V

Crowley sabe a la perfección que, si bien es bienvenido en la tienda de Aziraphale, el resto de los pueblerinos no aprueba su amistad.

Esta es una verdad absoluta: su sola presencia augura malas noticias, y hasta el más amable de los habitantes del pueblo lo mira con desconfianza a la par que evita entablar contacto visual con él cuando lo ve fuera del castillo ambulante en el que vive.

Ah, pero, bueno, ¿es mi culpa que ellos desprecien lo que no entienden?, se dice en su interior.

El único que está convencido de que su existencia brinda buenos presagios adonde sea que vaya es Aziraphale, el adorablemente torpe sombrerero local que no experimenta la vida de otra manera que no sea de primera mano. Por esta razón, aunque al principio mostrase cierta desconfianza al igual que el resto, Aziraphale no ha dudado, posteriormente, en extenderle su amistad.

Es más; hasta cocina ocasionalmente los platos favoritos de Crowley, aquellos que él ha olvidado cómo hacer desde que su pupilo, Adam, se ocupa de la cocina.

No, Aziraphale no tendría problema en exponerse a lo que fuera con su despreocupado modo de vida y sus intenciones puras.

Ni siquiera al rechazo y al escarnio de aquellos que no comprenden su amistad. O tal vez, reformulándolo, es más bien que Aziraphale cree en la bondad inherente de las personas y que nadie, nadie en su sano juicio, le haría daño sin escucharlo y entrar en razón sobre cualquier asunto.

Pero Crowley ha vivido aquí y allá, en lo alto y en lo bajo del mundo, y sabe más que Aziraphale sobre los seres humanos.

Y es por ello que es él quien ha condicionado su amistad al secretismo.

—Ahí va de vuelta el demonio aquel. —Escucha que alguien murmura mientras camina hacia las afueras de la ciudad (porque volar todas las veces no sería divertido).

—¡Ah, no! —responde Crowley, con sus manos metidas en los bolsillos y expresión despreocupada, dirigiéndose a la anciana que ha hablado a sus espaldas—. El demonio en cuestión vive en mi chimenea; yo soy apenas un humilde hechicero.

La mujer lo mira como si sus palabras fueran un insulto, y se apresura a cerrar las ventanas de madera con un fuerte estruendo. Crowley solo sonríe como si no le acabaran de negar cualquier tipo de contacto como a un perro, chasquea los dedos (buena suerte intentando abrir tus ventanas luego, vieja) y reemprende su marcha.

Tiene a Aziraphale; no necesita a nadie más.


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-Pekea