Capítulo 7
Mientras cortaba las espinas de un rosal rojo sus pensamientos divagaban. En su mente seguían frescas las palabras que le había dicho aquella mujer de cabello rojizo y ojos verdes.
Regreso, venganza, la sangre de un ser…
Pero inesperadamente un fuerte dolor la regresó a la realidad. Se había cortado el dedo índice de su mano derecha con el filo de las tijeras que estaba utilizando.
"Habrá un pago… la sangre de un ser querido que jamás llegará a conocer"
¿A qué se refería con eso? Todo era tan confuso que comenzó a dolerle la cabeza. Dejó a un lado el rosal para atender su herida y evitar que se le infectara. Se enjuagó con agua y se puso un pañuelo.
De hecho no podía confiar en lo que le decían en estos tiempos, existía demasiada gente que lucraba con los sentimientos de las personas y sobre todo la desesperación con tal de ganar dinero. Pero ella simplemente al tocarla, le había dicho cosas escalofriantes sin recibir nada a cambio.
¿Quién lo mandaba a meterse ahí? Nadie, solo él mismo. Había ido con intención de comprarle un obsequio a su hermana por el puro hecho de verla sonreír aunque fuera unos segundos. Pero terminó siendo acosado por un grupo pequeño de madres casaderas que buscaban marido para sus hijas solteras y ahora estaba rodeado por un grupo de mujeres.
—Lord Higurashi, hace tiempo que no lo veíamos por aquí – decía una madre casadera – Pronto será la exposición de arte de los MacGregor ¿Acudirá, no es as´?
—Yo…— dijo mientras se apartaba lentamente – No me gusta el arte.
—Es una lástima – decía otra apareciendo repentinamente a su lado derecho – Pero pronto la familia Harper organizara un baile ¿Le gustan los bailes, milord?
—Trato de evitarlos milady…— poco a poco se iba apartando más – Si me disculpan, debo irme.
Sin decir más, dio media vuelta para salir huyendo de ahí. Primero lo hizo a paso firme, después se echó a correr a toda velocidad como si su maldita vida dependiera de ello... Él jamás se iba a casar con ninguna mujer porque en primera instancia no era un candidato perfecto y segundo, era libre como el viento.
En cuanto llegó a la casa de su hermana, el mayordomo le indicó que la señora se encontraba en el invernadero. Él asintió y fue hasta ahí sin esperar a que él mismo hombre le indicara el camino. Conocía bien donde se encontraba.
Y la encontró ahí, pensativa y viendo su mano, carraspeó para llamar su atención y cuando levantó la cabeza para verlo esbozó una sonrisa.
Pero frunció cuando lo vio agitado y con su ropa desalineada.
― ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
―Es tu culpa – dijo sin más.
― ¿Mi culpa? – exclamó indignada.
Bankotsu asintió, claro que era su culpa, por su culpa las madres casaderas no paraban de acosarlo.
―Desde que eres duquesa, las madres casaderas no paran de acosarme en todos lados – explicó – Kagome, las veo todo el tiempo. No paran de decirme lo lindas que son sus hijas y que ya están en edad de matrimonio. Preguntan si tengo planes de casarme algún día.
Kagome tuvo que taparse la boca con una mano para después echarse a reír, su hermano al ver su reacción frunció el cejo. Pero simplemente no podía evitar hacerlo, la situación era demasiado graciosa, con esa expresión de pánico y horror dibujada en su rostro.
―No es divertido.
―Lo siento – se disculpó – Si madre se enterara de esto te aseguro que da un grito en el cielo... ¡pero de alegría!
Le entregó el ramo de flores, bueno si a eso se le podían llamar flores. Ya que la mayoría de los pétalos se habían caído y solo se encontraba uno que otro junto al polen, otros en cambio caían al suelo del invernadero.
―Muy bonitas – comentó – Las pondré en un florero.
Mientras ella buscaba uno por todo el invernadero, Bankotsu contemplaba las flores que su hermana cultivaba y cuidaba con esmero.
— ¿Por qué no pueden entender que un hombre como yo, guapo, soltero, no está hecho para el matrimonio? Me acosan en todos lados.
—Si sigues así muy pronto te darás cuenta que has llegado a viejo y de que tu juventud se fue. Y cuando quieras esposa serás un anciano de ochenta años.
Bankotsu al escuchar eso estalló en risa contagiando a su hermana.
—Pero habrá valido la pena cada año de soltería empedernida. Soy mucha pieza para una sola mujer — le guiñó un ojos—Que lo entiendan, yo no nací para el matrimonio y madre debe asimilarlo, sobre todo ella.
