, no podía prever qué tramaba la hechicera esa vez. Su suave lengua le decía exactamente lo que él quería oír, Hinata intentaba calmar así a la bestia que él llevaba dentro.
—Pero después tienes que soltarme. ¡Volveré a ti!
«No puedo pensar... Nada irrevocable...» Se levantó una vez más y se metió en el cuarto de baño. Una vez allí, apoyó la frente y los puños contra la pared, clavándose las uñas, para ver si así se calmaba y recuperaba el control...
Oyó el inconfundible sonido del viejo todoterreno de Menma en el camino de entrada. De un salto, se puso unos vaqueros y salió al encuentro de su hermano antes de que éste pudiera entrar en la casa.
Cuando Naruto abrió la puerta de golpe todavía pensando en Hinata, apenas notó que su hermano parecía... cansado.
—¿Naruto? —preguntó su hermano, sorprendido.
Él sólo podía imaginarse el aspecto que tendría. No llevaba camisa ni zapatos, y se estaba abrochando los botones de los vaqueros. La mirada de Menma se fijó en su apretada mandíbula, sus tensos músculos y los pequeños arañazos que tenía en el pecho y una mejilla.
—¿Me vas a hacer esperar aquí fuera? Abre de una vez.
Naruto miró al interior de la casa. La hechicera había estado a punto de arrebatarle su sueño, y él podría haber llegado a odiarla por ello.
—Oye, me preocupas. Déjame entrar y cuéntame qué ha pasado. Lo último que oí es que Hinata te había capturado.
Al no contestar Naruto, Su hermano prosiguió:—Te llevaron a Konoha, ¿verdad? ¿Tuviste que luchar con Toneri para escapar?
Su hermano finalmente negó con la cabeza.
—Entonces, ¿cómo saliste de allí? Nadie escapa de Konoha.
—Guardaba un as en la manga —contestó él con voz dura.
«¿Qué tendré que hacer para que ella quiera quedarse?»
—Parece que te pasa algo. ¿Estás bien?
—Lo estaré. —Naruto miró por encima del hombro una vez más. —Dentro de poco.
—Tengo la espada. —su hermano se la ofreció. —También he matado a Momoshiki.
Naruto aceptó el arma sin prestarle apenas atención. «Ha huido de mí después de hacerme creer que quería estar conmigo.» Menma, perplejo, dijo lentamente:
—Ésta es la espada que vencerá a Toneri.
—Iremos a la guerra en primavera. Estate preparado.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Tanto esfuerzo para tan mezquino agradecimiento? Ni siquiera me has dado una palmadita en la espalda. —Menma fue subiendo el tono a medida que decía cada una de las palabras. —Si supieras por lo que he tenido que pasar para conseguir esta maldita cosa, lo que ha tenido que soportar mi mujer... Oh, y para que conste, tu Veyron ya no existe y no vas a volver a verlo en tu puto garaje.
—¿Hay alguien ahí? —Hinata empezó a gritar. —¡Oh, por todos los dioses, que alguien me ayude! —Tiró de las cadenas. —¡Estoy encadenada en contra de mi voluntad!
—¿Es ésa la hechicera? —preguntó su hermano sorprendido. —¿Ella era el as que guardabas en la manga?
—¡Por favor, ayúdeme!
Naruto miró a su hermano con dureza, esperando su reacción.
Adoptando un tono más calmado, Su hermano dijo:—Entonces, ¿tienes a una malvada hechicera encadenada a tu cama?
Naruto sabía lo que pensaba su hermano.
—Es mía —contestó entre dientes. —Haré con ella lo que me dé la puta gana. Y no será nada que no me hayan hecho ya a mí, —añadió, recordando las humillaciones por las que ella lo había hecho pasar.
El recuerdo era todavía peor, porque Naruto había intentado ser bueno con Hinata, incluso se había planteado perdonarla por como lo había tratado. Apretó los puños.
—Eh, eh, no te enfades conmigo. A cada uno lo suyo, ¿vale? —dijo su hermano, que no dejaba de mirarlo con atención.
—Cuando haya acabado con ella, me pondré en contacto contigo.
