Capítulo 9

Presente…

Cuando abrió la puerta vio a su segundo hombre con los pantalones rasgados, la cara repleta de tierra y su respiración agitada, era como si algo hubiese barrido el piso con él.

— ¿Y a ti que te pasó, Shippo? – preguntó un tanto molesto por desobedecer la orden de no moverse.

—Fui…— su respiración se iba normalizando con cada bocanada de aire que tomaba – A guardar la pequeña mascota de la señora.

Inuyasha miró a Kagome y ésta se encogió de hombros.

—Tus hombres no me dejaron salir y al parecer va a llover – explicaba con toda serenidad – Sólo les dije que me ayudaran a resguardar a Deisy.

Contemplaba un cuadro que estaba colgado en una estantería. Era de un hermoso atardecer en un campo repleto de tulipanes de colores. Los colores naranja y purpura que había utilizado el artista la hacían trasmitir una paz que no podía sentir desde que entraron a la mansión de Lord MacGregor.

Pues en cuanto lo hicieron todas las miradas se centraban en ellos, la habitación comenzó a inundarse de suaves susurros de las más celebres chismosas de toda la sociedad. Inuyasha no paraba de sonreír, diciendo que en realidad no estaba muerto sino que había tenido un accidente y no podía ponerse en contacto con nadie.

De hecho incluso la dejó sola para retomar su amistad con Lord Percival. Esbozó una marga sonrisa y bebió un trago de su copa de vino. Seguramente le causará una decepción al saber que la hija mayor del duque había contraído matrimonio con un conde.

— ¿Qué le pareció mi obra, Lady Taisho?

Kagome al escuchar un poco familiar giró la cabeza en dirección a la persona que había interrumpido sus pensamientos y al verlo se llevó una gran sorpresa, era el artista que se había enamorado de ella hace varias temporadas.

—Es magnificó, Anthony – esbozó una sonrisa – Muy bello.

—Nunca lo hubiera logrado sin la humillación a la que me expuso su madre.

Ella hizo una mueca al recordar aquel día.

—Siento la forma en como le trató mi madre.

—Descuide – él hizo una leve negación — Si no hubiera sido por ella yo no habría salido adelante. Me impulso a ser ambicioso, estaré eternamente agradecido por eso.

—Que honor – dijo secamente.

— ¿Y usted como la ido, milady? – Preguntó – Supe que su marido regresó después de que lo creyeran muerto. De hecho es el tema principal en éste salón.

Kagome miró a su alrededor y era verdad, no paraban de observarla a ella y buscar al tema principal de su conversación.

—Estoy tratando de asimilarlo aun.

Era lo único que podría lograr responder, porque era verdad. Aun no asimilaba que Inuyasha hubiese regresado con vida y sobre todo con deseos de vengarse de ella, cosa que era tremendamente absurdo. A pesar de que pensara lo peor de ella, jamás se atrevería a tal cosa.

— ¿A caso mi querida esposa está coqueteando? – Comentó con un poco de sarcasmo – Por qué si es así, usted y yo nos tendremos que batir a duelo señor al amanecer.

Al escuchar la voz de Inuyasha, ella cuadró los hombros y se puso rígida. Inuyasha estaba al lado de ella y la sostenía con fuerza de los hombros, como la estuviese marcando como su propiedad y se lo hiciera saber al pintor.

Anthony levantó las manos en señal de protesta, pero en ese momento llegó su esposa con un avanzado estado de embrazado. En ese momento Kagome sintió un poco de envidia. Él sí que había logrado cumplir sus netas y ahora tenía una hermosa esposa y una familia que iba creciendo.

—Es el tercero – comentó la esposa del pintor – Si es niña se llamara Caroline y si es niño Armand.

—En hora buena – dijo Kagome, sin dejar de mirar el vientre de la mujer.

—Gracias milady.

El pintor y su esposa se alejaron para saludar a otros invitados. La verdad que se veían muy felices por la aceptación que habían tenido esa noche y sobre todo por como lo había organizado Lord MacGregor y su esposa Maggie.