Al ver que incomodaba a su hermana con ese tema prefirió cambiarlo por completo.
—Será mejor que cuides esas flores —Comentó él cuando vio que su hermana las colocaba en un florero con suficiente agua — Valió la pena correr con ellas hasta aquí. — y tomó asiento en una pequeña banquita de madera que se encontraba junto a la puerta.
—Gracias — ella esbozó una sonrisa tomando asiento a su lado.
—Alguien me dijo que te han obligado a ir a la exposición de arte que están organizando los MacGregor.
Kagome al escuchar eso suspiró y agachó la cabeza.
—Lo hice más por complacerla. La verdad es que no tengo muchos deseos de ir. Dice que Koga nos acompañará…
—Ko―ga — pronunció ese nombre en sílabas.
Si aborreció a Inuyasha Taisho cuando estaba vivo, a su primo lo odiaba profundamente. Algo había en él que no le agradaba. Tal vez eran imaginaciones suyas, pero si algo lo caracterizaba era por seguir sus instintos y ellos le decían que alejara a su hermana de ese hombre.
—No me agrada ese sujeto.
—Tampoco te agradaba Inuyasha.
—De hecho ninguno de esa familia me agrada. Pero qué podemos hacer, te casaste con…
— ¿Podemos hablar de otro tema que no sea él o alguno de sus parientes?
Su hermano debía entender que, aunque Inuyasha estuviera muerto, ella aún lo mantenía vivo en sus recuerdos, que lo esperaba como una esposa fiel que era y sobre todo, debía entender que aún lo seguía amando.
—Claro — asintió.
Bankotsu se aclaró la garganta antes de hablar.
—Dice madre que la tía Kaede va a venir a la exposición. Sería fantástico verla ¿No crees? Claro dejó entre ver si es que otra cosa no sucede.
Kagome asintió, la presencia de su tía no significaba más que una cosa, comenzar a buscarle marido y eso a ella no le gustaba.
—Sí, fantástico.
—Creo que la está cortejando un vizconde anciano que además es su vecino.
Ella abrió los ojos de par en par al escuchar el comentario de su primo.
— ¿Dónde lo has escuchado? — preguntó más interesada.
—Ya sabes — le guiñó un ojo — Tengo mis métodos. Más bien contactos.
— ¿Y padre está de acuerdo?
Bankotsu roló los ojos pensativo y se encogió de hombros — No lo sé. Pero sería interesante ver como cortejan a tía Kaede.
Kagome contempló el hermoso invernadero que había cuidado con esmero. Entre su variedad había tulipanes, orquídeas, jazmines, rosas de distintos colores. En fin era por decirlo de algún modo su espacio personal, donde nadie la pudiese molestar. Desde su desaparición se había hecho cargo de él, era una forma de sentirlo cerca, además Inuyasha lo había cuidado cuando su madre falleció, por lo tanto era una forma de mantener vivo su recuerdo.
―Aun no comprendo cómo es que cuidas de éste lugar. Si fuera tú me dedicaría a otra cosa― comentó su hermano al adivinar los pensamientos de su hermana. La conocía de pies a cabeza.
―No podía dejar que se secaran – respondió con una simple sonrisa – Además me gusta éste lugar. Transmite paz… – pensó, pensó y pensó – Mucha paz.
Entró a su despachó cerrando la puerta con llave tras de él. Acto seguido recorrió la alfombra para revelar una puerta secreta debajo de ésta. La abrió y ante él aparecieron unas escaleras que conducían hacía la parte más baja de la casa. Era un sótano privado que él solamente conocía, estaba un poco iluminado debido a la luz que provenía de abajo. Tomó la bandeja con comida y bajó uno por uno los peldaños.
En cuanto llegó a la parte de abajo dejó la bandeja en una mesa, sacó una llave del bolsillo de su pantalón y fue hasta una de las dos celdas que se encontraban ahí. En cuanto vio a la persona que se encontraba encadenada en una de ellas esbozó una sonrisa.
― ¿Me extrañaste, primo?
Él levantó la cabeza, a pesar de estar tres años encerrado en esa prisión. Koga se encargaba de evitar que su barba creciera, lo afeitaba e incluso limpiaba su cara de mugre que se pagaba a su piel.
― ¿Y hasta cuando me mantendrás con vida? – Preguntó ― ¿Hasta que la esposa de Inuyasha acepte tu mano? – Sus ojos se pusieron rojos de inmediato – Lo dudo, jamás te aceptara como tal, sino ya lo hubiese hecho.
