Capítulo 10
Lo primero que hizo al entrar a su habitación fue arrojar las botas a un rincón sin importancia y cerró la puerta de un sonoro golpe. Se recargó de espaldas a ella y permaneció ahí por un tiempo prolongado.
Cerró los ojos e imaginó sus manos sobre su cuerpo, sus labios sobre los de ella que le quemaban a carne viva, el aroma dulce de su cuerpo se había impregnado en cada poro de su piel.
Maldijo en su interior mientras se golpeaba la nuca contra la base de la puerta de caoba. Se suponía que había ido a su habitación con el único propósito de hacerle el amor –el cual cumplió – pero su intención era de hacerlo de una forma brutal, sin una pizca de sentimientos. En cambio, sus defensas se derrumbaron al verla en ese maldito camisón blanco y no sólo eso, sino que incluso consideró dormir a su lado. Escuchar su respiración pasiva, mecerse en los latidos de su corazón, embriagarse del calor que emanaba de su cuerpo.
— !Maldita sea¡— Exclamó para sí mismo — Eres un débil Inuyasha. Un maldito débil que con solo mirarla a los ojos se te olvida todo lo que te hizo.
Tenía que ordenar sus pensamientos, si la volvía a tocar debía protegerse primero él de ella.
Automáticamente volvió a ordenar todos sus pensamientos, jurando así mismo que si la volvía a tocar no iba a dejarse atrapar por esos sentimientos absurdos que de los cuales se había deshecho hace mucho tiempo. Había regresado a Cornwall con un solo objetivo y no se iba a desviar de él por muy hermosa que se hubiese puesto su esposa.
Primero comenzaría con su hermano, acabaría por hundirlo en el negocio del contrabando. Estaba muy enterado de cada uno de sus movimientos, pues lo tenía vigilado desde hace más de un año. Con Menomaru cobrándole los intereses más altos caería en otros contrabandistas de peor reputación, perdería clientes y cuando estuviera al borde de la desesperación lo denunciaría a la aduana y el castigo por contrabando era mucho peor, si es que él no decidiera acabar con su patética vida.
En segundo lugar estaban los padres de Kagome, sabía que la peor venganza contra Lady Flora era el rechazo de la sociedad. Estos tres años se había codeado entre las más prestigiosas familia, si esparcía rumores de que su hijo era contrabandista y sobre todo sin el respaldo de él, se vería rechazada. Aún faltaba el padre, pero no éste no lo importaba ya que siempre había estado a expensas de lo que dijera su esposa. Así que no representaba ningún problema para él, acabando con sus hijos y esposa era la forma adecuada de atacarlo.
Y por último, estaba la más astuta de todos, su bella y harpía esposa. Esbozó una media sonrisa, para ella tenía algo muy especial reservado. Primero se acostaría todas las veces que quisiera con ella, haciendo a un lado sus sentimientos desde luego, cuando ya se hubiese cansado de ella la echaría de su lado anulando el matrimonio. Si por algún motivo en esos instantes de pasión concebían un hijo, bueno… eso ya lo había pensado anteriormente.
Con esos pensamientos se preparó para dormir, agradeciendo a Shippo por llevarle su ropa y reordenar su habitación, aunque seguramente ese merito era de su fiel empelado Totosai.
A la mañana siguiente…
Se despertó al sentir los rayos del sol que entraban por la ventana. Poco a poco se fue incorporándose y sintió un ligero dolor en medio de sus piernas, pero le restó importancia, había otro dolor más intenso que la ahogaba por dentro. Cuando Inuyasha se marchó dejándola sola en la habitación no había hecho más que sino llorar y podía sentir como sus ojos ardían debido a las lágrimas, ni siquiera sabía en qué momento se puso el camisón y se quedó completamente dormida.
Debían aclarar las cosas, anoche ni siquiera le permitió hablar, pero se dijo así misma que haría todo lo posible para aclarar todos los malos entendidos que había a su alrededor.
Como por ejemplo estaba el más importante, que era que la acusaba a ella y su familia de intentar asesinarlo. Segundo, si estaba vivo ¿Dónde se había estado estos tres años?
