Capítulo 13

Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo de cabeza hacia los pies, su sola cercanía la alteraba considerablemente y cuando estuvo a punto de retroceder unos cuantos pasos él se lo impidió agarrándola de la cintura y atrayéndola a él. Kagome se retorcía bajo sus brazos, odiaba tenerlo cerca, sentir la briza de su aliento cálido golpear contra sus mejillas. En otro momento esta escena hubiese sido romántica y se dejaría ser, pero las cosas eran distintas, él buscaba una venganza absurda y por si fuese poco su amante estaba bajo el mismo techo que ellos. Su traicionero subconsciente jugaba con ella con imágenes de él y su amante en una cama.

—Suéltame –pidió ella, echando un poco la cabeza hacía atrás y verlo a los ojos.

—No – él negó esbozando una media sonrisa – Contéstame con honestidad – hizo una pausa antes de preguntar — ¿Te pongo nerviosa?

—No – respondió firme y sin titubear está vez, algo que la hizo sentirse orgullosa de sí misma.

Inuyasha arqueó una ceja, desde luego que no le creía, podría decir todas las mentiras que se le viniesen a la mente pero su cuerpo reaccionaba de un modo distinto, era evidente que le estaba mintiendo.

—Y para demostrarlo puedes soltarme e irte con tu amante.

— ¿Celosa de Sabina?

Kagome frunció el cejo y se vio obligada a apartar la mirada, observaba cualquier punto fijo de la habitación antes de responderle. Si, estaba celosa y mucho, pero estaba más enfadada al no haberle dado el lugar que le correspondía delante de esa mujer.

Pero no iba a dejarle ganar está vez.

Levantó la cabeza una vez más y lo miró fijamente.

—Jamás – sus palabras volvieron a sonar firmes.

Esperaba poder mantener esa firmeza todo lo que pudiese ya que si él permanecía otros instantes más en aquella habitación, sedería y otra cosa pasaría.

Inuyasha esbozó una media sonrisa y negó, ¿Hasta cuándo esa mujer iba a dejar de mentirle? Suficiente tenía con que lo hubiese mandado a matar y aun así al tener el descaro de no admitirlo, como para que no sea del todo honesta con él. Por eso ya no le creía y mucho menos confiaba en ella.

—Sigo sin creerte – comentó – Pues tu cuerpo me dice todo lo contrario a lo que dices.

Kagome se mordió el labio inferior maldiciendo a su cuerpo traicionero y sobre todo a la mirada dorada de su marido.

Un aroma a lavanda emanaba de su cuerpo y todo el deseo que sentía por ella se disparó en segundos. Pensaba que con las dos veces que la había hecho suya serían suficientes, grave error para él. A medida que pasaban los segundos lo único que en lo que era capaz de pensar era en tumbarla en la cama, para así colocarse entre sus piernas, hacerla suya y perderse en su aroma dulce y delicado.

Al diablo con Sabina, al diablo si los estaba esperando en el comedor, francamente le importaba muy poco lo que ella hiciera, ya que jamás le pidió que lo siguiera.

Kagome pareció leer sus pensamientos a través de sus ojos dorados, por lo que intensificó más su forcejeó para poder salir huyendo de entre sus brazos, pero Inuyasha hizo más fuerte su abrazo al punto de dejarla casi sin aliento.

—Deja de resistirte – dijo él.

— ¿Qué planeas hacer? – preguntó nerviosa, pasando saliva con dificultad.

El deseo se dibujó en el rostro de Inuyasha.

—Se me ocurren muchas cosas que hacer contigo en estos instantes y toda la noche.

Ella volvió a fruncir el ceño, que poco descaro tenía al decir eso cuando había otra mujer abajo.

—Para eso tienes a tu amante en esta casa ¿Por qué no vas y la buscas?

—Al diablo con ella – se encogió de hombros – Me apetece estar ahora contigo.