―No me rendiré – asintió él – Y en cuanto ella acepte mi propuesta – esbozó una sonrisa – Que es más que probable, tú desaparecerás de inmediato o podría dejarte con vida – se encogió de hombros – Digo si ya lo he hecho en estos tres años, no me vendría mal hacerlo toda una vida.
― ¿Por qué mejor no me matas?
― ¿Y aburrirme? – Él arqueó una ceja – Jamás, no tendría con quien hablar de mis maldades.
―Un día podría escapar de aquí y contar todo lo que has hecho en esta vida.
Koga al escuchar eso se echó a reír ya que no había forma alguna de que escapara y por más que se esforzara en gritar nadie lo podría oír. Ese pequeño sótano estaba hecho a prueba de gritos, ahora entendía que cuando compró la casa algún día iba a necesitarlo.
―Si es que algún día sales – esbozó una media sonrisa.
Salió de la celda y fue hasta la bandeja que había dejado en la mesa. Regresó y fue dándole de comer poco a poco a su primo.
―Podré ser malo pero nunca desalmado – comentaba mientras le daba un poco de estofado – ¿Crees que me convenga decirle que si se casa conmigo en exposición arte de los MacGregor?
― ¿Y si te das un tiro en la cabeza? – sugirió él.
―Podría ser una opción…― hizo una pausa y añadió – Pero soy el único que sabe de tu existencia en éstas cuatro paredes. Así que ruega porque no me maten, de lo contrario nadie sabría dónde estás y sobre todo morirás de hambre.
―Prefiero eso a que sigas haciendo el mal.
―Oh primo – le pellizcó una mejilla – Siempre has sido mi favorito. Inuyasha era patético, estúpido y muy confiado. Sobre todo eso. El imbécil tenía mucha fe en la gente y creía todo lo que se decían, sin duda eso lo condujo hacía su propia muerte.
―Confiaba en ti y tú lo mataste.
―Bueno – suspiró él dejando el plato vacío sobre la bandeja – Ha sido una charla muy amena y entretenida. Debo prepararme para visitar a la viuda de Inuyasha. Ruega porque esta vez acepte ir a la ópera aunque si me rechaza, la veré en la explosión de arte.
Kikyo estaba delante de aquellas puertas, se humedecía de vez en cuando los labios. Estaba ante la duda de entrar o no hacerlo. Pero al fin después de tanto meditarlo, llamó a la puerta y una mujer de mediana edad abrió la puerta.
― ¿Qué se le ofrece? – preguntó la anciana.
―Vengo a ver la psic… ― se obligó a callar unos minutos ― ¿Se encuentra la señorita Ayame?
La mujer la miró de arriba abajo con expresión altiva a lo cual ella frunció el cejo.
― ¿Qué asunto tiene que arreglar usted con ella?
―Es privado y solo nos concierne a ella y a mí.
Ella asintió y permitió que Kikyo pasara, la llevó a la sala de estar y le pidió que tomara asiento mientras ella vería si Ayame se encontraba dispuesta a recibirla.
Kikyo tomó asiento y aguardó, acto seguido se escucharon unos pasos y una pelirrojo entró a la habitación. Ella alzó una ceja, pensando en lo hermosa que era.
― ¿Qué se le ofrece, señorita? – preguntó con elegancia mientras tomaba asiento.
―Vengo a pedirle un favor – dijo ella, sacando unos pequeños sobres de su bolso y se los entregó a la mujer – Mi vida corre peligro y si algo me pasara deseo que guarde esto y las entregue a las personas correspondientes.
En cuanto sus dedos se rozaron, los ojos de Ayame se nublaron y vieron el futuro de la mujer. Pero en ninguno de ellos había muerte, desolación, simplemente paz.
―Debería entregarlas usted misma – sugirió ella – Anónimamente, claro.
―No – Kikyo negó – Mi vida corre peligro y aunque no lo crea confió plenamente en usted.
―No se preocupe – dijo ella – Le aseguro que cumpliré su palabra si algo le llegara a suceder.
Kikyo asintió y sin esperar a que llegara el servicio de té se despidió de la mujer y salió prácticamente huyendo de ahí.
Ayame se quedó contemplando las dos cartas, una era dirigida para las autoridades y otro para la duquesa Taisho. Cuando tocó a la mujer vio parte de su pasado y la complicidad que tuvo con Koga.
De hecho no había podido dormir desde que había visto a la duquesa Taisho, la imagen de ella agonizando en charco de sangre le robaba sus pensamientos y sus sueños. Su rostro estaba pálido y bañado por el fino sudor que emanaba de su cuerpo, sus labios estaban resecos mientras deliraba y susurraba solo un nombre al filo de la muerte.
