Capítulo 6
Tres años después…
Había ido a visitarla como lo hacía con regularidad. Procuraba que con cada comentario halagador fuera quitando el caparazón donde ella se ocultó hace tres años. Totosai abrió la puerta y le indicó que la señora se encontraba en la sala de estar, pero antes de entrar en ella se detuvo justo en la entrada, ya que el gran danés que estaba recostado panza abajo a un lado de ella, pero al sentir su olor se puso en alerta, alzó el lomo y comenzó a gruñirle. Koga tragó con dificultad, era como si el animal percibiera sus malas intenciones.
Kagome al darse cuenta del cambio de humor en su mascota, acarició su lomo y siguió la mirada del animal.
Esbozó una sonrisa al ver a Koga.
―Deisy – dijo ella en tono sereno – Tranquila, solo es Koga.
Pero Deisy no hacía ni el menor caso a su dueña y para esto ya se había levantado en sus cuatro patas para ponerse en guardia sin dejar de gruñir. Koga permaneció estático en su sitio, si ese animal lograra abalanzarse sobre él probablemente terminaría muy dañado.
―Muy simpática tu mascota, Kagome – comentó en forma de broma pero a la vez serio.
Kagome se puso de pie y tomó la correa de Deisy.
―Es extraño – dijo encogiéndose de hombros – Con otras visitas nunca se pone así, únicamente contigo – explicó mientras daba un paso – Será mejor que la lleve al jardín. Aguarda aquí.
Koga asintió y se hizo a un lado cuando Kagome y el animal pasaron a un lado de él. Pero Deisy le mostró los dientes, dándole clara advertencia que no le agradaba. Entró a la sala de estar y tomó asiento, observó la canastilla de hilos que había sobre una mesa. Seguramente Kagome se entretenía tejiendo todo el tiempo.
Habían pasado tres años en los cuales ni siquiera se quitó el luto, no salía a dar paseos y sobre todo no acudía a los eventos sociales, lo sabía porque todas las invitaciones estaban apiladas en una mesita. Sus salidas con él eran casi nulas, solo iban a teatro pero nunca a un baile.
Tras varios minutos de espera, Kagome regresó con una sonrisa y volvió a ocupar su lugar en su asiento. Totosai había enviado a una empleada a dejarles servicio de té y unas galletas y así la conversación dio inicio.
Pero ella no escuchaba ni una sola palabra de lo que él le decía. Para ella su vida se había detenido hace tres años.
Tres largos y solitarios años en los que él había desaparecido y ella simplemente se negaba a creer que estuviese muerto.
Recordaba el día en que despertó, con un intenso dolor de cabeza y mareada. En la habitación estaba su familia y su madre le había dado la trágica noticia. Él había desaparecido la misma noche de su boda. Intentó reanudar la búsqueda, pagando lo que sea porque lo localizaran, pero las mismas autoridades le dijeron que se resignara, que su muerte era un hecho anulando así sus esperanzas de volverlo a ver con vida.
No le agradaba en absoluto vivir sola en la mansión Taisho, incluso más de una vez estuvo a punto de regresar con sus padres, pero siempre su madre le recordaba que ahora su deber estar ahí, en una casa demasiado grande, fría y donde se sentía completamente sola. Los empleados de servicio eran buenos con ella, sobre todo Totosai ya que siempre estaba al pendiente de lo que pudiera ocupar.
En tres años no se había quitado el luto por más de que todos le insistían que ya no era necesario y que el tiempo había pasado. Que ahora era una mujer viuda con suficiente dinero y que podía volver a casarse. Pero ella jamás lo iba hacer, algo en su corazón le decía que Inuyasha estaba vivo y mientras su cuerpo no apareciera mantendría esa remota esperanza a flote.
— ¿Estás bien, milady?
La voz de Koga la sacó de sus pensamientos, lo miró y le sonrió.
Koga había sido un apoyo fundamental para ella, desde el primer día que supo que Inuyasha había muerto él siempre estaba a su lado. Era agradable tener un familiar de él a su lado. Pero a quien no había visto era a Sesshomaru, justo cinco días antes de casarse había ido de viaje a Francia y no se sabía de él desde entonces. Probablemente estaba molesto por la boda y no quería ser partícipe de eso. Recordaba que a él no le agradaba mucho ella.