Inuyasha y Kagome se habían quedado solos, ella fingía observar otro cuadro y él seguía sus pasos a donde quiera que fuese.

—Si él no se hubiese casado y tú en realidad fueses viuda ¿Habrías aceptado una propuesta de matrimonio por parte de él?

Kagome dejó de observar el cuadro para mirar a Inuyasha. Frunció el cejo ¿Qué clase de pensamientos tenía él? ¿Tanto había esperado ansiosa el que estuviese vivo para que la tratara de esa manera? Era como si existieran dos hombres idénticos a él y ambos hubiesen cambiado de papel. Éste hombre no podía ser de quien se había enamorado.

De hecho si respondía a su pregunta, jamás se hubiese enamorado de otro hombre porque estaba perdidamente – y para su desgracia – de su marido.

—No habría aceptado la propuesta de él y de ningún otro.

—Y sin embargo has asistido a un sinfín de eventos sociales. – se acercó a ella y le susurró al oído — ¿Es así como pregonaste amarme?

—Quiero irme – lo fulminó con la mirada – Ya he tenido suficiente por esta noche.

Pero antes de que pasara de largo, él la retuvo de un brazo y le susurró nuevamente al oído.

—Aun te aguardan muchas cosas esta noche, querida. – esbozó una media sonrisa.

Kagome lo miró con los ojos completamiento abiertos y juró que en ese instante sus ojos dorados eran en realidad dos bolsas de fuego que crepitaban de forma voraz. Y si, tuvo miedo de él en ese instante y de lo que pudiera hacerle.

Llegaron a la mansión y lo primo que Kagome hizo fue subir las escaleras casi corriendo, como si el mismo diablo la estuviese persiguiendo, sólo que en esta ocasión el diablo resultaba ser un indefenso cordero contra él. De nuevo fue a su estudio y en ese instante se encontró con su fiel lacayo, Totosai. Al verlo se fundió en un abrazo y vio que su amigo estaba más anciano de cómo lo recordaba.

—Señor, en cuanto me dijeron no podía creerlo – dijo con unas lágrimas en los ojos.

—Estoy de vuelta mi fiel amigo – explicaba mientras ocupaba su lugar en la gran silla que estaba justo en frente de su escritorio – Cuéntame ¿Cómo han estado las cosas desde que desaparecí?

— ¿A qué se refiere, milord? – preguntó un poco confundido el hombre.

Inuyasha le indicó que tomara asiento en una de las sillas que estaban en frente de él.

—La duquesa – dijo cuándo su fiel hombre tomó asiento por fin — ¿Con que frecuencia sale de la mansión? ¿Cuántos hombres la han visitado desde mi ausencia? ¿Cuándo le duró el luto?

Totosai no lograba comprender, en lo único que prestaba atención era en las preguntas que su amo le formulaba y en la inmensa cicatriz que tenía en la mejilla.

— ¿Quién le hizo esa herida, milord?

Inuyasha se removió incomodo en su lugar, a pesar de que con él existía mucha confianza, no estaba preparado para revelarle lo que su esposa y su hermano habían hecho con él el día de su boda. Era probable que Totosai cobrara venganza en contra de Bankotsu, al que por cierto él mismo ya le estaba pasando factura con los intereses altos que le cobrara su mercader.

—Limítate a responder.

—La señora casi no sale – comenzó a explicar – Las únicas personas que la visitan son la madre, el hermano, la señorita Sango…— hizo una pausa – Y su primo milord, el Lord Wescott son quienes la visitan más. En cuanto al luto, justo apenas hoy se lo ha quitado y eso porque tanto su madre como su primo le insistieron que lo hiciera.

— ¿Y Sesshomaru, él nunca ha aparecido por aquí?

—No milord – negó con la cabeza – No nos ha visitado antes de que se casara con Lady Taisho.

Inuyasha se quedó pensativo a lo mejor Kagome quería aparentar ser una viuda desdichada y cuando hubiesen pasado los años probablemente se daría una vida de lujos con los que jamás se pudo imaginar, malversando la fortuna que su padre había amasado todos estos años. Seguramente terminaría por arrastrar en el suelo su ducado. Con lo que ella y su familia contaban es que él estaba vivo y cada uno iría cayendo.