Podía hacer algo para evitar todo eso pero sabía que no podía intervenir. El destino estaba escrito y ella debía pasar por todo eso. Así que sin más, tenía las manos atadas.
El día de la dichosa exposición había llegado y si fuera por ella se la pasaría encerrada en su habitación durmiendo toda la noche a tener que escuchar a madres casamenteras comentando sus hazañas para casar a sus hijas o bien podría compartir la celebración con las viudas, escuchado como sobrellevaban la perdida de sus difuntos maridos, también estaba el grupo de las solteras al cual no pertenecía, o el de las casadas, pero como nunca tuvo una noche de bodas, no era adecuado escuchar lo que pasaba en la habitación de una mujer casada. Sin duda estarían más interesadas en la conversación que en la obra de arte, sin duda una falta de respeto para el autor.
Suspiró y se dejó caer en el taburete aun con el vestido a medio abrochar.
—Que complicado grupo.
— ¿Decía algo señora?
Ella negó con la cabeza, se incorporó para volver a continuar con el último retoque del vestido.
Mientras tanto, en la sala de estar de la mansión Taisho la esperaban su madre y Koga, era una lástima que su padre no fuera, pero últimamente andaba delicado de salud y el doctor le había recomendado reposo absoluto.
— ¿Es verdad que planea hacer un viaje por España, Lord Koga?
—Aun no lo decido – respondió con una amplia sonrisa — Si lo hago tengo pensado invitar a Lady Kagome, claro si ella lo acepta.
—Estoy segura que lo aceptara.
— ¿Aceptar qué?
Ambos alzaron la mirada y se quedaron mudos al ver a Kagome, quien lucía el vestido dorado adecuado para ocasión.
—Te vez… — dijo su madre.
—Estas…— siguió Koga.
—Radiante.
Una cuarta voz surgió en la habitación, Koga abrió los ojos de golpe, a la madre de Kagome le flaqueó sus manos y se le cayó la taza de té por la impresión.
Con el corazón acelerado por haber escuchado esa voz después de hace mucho tiempo sin haberla oído, giró sobre sus talones lentamente, se llevó las manos a la boca para oprimir un grito, después la piel se le puso de gallina y lo único que llegó a su mente fue lo que le había dicho la pelirroja de ojos verdes….
"Él regresara, regresara, pero no seguirá siendo el mismo"
La cabeza comenzó a darle vueltas y con ella la habitación se tornó oscura antes de caer completamente inconsciente en los brazos del hombre a quien todos decían que estaba muerto.
Se podía escuchar como temblaba la taza de té por debajo del platillo que sostenía nerviosamente la madre de Kagome. Koga se pasaba la mano por el cabello, sin dejar de estar alerta a lo que pudiera pasar
.
¡Por Dios!
Lo había arrojado al mar inconciente y con esa marca ¿Cómo hbaía sido posible que ese inmecil hubiese sobrevivido? Sus planes se habían ido por traste en una sola noche, debía alertar a Hakudoshi y más tenía que hacer algo con la estupida de Kikyo, a esa en particular debía cerrarle la boca de una maldita vez.
—Co…—tartamudeó Lady Flora — ¿Co..mo…. pude ser….esto …posible? Decian que estaba muerto.
Lady Flora no daba credito a lo que sus ojos habían visto, todo su ser era un manojo de nervios, si ella estaba así no quería ni imaginarse como se encontraba su hija cuando su yerno se la llevó en brazos hacía la planta de arriba. Pero lo que más le ponía los nervios de punta eran esos hombres que custodiaban la entrada de la sala.
Hombres con finta de piratas o contrabandistas.
—Lo mejor será que nos vayamos – comentó Koga – Para Kagome fue un golpe fuerte, debe estar confundida.
—Es por eso que no me iré. Permanecere aquí cuando me hayan dicho que Kagome se encuentra bien.
Koga no insitió y se quedó a lado de ella. Tenía razón, si salía huyendo probablemente alertaría a Inuyasha y podría llegar a sospechar de él. Lo unico que quedaba era esperar y seguir su juego.
Inuyasha observaba a la joven que yacía inconsciente en l cama, la recorrió de arriba hacia abajo. Llevaba un vestido dorado que alzaba su delicada figura y así, dormida parecía que era la mujer más dulce y bondadosa de la cual él se había enamorado como un completo imbécil.