Se levantó de la cama con intenciones de cepillarse el cabello, su doncella aun no mandaba a alguien a que le preparara el baño. Fue hasta el tocador donde tomó asiento en el taburete. Un pequeño grito se escapó de sus labios al ver su reflejo en el espejo.
"Te haré mía, te marcaré para que no quede duda de a quién perteneces"
Ahora entendía lo que le había querido decir con aquella frase, pues llevaba varias marcas rojizas en el cuello. Recordaba cuando la besaba y succionaba contra su piel pero jamás imaginó que pudiera hacerle ese tipo de marca.
¿Cómo le haría para ocultarlas? Tenía una piel demasiado clara y si los empleados la vieran con esas marcas seguramente pensarían que ella y él habían tenido intimidad. Pero aún, si salía a la calle seguramente la verían y se desatarían los chismes.
—Buenos días milady.
La voz de Melissa la sacó de sus pensamientos, la vio entrar a la habitación y si principal instinto fue protegerse el cuello con la bata, estirando todo lo que la tela pudo capaz de cubrir.
—Buenos días, Melissa – respondió un poco avergonzada por si ella había llegado a ser capaz de descubrir las marcas en su cuello.
—Lord Taisho me envía – explicó la joven – Dice que quiere desayunar con usted en media hora.
Entraron dos empleadas más con varias cubetas de agua tibia y fueron directo al baño seguidas por la doncella, que les daba instrucciones. Las dos mujeres le hicieron una reverencia y salieron de su habitación.
Melissa observaba la mirada perdida de su ama, podía ver claramente las marcas de su cuello aun cuando ella trató de disimularlo y buscó en el armario un vestido blanco de cuello alto con encaje y lo dejó sobre la cama. Ya no tendría caso que siguiera usando el luto, puesto que el duque regresó de una forma inesperada para todos
—Creo que ya no es necesario usar el luto, éste vestido blanco vendría bien— comentaba su doncella — Más tarde le daré un ungüento para desvanecer esas marcas.
Kagome abrió los ojos y al instante se puso pálida al escuchar el último comentario de Melissa. Instintivamente se cubrió aún más el cuello para ocultar las marcas que Inuyasha había dejado en su piel.
—Mi abuela era una excelente sanadora y partera — explicó — Todo lo que sé ella me lo enseñó, milady.
—Melissa yo... — comenzó a decir con la cabeza cabizbaja — Me siento muy apenada.
—No tiene por qué milady. Es normal lo que pasa entre un hombre y una mujer. Si Dios quiere con ésa unión hayan concebido un hijo.
¿Un hijo?
Un pedacito de ambos. Sus manos viajaron hasta su vientre plano y de pronto ese pensamiento la hizo embargaron de felicidad. Esbozó una sonrisa acariciando su vientre. Muchas veces pensaba que era sentir el tener una vida en el interior, debía admitir que cuando vio a la esposa de su ex pretendiente pintor había experimentado una sensación parecida a la envidia pero no de esa mala, sino todo lo contrario.
Pero una vez más tenía que solucionar las cosas con Inuyasha antes de pensar en ello. Él hombre que regresó era muy distinto al que conoció hace tiempo incluso daba un poco de miedo.
—Primero hay que tomar un baño – Melissa interrumpió sus pensamientos —Llevamos cinco minutos de retraso y dudo que al duque le agrade la espera. Vamos, yo le ayudo.
Ella asintió y se dejó ayudar por su doncella.
Impaciente permanecía sentado en la silla principal del gran comedor, de vez en cuando consultaba su reloj de bolsillo y al ver la hora una exclamación de disgusto se escapó involuntariamente de sus labios. Llevaba cinco minutos de retraso cuando fue específico con la doncella de su esposa de que estuviese puntual.
Había amanecido de un pésimo humor y el soñar con su esposa no le ayudaba en absoluto. Soñó que le hacia el amor en un prado repleto de flores de lavanda, ella tan hermosa y entregada a sus caricias fue lo que hizo que despertara con una doliente erección, el deseo que sentía por ella no había hecho sino más que aumentar. Tal vez si se acostara con ella más seguido ese deseo con el tiempo iría disminuyendo.