—…

Abrió la boca para protestar, pero en esa fracción de segundos Inuyasha invadió sus labios obligándola a callar. Aun llevaba ese tentador vestido blanco de la mañana y aunque habían tenido un breve encuentro en el invernadero, no se comparaba con el deseo de desnudarla y tenerla bajo de él. Sus manos, expertas y hábiles buscaban los botones de su vestido y fue deshaciéndose de ellos rápidamente junto con los cordones del corsé, que cayó al suelo junto con su vestido.

En ningún momento había dejado de besarla, sus labios le quemaban en carne viva haciéndolo temblar de deseo. Tal vez ella nunca fue fiel a sus sentimientos y lo llevó casi al borde de la muerte, pero lo que no podía negar era el hambre de estar dentro de ella.

La tenía como había estado imaginándola, desnuda y entre sus brazos.

—Inuyasha…

Jadeó Kagome cuando fue avanzando junto con ella hacía la cama.

—Voy hacerte mía una vez más – susurró – Y no me negaras que tú también lo deseas.

Por más enfadada que estuviese con él, ella tampoco podía ocultar el deseo que sentía por él. No pensaba dejarlo ir y que la estúpida de su amante lo aprovechara.

Y así, ambos saltaron al borde del precipicio, entregándose una vez más a la pasión que los rodeaba.

Por otro lado Sabina comenzaba a impacientarse, observaba los cubiertos aun intactos en la mesa. Decidió que lo mejor era salir y dar un paseo por las calles para conocer más, no se podía perder ya que conocía la calle que daba a esta casa. Era mejor que esperar a que Inuyasha y su esposa bajaran, aunque era probable que eso no fuera a pasar.

Se inclinó un poco sobre la mesa y apagó la vela, al salir del comedor se detuvo en medio del corredor al ver al gran danés recostado a un lado de las escaleras, el animal al sentirla alzó el lomo y como pasó está tarde, le volvió a gruñir.

Con mucho cuidado pasó a un lado ella.

—Algún día me desharé de ti querida.

Y tal como si Deisy leyera sus intenciones se levantó a cuatro patas y comenzó avanzar hacia ella y en todo momento no dejaba de mostrarle sus dientes blancos y afilados, obligando a Sabina a caminar lentamente hasta llegar a la puerta principal

—Estúpido animal.

Abrió la puerta y salió, se encontró con Hoyo y Shippo quienes estaban sentados en una banca y al verla se levantaron.

— ¿A dónde vas, Sabina? – preguntó Shippo.

Sabina se detuvo y lo miró fijamente.

—Pienso salir, aquí me aburro y al parecer Inuyasha ya no me necesita – respondió con un fingido puchero, agitando las pestañas de arriba abajo.

—Eso te pasa por dejar Toscana y seguirnos – explicó Hoyo.

En respuesta a eso Sabina simplemente se encogió de hombros y esbozó una sonrisa seductora.

—No puedes andar sola y menos en una noche como esta – comentó Shippo – No conoces está ciudad y puedes correr peligro.

Sabina jugueteó con la camisa de lino del más fiel de los hombres que tenía Inuyasha, aunque al decir verdad todos los que trabajaban con él le eran fieles.

—No te preocupes por mí, sé el camino de regreso – le guiñó un ojo – No me esperes despierto.

Ambos hombres contemplaron a la joven alejarse por el camino de grava y perderse en la oscuridad de la noche.

— ¿Crees que el amo se enfade con nosotros por dejarla ir sola? – preguntó Hoyo sin perder de vista el camino por donde se había ido la mujer.

—Lo dudo – Shippo de encogió de hombros – Sabina solo fue una distracción para él. Que haya decidió seguirlo ya es algo que depende únicamente de ella.

La mujer que estaba delante de Bankotsu lo miraba fijamente, analizando cada palabra que le había dicho.

—Es un favor que te pido – repitió Bankotsu.

Pero ella seguía indecisa.

—Sabes que los favores se pagan – respondió.

La mujer contemplaba la botella de whisky que había sobre la mesa. El mormullo de los caballeros y las risas de las mujeres les llegaba al privado donde se encontraban.