Lo que no podía imaginar era como su primo Sesshomaru no había sido capaz de hacerle frente a esa mujer y pararle un alto. Como hubiese deseado retroceder el tiempo y escuchar sus sabios consejos. Cuando le advertía que los Higurashi eran una familia que buscaban al candidato perfecto para su hija y así poder salir de su mal estado bancario. Si lo pensaba bien, incluso a estas alturas estaría casado con Elizabeth Percival y probablemente su suerte habría sido otra. Tal vez no tendría esa horrenda cicatriz que muy a menudo le recordaban la traición de una mujer y de cómo fue cayendo por estúpido e ingenuo.

Pero sin duda no podía negar que estos tres años de ausencia habían convertido a Kagome en una mujer mucho más hermosa, su cabello era más largo de lo que recordaba y ese cuerpo era demasiado atrayente y exuberante que lo invitaban a desnudarlo paso a paso.

¿Desnudarla? Esbozó una media sonrisa, si, probablemente esa mujer trató de matarlo, pero eso no le quitaba el deseo y era un hombre muy lujurioso y la mejor venganza que podía llevar en contra de ella era si la seducía en la cama. Total, puta y zorra ya era.

Y tal vez esta noche comprobaría que tan virgen era, si en alguno de esos momentos íntimos lograba concebir un hijo con ella le ofrecería una buena suma con tal de que se alejara de ellos y nunca más aparecer en sus vidas. Criaría a su hijo diciéndole que su madre murió en el parto, jamás sabría la mujer malvada que tuvo como madre y le buscaría un modelo ejemplar digno de sentirse orgulloso.

—Está bien – asintió – Puedes retirarte Totosai.

Totosai asintió y salió del despacho dejando a Inuyasha con sus pensamientos.

Después de unos cuantos tragos salió del despacho en busca de su "virgen" esposa.

Al entrar lo primero que visualizó fue al inútil de Hakudoshi jugando cartas mientras sostenía a una voluptuosa rubia entre sus piernas. De vez en cuando la mujer acariciaba sus hombros recorriéndolo de arriba hacia abajo, deteniéndose en la parte más sensible de aquel hombre.

Koga frunció el cejo, seguramente aun no llegaba el rumor de que su primo había regresado de la muerte y buscaba venganza. Por fortuna no pasaban peligro, pero si todo saliera a la luz ellos serían el principal objetivo de su hermano. Entonces recordó a los dos hombres que estaban custodiando la entrada y a otros tres más a fuera de su casa, sin duda tenían aspecto de ser muy peligrosos; la clase de esos hombres que asesinar era su pan de cada día incluso podría decirse que se veían más peligrosos que su socio.

En cuanto se acercó arrojó un costal con monedas sobre la mesa y miró a la prostituta.

—Lárgate – entonces observó a su amigo – Acompáñame.

—Pero si estoy a mitad de mi juego – protestó borracho.

—Te dije que me acompañaras pedazo de inútil – lo agarró por las solapas de la camisa y le susurró al oído – No está muerto, ha vuelto.

Hakudoshi al oír aquello miró a Koga con una expresión de terror y éste asintió. Se aclaró la garganta, empujó a la mujer para poderse levantar y siguió a su amigo hacía un cuarto privado.

Cerró la puerta tras de él, la habitación estaba completamente en silencio que se escuchó el clic del cerrojo puesto. Hakudoshi buscó a Koga y lo encontró observando la chimenea, por su expresión podía verse que estaba nervioso, ansioso además de estarse mordiendo las uñas.

— ¿Qué es esa estupidez de que él volvió? – preguntó, mientras se tambaleaba y tomaba asiento en un sofá.

Koga alzó una ceja y vio el mal estado de su estúpido amigo. En mal momento decidió embriagarse, si estuviese sobrio habría tenido un plan antes de que entraran a la habitación.

—Borracho pero no idiota – dijo señalándolo – Ahora bien ¿Quién volvió?

Koga giró un poco el cuerpo para poder estar frente a su amigo.