Pero cuando la vio entrar al comedor, con su cabello a medio peinado y un vestido blanco de encaje con una cinta violeta atada a la cintura despertaron en él sus instintos más salvajes. El aroma a lavanda impregnó la atmosfera en la que estaban rodeados. Descaradamente la miró de arriba hacia abajo y aunque le costara admitirlo era muy hermosa. Aunque desafortunadamente la tela cubría el cuello y esbozó una sonrisa en su interior, probablemente se cubría las marcas que le había hecho por producto de la noche anterior.
—Siento la demora – de disculpó entrando de lleno en el comedor.
Sintió como su sangre se hacía más espesa y se le dificultaba hablar. La recorría con sus dorados ojos de una manera descarada, como si la estuviera desnudando con cada una de ella. Esta vez no se iba a dejar intimidar por él por muy atractivo que fuera.
Advirtió cuál sería su lugar en la mesa, puesto que había unos cubiertos a lado de él. Respiró lentamente mientras avanzaba al lugar que le fue asignado en el comedor, pero se detuvo al ver como él se levantaba y echaba la hacia atrás para que ella pudiera tomar asiento. Ese gesto la sobre pasó de una manera inesperada, por unos instantes permaneció de pie y después tomó asiento en la silla que él gentilmente había extendido para ella.
—Gracias – fue lo único que pudo articular mientras tomaba asiento.
Inmediatamente después de que Kagome tomó asiento, Inuyasha dio la orden que comenzaran a servir y posteriormente que los dejaran solos. Ella se volvió a sentir incomoda estando sola con él. Podía imaginarse mil cosas que podrían suceder en el comedor.
¿Sería buena idea hablar mientras comían?
—¿Dormiste bien anoche? – un destello de burla se vio reflejado en su comentario.
Kagome tuvo que pasar con dificultad la fruta que había comenzado a comer y automáticamente su rostro pasó de blanco al rojo. Sentía como la sangre subía y se concentraba en él.
En cambio Inuyasha esbozó una sonrisa al ver como una simple pregunta generaba conflicto interno en la mujer que tenía en frente de él.
—Se puede repetir – sugirió – Pero ya sabes que la condición es no dormir juntos.
Kagome frunció el cejo, dejó con cuidado los cubiertos y lo miró fijamente. Lo miraba con esa amplia sonrisa porque podía deducir que la situación le complacía.
¿Le complacía verla vulnerable ante sus caricias? Tal vez.
¿Le complacía verla nerviosa? Pudiera ser.
—Fue un error.
La sonrisa de Inuyasha se cambió por una fina línea en sus labios y frunció el cejo. Esperaba todo menos que ella dijera que haber hecho el amor había sido un completo error.
—¿Me estás diciendo que haber hecho el amor fue un error?
—No quise decir e…
—¿O que el habernos casado fue un error? – interrumpió antes de que ella finalizara la frase.
Jamás se atrevería a pensar que su matrimonio con él fue eso, un error. Porque se había casado con el hombre que amaba, con ese hombre tierno y de sonrisa radiante que mostró ser.
—No me refiero a eso Inuyas…
—Déjame preguntarte algo Kagome – una vez más la interrumpió — ¿Consideras este matrimonio como un error del cual te arrepientes?
—No – respondió sin pensarlo.
—Pues yo sí. – La miró fijamente – Me arrepiento cada minuto de ese baile donde te conocí. Si tú no te hubieses cruzado en mi camino yo me habría casado con Elizabeth Percival, me ahorraría esta miserable cicatriz y tú… — la miró y esbozó una media sonrisa – Francamente no me importaría lo que pasara contigo.
Sentía como unas fuertes manos le apretaban la garganta impidiéndole respirar, las lágrimas amenazaban con salir y sintió como en su corazón se hacía una grieta. Esperaba que está mañana pudieran aclarar las cosas pero jamás imaginó que esto pudiera pasar.
—Te dije que ante la sociedad aparentaríamos ser un matrimonio feliz, pero dentro de estas cuatro paredes tú y yo viviríamos el infierno. – concluyó.