—Lo siento — se disculpó — ¿Qué me decías?
Koga parpadeó y suspiró.
—Que dentro de un mes habrá una exposición de arte en la mansión de los MacGregor. Sé que te gusta el arte, podríamos ir y…
—Lo siento Koga, esta vez no – dijo ella negando—Me temo que sería una terrible compañía... Si me disculpas — se levantó del sofá — Debo ver cómo va los preparativos de la comida.
Koga maldijo una vez cuando ella se marchó dejándolo solo en esa sala. Llevaba tres malditos años tratando de conquistarla y no había podido lograr nada. Incluso a la madre de ella la trató de convencer que su hija era una viuda sola con una inmensa fortuna y que necesitaba a un hombre que la protegiera pero sobre todo que estuviese a su lado y aun así tampoco había logrado conseguir nada en absoluto.
¿Cómo había sido posible que a su maldito primo todo le saliera a la perfección con esa familia?
—Carajo –exhaló de mal humor.
Vio un papel y pluma junto a las cartas apiladas en la mesita y sin pensarlo dos veces escribió una nota. Después la dobló sin cuidado para dejarla sobre la mesa y salir de la sala de estar. No pensaba quedarse más tiempo allí, era deprimente verla y por más que se esforzara jamás la sacaría de su letargo.
Maldito Inuyasha, que después de muerto le amargaba su existencia.
—En cinco minutos está la...
Kagome se detuvo en la entrada de la sala al verla vacía, miró a su alrededor pero no había ninguna señal de Koga, sólo una pequeña nota que yacía en el centro de la mesa junto a las invitaciones olvidadas. Negó, debía tirar todo a la basura de una vez. Se acercó y la abrió con sumo cuidado.
"Asuntos requieren mi presencia. ¿Qué te parece disfrutar un refrigerio en el campo?
Con cariño, Koga"
Ella negó y dobló el papel para después romperlo en pedazos pequeños y tirarlo a un cesto de basura más cercano A veces llegaba a odiar el interés que tenía él para con ella, pero francamente no podía corresponderle de la misma manera que esperaba. No podía negar que era atractivo, pero simplemente no podía relacionarse con ningún hombre y sobre todo si fuese familiar de su difunto marido, eso no sería lo más adecuado aparte de que no lo ama y jamás llegaría a sentir nada más que solo cariño y admiración. De hecho nunca más volvería amar.
Sin apetito (de nuevo) se encamino a su habitación para encerrarse y no salir de ir. Así era su rutina, se levantaba, Melisa su dama de compañía le preparaba un baño y le ayudaba a peinarse y prácticamente todo el día se la pasaba revisando las cuentas, ayudada por Totosai o se entretenía tejiendo cuando su tiempo era libre. Esbozó una media sonrisa, lo irónico era que todos los días eran libres.
Cuando entró a la habitación lo primero que hizo fue ir hasta su armario, abrió un cajón y buscó entre sus prendas una camisa blanca de él, se la pasó por los hombros para tan siquiera sentir que era abrazada por él y así, se metió a la cama. No había querido deshacerse de su ropa, de hecho la habitación que Inuyasha ocupaba de soltero estaba intacta como el ultimo día que la dejó, sólo dos veces por semana una empleada de servicio iba a desempolvar la habitación.
Cerró sus ojos y una lágrima rodó por su mejilla ya que tres años era muy poco tiempo para asimilar la pérdida de alguien y sobre todo olvidarlo.
En cuanto Koga entró al club lo primero que hizo fue encerrase en un salón privado. No quería que nadie le hablara y sobre todo tampoco le apetecía jugar cartas con nadie. Lo primero que hizo al estar adentro fue ir a una pequeña cantina, donde se sirvió una buena copa de whisky. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que no percibió la presencia de una figura femenina en la habitación.
Estaba furioso, odiaba la forma en como la mujer de Inuyasha lo rechazaba una y otra vez. Llevaba tres malditos años intentar algo con ella y simplemente lo dejaba así, como si nada.
