¿Qué es CONSISTENCIA DE LA EXTENSIÓN DE LOS CAPÍTULOS? I don't know her.


III

Tío Aziraphale:

Espero que esta misiva te encuentre alegre y bien. Por aquí, las cosas están tranquilas, como siempre: Newt y yo hemos disfrutado de una espléndida luna de miel, en la cual hemos vivido numerosas aventuras (no preguntes; te aseguro que no quieres saber).

Sin embargo, justamente estas aventuras me han hecho reflexionar sobre lo más importante: mi familia. Y, si bien mis padres ya han partido de este mundo, soy consciente de que aún cuento con un tío maravilloso como tú.

Por esta razón, hemos decidido visitarte uno de estos días. Para cuando recibas esta carta, si mis estimaciones son correctas, deberíamos estar por llegar.

Si bien pensé en sorprenderte, creo que es mejor que te lo deje saber de antemano.

Te quiero, tío, y nos veremos pronto.

Un abrazo,

Anathema


Mientras la tienda permanece sin clientes, Aziraphale disfruta de su libro favorito sin culpas.

—¡No puedes llorar!, gritó Bryce. No tienes derecho a llorar. Ni siquiera la amaste. No sabes nada del amor. La amé, dijo el padre. La amé. Yo también la amé, pensó Edward. La amé, y ahora se ha ido. ¿Cómo puede ser?, se preguntó. ¿Cómo podría soportar vivir en un mundo sin Sarah Ruth?

Aziraphale necesita detenerse y limpiarse la lágrima traidora que ha asomado a su rostro sin que lo notase. Esto es lo que siempre le hace El prodigioso viaje de Edward Tulane

—Oh, Edward —suspira Aziraphale—. Ahora ya sabes lo que es el amor. Pero ¿a qué precio, mi pequeño?

El sombrerero, a su manera, empatiza con el maltratado conejo de porcelana: él, también, sabe lo que es estar solo, si bien su soledad no nace de la pérdida.

Siempre ha sido así, se dice. Y eso es todo. Aunque pronto vendrá mi adorada sobrina a visitarme.

El pensamiento lo consuela, mas no puede detenerse mucho en él, pues es entonces cuando la puerta se abre, y el conde Gabriel entra a la tienda.

—¡S-señor! —exclama Aziraphale, poniéndose de pie rápidamente, el libro cerrado y olvidado sobre la mesita de té al costado de la tienda—. ¿Qué le trae por aquí?

No es la primera vez que el conde viene, mas decir que es un cliente frecuente sería una exageración.

—¿Para qué vendría si no es para comprar uno de tus sombreros, buen hombre? —El gesto del conde es condescendiente y su sonrisa, burlona, si bien no agresiva; es como si Aziraphale hubiera dicho algo estúpido, en lugar de una mera cortesía (porque incluso Aziraphale, lento como es, sabe que un hombre en una tienda de sombreros ha venido, seguramente, a comprar sombreros).

—Por supuesto —replica Aziraphale con una sonrisa igual de falsa, si bien la de él esconde detrás el deseo de no incomodar a su cliente—. Y ¿en qué podría ayudarlo, mi señor?

El conde suspira dramáticamente y mira con condescendencia a los ajados maniquíes y a los sombreros que Aziraphale tan esmeradamente ha situado sobre sus cabezas.

—La verdad es que no creo que puedas ayudarme —Aziraphale abre la boca para replicar, mas el conde le hace un gesto con la mano para que calle—. Es solo que estoy desesperado —Una pausa, y el conde une sus palmas a la par que vuelve a sonreírle de manera condescendiente—. Aunque creo que eso es obvio, es decir, he venido hasta aquí, después de todo.

Aziraphale siente una puntada en su pecho, una sensación incómoda y desagradable: la que siente uno cuando insultan a un miembro de su familia.

Y no tendrá familia, pero la tienda de sombreros es su hogar.

—La cosa es que estoy buscando un sombrero —le explica entonces el conde, como si nada, como si no acabara de insultarlo segundos antes—. Un sombrero para una dama.

—Considerando el estatus de vuestra merced —menciona Aziraphale, sus dedos inquietos rozándose los unos a los otros—, no considero que sea atrevido suponer que esta… dama es de noble alcurnia y tan elegante desenvolvimiento como el suyo. Y si ese es el caso (como de seguro lo es), ¿no sería más apropiado buscar una prenda para semejante señorita en la tienda de madame Michael?

Madame Michael es la dueña de la sombrerería que se halla ubicada en la parte pudiente del pueblo. Y si bien Aziraphale no tiene nada que envidiarle —¿cómo podría, en verdad, envidiarle que sus prendas estuviesen reservadas para unos pocos esnobs de gran poder adquisitivo, en lugar de los amables pueblerinos que pasean sus sombreros manufacturados con amor en sus tareas cotidianas durante el trajín diario?—, sabe que el conde Gabriel encontraría el sombrero perfecto para su —seguramente— adinerada pretendiente en esa tienda.

La sonrisa elástica del conde le indica a Aziraphale que este no es el caso.

—Me conoces bien, sombrerero —acepta el conde—, pero, como te he dicho antes, estoy desesperado. ¡Ja! No hay nada en la tienda de madame Michael que pueda impresionar… mejor dicho, agradar a esta dama en particular.