Ella asintió, pero no quería permanecer más tiempo a su lado, quería huir de ahí, así que se levantó de la silla y salió huyendo del comedor con destino al invernadero. Al llegar ahí lo primero que hizo fue apoyar sus manos en una mesita de madera mientras las lágrimas iban saliendo una por una hasta bañar todo su hermoso rostro.
Se puso en alerta al sentir como unos brazos la rodeaban por la cintura, los mismos brazos que la hacían girar para tenerla en frente de él.
—Voy a demostrarte porque no es un error haber hecho el amor contigo.
Invadió su boca mientras la subía a la mesa, el acto hizo caer algunas macetas que estaban sobre ella. Kagome se dejó llevar por el enigmático momento rodeando su cuello con sus brazos. Inuyasha la había subido sobre la mesa de madera. Sus manos frenéticas bajaban por su cuerpo buscando el dobladillo de su vestido. Fue subiéndolo hasta los muslos y buscó por debajo de éste su ropa interior, mientras la bajaba sus manos iban dejando un camino ardiente con cada caricia.
Acarició su delicado valle y gimió contra su boca al sentir que estaba lista para recibirlo. Sin pensarlo desabrochó sus pantalones para liberar su erección. Rozó su miembro con la entrada de su feminidad, mientras sus besos se hacían más intensos. Deseaba estar adentro de ella, volverla loca de deseo, ser él por quien deliraba, por quien suspirara a quien deseará cada día y cada noche de toda su vida.
Fue penetrándola poco a poco, deleitándose en la sensación que producía estar dentro de ella. Igual que la noche anterior, la sentía tan húmeda, tan apretada que la pasión lo arrastró junto con ella. Entraba y salía en ella, robándole un gemido de deseo, Kagome lo enredó con sus piernas para apretarlo más a ella.
Lo único que se escuchaba en el invernadero eran sus gemidos de pasión, perdiéndose en el deleite de sus cuerpos. Kagome no pudo más cuando esas descargas eléctricas comenzaron a recorrer su cuerpo y se concentraban en un solo lugar e Inuyasha sentía que estaba a punto de liberarse dentro de ella y así, juntos estallaron en un orgasmo.
Kagome recargó la cabeza en uno de los hombros de Inuyasha y él hizo lo mismo. Sus respiraciones agitadas se iban calmando poco a poco. Hasta que ella recordó que debían hablar primero antes de volver hacer el amor pero su deseo por él había sido más fuerte.
—No quise decir que nuestro matrimonio fue un error – logró articular ella con su respiración entre cortada – Sino que debimos hablar primero antes de hacer el amor.
Sintió como se tensaba entre su cuerpo y luego se apartaba de ella para componerse la ropa.
—Kagome hablar no sirve de nada – respondió mientras abrochaba sus pantalones y se componía su cabello – Te dejo para que te … — le señaló el vertido y la ropa interior – recompongas.
Lo vio salir del invernadero mientras ella se quedaba nuevamente ahí, sola y devastada. Una lágrima rodó por su mejilla y comenzaba odiar esa sensación de vacío. No sabía cuál motivo dolía más, si seguir pensando que él siguiera muerto o su indiferencia.
Bankotsu caminaba por la amplía calle con destino en casa de sus padres pero tuvo que desviarse ya que unos hombres lo seguían. Frunció el cejo, desde hace un año que lo seguían, pero últimamente lo vigilaban más. Seguramente era el maldito de Menomaru que había mandado hombres a perseguirlo para averiguar si pretendía traicionarlo. Maldito, él era quien debería vigilar a ese infeliz. Cuando dobló en una esquina vio a una mujer de cabello rojizo que estaba a punto de caer y evitó a que esto pasara. Sus ojos se perdieron en los ojos verdes la joven.
—¿Está bien, milady? – preguntó él.
La mujer asintió mirando sus ojos azules, se apartó de él y lo tomó de la mano y comenzó a leer su mano.
—Veo que huye del amor, milord — comenzó a decir ella – Pero pronto aparecerá una mujer en su vida que le haga perder la razón.