Se llevó la copa a los labios pero en lugar de beber el líquido arrojó la copa a una chimenea apagada.
—Maldición — gritó frustración.
—Ese whisky era demasiado caro como para que terminara en una chimenea.
Koga se llevó una mano al corazón al escuchar la voz de esa odiosa mujer, siguió su voz con la mirada y la encontró sentada al fondo de la habitación, en un sofá de tapiz café.
― ¡Idiota! – Exclamó – Me has asustado – frunció el cejo ― ¿Cómo entraste aquí? – Si estaba de mal humor, ahora lo estaba mucho más al verla ― ¿Quién te dejó entrar?
―Seduje al portero – respondió con una media sonrisa desde el sofá donde estaba sentada – Aunque al decir verdad – suspiró – Vengo por el dinero que me prometiste. Que si más bien lo recuerdo eran diez mil libras por año y no me has dado nada. – su semblante era serio. –Ahora me debes una inmensa fortuna.
Koga lanzó un juramento y con el cejo fruncido tomó asiento a escasos centímetros de la mujer.
―Tu maldito dinero no se verá reflejado hasta que la duquesa Taisho acepte casarse conmigo.
Kikyo al escuchar ese último comentario esbozó una sonrisa y después se echó a reír inclinando la cabeza hacía atrás. Koga al ver su reacción se enfadó mucho más, estaba por perder los estribos si esa mujer seguía instándolo.
― ¿Qué es lo que te hace demasiada gracia?
Ella tuvo que llevarse una mano al estómago para controlarse ya que comenzaba a dolerle por sus risas.
―Cielos – suspiró más calmada – Creo que voy a esperar mucho más tiempo. Es evidente que ella nunca te aceptara.
Koga la fulminó con una simple mirada, se volvió a poner en pie para servirse otra copa de whisky.
― ¿Qué te hace suponer que no me aceptara? – preguntó mientras le daba un trago a la copa.
―Bueno, veamos…― dudó un poco mientras se ponía de pie – Han pasado tres años y es evidente que para ella solamente serás el primo de su difunto marido, su pañuelo de lágrimas. Pobre, si supiera la rata que eres en realidad.
Koga apretó los dedos con demasiada fuerza, nunca debió haber confiado en esta mujer, sólo era un dolor de muelas que tal vez pronto extirparía para dejar de causarle tanto malestar.
Ella avanzó lentamente y se detuvo a escasos centímetros de él. Era como si hubiese leído sus oscuros pensamientos.
—Quiero mi dinero — pronunció cada una de esas palabras con mucho énfasis—O de lo contrario todo Cornwall, no más bien toda Inglaterra sabrá que mataste a tu primo el mismo día de su boda y todo por la ambición de codiciar su título.
Está vez tiró la copa al suelo y en cuanto lo tocó el cristal se quebró en mil pedazos. No toleraba las amenazas y menos de una mujer cómo esa, así la agarró por el cuello y si hubiese sido por él, en ese instante acabaría con su miserable y patética vida.
—Ni se te ocurra amenazarme con eso. Recuerda que si yo caigo también lo hacer tú por cómplice. Así que no vengas con amenazas absurdas. – Acomodó un mechón rebelde del cabello de la mujer – O más bien deberías cuidarte, no vaya ser que un día de estos desaparezcas como mi primo.
— ¿Me amenazas? – preguntó.
—No cariño – Koga negó ― sabes que no amenazo en balde. Yo actúo.
La soltó y casi la empujó hacia la puerta para que se largara y lo dejara en paz.
—Y ahora lárgate que quiero estar solo.
Kikyo avanzó loa pocos metros que quedaban entre la sala y la puerta, pero antes de girar la manilla se detuvo y miró fijamente a Koga.
—Una última cosa, para que quedes advertido. – su voz era amenazante, si él jugaba a las amenazas ella también podía hacerlo ― Si algo me llegara a pasar, si tuvieras la más arrebatadora idea de matarme…alguien desconocido entregará dos cartas, una a las autoridades y otra a la viuda Taisho. En donde redacto todo el plan que hicimos para acabar con tu primo – esbozó una media sonrisa al ver que su cara cambiaba a una de sorpresa y miedo – No te conviene deshacerte de mí tan fácil. No me creas tan estúpida como tu amigo Hakudoshi. Disfruta tu trago.