—Te pagaré bien Kagura – alentó él – Te enviaré con tres cajas del mejor whisky.

Kagura esbozó una media sonrisa al escuchar esa propuesta, como si sus servicios fuesen muy baratos.

—Hagamos un repaso – dijo con voz queda –Me estas pidiendo que distraiga a Koga por una noche.

Bankotsu asintió ante su comentario.

—Y me vas a enviar tres cajas de tu mejor whisky.

Volvió asentir.

— ¿No crees que es poco para lo que me pides?

—Es lo que tengo – él se encogió de hombros.

Kagura esbozó una media sonrisa, llevaba mucho tiempo al frente de una taberna y había cuidado mucho su reputación. Koga venía de vez en cuando y siempre le insinuaba sus intenciones de llevársela a la cama, pero ella siempre las evadía y no era porque le prometía pagar bien, sino más bien porque nunca le interesó o simplemente no le agradaba.

—No tienes que acostarte con él – explicó – Sólo quiero que lo distraigas todo lo que puedas.

Pero había algo que ella no lograba comprender ¿Por qué deseaba Bankotsu que lo distrajera? ¿En que planeaba meterse está vez?

— ¿Qué tienes en mente hacer? Jamás te habías interesado por él – se reclinó un poco más en la mesa — ¿Por qué hasta ahora?

—Todo lo que tenga que ver con esa familia es de mi incumbencia – respondió sin dar más información – Mi hermana está en medio de todo esto y como sabes, el regresó de Taisho me tiene alarmado. Regresó diferente y me preocupa la vida de Kagome.

—El gran Bankotsu, siempre preocupándose por su familia y los demás pero nunca por sí mismo – suspiró ante su comentario – Algún día debes pensar más en ti, buscar una mujer, casarte y tener hijos. Eso haría feliz a tu madre en lugar de meterte en problemas.

— ¿Nunca te he dicho que el matrimonio no se hizo para mí? – una sonrisa juguetona se escapó de sus labios –Además no hay ni habrá nunca una mujer.

—Tal vez un día llegue a tu vida o ya se ha cruzado en tu camino y ni cuenta te has dado.

Entonces recordó la pelirroja que había visto, esa mujer de ojos verdes y sonrisa tierna. No quería admitirlo pero lo había alterado considerablemente.

— ¿Lo harás o no? – cambió de tema por temor a que se reflejaran sentimientos en sus ojos.

—Tres cajas son muy pocas – ella negó – Que sean cinco.

—Cuatro y es mi última oferta. No más.

Kagura al ver que no llegaban a ningún acuerdo, se puso de pie.

—Como veo que no vamos a llegar a ningún acuerdo, será mejor que en ese caso busques a alguien más para que te haga ese favor.

Bankotsu la había seguido, la tomó del brazo antes de que ella hubiese abandonado aquella habitación pequeña.

—Bien, te enviaré cinco cajas pero quiero que todo salga bien.

Kagura esbozó una media sonrisa y le dio unos pequeños golpecitos en la mejilla.

—Es un placer hacer negocios contigo, sólo dime cuando y como quieres que lo distraiga.

—Espera a que te diga cuando – entonces la recorrió con la mirada – En cuanto a cómo quiero que lo distraigas… — jugueteó con encaje de su vestido – Usa tu ingenio.

Minutos más tarde, Inuyasha contemplaba el rostro de Kagome, ella tenía los ojos cerrados mientras los últimos vestigios de su orgasmo desaparecían lentamente. Con cuidado se apartó de ella y como lo hizo la noche anterior, comenzó a buscar su ropa, pero en esta ocasión se vistió delante de su mirada.

Kagome buscó una sábana para cubrirse el cuerpo y observar cada uno de los movimientos de Inuyasha.

-Yo…-hizo una pausa, pues su voz ronca lo delataba – Enviaré a Melissa con tu cena.

Y sin decir nada salió de la habitación dejándola una vez más sola.

Kagome se recargó en la cama, se sentía una tonta por entregarse de nuevo a él, cuando lo que debió haber hecho era negarse y mandarlo al diablo.