Él esbozó una media sonrisa, ninguna mujer le haría perder la razón ya que su principal objetivo era ayudar a sus padres y regresarles todo lo que habían perdido por culpa de la duquesa Percival.
—Trabaja muy duro para devolverle algo a un familiar – siguió en su explicación – Está muy cerca de conseguirlo milord. Sólo tenga paciencia, tendrá las dos cosas que siempre ha querido: ayudar a su familia y el amor.
—¿Y la mujer que me aguarda es así de hermosa como tú?
Ayame alzó la cabeza y al verlo se ruborizó.
—No puedo asegurarlo. Tal vez si, tal vez no.
—Pues si no es como tú, no me interesa encontrar el amor.
Ella esbozó una sonrisa.
—Sólo tenga paciencia que su amada está muy cerca, más cerca de lo que cree.
La vio perderse entre las calles acompañada de una mujer de mayor edad. Se quedó ahí, contemplándola desaparecer hasta cuando ya no pudo verla, continuó su camino hacia la casa de sus padres. Algo andaba mal, Cornwall había amanecido con un rumor sobre el regreso del duque, pero antes de hacerle caso a esos chismes debía saberlo por la propia boca de su madre, quien sabía toda la vida de cada uno de los habitantes de Cornwall.
En cuanto llegó a la casa de sus padres lo primero que escuchó fue a su madre hablar con su padre y la tía Kaede.
—Es cierto – decía ella paseando de un lado a otro – Regresó y les aseguro que no es la misma persona que conocimos hace tres años.
—¿Quién regresó? – interrumpió él, recargándose en la entrada de la sala de estar.
—¿No estas enterado? – preguntó su madre al verlo negar suspiró – Hijo, Inuyasha Taisho no estaba muerto, regresó ayer.
Bankotsu frunció el cejo al escuchar que es infeliz estaba vivo ¿A caso el muy maldito se había hecho pasar por muerto? Si así fuera, no le iba a perdonar cada maldita lagrima que había visto derramar a su hermana, cada sufrimiento a la cual la condeno durante esos tres años.
—¿Ese infeliz se hizo pasar por muerto? – preguntó entrando a la sala y saludando a su madre y a la tía Kaede.
—No sé – su madre negó.
—Yo no lo conozco – comentó la tía Kaede – Y si Angus no se hubiera enfermado habría ido a la exposición para verlo con mis propios ojos.
Era cierto, quien aún no conocía a Inuyasha era la tía Kaede, pues cuando Kagome se había casado daba la casualidad que ella estaba indispuesta de salud y el médico le había impedido viajar.
—No te pierdes de mucho tía – comentó Bankotsu – Es un tipo arrogante.
—Bankotsu – reprendió su madre – es el esposo de tu hermana.
—¿Qué clase de marido se hace pasar por muerto? – contrarrestó él.
—No sabemos por lo que ha pasado. Debemos aguardar a que nos explique.
Bankotsu esbozó una media sonrisa.
—Madre, los duques jamás le dan explicaciones a nadie. Menos a nosotros. Pero si algo le hace a mi hermana juro que no se lo perdonaré jamás.
—Tú no harás nada de eso — advirtió su madre — Sólo nos queda aguardar.
Bankotsu hizo una mueca de disgusto y evitó tocar el tema. Pero ése juramento aún quedó firme en él. La aparición de Inuyasha Taisho le hacía suponer que algo malo pasaría, debía estar alerta y asegurarse que su hermana no saliera lastimada de todo esto. Ya había sufrido Kagome al enterarse de la supuesta muerte del duque como para que éste apareciera de la nada.
Como cada mañana, abrió la celda en la que se encontraba su primo Sesshomaru encadenado. Él e Inuyasha eran los que más se parecían, de ojos dorados y cabello negro incluso podrían pasar por hermanos. Pero ahora él llevaba el cabello más abajo de los hombros, producto del encierro al que lo tenía.
—Te tengo una excelente noticia — decía Koga, dejando la bandeja con comida en un banco.
— ¿Por fin decidiste acabar con tu miserable existencia? — preguntó arqueando una ceja.
Koga esbozó una sonrisa y se echó a reír.