Y salió del reservado jurándose que no sería la última vez que se verían.
Se movía de un lado a otro en la cama. En sus sueños veía como trataba de alcanzar una flor roja y cuando ya estaba a centímetros de ella, ésta se alejaba nuevamente de ella. Era tan frustrante su sueño que comenzaba a sudar por el esfuerzo de alcanzarla.
De pronto en él aparecía Inuyasha que sin piedad ni contemplaciones terminaba por aplastar la flor con un pie.
—Sigues tú….
Kagome despertó de golpe y se incorporó en la cama.
Sudaba, su corazón latía a toda velocidad y su respiración era agitada. Era la segunda vez que tenía ese sueño ¿Qué significa? No lo sabía.
Un relámpago iluminó la habitación, bajó de la cama y sus pies tocaron el frio sueldo de la habitación, se puso su batín y avanzó hacía la ventana. Allá afuera caía la tormenta más aterradora que se pudiese imaginar.
— ¿Dónde estás?
Había perdido la cuenta de todas aquellas veces que se la había hecho. No se resignaba aún que Inuyasha estaba muerto. Nunca encontraron un cuerpo o jamás lo reportaron como ileso en alguna localidad de Cornwall. Mientras no hubiese algún indicio de que Inuyasha estaba muerto jamás lo iba a creer.
Ayame contemplaba desde la ventana de su residencia solariega a las personas que pasaban por la calle aquella noche. A veces llegaba a maldecir los dones que tenía para ver el futuro muchas de las personas la miraban con malos ojos, sus amigas eran escasas o nulas. Koga nunca se sintió intimidado bajo ese don y era algo que se lo agradecía.
—Señorita Ayame, el señor Koga ha venido a buscarla.
Dejó a un lado sus pensamientos para ponerle atención a su ama de llaves.
—Pero aquí está la mujer más hermosa de todo Cornwall.
Esperó a que se fuera su ama de llaves, avanzó hacia él, lo miraba con desconfianza, recelo.
—Se anda diciendo que pretendes cortejar a Lady Taisho, la viuda de tu primo.
Koga frunció el cejo, suficientes problemas tenía esa noche, una de ellas era Kikyo y no estaba dispuesto a discutir con su amante. Pero al decir verdad, tenía razón, no solo quería cortejarla, deseaba casarse con ella y obtener de una maldita vez el título que siempre le había pertenecido.
—Entenderás que para nosotros no hay más futuro, la sociedad nos señalaría tanto a ti como a nuestros hijos y además, al no tener más que solo un pedazo de tierra, ellos no tendrían ningún futuro. En cambio sí me caso con ella, podría conservarte como amante, tendríamos hijos bastardos, pero vivirías mucho mejor de lo que hasta ahora.
Ayame respiró con fuerza, apretó los puños y por último le dio una bofetada marcando sus dedos en una de sus mejillas al rojo vivo.
Koga se llevó las manos a su mejilla donde estaba latente el golpe que le había asestado su amante.
—Eres un bastardo que no vale ni la mitad de lo fue tu primo.
Él frunció el cejo y la tomó por los hombros.
—Te prohíbo que me compares con él. Yo no soy el que desapareció el día de su boda abandonando a su esposa para después darse por muerto.
—A veces he llegado a pensar que él realmente no está muerto como se dice.
—Él está muerto ¡Muerto! — Sus ojos ardían de furia — Enterrado en un pozo de tierra donde los gusanos se comieron su carne hace cinco malditos años.
Ayame logró apartarse de él, en ese momento comenzó a sentir pánico, como si Koga le fuera propinar un golpe. Pero lo que más le aterraba pensar o realmente descubrir, era saber que él mismo había causado la desaparición de su primo.
—Tus palabras me asustan — dijo con sinceridad, llevándose las manos al pecho — Es como si tuvieras algo que ver en su desaparición.
