X
No.
Cuando Crowley llega a la tienda de Aziraphale, el incendio ya está fuera de control, y es imposible apagarlo incluso con magia.
(Pero no es que Crowley no lo intente; oh, sí que lo intenta, y justamente por eso lo sabe).
—¡Aziraphale! —exclama el hechicero, e irrumpe en la tienda de golpe, pues la puerta devorada casi en su totalidad por el fuego no le presenta ninguna oposición—. ¡Aziraphale, ¿dónde estás?!
Sus ojos reparan, entonces, en la mujer sentada en el suelo.
Su mente le suple al instante con el nombre de la sobrina de su mejor amigo:
Anathema.
—¡Sal de aquí! —le grita Crowley, y se apresura a arrodillarse a su lado y ayudarla a levantarse, dejando que la mujer apoye su peso en él—. ¡¿Qué haces en el medio de un incendio?!
—Y-yo…
La mujer luce desorientada, y Crowley decide que debe ponerla a salvo antes de seguir buscando a su amigo.
—¡Por aquí, rápido! —le ordena con brusquedad a la par que la ayuda a atravesar la puerta—. ¡Ponte a salvo!
La mujer asiente rápidamente, y apenas da unos pasos por su cuenta antes de voltear.
—P-pero ¡no puedes volver ahí! —protesta, y Crowley la mira con una rabia que no va dirigida, realmente, a ella.
—Mi mejor amigo está aquí, y ¡no voy a irme sin él!
Crowley se interna nuevamente en la tienda antes de que la mujer pueda decirle nada más.
Sin embargo, sabe que ha hecho una promesa que no puede cumplir; a su alrededor, la tienda amenaza con derrumbarse, debilitada notoriamente por las implacables llamas.
Crowley vuelve a gritar:
—¡Aziraphale, ¿dónde estás?! ¡Aziraphale! ¡AZIRAPHALE!
Una repentina llamarada en su dirección lo obliga a retroceder; obviamente, el fuego está por alcanzar el gas de la cocina, y no le queda mucho tiempo para seguir buscando al sombrerero.
—Aziraphale… —farfulla el hechicero, y no puede evitar sentirse más desolado que nunca.
Es entonces que siente que unos brazos tiran de él.
—¡Vámonos! —le dice la mujer (¿Anathema?) de antes—. ¡Vámonos, no voy a dejar que mueras!
—¡Déjame, ¿no ves que aún no he podido encontrar a…?!
Una repentina onda explosiva lo hace retroceder, mas alcanza a crear una barrera de protección para que la mujer no sufra las consecuencias.
—¡TU AMIGO NO QUERRÍA QUE TIRARAS TU VIDA POR ÉL! —vocifera la mujer, y Crowley siente cómo los músculos de sus piernas se congelan.
—¿Qué… qué podrías saber tú? —Crowley se gira hacia la muchacha sin poder evitarlo, los ojos azules de Aziraphale clavándose en él—. No sabes sobre mí, no sabes sobre nuestra amistad, no sabes sobre…
Una nueva explosión se escucha en algún lugar de la casa, y la mujer clava sus uñas en la muñeca de Crowley, lo que le arranca un siseo.
—¿Qué demonios hacesss?
—No voy a irme sin ti —resuelve ella, y la fuerza con la que tira de Crowley es increíble para una joven tan menuda—. No voy a dejarte morir aquí.
Crowley no sabe por qué la escucha, por qué la sigue, aunque esto signifique, efectivamente, abandonar a su suerte a su amigo. Es algo inexplicable.
Esa no es la palabra, se dice, y la tiene en la punta de la lengua, pero no alcanza a encontrarla en ese momento.
Ya fuera, ambos observan con desesperanza la casa que es consumida por las llamas.
—No hay nada que puedas hacer. —Es lo último que ella le dice antes de que la casa, finalmente, se derrumbe.
Crowley aparta la vista de la mujer y observa la tienda que ha visitado tantas veces, el manzano chamuscado y el resto de las flores, tan solo esta mañana tan vibrantes, hechas cenizas.
Lágrimas amenazan con acudir a sus ojos, mas Crowley retira sus gafas y observa con verdadero desprecio las ruinas del hogar de su mejor amigo.
—Bastardos —susurra.
La sobrina de Aziraphale frunce el ceño.
—¿Dijiste algo?
—Bastardos —repite Crowley en voz alta—. Bastardos, ¡todos! ¡Todos son unos bastardos! —Esta vez, Crowley dirige su grito a las casas justo frente a la de Aziraphale, residencias repletas de personas cobardes y malintencionadas que no han salido a ayudar al sombrerero «amigo de brujos»—. ¡TODOS USTEDES SON UNOS BASTARDOS!
Deja que la rabia lo domine porque, de lo contrario, tendrá que asumir la realidad.
La realidad: acaba de perder a su mejor amigo.
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-Pekea