—Inuyasha Taisho – dijo sin más – Regresó y planea vengarse de aquel quien trató de asesinarlo.

Hakudoshi se reusaba a creer eso, incluso cuando le mencionó las palabras "Muerte" y "Vivo" no quería que su memoria lo condujera a la persona con la que junto a Koga habrían matado.

—Pero es imposible – negó – Lo arrojamos del acanti….

— ¡Cállate, idiota! – Gritó Koga – Puede incluso haber mandado a alguien a seguirme y éste escuchando está conversación.

—Podemos acabar con él como hace tres años – sugirió.

—No – negó – Inuyasha regresó como un hombre peligroso. No es el mismo ingenuo de siempre. Tiene incluso hombres peligrosos, mucho más peligrosos que tú me atrevo a decir.

— ¿Recuerda aquella noche?

—Probablemente no. Él piensa quien lo trató de asesinarlo fue su esposa en colaboración de su hermano Bankotsu.

Hakudoshi al escuchar ese nombre una ira incontrolable se apoderó de él. Por su culpa la semana pasada había perdido mucho dinero apostando contra suya, nada le agradaría en el mundo entero que acabar con ese Higurashi.

—Ese hombre lo mataré gratis. Por su culpa perdí mucho dinero

—Tú no harás nada pedazo de animal – insultó Koga — ¿No te das cuenta en el lio en el que estamos? Es más grave que haber perdido tu maldito dinero en el jugo. Nuestros cuellos están en peligro. El tuyo –alzó un dedo — el mío – un segundo añadió — Y el de la estúpida de Kikyo – y un tercero se enfiló junto a los otros dos.

— ¿Cuál será nuestro plan?

—Primero debemos cerrarle la boca a Kikyo. Me ha estado fastidiando con darle lo que le debo, si le doy algo y la amenazó podré ganar tiempo para pensar. Mientras tanto ve ideando como vamos a deshacernos de Inuyasha, Kagome y de esos hombres.

— ¿También planeas desaparecer a Lady Kagome?

— ¿O es nuestro cuello o es el de ella? Así de simple – más relajado tomó asiento en el sofá – Dejemos que Inuyasha se divierta vengándose de las personas equivocadas, mientras nuestros traseros estén a salvo no veo porque alármanos, pero hay que ser cautelosos.

Pero todavía existía un pequeño problema y ese era que tenía a su primo Sesshomaru encerrado en una mazmorra, si por asares del destino llegara a escapar sería muy peligroso. Contaría todo lo que sabe sobre el maldito plan y ahora sí que estarían perdidos.

Se llevó las manos a la cien, maldito el día en que lo secuestró a él también y decidió dejarlo con vida. Pero si pretendía deshacerse de él levantaría muchas sospechas y desviaría la atención de Inuyasha, Matar a Sesshomaru era más peligroso de lo que suponía.

Kagome cepillaba su larga melena mientras su doncella acomodaba la cama para ella.

Ninguna de las dos había hablado sobre el regreso de Inuyasha. En ese momento la puerta se abrió y entró Inuyasha a la habitación, vio primero a la mujer y después concentró su mirada en Kagome. Una mirada que recorría de arriba abajo su cuerpo.

—Eso es todo — le dijo a la mujer sin quitarle los ojos de vista a su esposa — Déjenos solos.

La doncella esperó una aprobación por parte de su ama y cuando ella asintió, pasó a un lado de Inuyasha y cerró la puerta al salir.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas dio media vuelta y recorrió cerrojo. No era que quisiera que nadie los molestara simplemente era para mayor seguridad, sabía muy bien que estando ellos dos en la habitación ninguno de sus empleados se atrevería siquiera a interrumpirlos.

Kagome se puso de pie para cruzarse de brazos, no es que tuviera miedo sino más bien se sentía vulnerable ante él estando sólo con una bata que le cubría su camisón. Mientras en cambio Inuyasha no le quitaba la vista, esbozó una media sonrisa al verla tan inocente pero a la vez frívola.

La habitación estaba iluminada por una vela que estaba sobre una mesita de madera en medio de la habitación, se acercó hasta ella y se le quedó viendo unos momentos al fuego que emanaba de ella.