Koga se llevó las manos a la cabeza, había reaccionado de manera torpe, tal vez con sus acciones era probable que Ayame pensara que él tuvo algo que ver en todo, lo cual era cierto pero no quería involucrarla es esto. Demasiadas personas sabían de esto como para añadir otra más.
Entre menos conociera los hechos, mejor.
—Yo...yo no tengo nada que ver con eso — está vez fue más cauteloso en cuidar sus palabras —Simplemente me baso en lo que dice las autoridades, la misma sociedad.
Hubo un silencio entre los dos, Ayame se dedicaba simplemente a observarlo al otro lado de la habitación y él le mantenía la mirada.
—Será mejor que me vaya, estás un poco alterada. Vendré a verte en un par de días.
Y tras su partida Ayame irrumpió a llorar, su pecho se agitaba con violencia mientras un hueco comenzaba a formarse en él. Su reacción le había confirmado que realmente él era el causante de la muerte de Inuyasha Taisho. Todo en él lo había delatado, lo había visto aquel día que leyó su mano.
Esa noche Bankotsu estaba en el punto de reunión, miraba de vez en cuando su reloj. La noche era fría que le calaba hasta los huesos y ninguna señal del bote y su mercancía. Una extensa y pesada neblina cubría el mar, hasta que una luz amarilla se divisó a lo lejos.
Sonrió, esa era, y haciendo lo propio guio a la pequeña tripulación hacia donde él estaba.
Pero se sorprendió al ver que no eran cuatro botes como de costumbre, sino dos. El hombre a cargo iba en el bote principal y al bajar de éste se dirigió a Bankotsu.
—Diez cajas de chocolate, whisky y puros.
El joven arqueo la ceja molesto.
—Habíamos acordado que serían veinticinco cajas.
—Si lo sé, pero el interés subió – anunció el mercader.
— ¿Disculpa? – Bankotsu frunció el cejo ― ¿Me quieres explicar esto, Menomaru?
El hombre se encogió de hombros.
—Como lo escuchas Bankotsu. Con lo que pagaste solo te alcanza para ese cargamento. Tómalo o te regreso tu dinero.
Bankotsu esbozó una media sonrisa y negó con la cabeza.
—De sobra sabes que siempre te he pagado muy bien ¿Por qué hasta ahora subes los intereses?
El mercader se cruzó de brazos y simplemente se encogió de hombros.
—Ya no es fácil trasladar esa mercancía, Bankotsu. Cuidarse de la marina, aduanas y de otros contrabandistas. Debes entender eso, no sólo me arriesgo yo, mi gente también. Además, hay otros que estarían dispuestos a pagar lo triple que tú.
Después de un momento de analizarlo, él asintió.
—Está bien, pagaré lo que sea, pero a partir de ahora me conseguiré a alguien más profesional.
—Sabes que soy el único profesional para este cargo.
—Lo estoy dudando en estos momentos.
Después de pagar lo restante, aquel mercader se dirigió a la orilla del mar y con la lámpara que llevaba en mano hizo una señal, acto seguido aparecieron otros dos bates con el resto del paquete.
En lugar de discutir ayudaron a los hombres a descargar el cargamento y transportarlo a una carretilla. Cuando escucharon cascos procedentes de otro lugar.
—Alto ahí.
—Mierda — dijo enfado el mercader — Me has tendido una trampa.
—No — Bankotsu negó.
Aún faltaba una caja por bajar cuando los piratas emprendían la huida. Se dirigió al chofer de la carreta y su orden fue contundente.
—Ya sabes que hacer. Vete.
—Pero señor….
—Lárgate de una buena vez. No quiero que te atrapen con mi cargamento. Yo los distraigo.
El cochero asintió y emprendió su huida.
—Señor queda detenido por el negocio de contrabando.
Bankotsu esbozó una media sonrisa, observó las cajas que aún estaban en el pequeño bote y girando sobre sus talones miró fijamente a los dos guardias.
—Vaya, pero si son ustedes.
De pronto hubo risas entre ellos y los oficiales bajaron de sus caballos.
— ¿Has traído nuestra parte?
El joven contrabandista asintió lentamente.