Inuyasha no encontró a Sabina cuando bajó a darle indicaciones a Melissa que le subiese la cena a la habitación de Kagome, aunque francamente no le importaba lo que hiciera ella. Así que de nuevo regresó a su habitación y no salió de ahí en toda la noche.

A la día siguiente Kagome se había levantado muy temprano, decidida que ni la presencia de Sabina ni lo que pasó aquella noche con Inuyasha la afectarían, no iba a mostrar su tristeza delante de ellos y que eso lo usen en su contra.

Bajó las escaleras, saludo a Totosai y éste al verla le hizo una reverencia.

Unas risas femeninas provenían desde la sala, no tenía que adivinar de quien era puesto que lo sabía perfectamente. En cuanto entró vio a Sabina y Koga reír de cualquier tontería, ellos al percatarse de su presencia guardaron silencio.

—Oh Kagome, te esperábamos para desayunar. Inuyasha no tardará.

Kagome arqueó una ceja al escuchar como esa mujer le hablaba de un modo poco apropiado.

— ¿Qué haces aquí, Koga? – preguntó, ignorando el comentario de la mujer.

—De visita – respondió – No he podido venir en estos días.

Unos pasos se escucharon de tras de ella, Kagome podía oler su fragancia o incluso escuchar su respiración. Él pasó a un lado de ella ignorándola una vez, pero en cambio fue a saludar a su primo. Y con ese tenso momento pasaron al comedor, las dos mujeres ocuparon asientos opuestos pero a lado de Inuyasha y Koga lo hizo a un lado Kagome.

Él también notaba el tenso momento, pero lo que no podía dejar de hacer era de contemplar a la belleza rubia que estaba al lado de su primo. Sonrió para sí mismo, así que ese maldito se la había estado pasando bien con ella. Sin duda él también lo hubiese hecho ya que la mujer era muy atractiva, podía ver a simple vista que la mujer era una experta en la cama.

Ella sintió su mirada y al encontrarse con la de él, le guiñó un ojo.

—Saliste anoche sin la compañía de Shippo – comentó Inuyasha a Sabina – Si vas hacerte pasar por mi sobrina no puedes hacer eso.

Sabina hizo un puchero a lo que hizo que a Kagome se le revolviera el estómago.

Koga lo miró confundido pero con una clara señal, Inuyasha le hizo indicar que más tarde hablarían en su despacho a lo que él asintió.

—Estaba aburrida – explicó ella – Por cierto, esta ciudad es magnífica.

—Si gustas un día puedo llevarte de paseo por el campo – sugirió Koga.

—Eso sería perfecto – la rubia pestañaba de arriba abajo, coqueteando con él.

Era oficial, el estómago de Kagome comenzaba a revolverse, el descaro de aquella mujer era imparable. Primero su marido, luego mostrar intereses hacía su hermano y para terminar estaba el coqueteo con Koga.

— ¿Te encuentras bien, Kagome? – preguntó Koga.

—Gracias Koga – ella asintió – Estoy bien.

En ningún momento Inuyasha y ella habían cruzado alguna mirada o un comentario, esta mañana estaba más frio que de costumbre, algo que no le pareció ni bien ni mal.

—Por cierto ¿Ya están listos para el baile de Lady Percival? – Preguntó Koga –Se dice que este año echara la casa por la ventana ante el debut de su hija Elsa.

— ¿Un baile? – Preguntó emocionada Sabina — ¿Podemos ir?

Kagome dejó a un lado la servilleta, no tenía apetito o mejor dicho ya no quería permanecer por más tiempo ahí.

—Disculpen – se levantó de la silla – No tengo apetito.

Se retiró a su habitación pero cuando estaba a punto de cerrar la puerta, una mano apareció y pocos segundos entraba Inuyasha con una expresión seria en su rostro.

— ¿Se puede saber qué es lo que te ocurre?