—Ah primo que gracioso eres — dijo mientras pinchaba un trozo de fruta y le daba en la boca.
Sesshomaru se sentía completamente imbécil al estar en esta situación. Si tan solo pudiera escapar o mejor dicho cuando lograra escapar primero le partiría la cara a éste imbécil y después iba a gozar matándolo.
Por su maldita ambición había matado a su primo. Inuyasha siempre confió en él, incluso se inclinaba más por Koga que él mismo. Pero sabía sus razones, ya que siempre se mostraba frío con él.
—Libérame y verás cómo te mando en un abrir y cerrar de ojos al maldito infierno dónde permaneces.
—Si sigues así, no te daré la buena noticia — aguardó a que Sesshomaru se callara y cuando éste no dijo nada, añadió — Al parecer vamos a tener que aplazar tu muerte.
Sesshomaru frunció el cejo y sus ojos dorados parecieron brillar en un destello rojo.
—Verás — rolo los ojos —¿Cómo te explico?
Se preguntó así mismo, mientras pensaba cómo le daría la noticia sobre el regreso del imbécil de Inuyasha.
—Ah olvídalo — negó — Quería suavizarte la noticia, pero es mejor que te enteres.
Sesshomaru pensó que su primo cada vez perdía por completo la razón , la ambición lo iba consumiendo poco a poco.
—Tu primo favorito regresó del más allá.
Al escuchar esa noticia él alzó la cabeza y se encontró con la mirada de Koga y éste asintió.
—Sí, así como lo escuchas primo . Inuyasha regresó del más allá.
Sesshomaru guardó silencio al escuchar la noticia. El saber que su primo no estaba muerto era una buena noticia.
—Pero no regresó siendo el mismo – aclaró Koga.
—Me queda claro que no eres bueno haciendo las cosas y me alegro de que este vivo – intervino Sesshomaru – Espero te pueda partir la cara.
Koga estalló en una risa sonora haciendo eco en todo el sótano.
—Dudo que quiera hacerlo. El muy estúpido piensa que Kagome y su hermano intentaron matarlo – le guiñó un ojo – Por lo que mi pellejo está a salvo. Dejaré que disfrute vengándose de su mujer, que le destroce la vida y cuando se entere de que todo este tiempo ella fue inocente es ahí cuando lo atacaré.
—Eres un cobarde que se esconde bajo la inocencia de una mujer. Pero por más estúpido e ingenuo que sea, tarde o temprano se dará cuenta y te matara.
—Si me mata recuerda que tú morirás. Nadie más que yo sabe de tu existencia en éste sótano.
—Para ese momento yo ya habré escapado.
—Lo dudo, tú permanecerás en está mazmorra toda la vida.
Se levantó llevándose consigo la bandeja, pero antes de que se fuera, Sesshomaru alzó la cabeza y lo miró fijamente.
—Recuerda bien esto: Si no pudiste con su mujer durante estos años, menos podrás con él. Inuyasha no es tan estúpido como crees que es.
—Yo no estaría tan seguro de eso querido primo.
Inuyasha salió del invernadero, aún estaba sorprendido por el buen estado en que se encontraba ya que estaba seguro de que Kagome lo descuidara y dejara morir esas flores que con esmero él cuidó. Aunque tal vez ella no era la responsable del cuidado, tal vez era Totosai o cualquier empleado quién se hubiese hecho cargo de él.
Se detuvo justo en la entrada de la puerta que conectaba con la sala y el jardín y en medio de ésta se encontraba Deisy, la fiel mascota de Kagome, se encontraba sentada y lo miraba fijamente. El can al verlo mostró alguna especie de alegría, y se levantó en busca de un cariño.
Inuyasha frunció el cejo pero aun así acarició el lomo del animal. Arrugó la nariz para esperar a que un estornudo se hiciera presente debido a la alergia que le producían los perros. Pero éste nunca llegó algo que lo sorprendió.
—Al menos me extrañaste tú — dijo mientras le acariciaba el lomo — ¿Has cuidado bien mi casa durante en mi ausencia?
Deisy se apartó un poco y como si le hubiese entendido pegó un sonoro ladrido, robándole una sonrisa.