Un vago recuerdo lo atravesó transportándolo hace tres años, cuando entró a esta misma habitación y la vio a ella, intentando acercarse a ella pero alguien lo atacó por la espalda.

Kagome pasó saliva con dificultad al verlo tan sumergido en sus propios pensamientos. Había cambiado mucho, sus facciones estaban un poco más marcadas al igual que sus brazos donde la fina tela de su camisa blanca se apretaba a ellos, los hombros eran más anchos de lo que imaginaba. Sin duda se había puesto más atractivo que antes, pero antes de pensar en eso, debían hablar y aclarar ciertas cosas que eran de suma importancia como el hecho de que la acusaba de algo delicado.

— ¿Qué haces aquí? — preguntó ella, atando más fuerte los cordones de la bata — ¿Quieres hablar?

La voz de ella lo atrajo de nuevo a la realidad y terminó por apagar la vela, al instante la habitación se oscureció. No, la verdad que en estos momentos se le ocurrían mejores cosas que hacer con ella que perder el tiempo en hablar, tal vez mañana después de volverla hacer suya.

—No — decía mientras daba un paso hacia ella — Hay cosas mejores que hacer contigo que hablar.

Ella tembló al verlo aproximarse lentamente a ella. Sus ojos dorados parecían brillar intensamente en la oscuridad. Sus brazos se encontraron con su cintura, la envolvió en ellos y la atrajo bruscamente hacia él.

Sus labios hambrientos buscaban los suyos y Kagome simplemente se derritió bajo su contacto. Apoyó la palma de sus manos en el pecho de Inuyasha y se derritió bajo su contacto. Lo había añorado todos estos años, deseando por que apareciera y por fin estaba ahí, con ella.

Pero la acusaba de hacer esas cosas tan terribles de las cuales jamás sería capaz de hacer, tal vez si se entregaba de una forma dulce y tierna él podría cambiar de opinión en cuanto a ella y su familia se refería. Si, entregarse por sería la forma de demostrar su inocencia.

Subió sus brazos para rodear su cuello, pero Inuyasha interrumpió el beso echando la cabeza hacía atrás y sin dejar de sostenerla entre sus brazos, negó.

—Prohibido tocar — susurró contra su oído, mientras desataba con facilidad el nudo de los cordones de su bata.

Y con maestría abrió los bordes de la bata para quitársela por los hombros. La fina tela resbaló y cayó al suelo haciendo un ruido seco.

El camisón revelaba su esbelto cuerpo y las puntas rosadas de sus sugerentes senos trapazaban la fina tela de lino. Se mordió el labio inferior, a este punto ya estaba más que listo para que ella lo recibiera. A pesar del odio que sentía por ella, no iba a ser un maldito como para hacerlo sin que ella estuviera lista, deseosa, extasiada y húmeda, sobre todo húmeda para que le diera la bienvenida a su interior.

—Inuyasha...

Él no dijo nada y en cambio volvió a rodearla entre sus brazos y se apoderó una vez más de sus labios. Kagome se había perdido en la forma tan feroz que la tenía sujeta entre sus brazos, en su manera apasionada de besar que ni siquiera se dio cuenta que él había avanzado junto con ella hacía la cama. Sus rodillas se flexionaron contra la base de la cama y el cuerpo fuerte de Inuyasha, que la empujaba lentamente hasta dejarla completamente acostada sobre las sabanas rojas.

A pesar de que le había prohibido tocarlo no le importó y lo rodeó su cuello con brazos temblorosos.

Inuyasha irrumpió el beso, pero no había sido por la acción de su esposa, sino porque estaba perdiendo la cordura por el deseo. Así es, tenía que admitirlo, a pesar del odio y la sed de venganza que sentía, no podía ocultar que en el fondo ansiaba estar de esa forma con ella.

– Está noche te haré mía, mañana y pasado mañana – susurró con una cálida voz contra su oído — Te marcaré para que no quepa duda de a quien perteneces. – besando el lóbulo del oído.

