El rey Demonio
ENTRÉGATE A MI
—¿Qué he hecho? —Naruto se reprendió a sí mismo con amargura. —He dejado que se vaya.
En ese momento había creído que no tenía otra alternativa. Su propio comportamiento lo había horrorizado. Había estado a punto de poseerla a la fuerza en aquel parque, en medio de la lluvia, y le había vuelto a suceder en la cama.
Ahora que se había calmado lo suficiente como para poder pensar, estaba convencido de que ella le había dicho la verdad cuando le prometió que regresaría al cabo de seis días. Era posible que la hechicera quisiera que su relación fuera más allá.
Si Hinata conseguía sacar lo peor de él, entonces tendría que esforzarse por convertirse en mejor persona. Nadie se esforzaría tanto como él para lograrlo. Naruto estaba incluso dispuesto a ir más allá, y a preguntarle a Hinata qué creía ella que debería hacer; iba a ser completamente sincero: «No me interesa una vida en la que tú no estés —le diría. —Me vuelves loco. Daría cualquier cosa a cambio de que sintieras algo por mí».
Y exigiría que ella hiciera lo mismo. Pero antes tenía que encontrarla.
Con ese pensamiento, se puso en marcha. «Quizá haya cruzado el portal.» Aunque tenía el presentimiento de que no, pues todavía podía sentir su presencia... La encontró en la manzana siguiente a la de su casa, en la acera. Al acercarse, vio que se estaba secando los ojos con el antebrazo.
¿Su hechicera estaba llorando?
—¿Qué estás haciendo aquí fuera, cwena? —A lo largo de la última semana, a Naruto le había gustado ver que Hinata se preocupaba por él, y lo había hecho muy feliz verla celosa. ¿Lo convertía en mala persona que quisiera que llorara por él?
Ella levantó la vista y lo miró. Le temblaba el labio inferior, y no creó ningún espejismo para ocultarlo, permitiendo que Naruto la descubriera en ese estado.
—No... No tengo adonde ir. —Volvió a pasarse la manga por los ojos. —Hanabi se ha ido, y yo... no puedo ir con ella hasta dentro de seis días. Estoy en una ciudad extraña, en un mundo que me es desconocido, y hay vrekeners por todas partes.
Ni siquiera había mencionado lo que había pasado entre ellos dos...
—¡Y tú has roto conmigo! —gritó entonces, y las lágrimas le cayeron a mayor velocidad. —¿Se supone que tengo que estar contenta de que me hayas dejado?
—Ven a casa, Hinata.
—¡No! Tú me has dicho que no regresara. —Sorbió por la nariz —No quieres que esté en tu casa.
El la cogió en brazos.
—¿Por qué no te callas de una vez? —Con la mano que tenía libre, le secó las lágrimas. —Sólo he tardado diez minutos en salir tras de ti.
—Me alegro de que lo hayas hecho —dijo ella, escondiendo rostro en el hombro de Naruto.
Naruto tragó saliva: jamás se habría imaginado que terminaría así la noche.
—Tú y yo tenemos que resolver muchas cosas, pero primero tienes que darte una ducha y entrar en calor. Después ya hablaremos de lo que vamos a hacer.
—¿Podemos... podemos tomarnos una copa de vino?
—Del más dulce que encuentre.
—¿Todavía me quieres?
Naruto apoyó la frente en la suya.
—Siempre te querré.
—Naruto, comprendo por qué antes has pensado lo peor, sé que te he dado motivos de sobra para no fiarte de mí. pero también sé que tienes que estar dispuesto a confiar.
—Hechicera, sé razonable...
—Espera, lo único que te pido es que me escuches. Se me ocurrido una idea para que sepas cuándo te estoy engañando. Algo que hacemos los malos de la película para asegurarnos de que no nos mentimos entre nosotros. Y quiero hacerlo por ti, Naruto.
No tenía ni idea de qué le estaba hablando, pero le encantaba la idea de que estuviera dispuesta a hacer algo por él.
—Lo único que necesito es un poco de arcilla, unas alcayatas y un poquito de tu sangre.
—¿Cómo sabré si esto de las tablillas de los pactos funciona? —le preguntó Naruto mientras clavaba las alcayatas en pared.
—He hecho tablillas de sobra para que podamos hacer unas cuantas pruebas —contestó ella, mirándole la espalda mientras trataba de pasar un trozo de cordel por el agujero de la tercera tablilla.
Los músculos, el tatuaje, la piel... Dios, Naruto era espectacular.
