VIII

—Solo digo que todo sería más fácil si… Ey. No.

Adam está bajando la sartén sobre la hornalla cuando Warlock calla repentinamente.

—¿Ahora qué sucede? —inquiere Adam sin prestarle mucha atención, convencido de que se trata de otra de las locuras del demonio de fuego.

—Algo se está quemando.

—Eres tú, sin duda —comenta Crowley a modo de saludo, sacándose la chaqueta de cuero y depositándola sobre una silla—. ¿O no hemos establecido ya eso?

Adam ríe por lo bajo sin despegar sus ojos de la sartén, revolviendo el arroz.

—¡No soy yo! —replica Warlock, inquieto—. Es… es en el pueblo. Puedo sentir una gran concentración de calor.

—Ah, y yo que por un momento pensé que debería preocuparme —refunfuña Crowley, tomando asiento ahora y abriendo un libro que ha materializado de ningún lugar—. Deja que se quemen los desgraciados.

Adam, ahora, se acerca a la ventana a curiosear. Efectivamente, ve una gruesa columna de humo elevándose por encima de los coloridos tejados de la aldea. Como el aprendiz de hechicero que es, entrena diariamente para aguzar sus sentidos; entre ellos, el sentido de la vista (crucial cuando se trata de lanzar hechizos a distancia).

Solo por esta razón distingue que la fuente del humo parece ser el mismo tejado de color verde vibrante del cual ha visto a su maestro emprender vuelo en incontables ocasiones.

—Crowley —Adam nunca se ha referido al hechicero de otra manera que no fuese su nombre de pila, y definitivamente nunca lo hará—, creo que no estaría mal que te preocupes un poco.


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-Pekea