Kagome, con los brazos cruzados se giró sobre sus talones y lo miró de frente. Esta vez sí intentaba seducirla y acostarse con ella para persuadirla no se lo iba a permitir, de hecho ya no iba a permitirle que la tocara hasta que aclararan todo.

—Debería preguntarte lo mismo a ti.

Inuyasha cerró la puerta a sus espaldas y recorrió el cerrojo, esto hizo que una señal de alarma se disparara en todo el cuerpo de Kagome. El que cerrara la puerta con llave solo significaría una cosa.

— ¿A qué te refieres?

— ¿Cómo puedes estar tan tranquilo, mientras convives con conmigo y tu amante?

Él se encogió de hombros y arrugó la frente.

—Eso es algo que no debe importante.

—Ya veo – ella asintió amargamente. – Entonces ¿Qué significó lo de anoche, que me hicer…

—Déjame aclararte una cosa, tú y yo no hicimos el amor – la interrumpió – Simplemente nos acostamos y ya. El que quiera vengarme de ti y de tu familia no significa que pueda prescindir de los placeres que da el matrimonio. Muchos matrimonios sin amor así han funcionado – Hizo una pausa y añadió – El nuestro no es un matrimonio ni por amor ni por conveniencia, que te quede claro.

Una grieta volvió abrirse en su corazón, a este paso que iban seguramente terminaría con un corazón roto en mil pedazos. Ellos se habían casado por amor, sólo que él estaba segado por una sed de venganza en su contra que no era capaz de ver la realidad.

—¿Quieres una muestra una muestra más de los placeres del matrimonio?

Kagome se apartó un poco y negó.

—No – esta vez sería firme – Y no vas a volver a tocarme.

Inuyasha esbozó una media sonrisa.

—¿Segura de tus palabras? – Preguntó – Recuerda que abajo está Sabina y si se lo pido estaría más que encantada de compartir mi cama.

Pero aun y con esa amenaza no iba hacerla cambiar de parecer.

—Adelante – alzó una mano y señaló la puerta – Ve tras ella, pídeselo. Incluso llévala a ese estúpido baile, si con eso me dejas en paz por mi esta mejor.

Pero Inuyasha no se iba a quedar atrás, así que avanzó hacia ella y la tomó de un brazo, acercándola a él.

-Ya te dije que iremos y llevaremos a Sabina como si sobrina – le susurró al oído – Y esta dicho, así que prepárate porque en tres semanas gozaremos de la presencia de los duques.

Él la soltó y tras intercambiar unas cuantas miradas salió de la habitación sin insinuarle nada y mucho menos quererla tocas.

Kagome se llevó las manos al corazón, esperando que todo esto fuese una pesadilla.

Tres semanas después (dos días antes del baile de Lady Percival)

Koga había ido al burdel de Kagura con la intención de despejarse, ya que últimamente Ayame estaba muy distante con él y se reusaba a verlo. Le extrañó no ver a Hakudoshi que siempre frecuentaba ese lugar, de hecho tanto a él como a Kikyo no los había vuelto a ver desde la aparición de Inuyasha y era mejor, así no podrían levantar sospecha alguna.

Alguien le dejó un vaso de whisky y cuando vio quien fue, esbozó una sonrisa seductora.

—Te veo tenso – comentó Kagura sentándose a un lado.

Él no le dio importancia y bebió el líquido ámbar.

—Yo podría aliviar esa tensión – decía ella mientras jugueteaba con el cuello de su camisa.

Koga dejó la copa sobre la mesa y frunció el cejo, le parecía poco normal que Kagura se mostrara atenta con él cuando nunca lo había sido.

—¿Qué deseas, Kagura? – Preguntó de manera directa – Jamás te ha importado mi estado de ánimo ¿Por qué iba ser ahora?

Kagura sonrió de manera nerviosa, pero era una experta en seducción y debía hacerlo bien si quería recibir esas cinco cajas de whisky que le prometió Bankotsu.

—No sé – ella se encogió de hombros y agitó sus pestañas en un coqueteo descarado – Será porque hoy me resultas muy seductor.