En ese momento se sintió como una completa tonta, dejándose tocar de esa manera por él, él que creía que lo había intentado matar cuando en realidad lo amaba y anhelaba fervientemente su regreso y aunque se entregara a él libremente en el fondo sabía que no lo haría cambiar de parecer, pero había que intentarlo.

—Inuyasha… Te amo.

Sólo tuvo como respuesta una expresión que semejaba a una risa.

—Entonces demuéstralo – volvió a susurrar, pero está vez en el otro oído. –Demuestra hasta qué punto me amas.

Sus manos recorrieron su cuerpo deliberadamente hasta buscar el dobladillo de su camisón y fue subiéndolo muy despacio, deleitándose con el roce de sus dedos contra la suave y tersa piel de Kagome, se detuvo un momento en el valle de su intimidad, tocándolo con maestría. Por un momento se maravilló como ella cerraba sus ojos y se arqueaba contra él a pesar de que no aun no la tocaba por completo.

La vergüenza invadió a Kagome cuando Inuyasha liberaba su camisón por sus hombros dejándola completamente desnuda ante su dorada mirada. Ni la plática de su madre de lo que pasaba entre un hombre en su noche de bodas (hace tres años) y sobre todo lo que escuchaba de las mujeres casadas la habían preparado para éste momento.

—No te cubras, quiero verte así para mí.

Inuyasha se apartó un poco sólo para comprobar si su exuberante cuerpo era aún más tentador por debajo de ese vestido que llevó a aquella estúpida gala y si, se dijo para sí mismo, era mil veces tentador. Esos pechos redondos firmes y bien formados. Subían y bajan, haciéndole una atenta invitación a que los tocara. Su cintura, tan perfecta que bien podía moldarse a él y ese valle, donde su escénica se quedó impregnada en sus dedos lo excitaron de una manera violenta.

Al sentir la mirada de Inuyasha sobre su cuerpo desnudo, el principal instinto de ella fue cubrirse sus senos y el pequeño triangulo entre sus piernas. Él chasqueó la lengua entre sus dientes y negó.

—Te dije que no te cubrieras ¿No fui claro?

En un principio se quedó quieta sin nada que hacer mientras asimilaba la orden. Haciendo su vergüenza fue apartando sus brazos de las partes de su cuerpo que cubría con ellos.

—Desnuda eres mucho más hermosa – decía mientras contemplaba de arriba abajo su cuerpo desnudo.

Apoyó un pie en suelo y después el otro para estar completamente de pie, todo ante la atenta mirada de su esposa. Ella sintió frío al no sentirlo cerca de su cuerpo sólo cuando se dio cuenta de cuales iban a ser sus intenciones, cerró los ojos por completo. Al menos no iba a impedirle eso. Era la primera vez que vería a un hombre desnudo y suficiente ya era estar desnuda ante él.

Inuyasha esbozó una media sonrisa al ver su reacción y con los ojos cubiertos de Kagome, desabrochó los dos primeros botones de su camisa de lino y se la quitó por los hombros arrojándola junto al camisón blanco que yacía en suelo.

Le resultaba imposible respirar, podía escuchar como Inuyasha se deshacía de su ropa y el ruido seco de ésta cayendo al piso.

El peso de él subiendo a la cama hizo que sus sentidos se pusieran en alerta. La tomó de las manos y fue retirándolas lentamente de su rostro. Kagome se vio obligada a abrir los ojos y al sentir el roce de la punta de sus pezones con el torso desnudo de Inuyasha un leve gemido se escapó involuntariamente de sus labios.

—Está debió haber sido nuestra luna de miel – explicaba, acariciando su larga melena y perdiéndose en su aroma – Creo que hemos esperado tres largos años para llegar hasta aquí. Es hora de consumar éste matrimonio.

El peso de él subiendo a la cama hizo que sus sentidos se pusieran en alerta. La tomó de las manos y fue retirándolas lentamente de su rostro. Kagome se vio obligada a abrir los ojos y al sentir el roce de la punta de sus pezones con el torso desnudo de Inuyasha un leve gemido se escapó involuntariamente de sus labios.