—Señor.
La voz de Totosai lo interrumpió y él alzó la mirada para encontrarse con la de su mayordomo. Frunció el cejo al ver la expresión seria de él.
—¿Que sucede, Totosai?
El hombre le entregó un sobre sellado con el emblema de los duques de Percival. Hizo una mueca al verlo, esa mujer siempre había representado un dolor de cabeza para él.
—Gracias — respondió.
Su mayordomo hizo una reverencia y se marchó. Él entró de lleno a la sala y fue directo a su despacho con la carta en mano.
Tomó asiento en un sillón que estaba junto a la chimenea y se dispuso a leer la carta . Rompió el sello y comenzó a leer la elegante caligrafía en manuscrito. En ella redactaba su entusiasmo al saber que se encontraba con vida y buena salud. Lo que le dejó pasmado era que lo invitaba al baile que organizaba dentro de un par de semanas con motivo de la presentación de su hija Elsa y que esperaba contar con su presencia. En ningún momento mencionaba a Kagome, de hecho la carta iba dirigida solo a él. Tal vez esa mujer sospechaba que la llevaría.
Dejó la carta sobre una mesita y contempló la chimenea apagada. Lady Percival era la primera en enviar una invitación, como corrían rápido los rumores de su regreso, así como ella manifestó su alegría, tal vez en el transcurso de la semana estaría recibiendo más invitaciones o incluso visitas para comprobar que era él.
Tal vez no debía dejar de pasar ésta oportunidad. Sabía que esa mujer era el enemigo número principal de Lady Flora, no estaría nada mal atacarla por medio de la duquesa.
Kagome permaneció en el invernadero por unos minutos más, arreglando las macetas que se habían caído. Por fortuna no se habían quebrado, simplemente las plantas se habían salido junto con la raíz . Entró a la casa se encontró con Inuyasha quién ahora estaba sentado en uno de los sofás de la sala con una nota entre sus manos.
Levantándose fue hasta ella y le entregó la nota. Kagome frunció el cejo cuando vio el sello roto, pero sabía a quién pertenecía. Leyó rápidamente la nota. Esa mujer, esa mujer era detestable, cuando Inuyasha había desaparecido jamás tuvo la delicadeza de presentarse ante ella para brindarle su apoyo. Incluso cuando Elizabeth se casó con el conde Eshwood no habían invitado a su familia ni mucho menos a ella.
Por supuesto ahora Elizabeth vivía en Londres y sus visitas a Cornwall eran muy escasas.
Parpadeó y rápidamente le entregó la carta a su marido.
—No pienso ir — negó mientras se dirigía a la salida.
Pero Inuyasha la agarró del brazo obligándola a girar y toparse con su ancho pecho.
—Oh no querida — negó él — Iremos a cada maldito baile si es necesario, a cada puta opera e inclusive a otra innecesaria caridad de arte.
—Exposición de arte — corrigió ella.
—Como sea — se encogió de hombros — Por si no te quedó claro te lo voy a volver a repetir. Tú y yo vamos a aparentar ser el matrimonio feliz, mientras que en éstas cuatro paredes nos haremos pedazos el uno al otro.
—Si – asintió ella cada vez más convencida de que el entregarse a él había sido un completo error. – Ya me lo habías dicho anteriormente.
—Bien – asintió Inuyasha – Iremos.
—Pero no pienso ir y no me puedes obligar hacerlo.
—Claro que puedo — estaba comenzando a perder la paciencia — Soy tu marido y harás exactamente lo que yo te diga.
—Si quieres que acuda contigo a ese estúpido baile, primero debemos hablar.
Inuyasha esbozó una sonrisa, acarició su sedoso cabello y negó.
—No hay nada que hablar. Tú y tu maldito hermano trataron de matarme. Fin.
Kagome abrió la boca para decir algo pero alguien se le adelantó.
—Inuyasha… amore mio…
La voz femenina en un perfecto italiano resonó en toda la habitación. Kagome e Inuyasha voltearon al mismo tiempo.
Una joven rubia entró a la habitación empujando a Kagome en su camino para abrazar a Inuyasha.