Naruto se dio la vuelta de golpe y la pilló mirándolo. Hinata se encogió de hombros y le dijo que no había podido evitar quedarse embobada. Y era verdad.
—¿Ya has terminado? —le preguntó él con la voz algo ronca.
—¿Qué?, Sí.
Tenía tres tablillas de arcilla recién horneadas listas para probar. Se las pasó con cuidado.
Era obvio que Naruto tenía sus dudas acerca de todo aquello, pero le seguía la corriente, ansioso por que funcionara.
Antes, cuando regresaron a la casa, Naruto la había dejado sola en la ducha mientras él iba a buscar arcilla o barro por los alrededores. Se reunieron en la cocina un rato después, y ella se había puesto una de las camisetas de Naruto. Éste se había duchado en el piso de abajo y se había puesto unos vaqueros limpios... y nada más.
La cocina de la casa era ultramoderna, aunque, a decir verdad, Hinata apenas sabía cómo funcionaban las antiguas, pero consiguió encontrar un cuenco en el que mezclar la sangre de ambos con la arcilla.
—Tu sangre es lo que te vincula al hechizo —le explicó ella mientras le hacía un pequeño corte en el brazo. —Mi sangre actúa de catalizador, la pila que hace que esto funcione.
Después, aplanó la masa de arcilla y la colocó en tres platos Pequeños utilizando un punzón para hielo como lápiz. En la primera tablilla, escribió: «Jamás desearé a Naruto». En la segunda: "Jamás besaré a Naruto». Y en la tercera: «Jamás mentiré a Naruto».
Naruto colgó las tres tablillas en la pared y Hinata dio un salto para sentarse en el mármol de la cocina.
—¡Ha llegado la hora de los pactos! Sagrada incluso entre los más malvados.
Hinata había estado bebiendo un poco del mejor vino dulce de la bodega de Naruto mientras trabajaba. El se apoyó en el mármol y se cruzó de brazos, observando todos sus movimientos.
La tensión sexual que había entre ambos era palpable.
Durante el rato que tuvieron que esperar a que las tablillas se secaran, Hinata sugirió que hicieran algo para entretenerse, pero Naruto se negó, prefiriendo mantener la calma mientras solucionaban algunos de sus problemas.
—¿Qué tenemos que hacer ahora? —le preguntó, acercándose a donde estaba ella.
—¿Estás listo para la primera prueba? De acuerdo, entonces hazme el favor de desabrocharte los pantalones y dejarme echar un vistazo.
—¡Hinata! Está bien. —Se desabrochó los botones y se abrió la bragueta.
Al verlo le pareció tan sexy que se mordió el labio inferior, ansiosa por acariciarlo, por recorrer toda aquella piel con los labios...
La primera tablilla se rompió en mil pedazos y cayó al suelo.
Naruto abrió los ojos, sorprendido, mientras se abrochaba de nuevo.
—Bésame —le dijo Naruto, acercándose.
Ella lo besó en los labios, pequeños y deliciosos besos. Pero cuando la segunda tablilla cayó fulminada, él se apartó.
—Está funcionando.
—Estás casado con una hechicera, demonio. Sé lo que hago.
Él se dio la vuelta de golpe y fue a inspeccionar las tablillas, —Ahora puedes preguntarme lo que quieras y yo tendré que decirte la verdad. Pero antes de que empieces, me gustaría preguntarte una cosa. —Naruto movió la mano de aquel modo tan magnánimo. —Si te hubiera dicho que tenía que regresar a Konoha por una cuestión de vida o muerte, pero que después volvería a tu lado, ¿me habrías dejado ir al castillo sin ti?
—No. Tú y yo no nos separamos, Hinata. —Y para demostrárselo caminó hacia el mármol de la cocina y se colocó frente a ella, deslizando los muslos entre sus piernas. —He tardado mil quinientos años en encontrarte, así que por ninguna razón estoy dispuesto a alejarme de ti.
—Entiendo. —Ella ya sabía que él iba a decirle algo por el estilo, pero la vehemencia de Naruto le recordó que tenía que andarse con cuidado.
No importaba lo mucho que quisiera confiar plenamente en Naruto: no podía hacerlo. Tal como Hanabi había predicho, Naruto no iba a permitirle regresar al castillo para que renovaran su dosis de veneno, así que al cabo de seis días tendría que irse sola.
—Pregunta.
—¿Adonde ibas esta noche? ¿Y por qué has huido de mí?
«Ten cuidado.»