Mientras cerraba la puerta, oyó a medias cómo su hermano murmuraba:—Vaya, eso significa que ya no soy el hermano malo.
Antes de guardar la espada en la armería, Naruto la llevó a la habitación para enseñársela a Hinata.
—Esta es la espada que matará a Toneri.
El arma brillaba, y los ojos de ella siguieron los movimientos que él hacía para comprobar el temple de la espada describiendo un movimiento circular a su alrededor.
—Dentro de poco, volveré a Konoha por su cabeza. ¿Te gustaría eso? ¿Cómo te hace sentir la idea de la muerte de tu hermano?
—Como si oyera el parte del tiempo que va a hacer en otra ciudad.
—Casi desearía que le fueras leal a Toneri.
—¿Es que no lo entiendes? Nunca te acercarás lo suficiente a él como para poder utilizar esa arma. Apenas sale de Konoha. Tiene guardias y trampas místicas que lo rodean en todo momento. ¡Maldita sea, Naruto! —Le sangraban las muñecas. —¡Suéltame!
Él le dio la espalda y salió de la habitación. De camino a su despacho, se detuvo a observar la espada, la más especial de todas las que había tenido en su vida. Era como si fuera una extensión de su brazo.
Aquello era lo que tanto había deseado, y apenas había dedicado tiempo a contemplarla. Su hermano había arriesgado la vida para obtenerla, y Naruto ni siquiera se lo había agradecido Hacía unos minutos, Su hermano lo había mirado como si se hubiera vuelto loco.
«Creo que sí que me he vuelto loco.»
—¿Hinata?
Hinata suspiró aliviada.
—¿Hanabi, dónde estás?
—Estoy esquivando unos pájaros realmente enormes —la oyó contestar. —¿Qué te ha pasado?
—El demonio me ha atrapado y me ha encadenado a su cama.
—¿Que ha hecho qué? Tan pronto como me quite de encima a estos pelmazos, iré a machacar a tu rey.
—¿Qué vas a hacer? ¿Elevarlo de un portal a otro hasta matarlo? —preguntó Hinata. — ¿Puedes esquivar a los vrekeners un poco más? Espera, creo que está subiendo... ¡No te vayas!
Naruto regresó junto a Hinata y se quedó mirándola con aquellos increíbles ojos azules llenos de dolor y confusión. Levantó una mano, pero en vez de tocarla empezó a soltar las cadenas. Ella contuvo la respiración. ¿Iba a dejar que se fuera?
—¿Sabes qué fue lo que vi aquel día en que me dijiste que soñara con lo que más necesitara? —dijo emocionado al liberarle los tobillos. —Soñé contigo y con nuestro hijo. Éramos tan dichosos, Hinata... Yo había logrado hacerte feliz, y era capaz de protegerte. El sentimiento era indescriptible.
—Hanabi, me está soltando... ¡aguanta un poco más!
—Pero ahora sé que eso no sucederá jamás —prosiguió él.
Cuando terminó de soltarla, Hinata se puso en pie de un salto y se apartó, pero Naruto se limitó a quedarse sentado en la cama. Se lo veía agotado, tenía una mejilla marcada por las uñas de ella.
—¿Hanabi, sigues ahí?
Hinata cogió la camiseta que él le había ofrecido al entrar por primera vez en la habitación y se la pasó por la cabeza.
—Mira, Naruto —dijo al llegar a la puerta, —regresaré dentro de seis días. Te lo prometo.
—No, no regresarás y ya no puedo más, Hinata.
Ella se dio media vuelta.
—Naruto, no...
—Yo no soy así. Tú consigues sacar lo peor de mí. —Se sujetaba la cabeza entre las manos.
Era el gesto de quienes estaban destrozados, o se daban cuenta de que habían perdido para siempre algo o alguien muy querido. Naruto se había dado por vencido, y Hinata quería pedirle que no lo hiciera. Quería incluso darle motivos para que no lo hiciera. Pero Hanabi estaba allí fuera, sola, indefensa.
—Lo único que conseguiremos será hacernos más daño el uno al otro. No quiero que regreses —dijo él despacio pero con voz firme.
—Naruto, espera...
