VII

Belcebú no se siente culpable cuando ve al sombrerero golpearse la cabeza contra el mostrador.

Tampoco lo hace cuando observa cómo la vela que estaba allí se tambalea y, finalmente, se cae y rueda por el suelo hasta el pie de uno de los estantes repletos de sombreros. Ni siquiera se siente mal cuando ve que el fuego alcanza el lazo de uno de los sombreros y empieza a consumirlo raudamente.

No, no se siente culpable, porque ahora tendrá que ir a la fiesta sin su sombrero, y tendrá que asistir a esa estúpida fiesta repleta de gente que detesta por la paz de su reino y sin su sombrero de moscas.

Belcebú da un pisotón lleno de rabia al pensar en ello, voltea y sale de la tienda como si nada, el sol poniéndose detrás de ella, el sombrerero inconsciente en el suelo.

Lo que más rabia le da no es que la hayan arrastrado a este pueblucho de cuarta, ni que le hayan prohibido pulverizar al hechicero renegado que vive en un estúpido castillo flotante a las afueras del pueblo.

No, no es eso, ni que la obliguen a asistir a una fiesta de disfraces de todas las cosas, o a socializar con aristócratas con apenas dos neuronas vagamente funcionales.

No, lo que más le molesta es que por fin había encontrado a un sombrerero que le había prometido ser capaz de hacerle un sombrero de moscas, manufacturado con extrema precisión —y no encantado, como los que ella y su gente conocen—, pero no, todo había sido una estafa y una mentira y ahora no tiene disfraz para la ridícula fiesta de esta noche.

—Ah, bien. Encantaré algo y ya —se dice mientras camina de vuelta hacia la residencia del estúpido aristócrata de turno donde se aloja.

No es un problema tan grave, después de todo. Solo le ha causado mucha rabia, pero bueno, eso no es nada nuevo, ¿verdad? Las personas siempre están causándole problemas.

—¡Señorita Belcebú! —se escucha la voz del dueño de casa apenas abre la puerta—. ¡Qué bueno verla llegar! ¡Dichosos los ojos que la observan!

Belcebú cierra los ojos y da un paso al frente como si enfrentara un innombrable calvario. Escucha una risa en respuesta.

—¿Es que no va a abrir los ojos, mi dama?

—Bien, sobre eso de que es un placer verme —murmura sin abrirlos—, no puedo decir que el placer sea recíproco, si me entiende.

Siente una mano sobre su hombro y escucha la estúpida risa del estúpido que la hospeda en su casa.

—Ah, ¡me hiere usted! Pero creo que, por una vez, yo la sorprenderé.

Belcebú no intenta siquiera imprimirle una emoción falsa a su voz, por lo que pregunta monótonamente:

—¿Ah? ¿Y cómo es eso?

La voz baja en volumen, y es apenas un murmullo cuando pronuncia:

—Señorita, abra los ojos, por favor.

Belcebú lo hace —y, si pudiera, dejaría constancia por escrito de que lo hace con renuencia—, y ve frente a sí al conde imbécil (¿Gabriel? ¿Ese era su nombre?) que no ha dejado de atosigarla desde que la recibió en su casa.

—Esto —le dice, soltándola a la par que con la mano libre le extiende una bolsa de color rojo— es para usted.


¿Reviews?

-Pekea