—Mi hermana ha abierto un portal para venir a buscarme. Ella y yo podemos comunicarnos telepáticamente si estamos lo bastante cerca la una de la otra, y Hanabi me ha despertado. Le he explicado que no quería irme sin decirte nada, aunque sólo fuera por unos días, que tú y yo habíamos llegado a un acuerdo. Que estábamos juntos.
Al oír esa frase, Naruto desvió la vista hacia la tablilla, convencido de que iba a romperse, a pesar de lo mucho que deseaba que no fuera así.
Un sentimiento desconocido floreció en el interior de Hinata. «Demonio solitario. Desesperado por abandonar la soledad...»
—Sigue —le azuzó él, ansioso, tras asegurarse de que la tablilla seguía intacta.
—Los portales de Hanabi requieren de mucho poder, así que no ha tardado en atraer a los vrekeners. Mi hermana me ha dicho entonces que estaba en peligro. Naruto, ella no tiene ningún poder que le permita defenderse. No puede enfrentarse a los vrekeners, así que he salido de la casa y he ido a ayudarla.
—¿Tenías intención de regresar a mi lado?
—Sí.
Naruto apoyó las manos en el mármol, a ambos lados de los muslos de Hinata, como si se hubiera quedado aturdido con todas esas revelaciones. De repente, entrecerró los ojos. —¿Estás tramando algo con Toneri? ¿Confabulando contra mí?
—No.
—¿No estás de parte de tu hermano?
—No. Estoy de mi parte y de la de mi hermana.
El trató de asimilar toda aquella información.
—¿Es posible que quieras tener un futuro conmigo?
Hinata dudó unos segundos. «¿Lo quiero?»
—Sí... —respondió al fin, mirando de reojo la tablilla, y, al ver que ésta seguía intacta, lo miró a él con cara de satisfacción—Naruto, si algún día quisiera estar con alguien, sería contigo. Lo único que pasa es que no sé si soy lo que de verdad necesitas. Yo no... yo no soy como tú.
—¿Sabes una cosa, Hinata? Tenías razón al decir que siempre he llevado una vida muy ordenada. Antes de conocerte, todo lo que me rodeaba era lógico y razonable. En cambio, tú desafías a la razón. Me gusta lo astuta que eres, y tu desvergonzado sentido humor. Me gusta que no sea de sentido común, me gusta sentirme tan atraído hacia ti... Me gusta sentirme así a pesar de todo.
Como respuesta a esa sentida declaración, ella lo miró a los ojos.
—Naruto... estás muy sexy en vaqueros.
Él tardó unos segundos en recuperarse de la impresión.
—Lo sé —contestó al fin, tratando de disimular una sonrisa—. ¿Eso es lo único que vas a decirme? ¿No me merezco nada más?
Ella volvió a ponerse seria.
—Me gusta que la gente te respete tanto. Me gusta tu torso cálido y fuerte, y me gusta dormirme pegada a ti. Y me ha emocionado mucho que esta noche hayas salido a buscarme.
—¿Te quedarás conmigo?
—Por ahora, sólo puedo prometerte seis días.
—¿Otra vez lo de los seis días?
—Hanabi sólo puede crear un portal cada seis días.
—Ah. Ahora lo entiendo. ¿Tienes intención de dejarme cuando ella regrese?
—Estoy tratando de hacerte promesas que pueda cumplir. Por ahora, puedo prometerte seis días. Después de eso, tal vez el futuro no me pertenezca. Podríamos volver a hacer esto el último día.
Naruto la miró como si quisiera preguntarle algo más sobre ese tema, pero terminó por dejarlo.
—¿Por qué no me dijiste que empezabas a sentir algo por mí? Me has tenido completamente a ciegas.
—No estaba segura. ¿Y cómo se suponía que iba yo a saber que debía decírtelo? Nunca he tenido una relación con nadie, y tampoco puede decirse que en Konoha tú fueras confesándome tus sentimientos a diario. —Le rodeó el cuello con los brazos. —también me has tenido completamente a ciegas.
—Todavía hay muchas cosas que no me estás contando.
—Así es. Pero confío más en ti que en nadie que haya conocido do jamás, excepto Hanabi. ¿No podemos ir paso a paso? —El aroma que desprendía el cuerpo de Naruto la estaba derritiendo, y se fue acercando a él. —Tal vez pudieras conformarte con saber que antes no tenía intención de abandonarte y que tampoco voy a querer hacerlo en el futuro —le sugirió, cuando escasos milímetros separaban sus labios.
—¿Quieres que te haga el amor? —le preguntó él emocionado.
—Ahora mismo es lo que más deseo en el mundo.
La última tablilla siguió intacta.