—No vuelvas —añadió, mirándola a los ojos.
Cuando Hinata notó que el labio inferior le empezaba a temblar, se hizo invisible. Miró a Naruto por última vez y salió de la habitación.
—Hinata, ¿estás ahí? ¿Qué ha pasado?
—Acaba de romper conmigo.
—¿Qué? ¡Bueno, no le necesitas para nada!
—Ah, por todos los dioses, Hanabi. Creo que sí le necesito.
Hanabi, casi sin aliento, corrió un poco y se perdió todavía más. Tanto ella como Hinata carecían totalmente de sentido de la orientación. Aquellas zapatillas que colgaban de un cable eléctrico ya las había visto un par de veces.
Cada dos segundos, giraba la cabeza para ver si los vrekeners todavía la seguían, pero estaba convencida de que los había despistado.
Como mínimo eran dos docenas. Y cuando Hanabi los vio allí agazapados, en las ramas de aquel viejo roble, creyó distinguir el rostro de Thronos entre ellos...
—Acabo de salir de la casa —dijo Hinata.
Hanabi se sintió tan aliviada que casi tropezó.
—Pues vámonos de aquí de una vez. He despistado a los vrekeners, así que lo único que tenemos que hacer es encontrar el camino de regreso al portal. ¿Te acuerdas de dónde estaba el parque?
—¿Estás de broma?
—¿Tú qué crees? —Los distintos callejones por los que iba pasando eran todos iguales. Atravesó a toda velocidad uno, donde salía vapor del húmedo suelo, y luego dio marcha atrás y optó por otro.
—¡Espera! Creo que lo veo. —Hanabi corrió hacia un descampado que había más adelante y que tenía toda la pinta de ser el parque —¡Lo he encontrado!—El portal estaba a menos de cincuenta metros de ella. —Sigue mi... —Se interrumpió. Se le erizó el vello y levantó asustada la mirada.
Había vrekeners por todas partes: colgando de las ramas de los árboles, rodeándola por el suelo. Habían utilizado el portal como señuelo para atraparla.
—¡Por todos los dioses, es una trampa! Nos estaban esperando. Me han utilizado para traerte hasta aquí.
Si Naruto no la hubiera detenido, a esas horas los vrekeners ya la habrían capturado. —Hinata, no vengas. ¡Este lugar está infestado!
—¡Estoy de camino!
Hanabi volvió a ver a Thronos. Llevaba el abrigo negro de siempre y allí, agachado sobre una rama, parecía el mismísimo diablo. Él le sonrió, tensando las cicatrices que tenía en el rostro y luego saltó al suelo sin ningún esfuerzo.
El muy capullo creía que la había atrapado.
¿Se suponía que un peligroso acontecimiento iba a despertar de nuevo el poder de persuasión de Hanabi? No se le ocurría nada más peligroso que la situación en que se hallaba. No perdía nada por intentarlo.
Thronos dio la señal con la mano y, en un abrir y cerrar de ojos, todos los vrekeners se abalanzaron sobre ella. Hanabi tomó aire y corrió hacia el portal.
Algunos la sobrevolaron, y consiguió esquivarlos, otros la perseguían a pie.
—¡Dejadme en paz! —gritó. ¿Su poder había empezado ya a despertarse?
Sin detenerse ni un segundo, miró por encima del hombro. Los vrekeners que iban a pie se habían detenido. Todos excepto Thronos, que parecía estar apretando los dientes con fuerza, tratando de no cumplir su orden.
Siguió cojeando hacia ella con expresión malévola y sus hostiles alas desplegadas. Cada vez estaba más cerca...
¿Debería tratar de ponerse en contacto con Hinata? O quizá debería alejar de allí a los vrekeners para que su hermana pudiera utilizar el portal.
Uno a uno los demonios fueron desobedeciendo la orden de Hanabi y volvieron a perseguirla. Presa del pánico, corrió más de prisa, atravesó el portal y aterrizó en medio de su habitación en el castillo de Konoha.
Thronos, que iba pisándole los talones, justo antes de que cruzara la cogió por el tobillo. Hanabi le dio una patada, acertándole en la boca.
—Apártate —le ordenó.