Seguramente en lo largo de esos cinco años se había dado la gran vida, la gastando toda su fortuna en bailes, idas a teatros ¿Habría perdido ya la virginidad? Esbozó una media sonrisa y reformuló su duda ¿A caso era virgen cuando la estaba cortejando? O más bien ¿Estaba en busca de alguna nueva víctima?
Entonces recordó que en la sala estaba su primo Koga tal vez él era su nueva presa y debía alertar la clase de mujer que era y no sólo ella, sino toda la familia en general.
Pero antes de soltarla a cualquier hombre, primero le haría pasar el más ardiente de los infiernos, ella sería testigo de la clase de hombre perverso y ruin que podría ser.
La vio quejarse de algo y moverse de un lado a otro en la cama, cuando de repente poco a poco sus ojos café se abrieron para encontrarse con los suyos.
Una lágrima rodó por su mejilla pero en esta ocasión no sería tan ingenuo como para caer en sus maquinaciones. Ya conocía en carne viva la clase de mujer que era, probablemente había ordenado a su hermano deshacerse de él justo en el día de su boda. Era casi probable, ya que Bankotsu se movía en el bajo mundo del contrabando y conocía uno que otro matón profesional.
Sentía su corazón bombear con mucha fuerza que apenas podía percibir el sonido de la noche. Lentamente se incorporó en la cama y se limpió una de las lágrimas que habían salido involuntariamente.
Estaba vivo.
Estaba aquí, con ella.
¿Cómo era posible? Después de tanto tiempo, esas esperanzas que tenía de volverlo a ver surgieron como una flor abriéndose a principios de primavera.
Recordaba esos preciosos ojos dorados como desde el primer momento y siempre deseaba volver a verlos, pero su atractivo rostro era empañado por una cicatriz que abarcaba toda su mejilla derecha.
¿Cómo y quién le había hecho?
—Estás vivo – dijo en una fina voz.
Pero él permanecía serio frunciendo la vista ante ella.
Cuando en ese momento ella alzó la mano para acariciar la mejilla fue detenida por otra mano fuerte, que la apretaba sin la más fina delicadeza.
—No te atrevas a tocarla – su voz era dura como una roca.- O sufrirás las consecuencias.
—Inuy…
— ¿Qué? – Interrumpió él de golpe — ¿Te sorprende verme vivo?
Ella asintió sin comprender en absoluto su comportamiento.
—No veo porque. Si tú eres el intelecto todo esto.
—Inuyasha no comprendo lo que estás diciendo.
Kagome seguía sin comprender su reacción, tenía demasiadas dudas como por ejemplo ¿Dónde había estado estos tres años? ¿Por qué la acusaba de algo que no lograba ni siquiera comprender?
Él esbozó una media sonrisa, soltó la mano de Kagome y se levantó de la cama, caminando de un lado a otro mientras su esposa lo seguía con mirada.
—Sabes, no sé si eres buena actriz o tienes demencia.
Ella se levantó de la cama y se paró justo en frente de él.
— ¿Por qué te comportas así? ¿Dónde estuviste estos tres años?
— ¿En serio?
Él arqueó una ceja, cuadrando los hombros y hacerle frente a la mujer que intento asesinarlo.
—Tú más que nadie deberías saberlo ¿O qué? ¿Me vas a negar que intentaras matarme el mismo día de nuestra boda?
Kagome parpadeó confusa ¿Estaba diciendo que ella lo había intentado matar? ¡Por dios! Jamás llegaría eso, al contrario lo amaba, anhelaba cada día volverlo a ver y justo cuando estaban frente a frente le decía esas cosas terribles.
—No sé de donde sacas esa idea, pero yo jamás hice nada de lo que estás diciendo.
Inuyasha aplaudió ante semejante actuación de su esposa, le dio la espalda y fue a tomar asiento en el taburete del tocador. Se cruzó de brazos y apoyó un pie en su rodilla mientras analizaba con detenimiento cada centímetro del cuerpo de su esposa.
—Sin duda eres la más grande arpía y mentirosa que mis ojos hayan visto. ¿Quién te ayudó a deshacerte de mí? – Hizo una ligera pausa y prosiguió – No me digas, tu queridísimo y gran amado hermanito.
—Ya te dije que no sé de qué demonios me estás hablando.
—No te preocupes – se levantó y en dos zancadas ya estaba de nuevo frente a ella – Te lo haré saber cada día de nuestras vidas. Te haré pasar un infierno que jamás te podrás imaginar y suplicaras que te deje ir y eso no va a suceder.
Ella tembló ante tal amenaza e Inuyasha lo percibió, entonces recordó el vestido y la presencia de la madre de ella y de su primo.