Naruto la cogió en brazos y corrió hacia su habitación. Subió los escalones de dos en dos, respirando bocanadas de aire junto a su cuello.
Al llegar, la depositó en la cama y le quitó la camiseta. Hinata estaba convencida de que Naruto estaría frenético por estar con ella, sin embargo, él ralentizó sus movimientos.
—Tengo que calmarme un poco. —Se inclinó hacia ella para besarla, sujetándola por la nuca de un modo muy posesivo. —Quiero saborear el momento.
Posó los labios encima de los suyos y deslizó la lengua hacia el interior de la boca de Hinata, moviéndola de un modo increíblemente sensual, convirtiendo el beso en algo más. Algo más profundo.
«Quiere hacerme suya. Toda suya.»
Cuando Naruto dejó de besarla, sus ojos azules recorrieron cada curva, como si le estuviera haciendo el amor por primera vez.
A esas alturas, ella ya estaba temblando, ansiosa de las caricias dNaruto. Naruto por fin deslizó las manos por sus caderas, su ombligo, sus pechos. Sin prisa, exploró hasta el último centímetro de su piel.
—Eres tan suave... —le susurró al oído.
Cuando le acarició los pezones con los dedos, atormentándolos para luego mimarlos, espejismos de llamas se encendieron a su alrededor.
—Naruto —murmuró Hinata. —Te necesito.
Tras un leve asentimiento de cabeza, se quitó los vaqueros y se tumbó desnudo a su lado.
—Tengo que asegurarme de que estás lista.
Tenía los músculos tensos y los ojos completamente rojos pero su aspecto era de algún modo distinto al de las anteriores ocasiones. No parecía fuera de sí y en su mirada ardía la determinación.
Su demonio parecía estar totalmente decidido a conseguir lo que quería.
Le separó entonces las piernas con cuidado, y ella las dejó caer a modo de invitación. Acto seguido, atormentó aquellos labios con dedos astutos, acariciándolos sensualmente, antes de deslizar un dedo en su interior. Ella gimió al sentir que lo retiraba y repetía el movimiento con dos.
La maravillosa sensación iba en aumento.
Naruto tomó su sexo con la mano, presionando el clítoris con la palma y deslizando los dedos hasta lo más profundo.
—¡Naruto, por favor!
—Ten un orgasmo por mí. —Marcó cada palabra con un movimiento de los dedos.
El anhelo iba a más, creció... creció... y creció hasta que Hinata por fin se derrumbó.
Las llamas ardieron con fuerza cuando Hinata alcanzó el orgasmo, el gris de sus ojos reflejó la luz que desprendían los espejismos. Naruto sentía su piel húmeda y caliente bajo los dedos mientras el cuerpo de ella los devoraba hambriento, haciéndolo temblar ansioso.
Pero tenía que ir despacio. Tenía que asegurarse de que a Hinata aquello le gustara tanto que no pudiera vivir sin él. Y, por el modo en que lo había mirado antes, Naruto estaba convencido de poder conseguirlo.
Cuando el cuerpo de Hinata experimentó el último espasmo, Naruto se arrodilló entre sus piernas y acarició su sexo con la punta de su miembro. Lo colocó en la entrada, y se detuvo. —Relájate, cwena. Iré poco a poco.
Ella asintió con la cabeza.
Inclinado sobre ella, Naruto apoyó los codos a ambos lados de su cabeza. Recurriendo a toda su fuerza de voluntad, se deslizó muy despacio hacia el estrecho interior de Hinata, sin dejar de mirarla a los ojos todo el rato. Hinata se quedó sin aliento, pero tampoco apartó la mirada ni un segundo.
Al llegar al final, la emoción por estar por fin dentro de su mujer embargó al demonio. —¿Te he hecho daño?
—No, Naruto.
Esperó a que se acostumbrara a tenerlo en su interior, quieto, sudando por el esfuerzo que estaba haciendo por no moverse y sintiendo cómo el cuerpo de ella lo envolvía. Tenía que conseguir aguantar un poco más, pero empezaba a estar ansioso por llegar al final. —Esta vez es distinto, es tan perfecto...
—¿Puedo moverme? —gimió él cuando Hinata empezó a balancear las caderas.
—Sí, estoy lista... necesito más.
Naruto se incorporó sobre los brazos. Tenía la frente empapada de sudor, y algunas gotas caían sobre los pechos de ella, que arqueó la espalda de placer.
El no pudo evitar empujar con todas sus fuerzas para deleitarse en la humedad que lo envolvía. Hinata gimió cuando Naruto se retiró por primera vez, y gritó satisfecha cuando volvió penetrarla.