—Una caja del más exquisito whisky que su paladar haya probado.
Uno de los guardias frunció la boca y negó.
—Quedamos en que iban a ser tres.
—Lo sé pero mi lacayo salió huyendo en cuanto los escuchó. Si pasan mañana en la noche por mi casa, les prometo el resto.
Ambos hombres se miraron el uno al otro y después asintieron.
—Mañana a las doce de la noche.
Bankotsu puso cara de serio en cuanto los oficiales se habían ido. Alguien trataba de traicionarlo y tendría que averiguar quién era.
Una vez en su residencia Bankotsu no podía dejar de pensar que era la primera vez que ese mercader se revelaba en contra de él pidiendo un interés mucho más elevado, esto significaba que tendría que duplicar el costo de cada mercancía y supondría baja en ventas. Comenzaba a sospechar que algo no andaba bien, era al único contrabandista que le cobraban un interés demasiado alto a comparación de unos cuantos que operaban en esa zona.
―Lo mejor es que dejes esa vida ―comentó su amigo Miroku.
No, negó para sí mismo, no podía abandonar el negocio del contrabando además estaba demasiado cerca de recaudar todos los fondos necesarios para levantar su compañía naviera y así entregársela a su padre, tal y como se las había arrebatado la maldita duquesa de Percival. Lo hacía más que todo por la familia.
―No ― volvió a negar ― Hay algo. Es mucha casualidad que se cobre un interés demasiado alto en tan sólo un mes. Alguien me quiere atar la soga al cuello y voy a llegar al final de todo esto.
― ¿Y si te consigues otros proveedores?
Bankotsu esbozó una media sonrisa y comenzó a reír.
―Para mí desgracia esos malditos italianos son mi única fuente. Cuando descubra quien es el hijo de perra quien me ha estado frustrando mis negocios, le voy a meter sus intereses de un plomazo en la cabeza de eso puedes estar muy seguro.
Al día siguiente…
—Deberías darte una oportunidad — comentó su madre al mismo tiempo que iban paseando por un bazar que se había puesto de moda en Cornwall— Por ejemplo con Koga. Ha sido muy amable estos años y atento. Creo que...
—Madre ya lo hemos discutido. Jamás me volveré a casar y Koga no es una opción. Sé que ha sido atento y se lo agradezco, pero algo dentro de mí me dice que espere, que Inuyasha no está muerto.
—Hija han pasado tres años, si hubiera estado vivo ya habría aparecido.
Kagome se mordió el labio con fuerza y siguieron su camino al mercado. Le ofrecían de todo, desde fresas, chocolates, manzanas e incluso telas de seda para que hiciera de ellas un hermoso vestido. Estaba concentrada que no vio a la joven que venía de frente y ambas terminaron por chocar una con la otra.
Ambas se quedaron mirando, una a la otra y al ver que no decía nada, Kagome se disculpó y reanudó su camino, pero la joven pelirroja de ojos verdes tenía algo que decirle.
—Él regresará.
Esas palabras le calaron hasta los huesos haciendo que se detuviera en seco. ¿Quién regresaría? Asustada, giró sobre sus talones y contempló una vez más aquella pelirroja de ojos verdes que no le quitaba la mirada.
— ¿Qué dices? — preguntó confusa.
— El regresará. Pero no seguirá siendo el mismo, una sed de venganza envuelve su corazón, venganza que será contra usted.
La joven de pelo rojizo acortó la distancia que las separaba y de manera imprevista tomó a Kagome de una mano y comenzó a analizar sus líneas.
—Debe tener mucho cuidado milady. El camino hacia la felicidad será largo, oscuro y complicado y lleno de espinas. Pero para lograrla habrá un pago, la vida de un ser querido que jamás llegará conocer.
Pero el corazón de la joven se había agitado al ver más cosas que no quiso compartir con la duquesa Taisho, pues en su visión había visto la obsesión que su amante sentía por la viuda de su marido.
—No confíe en nadie y cuídese del que parece oveja, en realidad es un lobo disfrazado. El león no es como lo pintan.