»Y, por ello, ¡heme aquí! En tu humilde tiendita.

Aziraphale debe resistir las ganas de lanzar un suspiro.

—Pero, si no ha encontrado nada allí, dudo mucho que mi «humilde tiendita», como usted mismo la ha llamado, pueda…

No obstante, no puede terminar la frase, pues advierte que la expresión del conde ha cambiado completamente y, de hallarse inmóvil en el medio de la tienda, ahora se aproxima rápidamente a uno de los estantes.

Específicamente: el estante de sombreros hechos a encargo.

—Ah, mi señor, me temo que…

—Es este.

La expresión resuelta del conde toma por sorpresa a Aziraphale, quien solo ha atinado a dar un paso más en su dirección antes de detenerse.

—¿Disculpe…?

—Es este —repite el conde, y Aziraphale lo ve antes de que ocurra, ve cómo sus manos toman con una delicadeza inusitada el sombrero que aún no ha pasado a retirar su clienta: el sombrero de moscas—. Es perfecto.

El conde sostiene el sombrero con una expresión de sincera adoración. Por un momento, Aziraphale se da cuenta de que no está viendo el sombrero, sino a la persona a la que tiene en mente.

Pero ese sombrero es un encargo.

Aziraphale abre la boca para avisarle que ese sombrero ya tiene una dueña, pero que sin problema puede confeccionarle otro en apenas unos días, mas llega tarde; para cuando se da cuenta, el conde ya ha depositado un fajo de billetes sobre el mostrador.

—Mi señor, debo decirle que…

El conde lo interrumpe con un gesto como para restarle importancia.

—Ah, no te preocupes, sombrerero, conserva el cambio. Y sí, sé que estás increíblemente agradecido —Con los dedos de la mano que no sostiene el sombrero, le da unas palmaditas por la cara que lo dejan descolocado—. Ni lo menciones.

—No, yo decía…

—Solo me llevaré esto —lo interrumpe de vuelta, tomando una bolsa de regalos roja, para luego introducir dentro el sombrero.

Los ojos de Aziraphale se posan sobre el mostrador y se abren desmesuradamente al comprender la cantidad que el conde le ha dejado: es, sin lugar a dudas, suficiente para pagar dos meses de renta.

¡Por un sombrero!

Sin embargo, incluso así, Aziraphale es un buen sombrerero, y no acostumbra defraudar a sus clientes, regulares o no, condes o pueblerinos.

—Discúlpeme, mi señor, pero me temo que ese sombrero fue confeccionado a pedido —le informa Aziraphale, restregando sus dedos inquietos unos contra otros—. Si usted fuera a llevárselo, creo que la persona que lo encargó estaría muy decepcionada y yo no acostumbro, esto es, no tengo como hábito decepcionar a mis clientes y…

El conde, entonces, suaviza su expresión.

—Mira —dice, y baja el volumen de su voz al hablar, lo que obliga a Aziraphale a acercarse para oír sus palabras—. Creo que esto es algo que incluso alguien como tú puede comprender.

Como Aziraphale no es pronto a ofenderse, sencillamente se dispone a escuchar.

—Esta dama es… adversa a mis atenciones —El conde adopta un gesto pensativo—. Bien, tal vez esa palabra sea un poco fuerte… Renuente, sí, esa sería la expresión que busco.

Aziraphale solo puede pensar en una cosa:

Lo detesta. La señorita lo detesta.

—Entonces, he prestado atención —porque sé que muchos piensan que solo pienso en mí mismo, pero no, es solo que limito mi preciada atención a las personas que me interesan—, y he notado un particular interés de esta dama en… insectos.

—¿Insectos? —Ni siquiera Aziraphale puede disimular su expresión de repugnancia.

—Moscas, específicamente.

—Ah.

—Entonces, creo que comprendes…

—No, no realmente.

—… por qué este sombrero es exactamente lo que necesito para impresionarla. Eh, quiero decir, hacerla sentir apreciada. Desinteresadamente —El conde sonríe de vuelta—. ¿Entiendes, sombrerero?

En parte, sí, Aziraphale piensa que posiblemente lo entienda.

Pero mi clienta…

—Comprendo, señor conde —empieza entonces—, pero, realmente, debo decirle que…

El conde coloca una mano sobre su hombro y aprieta levemente con sus dedos. Un débil quejido de «ay» escapa de los labios de Aziraphale sin que pueda evitarlo.

—Incluso tú me comprendes, ¿verdad, sombrerero? —insiste el conde—. ¿O acaso nunca has amado a alguien?

A esto, Aziraphale no tiene qué decir.

Solo piensa en Edward, el conejo de porcelana de su historia, el conejo que aprende a amar tras numerosos golpes y desventuras. Y, cuando lo sopesa de alguna manera, el conde no es diferente; no es diferente ahora de un conejo de porcelana que ha descubierto lo mucho que puede doler el amor.

Tal vez entiende, en lo profundo de sí, pese a nunca haber amado a nadie, lo que significa el amor en general y, ahora en particular, en la vida del conde.

Así que Aziraphale asiente, y se acerca a la antigua caja registradora para realizar la transacción.

—Sabía que entenderías —le dice el conde con una sonrisa mientras sus manos humectadas con ungüentos que huelen a rosas acarician inconscientemente el bolso que guarda el regalo para su dama.


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-Pekea