La lucha de Thronos consigo mismo fue más que evidente, pero el vrekener terminó por dar un paso atrás.
—Hanabi, ¿dónde estás?—le preguntó Hinata.
—En el portal.
—¡Ciérralo!.
—¿Y qué harás tú?
—¡Puedo aguantar seis días más! —gritó su hermana. —Pero si te capturan, ya no tendré ninguna posibilidad.
—Pero...
—¡Tienes que hacerlo!
—¡Volveré por ti! —Apretando los dientes, cerró el portal y soldó la brecha que había creado en el universo. Los bordes eran como una herida en la piel humana, que se iban cerrando poco a poco al sanar. —¡Aguanta hasta que yo vuelva, Hinata!
Justo antes de que ella sellara los bordes, Thronos logró meter una bota. Miró a Hanabi con sus ojos plateados y abrió las alas.
Ella le sonrió maléfica. La herida del portal se estaba cerrando, nada conseguiría evitarlo. Oyó el grito del vrekener cuando los bordes le cortaron el pie, y luego Hanabi cayó desplomada sobre el suelo de su habitación. «Tengo que encontrar al vampiro, —pensó mientras trataba de recuperar el aliento, —a alguien que pueda teletransportarme hasta Hinata.» Pero todos los habían abandonado...
Fue levantándose por etapas. Primero colocó la cabeza entre las rodillas e inspiró hondo. Alzó la vista y se quedó mirando la bota de Thronos. Por culpa de él, Hinata se había quedado atrás en esa otra dimensión.
—¡Estoy harta de vosotros, cabrones! —le gritó Hanabi al pie. —¡Llevamos quinientos años así! —Lo lanzó al otro extremo de la habitación.
—Te has atrevido a regresar sin ella —dijo Toneri, que estaba en la puerta y tuvo que esquivar el pie del vrekener.
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Hinata notó que el aire se había calmado y supo que su hermana se había ido, lo que significaba que estaba sola en aquella dimensión. Hanabi había cruzado el portal. Seguramente estaba ya a salvo.
«Pero yo estoy bien jodida.» Tenía que esperar seis días a que fueran a rescatarla. ¿Aguantaría tanto? ¡Maldito Toneri y sus mentiras!
No tenía ni idea de dónde podía encontrar un vampiro y pedirle que la llevara de nuevo al castillo. No tenía ni idea de dónde podía alojarse esos días. Podía crear dinero con un espejismo e ir a un hotel, pero los vrekeners detectarían la magia y la encontrarían en cuestión de segundos. «¿Por qué me siento tan abatida? He estado en circunstancias mucho peores.» Tal vez estuviera así porque sabía que pronto iba a morir.
¡No! Se negaba a creer eso. Había oído decir que el morsus atacaba en episodios intercalados. La primera oleada de dolor seguro que podría resistirla. ¡Ja! A lo mejor incluso conseguiría desengancharse del veneno y podría mandar a Toneri a la mierda.
Abrió los ojos como platos. «¡Puedo vencer la adicción!». La gente se moría de dolor porque no conocía la agonía como Hinata. «He muerto docenas de veces. Seguro que esta vez no es distinto.»
Tomada esa decisión, estaba incluso ansiosa por sentir los primeros efectos del veneno.
«Si eso es así, ¿por qué todavía estoy tan triste?» «Echo de menos a Naruto.» Hinata había tenido a su alcance algo maravilloso y sólo empezaba a valorarlo ahora que lo había perdido. Las probabilidades de que volviera a encontrar a alguien como él —un rey atractivo, que le apartaba el pelo para poder besarle la nuca, que era considerado y justo, excepto cuando se ponía en plan demoníaco, cosa que provocaba ella al tratar de escapar, y que además fuera su marido eran realmente escasas.
Quería a Naruto. «Pero él ya no me quiere a mí. Y todo es culpa mía. Y eso duele.»
Notó que el labio inferior le empezaba a temblar de nuevo. ¡No! Sólo lloraban las hembras débiles que se daban por vencidas. Pero a pesar de todo, sintió cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas, y fue una sensación tan extraña que no supo cómo reaccionar.
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Continuará...
