Título: Cien días NaruHina
Sumary: Cien mini historias por cien días seguidos. Reto especial NaruHina. ¡Que viva la OTP!
Advertencias: Posible OoC.
Disclaimer: Naruto no me pertenece.
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Respuesta inmediata
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Naruto era un fiel defensor de la justicia social. Quizás a veces deformaba y torcía un poco esas reglas a su conveniencia, pero en general no le gustaba ver que se aprovecharan de los demás. Era capaz de liarse a golpes por la más mínima cosa, así como ofrecer consuelo si se veía en la necesidad, pero jamás esperaría sentirse igual que el repugnante tipo que acosaba menores de edad en el autobús, teniendo abrazada a quién se supone era la víctima del señor, no de él, dormida e indefensa, solo para cubrirla incluso de los ojos asquerosos que buscaban cualquier oportunidad.
No era la primera vez que protegía a alguien, pero esa chica se sentía especial. Sasuke lo atribuía a que la chica era amiga de Sakura y debido a que eran conocidos sentía la ofensa más personal, pero no lo convencía.
Sabía que debía haber algo más, así que cuando aquella chica despertara, le preguntaría, antes de que pudiera lanzarlo de nuevo al piso.
Hinata por lo regular no se dormía en el transporte por lo riesgosos que solía ser para ella, pero había un aroma curioso que le generaba somnolencia, acompañándola los últimos días, junto al sentimiento de que había algo importante que estaba ignorando cuando se levantaba a toda prisa al despertarse momentos antes de su parada esa última semana.
Al azar, el pensamiento de que aquello percibido a su lado era la causa de su malestar, fue desechado y apenas analizado cuando notó que estaba abrazando a un completo desconocido.
—¡Ah, te has babeado! —soltó el rubio chico, antes de que empezaran a dialogar. Un pelinegro, que reconoció como el eterno amor de su amiga Sakura, se palmeó la frente con fastidio.
El chofer se vio obligado a llamar a la ambulancia al tener a tres estudiantes desmayados en su unidad, una por la vergüenza, el otro por ser lanzado a un lado de manera violenta con un fuerte golpe en la cabeza, y el último asfixiado por una culpa del rubio que le cayó encima.