—¿Qué hice para que lo pareciera?

Ella miró sus facciones tensas y su expresión perdida, parecía como si algo en realidad le preocupaba. Se acercó a él y le susurró algo en el oído que le hizo sonreír peligrosamente, y tras varios momentos de observar a la mujer asintió.

Ambos se levantaron y subieron por unas escaleras que conducían a un pasillo.

Desaparecieron bajo la atenta mirada de Bankotsu, quien no había perdido detalle del encuentro en una maesa apartada de todos pero sin perder de vista nada. Kagura era magnifica y sedujo a Koga de una manera muy sencilla, no por algo había recurrido a ella para pedirle ese único favor, favor que le costaría cinco cajas de whisky. Asintió al recordar que la primera fase del plan se cumplió con éxito, sólo faltaba deshacerse de los hombres que lo seguían y para ello tuvo que recurrir a dos de tres hombres de su entera confianza.

—Solo dime quien se atreve a seguirte y yo hago el resto – comentó un hombre –Los mataré uno por uno – dijo en voz baja.

—Jakotsu, tú no vas a matar a nadie – aclaró Bankotsu – Sólo apártenmelos del camino.

—Así no será divertido – comentó Jankotsu de mala forma.

Una mano pesada se posó sobre su hombro y él alzó la vista para encontrarse con un hombre alto y corpulento.

—No te preocupes, nos haremos cargo de todo.

—Gracias Renkotsu, prometo pagarles.

—Lo de costumbre – intervino Jakotsu – Tres cajas.

A este paso que iba se quedaría sin mercancía y Menomaru le había incrementado los intereses, esa era otra de las cosas que debía investigar. Pero primero debía sacar información de Inuyasha y nada mejor que buscarlo en la casa de Koga. Por eso había planeado todo esto.

—Me saludan a Suikotsu.

Cuando salió de aquel lugar y los hombres que lo esperaban afuera estaban a punto de seguirlo, fueron interceptados por Jakotsu y Renkotsu, quienes los dejaron inconscientes.

Miroku observaba su reloj de bolsillo indicando la media noche, negó para sí mismo, Bankotsu llevaba media hora de retraso y esperarlo en un carruaje alquilado en frente de la casa de Koga levantaría sospechas. De hecho no había querido ir en su propio carruaje por temor a que reconocieran el emblema y esto pudiera hacer que advirtieran a Koga.

Vio una sombra caminar por las calles, algo que lo hizo ponerse en guardia y cuando vio de quien se trataba se tranquilizó un poco.

—Llegas tarde – dijo él.

—Me aseguraba que el resto del plan saliera bien.

Su amigo asintió y ambos se giraron al mismo tiempo para ver la pequeña casa de Koga, no sabían que era lo que encontrarían, pero del algo Bankotsu estaba seguro, encontrarían algo que delataría a Taisho.

—¿Qué piensas? – preguntó Miroku.

—Puede que encontremos algo, tengo una ligera sospecha que hay encerrado muchos secretos en esa casa.

—Deberíamos entrar y hacer esto rápido antes de que alguien nos descubra.

Ambos treparon por la barda y saltaron bajo el amplio jardín, permanecieron unos momentos ocultos dentro de unos arbustos por si no hubiese nadie merodeando la casa. Una vez seguros corrieron a hurtadillas hasta llegar a la puerta trasera de la cocina. Bankotsu buscó una especie de llave maestra y con ella intentó abrir la puerta.

—Por lo visto tienes experiencia abriendo casas ajenas – comentó en tono de broma Miroku en cuanto éste abriera la puerta.

—No tienes ni idea cuantas veces Lady Flora me ha dejado fuera de casa. Por eso ahora vivo solo y hago lo que quiero.

Entraron a la casa y Bankotsu cerró con cuidado la puerta de la cocina, encendieron unas velas y salieron de ahí para detenerse en un pasillo que conducía a la recepción.

—¿Dónde comenzamos?

—Iniciemos por la biblioteca – respondió Bankotsu – Siempre se guardan secretos ahí.