— ¿Tanto fue tu amor hacía a mí, que te quistaste el luto? – Preguntó — ¿Cuánto tiempo duraste con él? ¿Unos días, semanas a lo mucho?
De pronto la idea de que estuviese viendo a alguien más lo invadió con más irá.
— ¿Algún imbécil te está pretendiendo? ¿A dónde ibas tan hermosa y tan despiadada?
—No te permito que me hables de esa manera – alzó la voz.
Porque ella y todos los presentes sabía que llevaba el luto siempre, salvo en esta ocasión que insistieron en que debía quitárselo de una vez.
—Escúchame bien – lo señaló con un dedo – Mi familia no podrá tener suficiente riqueza, pero no hemos llegado a ese grado.
—Creo que no conoces muy bien a tu familia – dijo señalando la cicatriz — ¿A dónde planeabas ir con tu madre y mi primo? – volvió a insistir.
Ella permaneció callada.
—Responde.
Siguió sin recibir respuesta.
—Kagome.
Pero esta vez la sujetó con fuerza del brazo y se lo dobló un poco, sólo para que sintiera dolor.
—Me lastimas idiota.
—Vaya, ya salió tu verdadero "yo" – comentó con burla – Puedes responder de una maldita vez ¿A dónde ibas?
Esta vez las lágrimas que se derramaron no fueron de alegría, sino de dolor.
—Hay una exposición de arte en la casa de Lord MacGregor.
—No conozco a ese tipo – respondió tajante.
—Es nuevo…
— ¿Él es tu siguiente victima? – interrumpió.
Kagome frunció las cejas y respondió.
—Es nuevo en la ciudad. Él y su esposa organizan el evento.
Inuyasha la soltó bruscamente y Kagome se llevó una mano al brazo como si eso pudiera aligerar el dolor.
—Bien – asintió él – Será mejor que me vista y vaya. Tú en cambio, deberías arreglarte ese peinado y el maquillaje. Que con tus lágrimas falsas se ha recorrido. Quiero que estés lista en diez minutos.
En cuanto salió de la habitación, Kagome se dejó caer en el pisó con las rodillas flexionadas hacia su pecho. Fue entonces cuando las lágrimas surcaron una y otra vez. Ese hombre, ese hombre no era él. Alguien le había arrebatado el hombre cariñoso y de sonrisa tierna que la miraba con amor y sustituirlo por un hombre despiadado sin algún tipo de corazón.
Inuyasha bajó rápido las escaleras para ir a la sala, donde seguían esperando su maldita y metiche suegra y su querido primo, a quien se alegraba mucho de ver.
—Su hija la espera arriba – dijo él – Necesita que la ayuden a alistarse. En diez minutos partimos a la exposición.
La mujer se levantó de golpe de su asiento, avanzó hacía la salida y se detuvo a un lado de él.
—Me alegra verlo milord. Es un gusto que esté vivo.
Inuyasha esbozó una media sonrisa, sonrisa demasiado irónica y asintió. Esperó a que la mujer desapareciera de las escaleras para hablar con su primo.
Inuyasha lo miraba fijamente, Koga le devolvía la mirada con mucha cautela.
De pronto el ojidorado esbozó una sonrisa y por fi Koga soltó el aliento que había estado reteniendo.
— ¿No le darás un abrazo a tu primo?
Koga avanzó hacia él y ambos se estrecharon en un abrazo de fraternidad.
— ¿Dónde habías estado, imbécil? – Preguntó — ¿Quién te hizo esa horrenda cicatriz?
—Ven, hablemos en mi estudio.
Koga asintió y ambos salieron de la sala, pero Inuyasha le pidió que se adelantara primero ya que tenía que decirle algo a uno de los hombres que custodiaban la casa.
Una vez que su primo entrara al estudia, Inuyasha le susurró algo a su mano derecha.
—Sota, vigila que no se vaya ninguna de las damas. Y si lo hacen, las retienes.
—Si señor – asintió.
Cuando entró al estudio vio que su primo ya había servido dos vasos de whisky y lo esperaba sentado en uno de los sofás que estaban junto a una chimenea apagada. Inuyasha tomó el vaso que le ofrecía su primo y tomó asiento en frente de él.
Koga lo observaba sorprendido, preguntándose como el maldito había sobrevivido a una caída de acantilado e inconsciente.
— ¿Te sorprende el verme, primo? – preguntó con ironía, mientras le daba un trago al licor ámbar.
—Mucho – asintió Koga – Nos habían dicho que estabas muerto.