«La presión... el calor que emana de ella.»
—Tengo que entrar más. —Naruto levantó un poco las caderas, profundizando las embestidas. —¡Tan caliente!
—¡Naruto... sí! —Hinata volvía a estar cerca del orgasmo.
El podía sentir cómo el pequeño cuerpo de Hinata empezaba a estremecerse y los muslos se apretaban y relajaban alrededor de sus caderas.
Otro movimiento exquisito consiguió que él se estremeciera de los pies a la cabeza. Cuando volvió a retroceder, el interior de Hinata apretó la erección de Naruto como si no quisiera que no se fuera jamás de allí.
De nuevo, él volvió a hundirse en su cuerpo, desesperado por llegar hasta lo más profundo de su ser. Se movió ansioso, deseando estar más adentro, necesitando poseerla por completo...
Cuando Naruto le hizo el amor por primera vez, le dolió. Él era tan grande y Hinata tan estrecha... Pero esa vez era distinto, no había dolor... sólo placer.
Estaba tumbado encima de ella, tratando de estar lo más cerca posible, apenas había un centímetro de piel de uno que no estuviera en contacto con la del otro. Él le cogió los brazos y se los colocó por encima de la cabeza, cubriéndolos luego con los suyos y entrelazando los dedos con los de ella.
Naruto tenía el torso empapado de sudor y le atormentaba los pechos con él. Meciéndose de ese modo, iba a volverla loca: Hinata se sentía bombardeada a sensaciones. No podía dejar de temblar de lo maravilloso que era todo lo que le estaba haciendo.
Otro espectacular movimiento de caderas, más palabras susurradas al oído.
—Es imposible que alguien pudiera darme más placer...
En esa postura, ella notaba una fricción maravillosa en su sexo, y Naruto la incrementaba con cada embestida. Se arqueó bajo él.
—Te necesito, Naruto.
Él apretó los dedos que tenía entrelazados con los suyos.
—Dilo otra vez.
—Te necesito.
Naruto levantó la cabeza y fijó sus ojos rojos en el cuello de Hinata.
—Entrégate a mí.
¡Ah, por todos los dioses, iba a morderla! Hinata sabía que iba a suceder, y su cuerpo parecía ir directo hacia el orgasmo que él había ido convocando con cada uno de sus deliberados movimientos.
Con los brazos alrededor de la cabeza de ella, Naruto le besó el cuello, le recorrió la piel con la lengua. La sedujo.
—He esperado tanto tiempo... —Y en ese instante la mordió, hundió los colmillos en la piel de Hinata.
Hinata se quedó quieta debajo de él, incapaz de hacer nada excepto llegar al orgasmo y provocar el suyo, mientras Naruto la marcaba.
El clímax la sacudió con cegadoras oleadas, y gritó de placer. Su sexo se apretaba contra la erección de Naruto una y otra vez exigiéndolo todo.
Naruto gimió y se movió con más fuerza, con más intensidad hasta lo más profundo. Por fin dejó de morderla y, antes de levantar la cabeza, pasó la lengua por las pequeñas heridas.
—Ahora sí que eres mía —dijo con voz ronca.
Bajó las manos entrelazadas de ambos, y hundió a Hinata en el colchón, moviéndose de nuevo entre sus muslos, lanzándola al precipicio de otro orgasmo.
—¡Naruto, no pares! —gritó ella, moviendo la cabeza de un lado a otro al mismo ritmo que las caderas de él. Más... más... cerca... más.
Y entonces el clímax la sacudió de nuevo, con tanta intensidad que no pudo evitar gritar, arquear la espalda, pegar su cuerpo a Naruto.
—¡Hinata! Voy a... voy a estallar...
Tenía los músculos tensos, temblorosos del esfuerzo, y de repente se quedó inmóvil, su miembro contrayéndose en su interior. La miró a los ojos, su cuerpo a punto de partirse a causa de la presión que había llegado a resistir.
—Mi Hinata.
Y echó la cabeza hacia atrás y gritó. Con el cuello y el torso inmóviles, movió las caderas vaciándose en ella con tanta fuerza que Hinata pudo sentir cómo el semen se deslizaba dentro de ella... una y otra vez.
Cuando Naruto hubo terminado, se derrumbó sobre su cuerpo. Hinata notaba cómo latía su corazón.
Mientras trataba de recuperar la respiración, Naruto besándola en el cuello, en la herida que le había hecho, y a ella le encantó.
— Hinata, ha merecido la pena esperar mil quinientos años para encontrarte.
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.
Continuará...