—Está debió haber sido nuestra luna de miel – explicaba, acariciando su larga melena y perdiéndose en su aroma – Creo que hemos esperado tres largos años para llegar hasta aquí. Es hora de consumar éste matrimonio.

Volvió a apoderarse de sus labios borrando consigo todos los temores que albergaba ella. Habían llegado a un punto sin retronó en el que sólo eran sensaciones y deseo. Colocó una rodilla en medio de sus piernas y fue abriéndose paso hasta llegar al centro de su feminidad y moviéndola en círculos. Sus manos, expertas y hábiles conquistaban cada centímetro de piel sin dejar ninguna libre de exploración. La piel tersa y suave de Kagome despertaba en él el deseo más primitivo que nunca llegó a experimentar por ninguna otra mujer.

Sus besos iban trazando una ruta despertando su cuerpo. Primero trazo un beso en la punta de su hombro, hasta llegar a la curva de su cuello.

Kagome no pudo resistir el impulso de arquearse contra él cuando sintió como capturaba uno de sus pezones con su boca y con la yema de los dedos masajeaba el otro proporcionándole la misma atención que el otro.

¿Así que era esto de lo que las mujeres casadas hablaban en privado? ¿De la intimidad de un hombre y una mujer? Por lo que escuchaba algunas incluso lo toleraban otras sin duda lo detestaban y en cambio ella….ella le agradaba la sensación que despertaba en ella al ser tocada de esa manera.

Otra vez se arqueó contra él sólo que está vez gritó su nombre en un extasiado susurro. Comenzó a sentir como su rodilla se humedecía y eso quería decir que estaba lista para recibirlo, pero no entraría en ella hasta saborear su esencia.

Una especie de perdida la abrazó cuando Inuyasha dejó de besar sus pezones, pero en cambio fue sustituida por una de pánico al ver como retiraba la rodilla del centro de su botón y bajaba lentamente por todo su cuerpo dejando a su paso besos que le quemaban en toda la piel. Tembló al sentir como sus manos la tomaban por los pliegues y abría poco a poco sus piernas.

—Que….

—Shhh, — calló él – Sin moverse cariño.

¿Qué clase de locura iba a cometer? No había llegado a esa parte de la conversación con su madre ni sobre todo con las mujeres casadas. Nada la había preparado para que la tocaran de esa manera tan… tan íntima. Aunque al decir verdad a estas alturas ya no tenía fuerza para protestar cuando sintió como depositaba un ardiente beso en sus pliegues, el roce de sus labios la embriagó dejándola por completo sin una pisca de aliento en sus pulmones.

Pecado.

Locura.

Erotismo.

No sabía definir muy bien que era lo que sentía en esos momentos, solo sabía que sentía su húmeda y cálida lengua abrase pasó por las rosadas puertas de su botón. Kagome se mordió el labio inferior para acallar un grito que estaba a punto de salir, pero él continuó saboreándola sin algún asomo de piedad.

Su aroma mezclado con el sabor de su sexo lo llevaron al borde de la locura estremeciéndose hasta la punta de su entrepierna. Su sabor era como la miel, dulce y espesa que se derretía adentro de boca. Ella levantó las caderas para ir al encuentro de su ávida boca, trazando los mismos movimientos de su lengua. Inuyasha tuvo que hacer uso de su total fuerza para no irrumpir ese momento y entrar en ella de una vez como lo estaba deseando en ese preciso instante.

Kagome volvió a arquear la espalda y está vez el grito que tanto había estado reteniendo se escapó de sus labios.

—Dios…Inuyasha!

La sentía tan extasiada, húmeda y lista para recibirlo. La saboreó por última vez, lamiendo su sexo sensible y ardiente de más caricias. Y así, fue ascendiendo de nuevo por su cuerpo y se colocó en medio de sus piernas, la miró a los ojos y una especie de ternura traspasó su piel de coraza. Jamás había estado tan duro como lo estaba justo ahora, ése deseo nunca lo había experimentado con ninguna otra mujer, ni siquiera con Sabina, que era una amante experta. Sólo lo sentía con la mujer que yacía debajo de él y que lo miraba con esos ojos de color chocolate.