—Pues ya vez que así no era.
— ¿Dónde demonios te habías metido? – Preguntó –Kagome no dejaba de pensar en ti en todos estos años.
—Probablemente por remordimiento – comentó él.
Koga frunció el cejo fingiendo no entender o más bien ya comenzaba a imaginarse todo. Probablemente él pensaba quien intentó asesinarlo había sido su esposa en complicidad con su hermano.
—La mujer que esta allá arriba – apuntó el techo con un dedo – Intentó asesinarme junto con su hermano.
Koga por fin pudo soltar el aliento que tanto había estado conteniendo, bien, el idiota de su primo creía que Kagome era la causante de su desaparición. Eso le daba cierta ventaja, ventaja que debía aprovechar para idear un nuevo plan, aunque con más cautela, porqué aquellos hombres que lo acompañaban parecían ser demasiado peligrosos.
—No creo que eso sea posible. No podían consolarla, tanto su familia como amigos.
Inuyasha esbozó una media sonrisa y negó con la cabeza. Hasta su primo era ingenuo ante la falsedad y doble cara con la que su mujer se manejaba en sociedad.
—Es porque eres demasiado ingenuo primo – comentó él – Pero descuida, ya estoy aquí y le haré pagar caro su traición.
De pronto se llegó a imaginar que tal vez Koga estuvo a punto de ser la próxima víctima. Seguramente iría por cada heredero de su título, haciéndose de la fortuna de ellos y convertirse en una mujer poderosa lo que no contaba era que su plan de matarlo había fracasado estrepitosamente.
— ¿No ha tratado de engatusarte, verdad? – preguntó de golpe.
— ¿Qué? – Respondió Koga — ¿Te refieres si ella y yo? – Negó – Descuida, sólo he estado apoyándola en los momentos de duelo.
—Muy bien – Inuyasha asintió – Entonces te libero de eso. Ya no tienes que preocuparte más. Ahora el resto déjalo a mí.
— ¿Qué le harás? – preguntó preocupado, ya que no conocía esa faceta de su primo.
Inuyasha prefirió reservar su plan para él y sobre todo para su esposa. Después de todo eso era algo que solo les concierne tanto a él como a Kagome.
— ¿Cómo has estado? – Cambió de tema — ¿Por fin te has casado o sigues soltero?
—Soltero aún no hay nadie que atrape a éste galán. – bromeó un poco nervioso ante la situación. – De hecho está noche íbamos a ir a una exposición de arte.
—Me comentaron de eso hace unos momentos.
—Supongo que no irán y que tienen tanto de que hablar tú y ella – dijo levantándose del sofá.
Pero Inuyasha negó.
—Hablaremos después de la exposición ¿Aún tienes deseos de ir?
De hecho no, se sentía incómodo y en lo único que pensaba era salir de aquí para ir directo en busca de Hakudoshi.
—La verdad es que odio el arte – explicó él – De hecho iba por acompañar a tu esposa por obligación – mintió.
—Nos vemos en otro momento. Tengo mucho que contarte.
Después de unos intercambios más, Koga se despidió de su primo y salió del despacho, pero al pasar a lado de uno de los acompañantes de Inuyasha no pudo evitar sentirse nerviosa, se veían más peligrosos que el imbécil de su ayudante y cómplice. Hizo una inclinación con la cabeza y salió como alma que llevaba el diablo.
Inuyasha permaneció sentado por los siguientes cinco minutos, observó su atuendo, pantalón negro y saco azul marino si bien no iba muy elegante para ese evento no le importaba en lo más mínimo, de hecho la estúpida sociedad ya no le importaba. Había esperado mucho tiempo para reencontrarse con su mujer y comenzar su venganza que no le importaba esperar unas cuantas horas.
Cuando la madre de Kagome entró a la habitación de su hija, no le gustó lo que encontró. Vio a su hija tratando de limpiarse el maquillaje que se mezclaba con las lágrimas que iba derramando. Tomó asiento a un lado de ella y le comenzó a ayudar.
—Entiendo que estés feliz – comentó ella, tomando un paño y limpiando la cara de su hija – Tú siempre tuviste razón, él está vivo y ahora deberías sonreír.
Kagome se mordió la lengua para no decir nada, de hecho no diría lo que Inuyasha pensaba de ella y de su familia. Debía llegar a fondo de esto, averiguar porque tenía la loca idea de que su familia y ella trataron de asesinarlo.
—Te vez hermosa, ahora disfruta de este encuentro – su madre esbozó una sonrisa para animar a su hija – Pero… pero si algo no te gusta, ten la suficiente confianza en decírmelo y yo mandaré a tu hermano para que te saque de aquí.