Antes de que pudiera decir algo más, la joven observó que se acercaba la madre de Kagome y decidió girar sobre sus talones y retirarse del lugar.
El corazón de Kagome latía aceleradamente, podía escuchar su respiración acelerada. Ahí, en medio del bazar donde pasaba la gente a un lado de ella observándola de manera extraña por estar en medio de la calle, contempló su las líneas de la mano donde hace rato esa joven pelirroja había visto.
Era completamente absurdo sonreír por algo que alguien le había dicho, no podía ser tan ingenua, pero su corazón se puso en alerta hacía la advertencia. ¿Venganza? ¿Por qué? y ¿Quién era ese lobo con piel de oveja?
— ¿Que tanto te decía esa joven?
Kagome escondió su mano como para evitar que su madre se enterara.
—Nada, simplemente nos disculpamos por tropezar la una con la otra.
Lady Flora asintió no muy convencida de lo que su hija le había explicado, pero al ver que no le diría más se limitó a asentir.
—Te he comprado esta finísima tela— dijo mientras le mostraba el delicado antifaz. — Debemos asistir a la exposición de arte que se dará en unas semanas con los MacGregor.
Kagome lo observó detenidamente. La tela era preciosa en color dorado.
—Además Koga se ofreció a acompañarnos.
De pronto Kagome se detuvo y observó a su madre detenidamente.
— ¿Él te pidió que me convencieras?
—Por supuesto que no— comentó en forma seria Lady Flora — Ya es tiempo que salgas a la luz y dejes ese luto que has mantenido durante años. Él está muerto, tú sigues viva y la vida sigue.
"O tal vez no lo esté" se dijo para ella misma.
Al ver a su hija tan seria, Lady Flora le tocó un hombro y le sonrió de manera dulce.
—Sólo quiero que dejes de sufrir. Que no te quedes encerrada en esa mansión solitaria, eres joven y puede que con el tiempo llegue alguien más.
Kagome suspiró, no quería hablar con su madre sobre sus sentimientos hacia Inuyasha, porque sería una conversación que no tendría principio ni fin. Era frustrante saber que para la sociedad él ya estaba muerto y enterrado en alguna parte de Cornwall.
Tomó la tela que su madre tenía aún entre sus manos y prosiguió con su camino.
—Es perfecta. Gracias.
Un par de días después…
No obstante lejos de Cornwall y de Inglaterra en general, un hombre contemplaba a la morena que yacía dormida y desnuda en su cama. Sus ojos dorados contemplaban el hermoso atardecer en Toscana, donde los últimos rayos del sol cobijaban el pequeño campo de lavanda que con esmero había cultivado. Recordando que cada una de ellas significaba los años que había sufrido y cómo iba a llevar a cabo su venganza.
Un dedo se deslizó por el borde de su cicatriz y entrecerró los ojos, faltaba poco, muy poco.
Llamaron a la puerta, con pasos lentos caminó hacia ella y la medio entre abrió, era uno de sus hombres.
—Señor me informan que el plan ya fue ejecutado.
Al escuchar esas sencillas palabras esbozó una media sonrisa.
— ¿Saben cómo lo tomó?
—Estaba molesto, pero aun así pagó el interés que se le ha generado.
Pero el hombre antes de irse le comentó el incidente que hubo con los oficiales.
—Que estén alertas, no les vaya a tender una trampa. Y alisten todo para partir mañana.
Volvió a cerrar la puerta y justo en ese momento desvió sus ojos dorados hacía de la morena de ojos verdes que lo miraba con descaro. Ella había despertado.
—Ven — dijo ella palpando con su mano el lugar vacío de la cama — Te vez muy tenso.
Entonces se incorporó en la cama dejando relucir aún más su esbelta figura y sus perfectos senos.
—Sabina siempre ha sabido como calmarte, milord.
Él esbozó una sonrisa, se quitó la bata y fue hacía donde la mujer lo invitaba. Se colocó sobre ella deslizando una mano hacia su nuca para atraerla hacia él y besarla con salvaje pasión.
—Hazme tuya como solo tú saber hacer.
No hubo tiempo para las palabras pues los dos se dejaron llevar por el momento.