Separó con su cuerpo un poco más sus mulos, hasta que la punta de su miembro rosó con la delicada flor que había entre sus piernas. Apoyándose con ambas manos a los costados de la cama para soportar su propio peso y no caer encima de ella.

—Escucha – dijo con voz ronca a causa de su propio deseo – No podré evitar hacerte daño – sintió como temblaba bajo su cuerpo – Pero prometo que el dolor desaparecerá pronto ¿Comprendes? – Esperó a que ella asintiera y cuando lo hizo concluyó – Hacer el amor es tan placentero que pienso hacer que disfrutes cada exquisita y dulce oleada.

Sin añadir más entró en ella lentamente, Kagome apretó las uñas en los antebrazos de Inuyasha cuando sintió un ardor y punzante dolor en su interior. Su respiración era agitada mientras se acostumbraba a tenerlo en su interior.

— ¿Estas bien? – preguntó, depositando suaves besos en la coronilla de su cabeza y ella sintió.

Cerró los ojos al sentirla tan estrecha y cálida por dentro pero fue paciente cada segundo, aguardando a que ella se adaptara a tenerlo en su interior. Para tranquilizar su respiración la besó y Kagome sintió el sabor de su propio sexo en sus labios y ella lo rodeó con sus brazos el cuello.

El tiempo se detuvo cuando el movimiento de su cuerpo danzaba sobre el de ella arrasándola con él hacia una oleada de deseo inexplicable y rodeándolo con sus piernas sus cuerpos se sincronizaron al mismo compás.

Sus cuerpos jadeantes y sudando se entregaron al placer que experimentaban por primera vez. Inuyasha la besaba ferviente mente en cada parte de su cuerpo y tan cómo había dicho que la marcaria, besaba su cuerpo succionado su tersa piel.

Un torbellino iba acumulándose en su centro con cada oleada de sus cuerpos mientras sus gemidos resonaban en las cuatro paredes de esa habitación, pero eso a ninguno les importaba, lo que en realidad importaba ahora era estar lo más unidos que pudieran. Con una última oleada Kagome se arqueó estremeciéndose por completo mientras los electrizantes vestigios del orgasmo la hacían estallar en mil fragmentos.

Inuyasha cerró los ojos para no ser absorbido por el placer e ir más rápido al contrario, quería ir lo más lento posible, deleitándose con el orgasmo de Kagome. Entraba y salía de su interior de la misma forma suave pero a la vez salvaje. Ella aún se apretaba contra él, jadeando con cada estocada de su cuerpo. Apretó los dientes cuando sintió que se liberaba llenándola por dentro.

Permanecieron así, unidos y con sus respiraciones entre cortantes. Poco después Inuyasha salió de su interior y se dejó caer a su lado en la cama. Ambos contemplaban el techo sin mencionar una sola palabra de lo que había ocurrido.

Kagome tenía la esperanza de que la tomara entre sus brazos y se acorrucaran juntos en la cama, pero se desvanecieron al instante cuando lo vio levantarse y buscar su ropa entre la oscuridad. Ella se inclinó un poco y le preguntó:

— ¿Qué hacer?

—Me visto – respondió a sus espaldas mientras se abrochaba los pantalones.

—Creí que…

Inuyasha tomó sus botas junto con la camisa de lino que yacía sobre el camisón blanco de Kagome, se la colgó al hombro y con una media sonrisa dio media vuelta.

— ¿A caso creías que me iba a dormir contigo? – Preguntó en un amargo gesto y ella asintió – Grabe error.

Acercados a ella le dio un fugaz beso en la nariz y la miró fijamente.

—Esto estuvo bien, no lo voy a negar. Pero no me quedaré dormido a tu lado y que aproveches para matarme.

Comenzó a alejarse, quitó el seguro de la puerta y la abrió.

—Que tenga dulces sueñas duquesa.

Y salió de la habitación dejando a una Kagome completamente sumergida en la tristeza y la soledad. Las lágrimas comenzaron a brotar lentamente y lo que pudo haber sido la noche más feliz de su vida, se había vuelto la más amarga.