—Gracias mamá.
Kagome bajó la escalera seguida de su madre y se encontró con los dos hombres que seguían custodiando la entrada. De pronto se escuchó un trueno y olvido que Deisy estaba fuera, debía meterla en el cobertizo pero cuando intentó salir uno de esos hombres se interpuso en su camino.
—No puede salir señora – explicó el hombre.
— ¿Perdón? – ella arqueó una ceja.
—Que no puede salir ni usted ni la señora. Son órdenes de mi amo.
— ¿Sabes quién es ella? – Intervino su madre – Es la esposa de tu amo y por consiguiente tu señor también.
—Mamá – reprendió ella. – Por favor.
—Lo siento señora, sólo sigo órdenes de mi amo Inuyasha.
Kagome asintió y comenzó a retroceder.
—En ese caso ¿Puedes hacerme un favor? – esperó a que el hombre asintiera —Mi pequeña y dulce mascota está afuera y al parecer va a llover ¿Podrían llevarla al cobertizo? Ya que no me gustaría que se mojara.
Amos hombres se miraron uno al otro y uno asintió saliendo de la mansión en busca del animal, pero el tal Sota permaneció en la entrada custodiando que las damas no salieran.
—Gracias – hizo un pequeño gesto con la cabeza.
Se llevó a su madre a la sala donde ambas tomaron asiento y se quedaron una en frente a la otra.
—No puedo creerlo – se quejó la madre – ¿Segura que no pasó nada entre tú y él en la habitación, hija?
—No madre – Kagome miraba un punto muerto – Nada.
—Si Bankotsu o tú padre estuviesen aquí, esto no pasaría.
—Madre – imploró Kagome – Por favor cállate
Su madre hizo una expresión de indignación y mejor calló.
— ¿No tienes idea de lo que está pasando, verdad? Inuyasha regresó y no estaba muerto.
Se escucharon pasos aproximarse hacía ellas, no necesitaba ver quien había entrado a la sala porque conocía perfectamente de quien se trataba.
— ¿Nos vamos? – preguntó él.
Pero quien no se quedó con la boca callada fue su madre.
—Deberías cambiar a tu personal – aconsejó ella – No nos han dejado salir.
Inuyasha observó a Sota y esbozó una sonrisa, se alegraba que su fiel amigo siguiera al pie cada una de sus órdenes. Además era su hombre de confianza.
—Yo le di la orden señora y si no le gusta puede irse de mi casa.
Lady Flora se levantó de su asiento y se cruzó de hombros.
— ¿Perdón? Todo éste tiempo desaparecido, sólo Dios sabe dónde ha estado. Dejó a mi pobre hija consumirse en una inmensa y profunda tristeza. ¿Ahora regresa dando órdenes como si nada hubiese pasado?
—Si le parece, si no, como le dije puede irse libremente de mi casa.
Lady Flora lo miró desafiante y luego a su hija, tomó su bolso y se acercó a ella y le dio un b3eso en la mejilla.
—Si vas a la exposición de Lord MacGregor discúlpame con Maggie, dile que me sentí indispuesta.
Dicho esto pasó a un lado de Inuyasha y lo fulminó con una mirada, pero él tampoco se quedó atrás y frunció el entrecejo, la puerta resonó en toda la mansión obligando a Kagome a pegar un pequeño salto de susto.
—Al parecer solo quedamos los dos – comentó en tono de burla.
—Si quieres ve tú – dijo ella levantándose del sofá para ir a la habitación — De todos modos yo no quería ir.
Pero Inuyasha la retuvo del brazo.
—No querida, tú y yo iremos a esa inútil exposición y le haremos saber a todo Cornwall que tu esposo resurgió de la muerte. Seremos ante toda la sociedad un matrimonio que se ama, pero aquí, dentro de estas cuatro paredes – alzó un dedo y señaló todo a su al redor – Viviremos un maldito infierno.
Después de estas palabras giró sobre sus talones y se detuvo justo en la entrada de la sala.
— ¿Te vas a quedar ahí o tengo que obligarte a ir?
Hola!
Bueno, sé que en el capítulo anterior hubo sentimientos encontrados ya que fue justo en ése donde dejé de publicarlo hace más de cuatro años.
Pues bien, ya tenemos la continuación y fue un reencuentro muy amargo para Kagome, las visiones de Ayame son perturbadoras (demasiado diría yo) esperemos se equivoque con ésta visión.
Espero esten muy bien!
Besos y Abrazos.
BPB
